Capítulo 26
Abrí los ojos de golpe.
Un fuerte dolor me martilleaba la cabeza. La nieve recién caída cubría el suelo y se movía debajo de mí. Tardé un segundo en darme cuenta de lo que estaba pasando.
Estaba colgando boca abajo sobre el hombro de alguien.
¿Raine? La expresión malhumorada de aquella bruja era lo último que recordaba.
Mi captor avanzaba con dificultad a través del bosque feérico y, a juzgar por el sonido de varios pasos, supe que no estábamos solos. Había más gente alrededor. Me moví y descubrí que tenía las muñecas atadas, envueltas en un intenso resplandor místico de color rubí.
Busqué mi magia en mi interior y los lazos invisibles que me unían a los demás. Pero habían desaparecido. Solo quedaba un inmenso vacío.
—Tenías razón; es fuerte —dijo una voz de mujer, que rompió el silencio—. Con el golpe que recibió en la cabeza, debería haber permanecido inconsciente un poco más.
Mi secuestrador fue cada vez más despacio y, al final, me dejó en el suelo, delante de él. Mis pies descalzos tocaron la nieve dura y solté un jadeo ahogado.
¡Hijo del maldito invierno!
—Te dije que era ella.
Alcé la vista y me encontré con las pupilas carmesí de Desmond.
—¿Qué demonios estás haciendo? —grité.
Moví las muñecas, intentando soltar aquellas ataduras mágicas, pero fue inútil. La energía que las apretaba anulaba mis poderes. Estaba completamente indefensa.
—Hay alguien que se muere por conocerte.
Desmond me agarró del brazo para obligarme a girarme hacia una mujer. Dos demonios enormes, con aspecto de gorila, flanqueaban a la desconocida. Sus colmillos afilados sobresalían bajo unos labios gruesos. Pero era ella quien acaparaba toda mi atención.
La mujer vestía un corpiño de cuero ajustado que acentuaba sus curvas. A los lados del corpiño había pequeñas aberturas donde descansaban unas cuchillas. Sobre sus hombros y entre el cabello negro azabache se deslizaba una serpiente verde, cuya lengua siseaba.
Unas sombras negras la envolvían. Su poder era más intenso y opresivo que el de mi padre.
—¿Quién eres? —susurré, aunque, en el fondo, ya sabía la respuesta.
Ella me miró con unos ojos más negros que la noche.
—Soy el Señor Oscuro, señor de la guerra del Sexto Reino del Inframundo y primer hijo de Lucifer, el Portador de la Luz. Me llamo Luxora.
Pronunció aquellas palabras con una calma demasiado irreal e inquietante. Mientras lo hacía, la serpiente empezaba a enroscarse alrededor de su cuello.
—Vale... ¿puedo llamarte simplemente Luxora?
No sabía de dónde me salía el sarcasmo, porque todo mi cuerpo temblaba como un flan, aunque quizá también fuera por el frío glacial que se me colaba bajo la piel.
Luxora entrecerró aquellos ojos gélidos al mirarme. Reflejaban capas y más capas de tinieblas infinitas, sin rastro del calor que había visto en los de su hermanastro.
—Puedes dirigirte a mí como Señor Oscuro.
Desmond soltó una risita por lo bajo.
—No es una señora.
Apreté los dientes para evitar que me castañetearan.
—De acuerdo. ¿Y qué quieres de mí, Señor Oscuro?
—Necesito confirmar si eres la persona de la que habló el oráculo.
Los ojos de Luxora volvieron a recorrerme de arriba abajo, con el ceño fruncido, aparentemente concentrada en mí, como si no supiera qué pensar.
—Vendrás conmigo al Inframundo y el oráculo del Sexto Reino utilizará sus poderes para descubrir quién eres en realidad —dijo—. Es la única forma de estar seguros.
Sentí una corriente helada recorrerme las venas y, desde luego, no era solo por el frío.
—¿Qué vio exactamente esa mujer oráculo?
—El fin de la división entre los reinos y la caída de mi reinado —contestó severamente—. Como te imaginarás, eso es algo que no voy a permitir.
Observé la serpiente deslizándose bajo su barbilla. Ella le acarició la cabeza escamosa. Un escalofrío me recorrió la piel. Aquella mujer estaba loca. ¿Cómo iba a provocar algo así?
Un pensamiento oscuro me cruzó la mente: Kimmie-Jayne. Su don eran las visiones y prácticamente había admitido que había visto algo malo sobre mi futuro.
Sacudí la cabeza, intentando quitarme de encima aquellas ideas. No, no podía ser.
—No te preocupes —dijo Des, tirando de mí para que siguiera caminando—. Quizá la mujer oráculo descubra que, al fin y al cabo, no eres tú la persona a la que se refería.
—¿Y entonces, qué? ¿El Señor Oscuro me dejará vivir y me devolverá a la academia?
—No lo sé —dijo Des, encogiéndose de hombros—. No hablamos de eso.
—¿Por qué estás haciendo esto? —murmuré.
Volvió a encogerse de hombros y bajó la mirada.
Seguimos caminando por el bosque durante varios minutos más mientras intentaba pensar en alguna manera de salir de aquel lío. Supuse que íbamos hacia algún tipo de portal y que, una vez allí, desaparecería en las profundidades del Inframundo y nadie podría localizarme.
No podía permitir que eso ocurriera.
—Des, por favor, no dejes que haga esto —le agarré la mano y se la apreté—. Sabes que estoy prácticamente muerta si bajo allí.
—Lo siento, Luna, pero no puedo. Un trato es un trato.
Genial. ¿Ahora Luxora también hacía tratos como su padre? No tenía escapatoria.
—¿Cuánto queda? —grité, esperando que Luxora me hiciera caso y fuera más despacio.
Se giró hacia mí y sus dos secuaces, que parecían gorilas, hicieron exactamente lo mismo.
—Silencio, mestiza —espetó uno de ellos—. ¿Cómo te atreves a dirigirte al Señor Oscuro?
—Solo quiero saber cuándo vamos a llegar. Si me da una hipotermia por el camino, el Señor Oscuro nunca conseguirá las respuestas que busca, ¿verdad?
A Luxora aquello la hizo recapacitar.
—Vampiro, dale tu chaqueta.
Des se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros.
Después seguimos avanzando entre los árboles.
Con cada paso, yo me estrujaba el cerebro intentando encontrar algo que me ayudara a escapar.
De repente, una rama afilada de un pino me arañó el brazo y empecé a sangrar.
Entonces se me ocurrió una idea brillante y quizá estúpida.
Miré a Des de reojo y vi cómo se le ensanchaban las fosas nasales. Otra vez.
Ya a propósito, me acerqué a una rama especialmente áspera de otro pino y me di un golpe en el antebrazo.
Hice una mueca cuando noté que me salía sangre oscura.
La cabeza de Desmond se giró hacia mí de golpe y los colmillos le salieron al instante.
Sus ojos, rodeados por un intenso tono carmesí, se clavaron en la sangre que iba manchándome el brazo.
—Uy —murmuré, deteniéndome en el camino.
Desmond se pasó la lengua por los colmillos y un gruñido grave le vibró en la garganta.
Por favor, que funcione .
Por favor, que funcione .
Levanté los brazos esposados y restregué torpemente la sangre por todo el cuello y el pecho, una tarea nada fácil. Entonces los ojos de Desmond se abrieron como platos. Un brillo carmesí cubrió sus iris mientras avanzaba hacia mí, acechándome y relamiéndose los labios.
Por el rabillo del ojo veía a Luxora y a sus demonios avanzando. Había conseguido poner algo de distancia entre nosotros. Di unos pasos atrás hasta chocar con la corteza rugosa de un árbol. Sentía adrenalina y el corazón me latía rápido. Des se acercaba cada vez más.
Con los puños apretados, salí corriendo hacia la derecha.
Me apresuré entre los árboles, siguiendo la dirección por la que creía que habíamos venido.
Oía las pisadas de Desmond muy cerca y supe que solo había ganado unos segundos.
Sin mi magia, no podría competir con la velocidad ni la fuerza de un vampiro.
Por suerte, había ganado algo de tiempo.
Entonces, Luxora gritó. Su grito resonó por el bosque silencioso, hasta el punto que no pude escuchar ni mis latidos ni mi respiración entrecortada.
Mierda. Pronto tendría, no a uno, sino a cuatro monstruos pisándome los talones.
Pasé entre dos pinos enormes y, de repente, un cuerpo gigantesco chocó contra mí. El golpe me dejó sin aire cuando caí de bruces sobre el suelo helado.
¡Madre mía, qué dolor!
Sentí un aliento cálido en la nuca cuando mi captor se sentó a horcajadas sobre mí.
—Luna, Luna. Sabes que no puedo resistirme cuando echas a correr.
—Ya, contaba con eso —murmuré, con la cara hundida en la nieve.
La nariz de Des olfateó la sangre seca del cuello. Un segundo después, sus colmillos se hundieron en mi piel. Me tragué un grito, obligándome a mantener el control.
Luxora y sus secuaces no andaban lejos. Escuchaba sus pasos en la distancia, cada vez más cerca.
Mientras Desmond me chupaba la sangre, me concentré en sacar lentamente los brazos de debajo del cuerpo.
Recordé todas las sesiones de combate con Ryder y, tras inspirar hondo, me impulsé sobre las muñecas atadas y me retorcí con todas mis fuerzas.
Des estaba tan absorto calmando su sed conmigo que no se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Al final, de un momento para otro, salió despedido por los aires. Se estrelló contra un pino alto y el crujido de las vértebras al romperse se escuchó en el aire helado.
No me quedé para ver qué pasaba después. Eché a correr a toda velocidad entre aquel laberinto de árboles, intentando volver a la academia. O al menos eso esperaba.
Maldito bosque feérico.
Moví los brazos tan rápido como pude y, a pesar del cansancio, me obligué a seguir avanzando. Me atreví a mirar por encima del hombro y solté una palabrota.
Los demonios gorila de Luxora me seguían muy de cerca. Corrían por el bosque a cuatro patas y se movían más deprisa de lo que imaginaba para unas criaturas tan grandes.
Entonces giré a la derecha con la esperanza de despistarlos, pero los monstruos se separaron. Cuando volví a mirar atrás, me di cuenta de que intentaban rodearme.
Los gemelos demoníacos fueron cerrando el cerco a medida que yo retrocedía de un lado a otro, buscando una salida.
A unos metros, Luxora se acercaba con paso tranquilo, con la serpiente enroscada entre su cabello negro azabache.
Forcejeé con las esposas hechizadas, pero era inútil.
La magia oscura con la que las habían creado era más fuerte que la mía.