Capítulo 17
Con todo el drama, el semestre se me pasó volando, más rápido que una bruja en escoba (aunque, por cierto, descubrí que eso de que la bruja viaja en escoba no era más que una leyenda).
No me podía creer que ya hubiera llegado otra vez el día de la gran carrera.
Precisamente en eso pensaba mientras sacaba a Zeus de la cuadra.
Parecía ayer cuando era incapaz de montar a aquel animal asalvajado. Ahora, al menos, nos llevábamos mejor.
Le acaricié el hocico oscuro y resopló. Bueno, no tenía el carácter de Lassie, pero llevaba meses sin intentar tirarme al suelo de un corcoveo, así que ya era una clara mejora.
Los gritos del público se hacían más fuertes a medida que me acercaba a la pista.
Alcé la vista y el estadio flotante se alzaba sobre mí, igual que la última vez.
Parecía que toda la academia se había reunido allí, además de media Corte de Invierno.
Habían venido a ver a su príncipe conseguir la medalla de oro por novena vez seguida para los seres feéricos.
Con los puños apretados, sujeté las riendas de Zeus mientras recordaba la última carrera.
Claramente, la victoria debería haber sido nuestra.
No podía demostrarlo, pero estaba casi segura de que Raine nos había saboteado en la recta final.
Algún día se lo echaría en cara... quizá cuando controlara mejor mis poderes y ella ya no pudiera convertirme en sapo.
—¡Eh!
Cinder se acercó montada en Bella y me sacó de mis pensamientos.
—¿Damos una vuelta rápida por el campo?
Como siempre, iba perfecta con su chaqueta azul marino, la camisa blanca abotonada y los pantalones de montar ajustados. Parecía salida de un catálogo de Polo Ralph Lauren.
—Claro.
Monté a Zeus y seguí a Cinder. Ya habían retirado toda la nieve en la pista y algunos compañeros daban vueltas por el círculo de césped, calentando a sus unipegs.
Al otro lado del campo, un leve destello de pelo oscuro llamó mi atención. Desmond montaba su unipeg castaño y me saludó con la mano cuando nuestras miradas se cruzaron. Le devolví la sonrisa y me volví hacia Cinder para evitar aquellos ojos opacos.
—Entonces, ¿se acabaron las citas con Des?
—No exactamente —contesté, jugueteando con las riendas de Zeus y bajando la vista.
—¿Qué quieres decir?
Negué con la cabeza, inquieta. Los ojos de Cinder se abrieron como platos.
—¿Todavía os seguís viendo?
Le había contado el desastre de nuestra primera cita, pero no le había dicho que habíamos quedado un par de veces más en su habitación. Después de lo de Ash, necesitaba distraerme; necesitaba algo que me mantuviera ocupada y lejos de cierto instructor demonio prohibido.
—Nos hemos visto un par de veces, pero no es nada serio —confesé.
Cinder soltó una exclamación exagerada y se llevó una mano a la boca.
—Pero ¿qué diría Ryder?
—Da igual, porque él no tiene nada que decir sobre esto —solté con más brusquedad de la que pretendía—. Perdona. Es mejor que no se entere.
Lo último que necesitaba era que el demonio que llevaba dentro decidiera ir a por Des.
—Vale, lo entiendo, pero ¿por qué no me lo habías dicho? —preguntó Cinder.
Me encogí de hombros. No sabía cómo explicárselo. Me daba demasiada vergüenza.
Cinder empujó a Bella un poco más cerca de Zeus y se inclinó hacia mí.
—¿Qué pasa?
—A veces dejo que me muerda —susurré.
Noté cómo se me encendían las mejillas en cuanto aquellas palabras salieron de mi boca.
La cara de espanto de Cinder me dio ganas de desaparecer bajo tierra. Cerró la boca de golpe y enseguida intentó disimular, fingiendo que ajustaba uno de los estribos.
—¡Bueno, di algo! —protesté— Es raro, ¿no? Des me dijo que los vampiros lo hacen mucho y que forma parte de los preliminares, pero yo soy una bruja, o una semibruja, o lo que sea. No debería gustarme, ¿verdad?
—No lo sé...
—Quizá sea por mi parte demoníaca —reflexioné—. A lo mejor por eso me gusta.
Madre mía, ¿cómo habíamos acabado hablando de esto? Opté por quitármelode la cabeza:
—Olvida todo lo que te he dicho —dije—. Además, voy a dejarlo. Es un buen chico y tampoco quiero darle falsas esperanzas.
—¿A quién le estás dando falsas esperanzas ahora, humana?
Apolo se acercó trotando a nuestro lado y Drake sonrió. Estaba tan metida en la conversación que ni siquiera los había oído llegar.
—A nadie —murmuré—. ¿Es que no te han enseñado que escuchar conversaciones ajenas es de mala educación?
—Sabes tan poco de la corte real feérica que todavía me sorprende.
Levanté los ojos con fastidio y animé a Zeus para que avanzara.
—Más te vale concentrarte, humana —añadió Drake—. Me muero por la revancha.
—No te preocupes por mí, príncipe de hielo. Llevo meses esperando lo mismo —le grité por encima del hombro mientras Zeus desplegaba las alas y alzábamos el vuelo.
Cinder y yo nos dirigimos a la línea de salida al mismo tiempo que el resto de mis compañeros ocupaban la pista.
Algunos unipegs se ponían a hacer piruetas, mostrando sus magníficas alas de colores.
Raine y Aeria entretenían al público con una coreografía encima de sus unipegs que, sin duda, llevaban meses preparando.
A todo esto, los seres feéricos vitoreaban y aplaudían.
No había nada que le gustara más a la realeza que un espectáculo.
De repente, vi al rey Elrian en la primera fila, rodeado por un pequeño grupo de soldados feéricos con uniformes azul pálido.
Me saludó con la mano y noté cómo me ponía roja al devolverle la sonrisa.
Unas filas más atrás estaban sentados Kimmie-Jayne y Fenix.
Mi cuñado se puso de pie y agitó los brazos para animarnos.
Cinder y yo pasamos a su lado volando. No esperaba volver a verlos tan pronto, y sentí una enorme alegría al verlos.
Detrás estaban Cillian y Ryder, ambos con elegantes trajes oscuros.
El director se inclinó hacia delante y le susurró algo a Kimmie-Jayne que la hizo sonreír.
La expresión de Ryder era imposible de descifrar.
Su mirada recorría a las personas que tenía alrededor.
Cuando sus ojos se posaron en mí, aparté la vista de inmediato.
Últimamente me había estado portando muy bien.
Lo último que necesitaba era que me pillara mirándolo embobada.
—Más te vale ganarle a Drake hoy —dijo Cinder, devolviéndome a la realidad—. A esos seres feéricos creídos hay que bajarles los humos.
Me reí. Nunca había visto ese lado tan competitivo de mi amiga.
—Haré lo que pueda —respondí, dándole unas palmaditas a Zeus y susurrando—: Depende de ti, amigo. ¿Qué tal si les enseñamos a Apolo y a Drake de qué pasta estamos hechos?
Zeus sacudió la cabeza y aguzó las orejas. Me lo tomé como un sí.
El cronómetro rojo de neón apareció sobre la línea de salida. Todos ocupamos nuestros puestos. Noventa segundos. La señora Thornberry apareció al otro lado de la línea roja con una amplia sonrisa y las alas negras desplegadas a su espalda.
—¿Listos? Tres vueltas a la pista. Quien gane podrá presumir hasta el próximo semestre.
Se oyeron gritos de emoción. Me sorprendió darme cuenta de que yo también gritaba. Drake y Apolo se colocaron a nuestro lado, y Zeus echó las orejas hacia atrás.
El príncipe se inclinó hacia mí y susurró:
—Suerte, humana. Espero que todo ese entrenamiento haya servido de algo.
—Seguro que sí.
Miré la pista que se extendía ante nosotros mientras pasaban los últimos segundos.
Diez, nueve, ocho...
Zeus golpeaba el aire con los cascos, con la mirada fija al frente.
El sonido de la campana de salida hizo que el corazón se me encogiera.
Por suerte, Zeus no esperó ninguna orden.
Desplegó sus magníficas alas y salimos disparados.
Avanzamos a toda velocidad y dejamos atrás a Cinder y a Bella en apenas unas zancadas.
Me incliné sobre el cuello de Zeus para ofrecer menos resistencia al viento.
Era un día perfecto. El sol me calentaba los hombros y no había ni rastro del típico aire gélido.
Los seres feéricos debían de haber usado su magia para controlar el clima, y yo no podía estar más agradecida.
Volamos por la pista a toda velocidad, adelantando un unipeg tras otro. Dejé atrás a Raine, luego a Aeria e incluso a Zephyr. El nuevo miembro del escuadrón destacaba prácticamente en todo. Y, por lo poco que había hablado con él, también parecía ser un buen tipo.
Solo que no era Ash. Y yo todavía no estaba preparada para reemplazarlo.
Por el momento, únicamente distinguía las ancas grises moteadas de Drake y Apolo unos metros por delante. Clavé los talones en los costados de Zeus y recurrí a la magia.
—¡ Velocem !
Al completar la segunda vuelta, mi unipeg salió disparado hacia delante y adelantó a Drake por un instante. Saludé por encima del hombro mientras Apolo se quedaba atrás, atrapado en la estela de las alas de Zeus. El príncipe de hielo murmuró algo, pero no lo pude oír.
Ya estaba muy lejos. El pelo rubio me golpeaba la cara conforme surcaba el aire. Las alas de Zeus nos impulsaban más rápido que nunca. Al llegar a la última vuelta, eché un vistazo a las gradas por el rabillo del ojo. Casi todo el público estaba de pie y algunos hasta me animaban.
Los gritos eran tales que casi tapaban el fuerte batir de las alas de Apolo. De repente, noté que alguien se acercaba. Giré la cabeza y vi que el unipeg de Drake avanzaba a la máxima velocidad. La cabeza del animal ya casi estaba a la misma altura que la de Zeus. ¡Mierda!
—No creías que iba a ser tan fácil, ¿verdad? —gritó Drake por encima del frenético aleteo.
Le fulminé con la mirada antes de volver a concentrarme en lo que tenía delante.
Esta vez no iba a distraerme por nada del mundo.
La línea de meta flotante estaba ya a solo unos metros y la colorida pancarta de las siete casas ondeaba al viento.
Tenía que pedirle a Cillian que añadiera la casa de los humanos también.
Pero primero tenía que ganar esta misma carrera.
— Velocem —le susurré a Zeus mientras le clavaba los talones en los costados.