El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Nos detuvimos junto al lateral de la casa y Zephyr se asomó con cuidado por la esquina. Ryder me tenía casi aplastada contra la pared, justo detrás de sus anchos hombros. Intenté mirar por encima de ellos, pero entre aquellos dos supes gigantescos era imposible.

—Son dos vampiros —confirmó Zephyr por encima del hombro—. Y se están alimentando.

Estaba harta de quedarme al margen. Susurré las palabras del hechizo de amplificación sensorial que me había aprendido de memoria hacía tiempo, aunque nunca lo había usado en una situación real.

Una oleada de calor me recorrió el cuerpo y todo se intensificó.

La vista se me agudizó; las pequeñas grietas de la pared contra la que me apoyaba parecían más marcadas, y los rápidos latidos del corazón de Ryder me retumbaban en los oídos.

Distinguía cada una de sus respiraciones y el crujido de la hierba seca bajo sus botas.

Entonces se me agudizó el olfato y tuve que contener las ganas de vomitar. Un hedor repugnante me invadió la nariz: una mezcla de carne podrida y pedos de viejo.

—Uf, ¿qué es ese olor?

Entonces unos ruidos húmedos rompieron el silencio de la noche y lo entendí. Reconocí aquel sonido de las pocas veces que me había besado con cierto vampiro sexi.

—Deberíamos entrar —dijo Zephyr—. Esa persona podría estar viva. Si esperamos al resto...

Ryder resopló.

—No me gusta, pero tienes razón —dijo. Se giró hacia mí y me ojeó con su típica mirada sombría—. Quédate a mi lado. Tu parte humana atraerá más a los vampiros, sobre todo si están en pleno frenesí de sangre.

Quise protestar y decirle que sabía cuidarme sola, pero las imágenes del Madison Square Garden me vinieron de golpe a la cabeza y no pude apartarlas.

—Vale —murmuré mientras una gota de sudor me recorría la espalda.

Zephyr abrió camino y Ryder y yo lo seguimos, pegados a la pared. Pensé en lanzar un hechizo de camuflaje, pero decidí ahorrar energía por si la necesitaba durante la pelea.

Al llegar a la esquina más alejada de la casa, vimos dos figuras en la oscuridad. Estaban agachadas sobre un cuerpo. Un hombre de pelo oscuro se alimentaba de la parte superior, mientras que una mujer rubia permanecía encorvada junto a las piernas.

La persona que tenían entre ambos no se movía.

Ryder le hizo una señal a Zephyr y levantó tres dedos.

Al dragón le surgieron garras y la boca se le alargó hasta convertirse en un hocico dorado, lleno de dientes afilados como cuchillas.

Yo me subí la pernera del pantalón y saqué mi daga favorita.

Estaba hechizada para matar a cualquier supe.

Era la mejor manera de no tener que cargar con una estaca para vampiros, plata para hombres lobo, hierro para seres feéricos y demás. Era un arma todoterreno.

Ryder empezó la cuenta atrás con los dedos y mi pulso se aceleró a medida que los números descendían. Cuando llegó a cero, cerró el puño y nos lanzamos hacia el oscuro patio trasero.

La pelea empezó de golpe.

Los vampiros estaban tan concentrados en alimentarse que no se dieron cuenta de que nos acercábamos hasta que ya era demasiado tarde.

Las afiladas garras de Zephyr arañaron a la vampira y ella chilló mientras se apartaba de un salto de su víctima.

Ryder se lanzó sobre el vampiro y los dos rodaron por el suelo.

Para cuando yo llegué, con mi ritmo humano mucho más lento, ellos ya tenían la situación prácticamente bajo control.

Me deslicé junto al cuerpo y la bilis me subió por el esófago. La joven estaba bañada en sangre, con el cuello tan desgarrado que la cabeza apenas seguía unida al cuerpo.

Llegamos demasiado tarde.

Si hubiera conseguido abrir aquel portal antes, quizá habríamos podido salvarla.

Entonces, un aullido agudo me hizo volver la cabeza hacia el jardín. Entre los arbustos, cuatro pares de ojos brillantes aparecieron en la oscuridad. Gracias a mi hechizo de visión amplificada, pude distinguir sus cuerpos de lobo a medida que se acercaban.

Lobos.

Se dividieron y cruzaron el jardín a toda velocidad. Dos fueron a por Ryder y Zephyr, y los otros dos vinieron directos hacia mí.

¡Maldita sea!

Apreté con fuerza la empuñadura de la daga y adopté mi postura de combate.

Miles de gritos y aullidos amortiguados resonaban a mi alrededor, pero yo mantuve la vista fija en los lobos que se me acercaban. Igual que Triston, eran enormes en forma animal. Los colmillos les sobresalían de las fauces abiertas y la baba les goteaba entre los dientes.

Quieta. Quieta.

Me obligué a no moverme.

Cuando estuvieron a solo un par de metros de mí, lancé la daga al lobo más cercano y murmuré las palabras del hechizo que me había salvado una y otra vez.

El aullido furioso del primero sonó amortiguado al otro lado de la burbuja azul que me protegía.

El segundo se frenó en seco al llegar al borde del orbe y arañó la barrera impenetrable con sus garras.

¡Imbécil!

Sentía cómo el vínculo tiraba de mi corazón, y sentí un gran alivio cuando aparecieron Raf, Drake y Scarlett.

Las impresionantes alas de Raf iluminaron el patio oscuro con un resplandor celestial.

Voló hacia mí y atacó al lobo con su espada angelical.

La bestia esquivó el golpe y salió huyendo con la cola entre las patas.

—¿Estás bien?

Raf se agachó a mi lado y mi burbuja estalló. La magia se desvaneció por sí sola.

—Sí, estoy bien.

Miré por encima de su hombro para comprobar cómo estaban los demás.

La vampira y uno de los lobos estaban tirados en mitad del jardín. Drake y Ryder peleaban cada uno con un lobo, mientras Scarlett se ocupaba del último vampiro. El hombre lobo al que había atacado yo gemía a unos metros, con mi daga todavía clavada en el pecho.

Raf recorrió la escena con la mirada y frunció el ceño.

—¿Vampiros y hombres lobo trabajando juntos?

En medio de todo aquel caos, ni se me había ocurrido.

—Es raro, ¿no?

—Mucho.

El sonido de unos pasos apresurados me hizo volver la cabeza hacia el sendero que llevaba a la parte delantera de la casa. Raf siguió mi mirada y su espada apareció en su mano.

—Vienen más —murmuró.

Media docena de vampiros y hombres lobo emergieron de la oscuridad.

Mierda. ¿De dónde salían todos?

—¡Ya vienen! —gritó Raf.

Extendí la mano hacia la daga, que seguía clavada en el lobo muerto, y murmuré:

—¡ Venitem !

La daga se desprendió del cuerpo del hombre lobo muerto y voló hacia mí hasta que la empuñadura aterrizó en mi mano.

—Bien.

Raf se volvió para enfrentarse a un vampiro con la espada en alto.

—¡ Duplicatem ! —grité.

De repente, tenía tres dagas. Lancé dos y las guié con magia.

Ambas dieron en el blanco y dos hombres lobo se desplomaron en el suelo.

Un cosquilleo parecido a la electricidad estática me recorrió la cicatriz mientras los lazos que rodeaban mi corazón se tensaban.

Alcé la vista y vi a Raine, Aeria y Triston saltando por encima de la valla lateral.

—Perdón por llegar tarde —dijo Triston cuando se puso a mi lado—. Nos encontramos con un par de lobos que no querían aceptarme como su alfa —sonrió, haciendo un gesto algo burlón—. Tuve que dejarles muy claro quién era el que mandaba en esta manada.

Las chicas se lanzaron enseguida contra los vampiros, y los sonidos de la batalla llenaron la noche. Menos mal que la casa estaba abandonada; de lo contrario, todo el vecindario se habría enterado de que los supes estaban peleándose en aquellos tranquilos patios traseros.

Ryder apareció a mi lado justo cuando le clavaba la daga en la espalda a un vampiro. Eso le enseñaría a no intentar hincarle los dientes a Raf.

—¿Estás bien?

—De maravilla.

Por primera vez, yo estaba en mejor estado que él. Tenía el pelo hecho un desastre por el sudor y la cara y los brazos cubiertos de cortes. Y ni hablar de las manchas de sangre. El corazón se me detuvo un segundo al ver las salpicaduras oscuras sobre su camiseta negra.

—¿Y tú estás bien?

Mis manos recorrieron instintivamente su torso y el abdomen. Los ojos de Ryder brillaron un instante antes de que recuperara la calma.

—Estoy bien. No es mi sangre. Esos vampiros estaban tan hinchados de sangre humana que básicamente explotaron como garrapatas.

Se me revolvió el estómago solo de pensarlo.

—Venga, acabemos con esto —dijo Ryder, agarrándome la mano y luego la de Raf, que estaba a mi lado. Raine y Aeria seguían peleando con dos hombres lobo, ya en forma humana, en mitad del césped—. ¡Drake! ¡Zephyr! —gritó Ryder.

El príncipe de hielo trazó un amplio arco con la espada y la cabeza de la vampira salió despedida de sus hombros. Después corrió hacia nosotros y me agarró la otra mano. Una onda de energía nos recorrió los dedos y en mi interior se encendió un fuego abrasador.

—Esto tendrá que servir por ahora —dijo Ryder.

Unos cuantos vampiros y hombres lobo empezaban a trepar la valla para unirse a la pelea.

—¿Fuego? —propuso Drake, con gesto travieso.

—Trato hecho.

—¡Preparaos! —gritó Ryder a Zephyr y a las chicas.

Drake empezó el conjuro y todos lo seguimos.

— Fuocem velocem . Fuocem absolutem .

Raine creó una burbuja protectora alrededor de los cuatro mientras el calor seguía expandiéndose por mi pecho. Era como tener una tormenta de fuego dentro de mí. El poder luchaba por salir. Casi no podía respirar con la energía subiendo y bajando por mi cuerpo.

Tenía que soltarla ya. Dejé caer las manos de Ryder y Drake, abrí los dedos y una oleada de llamas azules brotó de las yemas.

El fuego rugió por encima de Raine, Aeria, Scarlett y Zephyr, que se lanzaron contra los vampiros y hombres lobo que quedaban.

El fuego mágico los envolvió y sus gritos resonaron en el aire.

El olor a carne quemada era tan intenso que quise taparme la nariz.

Cuando el humo se disipó, ya solamente quedaban cenizas.

—Joder, tía —dijo Scarlett mientras salía de la burbuja protectora de Raine y corría a abrazarme—, ¡vaya máquina estás hecha!

—Gracias.

Miré a Ryder, Raf y Drake, que sonreían satisfechos. No lo habría conseguido sin ellos. Ryder me dio una palmada en el hombro antes de acercarse a los demás.

—Felicidades, chicos. Todos habéis aprobado. El escuadrón de cazadores sobrenaturales sigue en pie. Ahora salgamos de aquí antes de que se despierten los vecinos.