Capítulo 21
—Esto es lo que hay, chicos. Consideradlo vuestro examen final del semestre.
Ryder estaba de pie frente a nosotros con los brazos cruzados.
A su lado se encontraba Logan. Era la primera vez que veía al guardián gárgola desde lo ocurrido en el Madison Square Garden.
Solo con verlo, volví a recordar aquel horrible día.
Se me encogió el corazón cuando la mirada vacía de Ash, tendido en el suelo, apareció de nuevo en mi mente.
—Sé que no hemos tenido ninguna misión desde... la última —dijo Ryder—. Pero debéis seguir entrenando. El rescate de Luna de hace unas semanas salió bien, y no hay razón para pensar que esta vez vaya a ser diferente. Aquella vez tuvimos que improvisar; esta vez no.
—Será más fácil que lo de Nueva York —dijo Logan—. Hay unos vampiros y cambiaformas renegados sembrando el caos en un pequeño pueblo del Valle, a las afueras de Los Ángeles.
—¿Cambiaformas? —preguntó Triston, sorprendido.
—Me temo que sí —respondió el guardián gárgola—. Ya no son solo los demonios.
—¿Crees que Luxora también está detrás de esto? —preguntó Drake.
Logan y Ryder intercambiaron una mirada que no me gustó nada.
—Todavía es difícil saberlo.
A Ryder se le tensó la mandíbula y cruzó los brazos con más fuerza, con los bíceps marcados.
—Se rumorea que mi hermana ha empezado a influir también en las otras casas de Azar.
—Hemos estado vigilando muy de cerca el Inframundo —explicó Logan—, así que se ha visto obligada a buscar aliados en otros sitios.
—Pero ¿por qué querrían ayudarla los demás supes? —pregunté.
—¿Quieres explicarlo tú, Ryder?
—Claro. No solo el Inframundo está descontento con las restricciones para entrar en el mundo humano. Hay otros grupos que también quieren más libertad para moverse —aclaró Ryder, con el semblante serio—. Y, por desgracia, no todos tienen buenas intenciones.
—La Asamblea de Etrian lleva tiempo recibiendo mucha presión para que flexibilice las restricciones de viaje entre reinos —explicó Logan—. Han estado trabajando muy de cerca con el presidente de Estados Unidos, pero él sigue sin querer abrir más las fronteras.
Casi di un respingo al oír que mencionaban a mi padre. A veces era bastante fácil olvidar que muy poca gente conocía la verdadera identidad del presidente.
—Tiene sentido —dije—. Los humanos no pueden competir con los supes, y los ataques no han dejado de aumentar. ¿Por qué dejar entrar a más?
—Te refieres a nosotros —soltó Raine.
—¿Cómo?
—Tú también eres una de los nuestros, mestiza —dijo Raine, inclinando la cabeza como mosqueada y poniéndose las manos en las caderas—. Te guste o no.
Sus palabras me sentaron como una bofetada.
Normalmente no habría hecho caso a sus comentarios desagradables, pero esta vez me afectaron porque tenía razón.
Pero, aunque en parte era bruja, me había criado como una humana.
Me iba a costar mucho tiempo verme como algo diferente.
Y seguía sintiendo la necesidad de proteger a mi antigua especie.
Los humanos no podían defenderse como los supes. Aquello no era una lucha justa.
—Lo sé —murmuré tras reflexionar brevemente—. Solamente digo que el presidente tiene razón al controlar la entrada de supes. Pasé de ser humana a lo que sea que soy ahora de un día para otro, y sé por experiencia la diferencia que hay. Hay que proteger a los humanos.
Logan asintió.
—Luna tiene razón. Si alguien no está de acuerdo, que lo diga ahora.
Raine refunfuñó, pero habló tan bajo que mi parte humana no lo oyó.
—Bien —dijo Ryder, dando una palmada—, en marcha. El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales vuelve a la acción.
Su mirada se cruzó con la mía y no pude evitar sonreír. Estaba decidido a que ese nombre se quedara, aunque le costara la vida.
Después de intentar abrir un portal por mi cuenta y fallar, el profesor Arcana tuvo que intervenir para solucionar el problema; de lo contrario, habríamos perdido nuestra única oportunidad.
Peor aún, el equipo empezaba a sospechar.
Notaba sus miradas cada vez que Ryder me apartaba para hablar de mi padre o de mis nuevos poderes de bruja.
No iba a poder seguir ocultándoselo mucho más tiempo.
Me prometí que hablaría con Ryder cuando regresáramos sanos y salvos de la misión.
Drake tenía razón: los demás se merecían saber la verdad.
Todos nos jugábamos la vida, y guardar secretos no ayudaba a nadie.
Bueno, salvo lo de haber poseído el cuerpo de la señora Mikalson. Eso me lo llevaría a la tumba.
El remolino del portal nos dejó a los nueve en un pequeño parque de un barrio residencial. Era pasada la medianoche y las calles estaban desiertas; todos dormían tranquilos en casa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Drake, mirando la calle. La espada feérica le colgaba a un lado.
—Ahora patrullamos —respondió Ryder.
Sacó el móvil, donde tenía abierto un mapa, y señaló un gran círculo alrededor del barrio.
—Aquí es donde han estado ocurriendo los ataques —explicó. Sé que antes dije que separarnos era una mala idea, pero no hay otra forma de vigilar una zona tan grande. Nos dividiremos en grupos de tres y, si alguien ve algo, avisará al resto a través del vínculo.
Durante las últimas semanas de entrenamiento nos habíamos dedicado a mejorar la conexión entre nosotros.
Y se nos daba bastante bien. Incluso demasiado.
Habíamos llegado al punto de que podía sentir uno de los ataques de mal humor de Ryder a través del vínculo desde el otro lado del campus.
Y ya ni me molestaba en llamar a Cinder cuando los pensamientos lujuriosos de Raf invadían mi mente, porque sabía perfectamente lo que estaban haciendo.
El siguiente paso era aprender a bloquear esas conexiones.
—Luna y Zephyr, conmigo —dijo Ryder, y no me sorprendió nada—. Drake, Scarlett y Raf, equipo dos; Triston, Aeria y Raine, equipo tres.
Volvió a abrir el mapa y nos enseñó las tres rutas.
—Seguid vuestro camino y nos reuniremos aquí al final, a menos que pase algo. ¿Entendido?
Todos asentimos, y cada grupo se fue en una dirección distinta. Sentí un poco de inquietud al ver que los demás se alejaban. Siempre trabajábamos mejor juntos.
—Vosotros mantened bien abiertos los ojos.
La voz de Ryder me hizo volver al modo cazadora sobrenatural. Empezamos a patrullar con mi instructor sobreprotector a un lado y Zephyr, la última incorporación al equipo, al otro.
El dragón cambiaformas me dio un codazo.
—¿Estás lista?
—Eso debería preguntártelo yo a ti. Tú eres el novato.
Se rio entre dientes.
—Puede que sea nuevo en el equipo, pero llevo casi tres años entrenando en Darkhen.
En las pocas semanas que llevaba conociendo a nuestro nuevo compañero, me había caído bien.
No era tan gracioso ni despreocupado como Ash, pero tampoco era un tipo arrogante como Drake.
Y eso se agradecía. Según Cinder, pertenecía a una familia importante del reino dragón.
El padre de Zephyr formaba parte del Consejo de Draeko junto a Fenix; era uno de los pocos elegidos que asesoraban a su alfa.
Cuando se retirara, Zephyr ocuparía su puesto.
Seguimos avanzando una manzana más sin problemas y Ryder se volvió hacia Zephyr.
—Nada de transformaciones completas a menos que sea absolutamente necesario —advirtió—. No queremos que ningún humano se asuste al ver a un dragón.
—Entendido, capitán.
Zephyr hizo un saludo militar y siguió caminando relajadamente por las calles en penumbra.
—¿Y si no aparece nadie? —le pregunté a Ryder.
—Entonces suspenderéis mi asignatura.
Arqueé una ceja.
—Muy gracioso.
No tenía dudas de que todos seguiríamos en la clase de Ryder mientras estuviéramos en Darkblood.
Diez minutos después, estábamos a punto de llegar al punto de encuentro.
Eché un vistazo a las bonitas casas que bordeaban la calle y me imaginé cómo habría sido crecer en California.
Solamente por el clima, ya tenía una gran ventaja sobre Nueva York.
—¿Qué es eso?
Zephyr entrecerró los ojos mientras miraba la oscuridad. Intenté seguir la dirección de su mirada, pero mis sentidos humanos no podían competir con los suyos.
—No veo nada.
Las pupilas de Zephyr se alargaron y un destello dorado iluminó sus ojos marrones.
—Vamos, seguidme.
Aceleró el paso, y Ryder y yo lo seguimos al doblar la esquina. Allí se alzaba una vieja casa en ruinas, con la pintura descascarillada y la madera completamente agrietada. Comparada con las demás viviendas tan bien cuidadas del barrio, parecía sacada de una película de terror.
Avanzamos con cuidado por la hierba alta, pegados a las sombras. Cuando llegamos a la mitad del jardín, Ryder se detuvo de golpe a mi lado.
—Espera.
Me puso un brazo delante y me obligó a detenerme.
Zephyr, que iba unos metros por delante, echó la cabeza hacia atrás y olfateó el aire. Cuando se volvió hacia nosotros, sus inconfundibles ojos de dragón se encontraron con los míos.
Ryder se puso en tensión y fijó la mirada en el sendero oscuro que conducía al patio trasero.
—Avisa a los demás, Luna.
Asentí y pensé en cada uno de los miembros del equipo. La cicatriz de la palma me hormigueó y una oleada de calor me recorrió el cuerpo.
—Ya está —susurré.
Un destello amarillo brilló en los ojos de Ryder.
—¿Habéis oído eso?
Zephyr asintió.
Intenté escuchar, pero el corazón me latía tan fuerte que no me dejaba oír casi nada más.
—Diría que son dos o tres —respondió mientras avanzaba despacio hacia el patio trasero.