Capítulo 19
Mi padre biológico tardó semanas en volver a la academia.
Después de lo del portal, Cillian se había pasado horas revisando la enorme biblioteca de Darkhen en busca de cualquier referencia a una bruja u otra criatura sobrenatural capaz de abrir uno.
No había encontrado nada. Era una habilidad propia de los brujos oscuros y, aun entre ellos, era algo poco común.
Había llegado el momento de usar la artillería pesada, es decir, al brujo oscuro: mi padre.
—Deberíais habérmelo dicho antes.
La imponente presencia de Garrix parecía llenar el despacho de Cillian. El director seguía sentado tras su escritorio, con la mandíbula tensa. La ira empañaba su serenidad usual.
Ryder, en cambio, iba a explotar. Los músculos se le tensaron bajo la camisa negra.
—Nosotros hemos sido quienes hemos estado aquí con ella, no tú —espetó—. La abandonaste cuando solo era un bebé, ¿y ahora esperas que te contemos cada detalle de su vida? ¿Por qué? ¿Solamente porque es más poderosa de lo que pensabas?
Garrix dio un paso al frente y le clavó un dedo largo en el pecho.
—Es mi hija, y tú no sabes nada de las decisiones que tomé por ella. Os agradezco a los dos que hayáis cuidado de ella, pero, al final, su bienestar es responsabilidad mía.
—Estoy aquí, ¿eh? —dije, poniéndome entre los dos— Soy adulta y sé cuidarme muy bien.
Cillian intervino, tan tranquilo y sensato como siempre.
—Todos queremos lo mejor para ti, Luna. Puede que no estemos de acuerdo en cómo conseguirlo, pero todos los que estamos aquí nos preocupamos por ti.
Ryder me observaba con muchísima atención, pero me negué a devolverle la mirada. Lo último que necesitaba era discutir con él delante de mi padre y de Cillian.
—Genial. Pues averigüemos más sobre mi sangre de bruja mística o lo que sea.
Garrix echó un vistazo al reloj de la pared.
—Mi colega debería llegar en cualquier momento. Es un hechicero muy poderoso y ocupa un puesto junto al mío en el Consejo del Aquelarre. Su especialidad es identificar linajes.
—Creía que no queríamos que nadie más supiera lo de Luna —dijo Ryder.
—Y no queremos. Pero él es un amigo de confianza y no revelará lo que descubramos.
La mano de Garrix se posó sobre mi hombro. Su energía oscura me rozó la piel y me empezó a picar. Tenía unas ganas incontrolables de salirme de mi cuerpo. No lo podía evitar.
Ay, no. Ahora no.
Hablando de secretos, todavía no le había contado a nadie lo de cambiar de cuerpo, salvo a Drake. Los ojos color cobalto de Garrix me contemplaron fijamente y me sentí incómoda. Sentía algo dentro de mí luchando por salir, como si quisiera escapar de la prisión de mi piel.
¿Se había dado cuenta?
—Luna... —la voz de Garrix apenas fue un susurro inquietante— ¿Has desarrollado algún poder más desde la última vez que hablamos?
Bajé la mirada hacia el suelo de madera reluciente. Era incapaz de soportar el fuego de sus ojos. Sentía su poder colándose en mí, como si intentara obligarme a decir la verdad.
—Luna, mírame.
Levanté la vista sin querer y me encontré con la suya.
—Tal vez —dije.
Ryder y Cillian se me quedaron mirando también. Maldita sea. Debía haberlo contado antes.
—¿Qué pasó? —preguntó Ryder.
—Cambié de cuerpo. Pero solo una vez.
Entrelacé los dedos y, sin saber por qué, miré fijamente el pellejito junto al pulgar.
—Luna, ¿cómo has podido ocultarnos algo así?
La mirada de decepción de Cillian era diez veces peor que la de mi propio padre.
—¿Cuándo?
Ryder tenía una expresión de traición en el rostro que me oprimió el pecho.
—Hace unas semanas. Justo después de lo de Ash...
No pude terminar la frase porque la tristeza me cerró la garganta.
—¿Hace semanas? —la voz de Garrix subió de tono— Cambiar de cuerpo es peligroso, Luna. Tenías que haber venido a verme enseguida. Debes aprender a controlarlo y perfeccionarlo.
Me encogí de hombros bajo la mirada sombría de Ryder y me volví hacia mi padre.
—Lo siento. Últimamente han pasado demasiadas cosas...
—¿A quién poseíste? —preguntó Garrix.
El pánico me recorrió el cuerpo. ¿Y si Ryder descubría que había sido la señora Mikalson?
Tragué saliva.
—A otro alumno.
—¡Luna! —espetó Cillian— Eso está estrictamente prohibido.
—Lo siento, no lo sabía. Ni siquiera sabía lo que estaba pasando hasta que pasó.
—¿Qué tipo de alumno? —preguntó Ryder, y yo hice una mueca al oír el tono frío de su voz.
No podía decírselo. En el campus no había más demonios que él y la señora Mikalson.
Salvo en otra residencia...
—Un vampiro.
Ryder frunció el ceño.
Era mejor que pensara que me había metido en el cuerpo de Desmond antes que descubrir que había intentado acostarme con él mientras estaba en el cuerpo de la señora Mikalson.
—Eso no puede volver a pasar —dijo Cillian.
—Lo sé.
—Voy a trabajar con ella para que aprenda a controlar esa habilidad —intervino Garrix—. Sacaré tiempo de mi agenda como sea.
—Gracias —murmuré.
Dos golpes en la puerta hicieron que todos miraran hacia la puerta.
—Adelante —dijo Cillian.
Darby asomó su cabeza calva por la rendija.
—Ha llegado tu invitado.
El director asintió y le hizo un gesto para que lo dejara pasar.
—Gracias. Hazlo pasar, por favor.
El hombre que entró tenía justo el aspecto que imaginaba que tendría un hechicero: una túnica de un púrpura intenso y brillante.
Solo que era unos treinta centímetros más alto de lo que esperaba.
Aquel anciano arrugado imponía por su altura: medía más de metro noventa.
Sus cejas grises y despeinadas hacían juego con un gran bigote en forma de manillar y una barba que le caía por el pecho.
Con tanto pelo cubriéndole el semblante, me sorprendió descubrir que tenía la cabeza completamente calva y reluciente.
Garrix le estrechó la mano y después lo acompañó hasta el sofá.
—Draven, gracias por venir con tan poca antelación —dijo, y señaló a Cillian, que seguía sentado en el borde del escritorio—. Ya conoces a Cillian, ¿verdad?
El anciano asintió.
—Este es Ryder, uno de los profesores de aquí, y, por supuesto, mi hija, Luna.
Al oír aquellas palabras, sentí un nudo en el pecho.
Hija.
Nunca le había oído llamarme así, y aquello me dejó más aturdida que un duendecillo después de beber demasiado vino feérico.
—Luna.
Draven se levantó y me observó con atención. Ryder se acercó un poco más a mí.
Crucé los brazos, incómoda bajo la atención que me prestaba el hechicero. Sus ojos eran de un gris ahumado, solo un poco más oscuros que su barba, casi plateada.
—Ven a sentarte, criatura.
Me cogió de la mano y yo me senté a su lado, en el sofá de cuero. Ryder se acomodó en el reposabrazos, muy pegado a mí. Todavía no había sido capaz de mirarlo a los ojos, pero eso no evitó que mi guardaespaldas andara pendiente de mí, como siempre.
Garrix y Cillian ocuparon las sillas restantes, con toda la atención puesta en mí.
—¿Puedo? —preguntó Draven, extendiendo las manos con las palmas hacia arriba.
Asentí y coloqué mis manos sobre las suyas. Sus manos arrugadas envolvieron mis dedos y un escalofrío helado me recorrió la piel. Cerró los ojos y respiró hondo.
—Necesito que abras la mente. Sigo notando algo que bloquea tu energía —murmuró, y se concentró—: Hay una cierta oscuridad pegada a su aura, algo que no suele verse en los wiccanos —se volvió hacia mi padre y lo observó con atención, de arriba a abajo, desde su cabello rubio hasta sus elegantes zapatos de diseño.
El hecho de que hoy se hubiera mostrado con su verdadera apariencia significaba que confiaba en aquel hechicero.
Muy poca gente conocía el verdadero rostro de Garrix—.
Vuestras auras comparten una esencia parecida, algo normal, ya que ella lleva tu sangre.
Sin embargo, los rasgos demoníacos que percibo en ella son demasiado intensos para una mujer con ascendencia brujesca.
—¿Y eso qué quiere decir? —solté, incapaz de aguantarme más.
—Me gustaría analizar una muestra de tu sangre, si me das permiso.
Busqué la mirada de mi padre. Él asintió con los labios tensos.
—Está bien.
Ryder se enderezó antes de que terminara de responder.
—¿De verdad hace falta? —preguntó, mirando a Garrix y luego a Cillian.
—Debemos averiguar qué es ella, sobrino —dijo Cillian, con semblante muy severo—. He revisado todos los libros que hay en la biblioteca y mis hermanos ángeles también han consultado los textos divinos. No hay registro de que alguien abriera un portal y fuera brujo.
—Y mi instinto me dice que es bruja —murmuró el viejo hechicero—. Lo que he leído sobre ella apunta a esa conclusión, por imposible que parezca. La sangre servirá para confirmarlo.
—¿Pero cómo, si soy una chica? Todo el mundo dice que los brujos solo son hombres.
—Así fue desde tiempos inmemoriales —Draven me giró la palma hacia arriba. La cicatriz de la ceremonia vinculante seguía visible—. Quizá tú, querida, seas la primera de tu especie.
Sacó un pequeño alfiler y un frasco de entre los pliegues de su túnica. Luego me pinchó la yema del índice y brotó una gota de sangre. Apoyé el dedo sobre el frasco y la gota cayó en su interior. Draven dejó el recipiente en la mesita y rebuscó entre los pliegues de la túnica.
—A ver, ¿dónde está mi pequeño...? Ah, sí, aquí.
Una diminuta ampolla, cubierta por una sustancia negra y brillante, apareció entre sus dedos. Vertió el contenido en el frasco y ambos líquidos burbujearon, lanzando pequeñísimas chispas. Los ojos gris ahumado del viejo hechicero se abrieron como platos.
Cuando la reacción se calmó, agarró el recipiente y murmuró unas palabras.
El líquido oscuro comenzó a girar en su interior, salpicado de destellos que parecían estrellas en miniatura.
Señaló la mezcla con un dedo y una luz azul brotó de su yema.
El resplandor se movió, mezclándose entre el líquido, hasta que se desvaneció y se convirtió en un humo espeso.
El hechicero acercó el frasco a la nariz e inhaló el vapor oscuro.
El humo se metió por su nariz y boca hasta que los ojos se le volvieron completamente negros. Echó la cabeza hacia atrás y los labios se le torcieron en una mueca de dolor.
Jadeé.
Ryder me tomó la mano.
—Tranquila —susurró.
Después de unos segundos, que se me hicieron eternos, Draven tosió y una nube de vapor negro salió de su boca antes de desvanecerse en el aire.
Garrix chasqueó los dedos y un vaso de agua apareció en su mano. Se lo pasó a su amigo. Draven se lo bebió de un trago y soltó un sonoro eructo.
—Perdón —dijo, dándose unos golpecitos en el pecho.
—¿Y bien?
Garrix se inclinó hacia delante, frunciendo el ceño.
—Bruja, sin duda —el anciano me miró con una sonrisa—. Nunca pensé que vería algo así en mis casi doscientos años, querida. Es cierto lo que dicen: nunca se deja de aprender.
—¿Cómo es posible?
Ryder se inclinó hacia delante para mirar mejor al hechicero.
—La verdad es que no tengo ni idea. La magia y la genética pueden ser muy caprichosas.
—¿Y qué significa eso para mí? —pregunté, todavía intentando asimilar que de verdad era una bruja. La primera mujer hasta ahora.
—Supongo que iremos descubriendo más a medida que tus poderes se desarrollen, pero imagino que evolucionarán de forma muy parecida a los de cualquier otro brujo.
Garrix miró a su amigo con seriedad.
—Draven, como ya hemos hablado, esto debe mantenerse en el más absoluto secreto.
El anciano asintió.
—Mantendré mi palabra, como prometí. Pero esto es un descubrimiento enorme, viejo amigo. No podremos ocultárselo al Consejo del Aquelarre para siempre.
La mirada de Draven bajó hasta la mano de Ryder, que seguía entrelazada con la mía.
—Puede que Luna sea solo la primera, pero, si algún día tiene hijos, podría ser el principio de un linaje de brujas. Algo así no podrá mantenerse en secreto durante mucho tiempo.
Sentí que me ardía la cara y aparté la mano de la de Ryder.
—Bueno, menos mal que no tengo pensado tener hijos en un futuro cercano —murmuré.
—Sí, gracias al cielo —intervino Cillian, sin apartar la vista de Ryder.
Ay, lo sabe. Lo sabe perfectamente. Me removí en el asiento y me alejé del instructor.
Draven se puso de pie y carraspeó.
—En fin, si eso es todo lo que necesitabais de mí, debo marcharme.
—Gracias por venir, Draven —dijo Garrix, tendiéndole la mano. Pero, en vez de estrechársela, ambos se agarraron de los antebrazos en un extraño saludo.
El viejo hechicero inclinó la cabeza.
—Vivo para servir.
Y, con un remolino de tela púrpura, se marchó por la puerta.
—Bueno, pues esto sí que ha sido toda una revelación.
Garrix se acarició la barbilla, pensativo.
—¿Por qué no quieres que el resto del Consejo del Aquelarre sepa lo mío? —dije. Llevaba tiempo preguntándome por qué mi padre se empeñaba tanto en mantenerlo en secreto.
—Porque la gente teme lo que no entiende y, sobre todo, porque teme al poder —me contestó Garrix—. Tampoco quiero que te conviertas en el punto de mira. Al menos no hasta que hayas desarrollado por completo tus habilidades y seas capaz de defenderte.
Un pensamiento inquietante cruzó mi mente.
¿Era por eso por lo que Luxora me buscaba? ¿Sabía de alguna forma lo de mi parte brujesca?
Tragué saliva.
¿Por qué no podía haber sido una bruja normal y corriente?