El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 26 #2
95%

Capítulo 26 #2

—Has hecho una gran estupidez, mestiza —dijo Luxora al llegar al pequeño claro donde sus secuaces me tenían rodeada—. El vampiro se habría portado mejor que Lexin y Rexin —añadió, inclinando la cabeza hacia las dos bestias—. ¿Conoces a los demonios gorabora?

El nombre me sonaba de las clases de Demonios y Diablos, pero no recordaba qué eran.

—No.

—Su saliva es un veneno paralizante —explicó—. Solamente un antídoto muy potente es capaz de revertir sus efectos, pero desconozco qué síntomas provoca en un mestizo. Pero ahora que has complicado tanto las cosas, no me queda más remedio que arriesgarme.

Lexora hizo un gesto hacia la criatura que tenía a mi derecha.

—Lexin, adelante.

Tragué saliva mientras el gorabora se acercaba. La baba le goteaba de dos colmillos afilados.

—No creo que esto sea necesario, Luxo... quiero decir, Señor Oscuro. ¡Vaya lío con los títulos!

Una sombra salió disparada de entre los árboles. Se oyó un gruñido furioso por el bosque.

El corazón me dio un vuelco.

Aquella sombra pasó como un rayo por mi lado y, sin verlo venir, un golpe seco llamó mi atención. De repente, la cabeza ensangrentada del gorabora rodó por el suelo hasta detenerse junto a una rama caída. Giré la cabeza hacia la figura, que enseguida reconocí.

Los ojos preocupados de Ryder se encontraron con los míos. Me observó con atención, para comprobar que estaba bien. Un segundo después, se enfrentaba al segundo gorabora.

—Vaya, qué sorpresa, hermano —siseó Luxora, acercándose lentamente. Sus esbeltas caderas se mecían a un ritmo hipnótico—. Cuando oí que dabas clases en la academia, no me lo creí, pero aquí estás —dijo, alzando las manos. La serpiente subió por sus hombros.

—Aquí estoy —dijo Ryder—. Ahora aparta a tu mono o le arrancaré la cabeza como al otro.

—Vaya, cuánta hostilidad —dijo Luxora. Entrecerró los ojos al mirar a su hermanastro y se me erizó la piel—. Te dije lo que pasaría si reprimías a tu demonio. No es sano, Ryder.

—Estoy perfectamente. Gracias, Luxora.

—Eso no es lo que dice padre.

Por los ojos tenebrosos de Ryder se cruzó un fulgor intenso.

—Papá no tiene ni puta idea —soltó, mirándome un momento antes de centrarse en Luxora.

—¿Qué haces en la Academia Darkhen? Y por favor, no me digas que los rumores son ciertos. Dicen que te has vuelto contra los tuyos. ¿Estás reuniendo un grupo para destruirnos?

Ryder apretó la mandíbula.

—Los demonios no tienen cabida en el mundo humano, Luxora —dijo—. Haz que regresen de donde salieron y pondremos fin a esto antes de que vaya a más.

Los labios de Luxora se curvaron poco a poco en una sonrisa maliciosa.

—Así que es verdad.

—Los humanos no deberían meterse en tu guerra contra padre —dijo Ryder—. Si quieres destronarlo y quedarte con el Inframundo, adelante, pero no saques la pelea de tu reino.

Luxora cruzó los brazos y miró primero a Ryder y luego a mí.

—¿Intentas proteger a una humana en específico o a todas?

—Lo que haga no es asunto tuyo, hermana —escupió Ryder—. Ahora vete, antes de que Cillian y los demás se liberen del encantamiento de tu hechicero.

Luxora chasqueó la lengua y levantó un dedo.

—No sin mi mestiza.

—¿Adónde quieres llegar con una simple humana?

Ay .

—Mi oráculo no piensa tan mal de ella como tú —dijo Luxora—. Y, por esa mirada asesina que tienes, diría que tú tampoco. Esa chica te importa.

—No —respondió Ryder—. No significa nada para mí.

Tragué saliva. Aquella confesión inesperada me había dolido.

—Pues entonces déjamela a mí.

—No puedo.

Ryder dio un paso hacia delante y Luxora sonrió con desprecio.

—No quiero hacerte daño, hermano, pero lo haré si te interpones en mi camino. Si ella es la persona que vio mi oráculo, no pararé hasta destruirla.

Otro destello amarillo, similar al de una llama violenta, cruzó los ojos de Ryder.

—Yo tampoco quiero hacerte daño, pero si la tocas, serás tú quien desaparezca —gruñó.

Una risita aguda escapó de los labios sangrientos de Luxora.

—¡Vaya, pero si mi hermanito sabe decir palabras grandes! —Luxora ladeó la cabeza y me observó de arriba abajo— O sabes algo de ella que yo no sé... o hay algo más.

Entonces frunció el ceño. Ryder dio otro paso. El gorabora que quedaba fue tras él.

—Me estoy aburriendo. Haré que mi oráculo lo descubra qué está pasando aquí.

Luxora le hizo una señal al demonio y este se lanzó al ataque.

—¡Ryder! —grité.

Él me estaba mirando y reaccionó muy tarde. El gorabora cambió de dirección y se abalanzó sobre él. Las fauces de la bestia se cerraron sobre su hombro y los dos cayeron al suelo.

Se me heló la sangre. Me dejé caer de rodillas mientras la sangre le empapaba la camisa.

—Ryder, Ryder, por favor —le acaricié la mejilla con las muñecas aún esposadas mientras veía cómo sus ojos iban apagándose poco a poco—. Por favor, quédate conmigo.

Todo su cuerpo se relajó y la piel se le volvió fría y pegajosa.

Me puse furiosa. Sentí que un volcán empezaba a estallar en mi interior.

—¿Qué le has hecho? —grité.

—Se pondrá bien con el tiempo, siempre que reciba el antídoto —dijo Luxora. Movió la muñeca como si consultara un reloj—. Faltan unas cuatro horas antes de que el daño sea permanente —se agachó y me sujetó del antebrazo—. Vamos, tenemos que irnos ya.

Me aparté de un tirón mientras la rabia se acumulaba dentro de mí.

—No voy a ningún sitio contigo.

Apreté la mano de Ryder y sentí la magia recorriendo sus venas bajo la piel. Mis dedos empezaron a brillar y una energía ardiente fluyó entre los dos.

—¡ Romperem ! —grité.

Tiré con todas mis fuerzas y los grilletes se rompieron en una explosión de luz dorada. Un poder salvaje me invadió con tanta intensidad que estuve a punto de caer al suelo.

Los ojos de Luxora se abrieron de par en par y las pupilas negras se hicieron enormes.

Extendí las manos y me concentré en el gorabora.

Solté una descarga de energía púrpura que empujó a la criatura contra los arbustos.

Después me giré hacia el Señor Oscuro, a quien dirigí toda la rabia que hervía dentro de mí.

Extendí ambas manos. El calor me quemaba las yemas de los dedos.

De repente, se encendieron unas llamas azules y brillantes.

Al ver aquello, Luxora sonrió con un gesto divertido. Un instante más tarde, la envolvió una nube de humo oscuro. Y desapareció.