Capítulo 20
—La verdad es que no me siento nada cómoda —le susurré a mi padre.
—Luna, no hay otra manera de controlar tu habilidad para cambiar de cuerpo que practicando. No puedo sacarte de la academia cada dos por tres.
Me asomé por detrás del árbol y observé al conejo que correteaba por la nieve tierna, recién caída. Solo que aquella adorable criaturita no era un conejo cualquiera: era una cambiaformas llamada Ruby, y la habíamos seguido hasta lo más profundo del bosque.
—Es tu oportunidad, Luna. La haré volver a su forma humana y tú te meterás en su cuerpo.
Negué con la cabeza. Aquello me parecía mal.
—Le prometí a Cillian que no usaría mis poderes con ningún estudiante.
—Está sola y nadie se enterará —insistió Garrix—. Le borraré la memoria en cuanto acabemos —me puso las manos sobre los hombros y me hizo mirarlo a los ojos—. Luna, debes controlar este poder. Cuando lo domines, no tendrás que volver a hacerlo más.
El problema era que sí quería hacerlo. Y eso era precisamente lo que me daba miedo.
Durante la última semana me había metido en los cuerpos de un ser feérico seelie, un duendecillo y un trol sin que se dieran cuenta. Nunca me había sentido tan libre. Ocupar otro cuerpo era como volverse invisible, y la sensación que lo acompañaba era adictiva.
Ahora Garrix insistía en que practicara con otros tipos de supes, además de los seres feéricos de los alrededores. Así que allí estábamos, rondando por el bosque y persiguiendo a mi presa. La expectación me erizaba la piel y tenía los nervios de punta.
—Muy bien, acabemos con esto —suspiré.
—Esa es mi chica.
Garrix salió de entre los árboles y las orejas del conejito se tensaron al instante. Antes de que pudiera escapar, una luz púrpura brotó de los dedos de mi padre y lo dejó inmóvil.
—¡ Transformarem ! —gritó, sin bajar las manos.
La criatura peluda empezó a temblar. Las patas se le alargaron y el torso se le ensanchó. Las largas orejas marrones se encogieron mientras el pelaje desaparecía poco a poco. En un abrir y cerrar de ojos, Ruby apareció completamente desnuda, agazapada en mitad del claro.
Me escondí detrás del árbol como una cobarde. La culpa me estaba destrozando por dentro.
Garrix se acercó despacio a ella, con las manos en alto.
—Tranquila, pequeña. Nadie va a hacerte daño.
Chasqueó los dedos y la vistió al instante. Una especie de sonrisa empezó a dibujarse en los labios temblorosos de Ruby cuando él pronunció:
— Dormite .
Los ojos de la chica se cerraron al instante y, antes de desplomarse sobre la nieve, Garrix la sujetó entre sus brazos. Luego se volvió hacia los pinos, donde yo seguía agazapada.
—Es tu turno, Luna.
Apreté los puños y avancé con decisión.
—Esta es la última vez que uso a una estudiante.
—Sí, claro. Lo que tú digas.
Concentré mi energía en el cuerpo inconsciente de la chica y un escalofrío me recorrió la espalda. Todo mi cuerpo empezó a hormiguear, como si un millón de arañas caminaran por la piel. Sentí el tirón de siempre y luego el desgarro, cuando mi ser se separó de mi cuerpo.
Estuve flotando sobre mí misma durante un segundo antes de introducirme en el cuerpo de Ruby. Mi espíritu llenó cada rincón. Incluso por dentro su piel era cálida y acogedora.
La culpa se hizo aún más intensa. ¿Cómo me sentiría yo si alguien poseyera mi cuerpo?
—¿Luna?
De repente recuperé la sensibilidad. Entonces, me di cuenta de que seguía desplomada contra Garrix.
Me aparté de él y di una vuelta sobre mí misma con las piernas de Ruby.
La magia que habitaba en su interior palpitaba.
No era tan poderosa como la de algunos otros cuerpos que había ocupado, pero, aun así, sentía una auténtica descarga de adrenalina.
Garrix observaba en silencio, con sus ojos color cobalto llenos de orgullo.
—Ahora me gustaría que practicaras la transformación con su forma.
—¿Por eso la elegiste?
Asintió.
—Pensé que sería una buena opción para empezar —me dijo—. Los dragones, los lobos, los leones y los osos ya son un poco más complicados.
Madre mía, no podía imaginarme convertida en ninguna de esas criaturas. Oh, pero podría volar como un dragón. Solo de pensarlo se me aceleró el corazón. Por eso mismo cambiar de cuerpo era tan peligroso. Era demasiado tentador, y el poder resultaba demasiado seductor.
—Cuando estés lista.
Busqué el origen de su magia y encontré una brillante esfera blanca en su centro. Resplandecía con una pureza que reflejaba las emociones en su interior. Me pregunté cómo sería mi propia magia. Algo me decía que no tendría aquel blanco inmaculado.
Al extender la mano hacia la esfera luminosa, mi magia se enroscó a su alrededor. Nuestros poderes se mezclaron y sentí que el pecho se me hinchaba como un globo.
—Ahora transfórmate —indicó Garrix.
De acuerdo.
Aparté todo pensamiento y me concentré en la imagen del conejo peludo. Mi cuerpo reaccionó. Sentí un temblor en mi interior, como si miles de terremotos diminutos explotaran por dentro. Los huesos empezaron a encogerse, doblarse y remodelarse.
Grité cuando me empezó a crujir la columna. ¡Madre mía! Dolía muchísimo. Todo el cuerpo me suplicaba que parara. Estuve a punto de rendirme cuando la oscuridad me invadió.
—Ya casi lo tienes, Luna. ¡No te rindas!
La voz de Garrix me ancló al momento y resistí el dolor.
Un calor abrasador me recorrió las venas. La sangre me hervía. Quise volver a gritar, pero más bien se me escapó un chillido extraño, hecho por unos labios cubiertos de pelo.
Abrí los ojos de par en par y los sonidos y olores del bosque se volvieron más intensos. La nariz me tembló y unos largos bigotes blancos aparecieron en los bordes de mi visión.
Me impulsé con las patas traseras y di un salto. El espeso pelaje me protegía del frío glacial. Corrí en amplios círculos por el claro, apenas consciente de la presencia vigilante de Garrix.
El pequeño corazón de conejo me latía a toda velocidad, mucho más rápido que el de mi forma humana. Era una sensación increíble.
Salí disparada hacia la línea de árboles, atraída por los olores del bosque. Los ratones correteaban entre la hojarasca y escuché insectos extraños canturreando a lo lejos.
De repente, una sombra oscura pasó por el rabillo del ojo. Giré la cabeza, recorriendo el bosque espeso que me rodeaba. Nada se movía. ¿Quién sabía qué criaturas podían andar por aquellos parajes? Lo último que necesitaba era acabar convertida en brocheta de conejo.
Entonces se me erizó el pelaje y todos mis sentidos se pusieron en alerta. Había un depredador cerca y yo era la presa. Lo sabía con cada fibra de mi ser conejil.
Di media vuelta y eché a correr tan rápido como me lo permitían las patas. El alivio me inundó en cuanto regresé al claro y encontré a Garrix. Una vez allí, no perdí ni un segundo en volver a mi forma humana. O a la de Ruby, mejor dicho.
La transformación no fue tan dolorosa esta vez. El crujido de los huesos y el estiramiento de tendones ya no parecían un incendio que me devoraba por dentro.
Al menos no grité. No hasta que me di cuenta de que estaba desnuda en pleno invierno. Me abracé a mí misma hasta que Garrix hizo aparecer ropa nueva sobre mí. Qué vergüenza.
—Bien hecho —dijo cuando por fin me recompuse.
—Gracias —asentí. Miré hacia el bosque, cada vez más oscuro, y un escalofrío me recorrió la espalda—. Me ha parecido ver algo por ahí, como si alguien me estuviera siguiendo.
Garrix miró el horizonte de árboles y frunció el ceño.
—Seguramente era un animal salvaje.
—Estoy mucho más tranquila —dije con ironía—. Quizá la próxima vez deberíamos probar con algo un poco más depredador, no con una presa.
Los ojos de Garrix brillaron.
—Esperaba que me lo pidieras.
—Pero no en la academia, Garrix —añadí—. La verdad es que me gusta vivir aquí y no quiero que me expulsen por saltarme las normas de Cillian a la torera.
Garrix hizo un gesto despreocupado con la mano y chasqueó la lengua.
—Ese ángel de la guarda nunca te expulsaría —dijo—. No va con su forma de ser. Te protegerá con su vida mientras siga enamorado de tu media hermana.
Noté una oleada de tristeza. El pobre Cillian nunca había superado del todo lo de Kimmie-Jayne. Esperaba que algún día encontrara la felicidad que se merecía.
Miré mi cuerpo inerte, apoyado contra un árbol. Seguía pareciéndome surrealista.
—Voy a volver a entrar —dije, señalándome a mí misma; bueno, quiero decir, señalando mi cuerpo—. Quiero regresar. Estoy bastante cansada.
—Lo entiendo. Lo has hecho bien y has gastado mucha energía mágica. Estarás agotada.
El camino a la academia fue silencioso. Tenía muchos pensamientos rondándome la cabeza y no necesitaba más compañía. Mi padre también parecía absorto en sus preocupaciones.
Había sido agradable pasar la última semana entrenando con él. Extraño, pero agradable.
Kimmie-Jayne tenía razón cuando dijo que no era fácil llegar a conocerlo. Aunque habíamos pasado bastante tiempo juntos, no podía decir que lo conociera mucho mejor.
Llegamos a la puerta trasera de la residencia y Garrix se detuvo cuando la abrí.
—Hasta aquí llego por hoy. Tengo una reunión importante del Gabinete dentro de dos horas. Pronto se decidirá si los sobrenaturales obtienen el derecho al voto, pero las cosas en el mundo humano no están precisamente tranquilas ahora mismo.
Solté un suspiro. Me arrepentí de no estar al tanto de la política humana. Con todo lo que estaba pasando, era lo último en lo que pensaba. Y, teniendo en cuenta mi puesto en el escuadrón de cazadores sobrenaturales, no era una buena idea seguir tan desinformada.
Que no nos hubieran llamado a luchar de nuevo no significaba que no pudiera pasar pronto, sobre todo ahora que Zephyr ya formaba parte del equipo.
Me apoyé en la puerta y la señora Mikalson llamó mi atención. Estaba en el pasillo hablando con Desmond y, cuando la miré, se estaba echando su sedoso cabello castaño para atrás. Uf. Por alguna razón no me caía bien, aunque Ryder la hubiera rechazado. Sonreí al recordarlo.
—¿Quién es esa? —preguntó Garrix, sacándome de mis pensamientos.