El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

El olor salado del mar me envolvía mientras entrábamos en el gimnasio.

La arena se me colaba entre las tiras de los tacones.

Habían transformado aquel lugar en un paraíso playero: el sol, grande y cálido, brillaba en el cielo azul, acariciándome los hombros desnudos.

Más allá de la pista de baile, a lo lejos, las olas se arrastraban hasta la orilla y el sonido del mar se mezclaba con los graznidos de las gaviotas, las cuales volaban sobre nuestras cabezas.

—¡Por todos los dioses, es increíble!

Cinder soltó el brazo de Raf y dio una vuelta para verlo todo mejor. Decenas de estudiantes llenaban la pista de baile. La mayoría ya iba descalza y bailaba bajo la pérgola de madera.

—Esto era justo lo que necesitaba.

Me agaché para quitarme los tacones. Estaba deseando sentir la arena bajo los pies.

—Qué pena que no nos dijeran el tema antes —dijo Scarlett—. Me habría puesto un biquini.

Me reí. Por alguna razón, no me imaginaba a mi compañera superpálida con un bañador diminuto ni con un vestido veraniego. Cinder prácticamente nos empujó hacia las mesas blancas repartidas por la playa artificial, adornadas con manteles azul claro y amarillos.

—Vamos, busquemos una mesa, dejemos las cosas y salgamos a bailar.

Me colgué los tacones al hombro y seguí a mi amiga, que rebosaba entusiasmo, mientras nos abríamos paso entre nuestros compañeros.

La arena húmeda se hundía bajo mis pies y se me colaba entre los dedos al andar.

Aunque hacía calor, la temperatura era ideal.

Mi mente voló a los veranos que había pasado en la costa de Long Island.

Si hubiera llevado allí un vestido negro largo, a esas alturas ya me estaría asando de calor. Tenía que ser magia feérica.

Cinder encontró una mesa libre y dejamos allí los zapatos y los bolsos. Había champán preparado en cada sitio, así que cogimos nuestras copas. Di un sorbo y se me subió a la cabeza enseguida. Era azariano, el que Ryder y yo tomamos la otra noche con la pizza.

¿Dónde estaba?

Miré por todo el salón de baile, pero mi profesor más pasional de todos no aparecía por ningún sitio.

Al día siguiente se iba al Inframundo y no sabía cuándo volvería a verlo.

Hasta entonces, ni siquiera había pensado en cuánto lo echaría de menos durante las vacaciones de invierno.

Después de pasar casi todos los días con él durante el último curso, la idea de estar dos meses separados me oprimía el pecho.

Fuera lo que fuese lo que había entre nosotros, me había acostumbrado a contar con él como mentor, amigo y, a veces, algo más.

—¿Vienes, Luna?

Cinder me tiró del brazo y me sacó de mis pensamientos.

—¡Síp!

Ella y Raf fueron los primeros en salir a la pista y vieron un hueco en el centro, junto a Triston y su cita, una de las lobas de su manada.

Creía que se llamaba Lissa, pero no lo sabía.

Cinder y Raf empezaron a manosearse, así que me volví hacia Scarlett.

Ya tenía bastante con notar las hormonas desatadas del nefilín a través del vínculo; no necesitaba verlo también.

Un par de vampiros se acercaron a nosotras.

Yo me bebí otro trago mientras mi cuerpo se movía al ritmo de la música.

Scarlett sonrió con sus labios pintados de carmesí cuando uno de los vampiros comenzó a bailar con ella.

Supuse que sería el chico con el que quería liarse aquella noche.

Me resultaba vagamente familiar, pero no me acordaba de cómo se llamaba.

—Ahí estás.

Una voz me susurró al oído. Me giré y me encontré con Des. Podría llamarlo mi exvampiro, aunque solo habíamos tenido una cita y nos habíamos besado unas cuantas veces.

—Hola.

Sus brazos se deslizaron alrededor de mi cintura y me atrajo un poco más hacia él.

—¿Quieres bailar?

No.

—Eh... claro.

Di un paso atrás para poner algo de distancia entre nosotros, fingiendo que formaba parte de mis movimientos de baile.

Bailamos todos juntos durante un rato: Scarlett y su chico, Cinder y Raf, Triston y Lissa, formando un gran círculo. Incluso me lo estaba pasando bien, pero no podía evitar seguir buscando a Ryder entre la multitud. Tenía que estar allí. Siempre asistía a los bailes.

Cuando empezó una canción lenta, Des se acercó más.

Sus brazos se tensaron alrededor de mi cintura, hasta que quedamos piel con piel.

Su nariz me rozó el cuello y una oleada de nervios me erizó la piel.

Mi pequeña parte oscura deseaba el mordisco: los colmillos afilados hundiéndose en la carne y las embriagadoras sensaciones de su alimentación vampiresca.

—Vamos, salgamos de aquí —me susurró al oído.

Negué con la cabeza, reuniendo toda mi fuerza de voluntad. Des no me gustaba de esa manera y me negaba a dejarme llevar por la oscura emoción de sus mordiscos. Ya no.

—Quiero quedarme aquí con mis amigos.

Un destello rojizo iluminó sus pupilas y los colmillos empezaron a asomarle.

—Vamos, solo serán unos minutos. Quince como mucho.

Me solté de sus brazos y di un paso atrás.

—Lo siento, pero no. No quiero seguir con esto, Des.

Gruñó y se dio la vuelta. Desapareció entre la multitud que se movía al ritmo de la música.

Uf. ¿Por qué me sentía como una auténtica idiota? Necesitaba otra copa. Me giré hacia Cinder y le indiqué con los labios que enseguida volvía, pero ni siquiera estaba segura de que me hubiera visto. Estaba demasiado absorta en Raf como para darse cuenta.

Una punzada de envidia me atravesó el corazón. Yo quería algo como lo que tenían ellos. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía encontrar a un chico bueno como Raf?

—¿Me cambias una moneda por uno de tus pensamientos, pequeña bruja?

Sentí el aliento helado de Drake rozándome el lóbulo de la oreja. El príncipe de hielo desde luego no era el chico bueno que yo buscaba. Me giré hacia él y me llevé un dedo a los labios.

—¡Shh!

—Lo sé, lo sé. Es un gran secreto, pero, si quieres mi opinión, se nota bastante.

Drake sujetaba una elegante copa de vino feérico con la mano relajada y arrastraba un poco las palabras. Se me abrieron mucho los ojos.

—¿Estás borracho, príncipe Wintersbee?

—Puede que me haya pasado un poco con esto.

Agitó la copa delante de mí y el aromático líquido púrpura se derramó por el borde.

—Por todas las hadas, ¿qué te pasa?

Aquello sí que era una sorpresa. Nunca había visto a Drake ni siquiera un poco achispado. Era incluso más estricto que Ryder cuando se trataba de mantener el control.

—¿Quieres un poco? —dijo, ofreciéndome la copa.

Se me hizo la boca agua al percibir aquel aroma tan tentador.

—Creo que no debería.

—¿Desde cuándo eres tú la prudente, mestiza?

—Estoy intentando madurar.

—No sé si me gusta la idea —Drake sonrió con travesura—. Y tranquila, que no le voy a contar a nadie tu pequeño secreto. Una bruja pondría Azar patas arriba, por no hablar de la Asamblea de Etrian. Todos querrían hacerse con un pedazo de ti.

Le agarré de la mano y le lancé mi mirada más intimidante.

—Tienes que jurarlo, Drake. Nadie puede enterarse de esto. Al menos, todavía no.

—Lo juro por mi corona real de príncipe.

Drake levantó una mano y casi se cayó de bruces del esfuerzo.

—Madre mía, ¿cuánto has bebido?

El baile solo llevaba una hora.

—Quizá me haya tomado unas copas con unas encantadoras damas feéricas antes del baile.

—Ahora todo tiene sentido. ¿Y dónde está tu harén real?

Hizo un gesto hacia el bar.

—Debe de estar por allí.

Me agarró de la mano y me hizo dar una vuelta sobre mí misma. Me pilló completamente por sorpresa. Incluso estuve a punto de caerme de bruces, pero, inexplicablemente consiguió sujetarme con sus brazos torpes, a pesar de la borrachera que llevaba encima.

Y, por supuesto, Raine apareció justo en ese momento. Me lanzó la mirada más desagradable que había visto en mi vida, y no exageraba. Antes de darse la vuelta, murmuró:

—Para alguien que dice que Drake no le interesa, desde luego no lo parece.

—¡Raine, espera!

Intenté ir tras ella, pero Drake me sujetó con firmeza.

—No sirve de nada —aclaró—. Déjala que se calme antes de intentar hablar con ella. También ha estado bebiendo y dudo que ahora mismo esté para entrar en razón.

Lo aparté de un empujón, con las palmas encima de su traje elegante.

—¿Y por qué no vas tú a hablar con ella? —le sugerí— Yo no consigo convencerla de que no hay nada entre nosotros. A lo mejor a ti te hace más caso.

Drake negó con la cabeza y se acabó el vino de un trago.

—No, gracias. Esta noche he venido a divertirme, no a que me arranquen la cabeza.

Puse los ojos en blanco; ahora sí que necesitaba esa copa.

—Bueno, pues diviértete tú solo, Drake.

Intentó sujetarme cuando me di la vuelta, pero, por suerte, yo tenía la ventaja de estar sobria. Me abrí paso entre los compañeros que bailaban y fui hacia el bar. Empezaba a acostumbrarme al champán azariano. Ya no me hacía sentir tan relajada ni desinhibida.

Mi mente volvió al baile anterior y, después, inevitablemente, a Ash.

Había pasado casi toda la noche bailando con él y con Cinder.

Todo había sido tan divertido y sin preocupaciones...

Habían cambiado muchas cosas en un solo semestre.

Sentí un nudo en el pecho cuando los recuerdos de mi amigo amenazaron con superarme. Respiré hondo y aparté el dolor.

En vez de ir al bar, que estaba lleno de gente, opté por coger otra copa de una mesa vacía y me acerqué a la orilla del mar.

De pequeña, el océano siempre había conseguido calmarme.

Durante todo el año esperaba con ilusión aquellos fines de semana de verano en los que la señora Hallows y yo cogíamos un tren hasta Long Island para pasar el día en la playa.

Metí los pies en el agua templada y, al mirar el horizonte, sentí cómo toda la tensión desaparecía de mis hombros.

Me subí un poco el vestido para no estropear el bonito diseño de Cinder y seguí avanzando mar adentro, hasta que el agua me llegó a media pantorrilla.

Parecía real. ¿Cómo habían conseguido los decoradores feéricos algo así?

—¿Estás bien?

Una voz áspera y familiar me hizo sonreír antes incluso de que me girara.

—Sí, estoy bien. Solo necesitaba alejarme un rato.

—¿De tanta diversión?

Ryder sonrió con aire chinchón.

—Algo así —asentí. Mis ojos recorrieron sus hombros anchos, la camisa ajustada y la corbata, y luego me fijé en los pantalones cortos de surf. Estaba claro que alguien se había enterado de la temática—. ¿Por qué no me dijiste que había que vestir para la playa?

—¿Y perderme la oportunidad de verte con eso puesto? —sonrió otra vez. Su mirada recorrió mi cuerpo y una sensación agradable de nervios me recorrió la piel—. Aunque, ahora que lo pienso, debería habértelo dicho. Habrías estado increíble con un biquini.

Me reí y negué con la cabeza.

—Odio admitirlo, pero voy a echar de menos tus comentarios pervertidos durante las vacaciones de invierno.

Ryder se acercó un paso más y el dulce aroma ahumado de la magia nos envolvió. Alcé la vista y vi una esfera dorada a nuestro alrededor: un hechizo para que nadie nos viera.

—Puede que no tengas que echarlos de menos —dijo en voz baja.

Se me cortó la respiración cuando me cogió de las manos.

—Joder, Luna, lo he intentado. Todo el semestre he intentado mantenerme alejado de ti, pero ahora que el curso ha terminado, quizá ya no tenga que seguir haciéndolo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté con voz temblorosa, molesta porque siguiera haciéndome sentir así. Él sonrió con esa sonrisa que dejaba al descubierto su hoyuelo irresistible.

—Es una especie de tecnicismo, pero durante las vacaciones yo no seré tu profesor y tú no serás mi alumna.

El corazón se me aceleró al acercarse un poco más. Su aliento a menta se mezcló con el mío.

—¿Qué quieres decir exactamente? —pregunté, ansiosa. Me costaba hablar con normalidad. porque estaba demasiado pendiente de lo cerca que estaban sus labios de los míos.

—Quiero que nos demos una oportunidad —dijo Ryder mientras sus manos soltaban las mías para rodearme la cintura—. Bueno, si tú también quieres, claro.

Sus profundos ojos negros se clavaron en los míos con una intensidad que hizo que todo lo demás desapareciera. Dios, claro que quería. Era todo lo que había deseado desde que llegué a la Academia Darkhen. Antes de que pudiera responder, sus labios apretaron los míos.

Me derretí en su abrazo. Mi cuerpo se amoldó al suyo como si fuera la mitad que me faltaba.

Sus dedos se clavaron en mis caderas mientras me atraía hacia él. Nuestras lenguas se entrelazaron en una danza febril y nos saboreábamos, explorándonos sin dejar ni un rincón por descubrir. Había pasado demasiado tiempo, demasiado sin habernos besado.

Le rodeé la nuca con los brazos y entrelacé los dedos en sus sedosos mechones. Ryder me echó la cabeza hacia atrás para profundizar el beso y luego empezó a llenar mi cuello de pequeños besos ardientes. Me arqueé contra él y un gemido se me escapó entre los labios.

—Entonces, ¿eso es un sí?

Ryder apartó la boca de mi piel y estuve a punto de gritarle que no parara.

—¿Un sí a qué? —pregunté entre jadeos.

Se rio por lo bajo y una sonrisa traviesa hizo que mi corazón se acelerara.

—¿Quieres que lo intentemos?

Asentí.

—Sí, Ryder. Mil veces sí.

Le rodeé el cuello con los brazos y volví a atraer sus labios hacia los míos.

Estaba tan pendiente de él que el resto del mundo había desaparecido.

Solo existíamos Ryder y yo, envueltos en nuestra pequeña burbuja de paz y deseo.

Pero, unos minutos después, el estridente timbre de su móvil rompió la magia del momento.

—Perdón —dijo. Se apartó e hice un puchero. Sacó el móvil del bolsillo, con una de sus manos aún en mi cintura—. Tengo que asegurarme de que no sea nada importante.

Entonces sus ojos se abrieron de golpe y soltó un suspiro de frustración.

—Déjame adivinar —dije, con tono irónico—: sí que es importante.

Asintió.

—Es Cillian. Quiere verme ahora mismo.

—Claro, cómo no.

Me crucé de brazos. Él me sostuvo la cara entre las manos y me dio un beso en la frente.

—Volveré en cuanto pueda. Resérvame un baile.

No pude evitar sonreír como una tonta.

—Vale, pero date prisa.

La magia del hechizo de camuflaje desapareció y todos los sonidos del baile regresaron de golpe. Observé a Ryder perderse entre la multitud. ¡Qué bien le quedaban aquellos pantalones cortos ajustados, madre mía! De repente, una melena caoba se plantó ante mí.

—Tenemos que hablar.

Raine permanecía con las manos en las caderas y una expresión desafiante.

—Bien —siseé—. ¿Por fin vas a escucharme sobre lo de Drake?

—Aquí no.

Me agarró de la mano y tiró de mí hacia la salida. Prácticamente me arrastró fuera del gimnasio y no se paró hasta que llegamos al puente que conectaba con el edificio principal.

—Vale, ¿de qué quieres hablar? —pregunté cuando por fin se detuvo.

—De nada. Solo necesitaba alejarte de los demás.

Una sombra oscura pasó por el rabillo del ojo y un dolor agudo me atravesó la sien.

Todo se volvió negro.