Capítulo 23
—¿Puedo sentarme contigo?
Levanté la vista del libro de Demonios y Diablos y fruncí el ceño.
—No, este sitio está reservado para los que no son príncipes.
Señalé la silla a mi izquierda y volví a centrarme en mis apuntes.
—Menos mal que aún quedan sitios libres.
Con una sonrisa nerviosa, Drake dejó la mochila sobre la mesa y se sentó frente a mí.
Las cosas entre Drake y yo por fin estaban volviendo a la normalidad.
Seguía enfadada por lo del beso, pero, después de que Ryder nos obligara a volver a entrenar juntos, era difícil seguir molesta durante mucho tiempo.
Raine, en cambio, no era tan comprensiva.
Aunque todavía no había intentado asesinarme mientras dormía, sus comentarios maliciosos y su actitud condescendiente habían vuelto con más fuerza que nunca.
—Puede que algunos chicos se pasen luego por aquí a estudiar —dijo Drake mientras abría su libro de Manipulación Elemental Avanzada.
Los exámenes finales eran la semana siguiente, y todavía me costaba creer que ya hubiera pasado casi un año entero en Darkhen.
—Ay, qué bien. A ver si Raine se pasa y me recuerda lo mala que soy con la magia y con la vida en general.
Drake se rio entre dientes e intentó taparse la boca con la mano, pero no le sirvió de mucho.
—Me alegro de que te haga tanta gracia —dije—, porque es todo culpa tuya, ¿sabes?
—Lo sé, y lo siento. ¿Cuántas veces más tengo que decirlo?
Miré a Drake con escepticismo.
—Te has disculpado un par de veces, Drake. No hagas como si llevaras días arrastrándote.
La sonrisa desapareció de su cara mientras hacía girar un bolígrafo entre los dedos.
—Para empezar, los príncipes feéricos no se arrastran —aclaró Drake—. Y, en segundo lugar, casi nunca me disculpo porque casi nunca me equivoco, así que deberías estar agradecida de que te haya pedido perdón. Además, casi todas las chicas me darían las gracias por besarlas.
Se me escapó una carcajada y el sonido resonó por toda la biblioteca. Varias personas me miraron con desaprobación y alguien incluso chistó para que me callara. Susurré:
—Tienes toda la razón, Drake. ¿En qué estaba pensando? Debería darte las gracias por fingir que te gusto y por intentar atribuirte el mérito de una carrera que gané yo.
Sus ojos lilas me escudriñaron y, por un momento, desapareció su expresión indiferente.
—No estaba fingiendo del todo y, la verdad, llevo tiempo imaginándome cómo sería besarte.
Aquello sí que no me lo esperaba. Me quedé con la boca abierta y también estaba segura de que los ojos se me iban a salir de las órbitas, como en un dibujo animado.
Drake, sin embargo, siguió hablando como si nada.
—Y, en cuanto a la carrera, sí creo que tengo parte del mérito. Llevo horas ayudándote a estudiar. No hay ningún otro estudiante de la academia que pueda decir lo mismo.
Yo seguía sin hablar; no después de decir aquello con tanta tranquilidad. ¿El príncipe de hielo había querido besarme? Eso sí que no me lo esperaba. Drake dio un golpecito a mi libro con el bolígrafo y me hizo volver la vista. Había dejado de prestar toda la atención.
—Ponte a estudiar, humana. Si no apruebas las clases, no pienso seguir ayudándote.
Bajé la vista hacia las páginas amarillentas, pero, por mucho que lo intentaba, no conseguía concentrarme en las palabras. Entonces se me ocurrió algo que no me gustó nada.
—Drake, ¿no estás en tercer año? ¿Eso no significa que te gradúas al final del trimestre?
—En una academia normal, sí —asintió Drake—, pero aquí el plan de estudios es flexible. Puedo quedarme si quiero, cursar asignaturas avanzadas y ayudar a algunos profesores. Además, por mi papel en el equipo, Ryder y Cillian me han pedido que haga justamente eso.
—¿Así que te quedas?
—Por ahora, sí. Mi hermano cree que estamos haciendo algo importante aquí y se las arregla bien sin mí. Me quedaré hasta que se me necesite para ser el segundo al mando.
—Bien.
La palabra se me escapó sin querer. Él esbozó otra de sus sonrisas pícaras y unas motas lavanda brillaron en sus ojos espectaculares.
—No te emociones, príncipe de hielo —dije, adelantándome a lo que estaba pensando—. Solo digo que ya no me pareces tan pesado ni tan engreído como antes.
Si él quería fingir que no había dicho aquello, yo también podía seguirle el juego.
Por mucho que Drake me sacara de quicio a veces, era mi amigo y un gran entrenador. Sin él, mi magia no habría mejorado tanto.
—¿Cita de estudio? —preguntó Scarlett con una mueca traviesa.
Ella y Aeria aparecieron detrás de una estantería enorme y altísima. Aquella sorpresa me hizo dar un pequeño bote en el asiento. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí? Ya le había contado a mi compañera de habitación lo del beso del príncipe, pero seguía burlándose del tema.
—Sí, claro. Justo estaba esperando a que llegarais para rescatarme de esta tortura.
—Desde fuera no parecía eso —dijo Aeria, apartándose un mechón azul neón por detrás del hombro—. Raine salió corriendo en dirección contraria cuando os vio juntos.
Murmuré una palabra malsonante, mirando a Drake con cara de malas pulgas.
—¿Cuántas veces tengo que decirle que no hay nada entre nosotros? —dije. Le agarré la mano a Aeria y se la apreté— Por favor, haz que Raine entre en razón.
Aeria se encogió de hombros y se sentó en la silla de al lado.
—Raine es muy cabezota —dijo con soltura—. Le costará superar esto, sobre todo porque ya de por sí vosotros dos pasáis mucho tiempo juntos.
—Bueno, con Des también pasabas mucho tiempo —dijo Scarlett—. ¿Eso no cuenta?
—¡Scarlett! —murmuré.
Sabía que intentaba ayudar, pero lo último que necesitaba era que empezaran a correr rumores sobre lo mío con el vampiro. Además, aquello ya se había terminado.
Drake se removió en el asiento y evitó mirarme.
—Se suponía que íbamos a estudiar. Si no paráis con los cotilleos, me voy a otro sitio.
—Tranquilo, príncipe de hielo —dije—. Estamos estudiando.
Faltaban unos días para el primer examen y necesitaba concentrarme. Así que aparté todo pensamiento que no tuviera que ver con los estudios y me centré en el texto.
Tras un entrenamiento intenso con Ryder en la sala privada del escuadrón, caminamos de regreso a la residencia. El aire frío me refrescaba las mejillas, todavía estaban acaloradas.
—Buen trabajo hoy, fierecilla júnior. Has estado a punto de derrotarme varias veces.
—¿A punto? —dije, casi levantando el tono de voz. No podía creerme lo que acababa de decir. Levanté una ceja— Por favor, ¡pero si te he tirado al suelo tres veces!
Abrió la puerta de la residencia y la sostuvo para que entrara. Susurró al pasar junto a él.
—A lo mejor quería que lo hicieras.
Su aliento me hizo cosquillas en la nuca y me dio un escalofrío. Sentí que me ponía roja.
—Lo que tú digas —murmuré.
La expresión juguetona de Ryder desapareció de su rostro.
—¿Qué?
Negué con la cabeza. Estaba cansada de aquel juego entre nosotros. No sabía cuánto más podría aguantar sin que mi pobre corazón acabara hecho pedazos.
—Nada. Solo estoy cansada y tengo hambre.
Cuando puse un pie en la escalera para subir a mi habitación, Ryder me cogió de la mano.
—¿Quieres que cenemos juntos? —preguntó, sin rastro de su tono guasón de siempre— Puedo pedir una pizza y así charlamos un rato.
El estómago me rugió al instante. La idea de la pizza ya me había convencido porque no era algo que se comiera mucho en Azar, pero aun así tuve dudas.
—¿Hablar de qué?
Se pasó una mano por la nuca.
—De algunas novedades.
Aquello ya de por sí era bastante ambiguo. Aun así, llevaba tiempo queriendo hablar con él sobre si debía contarles a los demás lo de mi parte bruja. Quizá fuera la oportunidad ideal.
—Vale —acepté al final—. ¿Nos vemos en la sala común del séptimo piso?
—No, ven a mi habitación. Prefiero que hablemos a solas.
Abrí los ojos de par en par.
—Pero Cillian...
—No te preocupes por Cillian. Si se entera, ya hablaré con él.
—Está bien —resoplé.
Qué demonios. Llevaba saltándome las normas desde el primer día. Una visita prohibida más a la habitación de mi instructor no iba a cambiar nada.
Después de una ducha rápida —bueno, quizá no tan rápida; me entretuve secándome el pelo y maquillándome un poco—, fui a la residencia del profesorado.
Los pasillos estaban tranquilos. La mayoría de los estudiantes estaba preparando los exámenes finales, que era exactamente lo que yo debería estar haciendo.
Me prometí que sería una cena rápida y que después volvería directa a estudiar.
Al doblar la esquina del pasillo donde residía Ryder, vi a una Barbie morena que ya conocía bien avanzando con paso decidido. Sus tacones altos resonaban sobre el suelo de madera. Al verme, la señora Mikalson levantó sus cejas perfectamente perfiladas, sorprendida.
—¿Qué haces aquí, Luna?
Me faltó solo un segundo para inventarme cualquier excusa.
—Ha surgido algo urgente con el equipo —dije—. Ryder me pidió que viniera.
Por suerte, era de las pocas profesoras que conocía nuestro escuadrón secreto. No sabía hasta qué punto estaba al tanto de los detalles, pero fue suficiente para que no me hiciera más preguntas. Aun así, me lanzó una mirada de desconfianza cuando pasé por su lado.
Sentí un cosquilleo en la piel; la demonia seductora emitía una energía oscura que estaba captando con cada poro de mi piel. Esperé unos segundos frente a la puerta de Ryder, hasta que sus pasos se alejaron por completo. Había algo que no encajaba, pero no sabía el qué.
Justo cuando iba a llamar, la puerta se abrió de golpe. Ryder ocupó todo el marco de la puerta, vestido con una camiseta de tirantes negra ajustada y unos pantalones de deporte. Los tatuajes en espiral le cubrían los hombros y le recorrían los bíceps. Tragué saliva.
—Justo a tiempo —me saludó—. Acaba de llegar la pizza.
El olor a salsa de tomate con hierbas y especias italianas llenaba toda la habitación. Se me hizo la boca agua. Al entrar, atisbé lo que parecía ser una caja de pizza al estilo neoyorquino. Estaba encima de la mesa, junto a la chimenea. El estómago me volvió a rugir.
—¿Es de Nueva York de verdad?
Ryder asintió, sonriendo con su típica expresión pilla.