El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—No pasa nada, Hallows. Estoy vivo. Y ahora sé por qué habías desaparecido tantos meses.

—¿En serio?

Lo solté y me aparté un poco.

Jay echó un vistazo a Ryder y al demonio con el que peleaba a unos metros de distancia, y después al resto de mi equipo, que estaba acabando con los otros dos monstruos.

—Tu nuevo mundo es una locura.

Me dejé caer hacia atrás, sentándome sobre los talones, mientras el caos seguía desarrollándose a nuestro alrededor.

Drake y Triston tenían acorralado al demonio alto, y Raf y Zephyr mantenían rodeado al de los cuernos mientras las chicas se turnaban para apuñalar a aquella bestia de piel correosa.

Una parte de mí se sentía culpable por no unirme a la pelea, pero, por lo que veía, se las arreglaban perfectamente sin mí.

Entonces escuché un aullido sobrenatural y volteé la cabeza hacia Ryder. El demonio con el que luchaba yacía despatarrado sobre el asfalto, con un agujero en el pecho. La sangre oscura brotaba del hueco donde, estaba bastante segura, debería haber estado el corazón.

Ryder ni me miró mientras se aproximaba a los demás. Bajo la tenue luz de la única farola que seguía funcionando, alcancé a distinguir sus rasgos ensombrecidos y aquellos ojos salvajes. El demonio que tanto se esforzaba por controlar se había liberado aquella noche.

—Acabad con esto —murmuró al escuadrón.

Los Siete se tomaron de las manos, y yo me puse en pie de un salto para unirme a ellos sin pensarlo. Cuando agarré la mano de Drake, una descarga de energía me recorrió las venas.

—Ya era hora de que aparecieras —bromeé.

Juntos pronunciamos las palabras grabadas para siempre en mi memoria: el mismo conjuro oscuro que había desatado mis poderes, por primera vez, en la residencia de Scarlett.

—¡ Toree fuocum celis demoniom !

Las brillantes llamas azules envolvieron a los tres demonios restantes y desdibujaron sus formas humanoides.

Mientras, sus gritos rasgaban el aire frío de la noche.

El poder fluyó desde mis manos, ascendió por mis brazos y se concentró en el centro de mi cuerpo hasta llenar cada rincón de mi ser.

Estaba mareada por aquella embriagadora oleada de magia.

Era increíble.

Una fuerza bruta recorría mi interior, y no era solo el mío. Casi podía percibir las sutiles diferencias entre cada una de nuestras ocho firmas mágicas.

Garrix tenía razón. Aquel hechizo vinculante iba a cambiarlo todo.

Detuve a Jay mientras subíamos por el camino empedrado que llevaba a su pequeña casa de ladrillo blanco. Aunque éramos amigos desde hacía casi cuatro años, nunca había pasado mucho tiempo allí. Dudaba que sus padres me reconocieran siquiera.

La tristeza me invadió de repente. Ojalá hubiera sabido abrirme más a los demás. Jay había sido mi mejor amigo en el instituto y, aun así, muchas cosas sobre mí las desconocía.

—Siento mucho todo lo que ha pasado, Jay —dije al fin, mientras él esperaba con paciencia a que hablara—. Nunca debí haber venido ni haberte puesto en peligro.

Negó con la cabeza.

—Ya pasó, Hallows. Déjalo, de verdad. Me alegra descubrir lo que has estado haciendo todos estos meses. Y también siento no haber hecho más por mantener el contacto.

Fruncí ligeramente los labios.

—Quiero seguir en contacto contigo, en serio, pero ahora no es seguro estar cerca de mí.

Era una de las pocas veces en mi vida en las que me alegraba de no tener demasiadas personas importantes de las que tuviera que alejarme. Jay inclinó la cabeza. Bajo la luz de la farola, sus ojos color avellana parecían más cálidos que nunca.

—¿Qué quieres decir?

—Que no voy a poder venir a verte durante un tiempo —dije, muy en serio—. Al menos hasta que tengamos todo este asunto de los demonios bajo control.

Se cruzó de brazos y soltó un suspiro.

—Vaya fastidio.

—No puedo arriesgarme a que se repita lo de esta noche —insistí—. Hemos tenido suerte de que nos encontraran a tiempo, pero la cosa podría haber acabado muy mal, Jay. Y no voy a ponerte en peligro de esa manera otra vez.

Jay asintió despacio. Él nunca había querido formar parte del mundo sobrenatural como yo.

—Te echaré de menos, Hallows —dijo—. Siempre hacías que todo fuera más interesante.

Le di un abrazo largo.

—No será para siempre. Además, podemos seguir escribiéndonos mensajes y eso.

—Claro —Jay se apartó y dio unos pasos atrás. Luego lanzó una mirada fugaz a Ryder, que esperaba al final del camino—. Ese tipo da muchísimo miedo, por cierto.

Me reí y eché un vistazo a mi guardaespaldas, instructor o lo que fuera ahora mismo.

—Sí, puede ser.

—Cuídate, Hallows —dijo Ray—. Y dale caña a esos demonios feísimos.

Con una sonrisa de despedida, Jay recorrió el resto del camino hasta la casa. Lo observé mientras subía los escalones, y no me volví hacia Ryder hasta que la puerta se cerró.

La tensión en su mandíbula desapareció en cuanto me acerqué.

—¿Estás bien? —preguntó mientras me tendía la mano.

Dudé un instante antes de cogerla. Lo necesitaba en ese momento, por mucho que me costara admitirlo. Alejarme de Jay era lo correcto, pero aun así era difícil.

—Estaré bien —murmuré al final.

Caminamos un par de manzanas en silencio, pero era un silencio agradable, de esos que te hacen sentir tranquila y te calman todos los nervios. Tenía que contarle a Ryder lo de Luxora y la marca, pero odiaba la idea de volver a preocuparlo. Cogí aire y al final se lo solté:

—Hay algo que tengo que contarte, pero antes prométeme que no vas a perder los nervios.

Ryder se detuvo y frunció el ceño.

—Eso no suena nada bien.

—Prométemelo.

—Vale, te lo prometo —suspiró Ryder—. Ahora cuéntamelo.

—Tenías razón. Fue Luxora quien envió al demonio para marcarme —le dije de golpe. Ryder empezó a murmurar todo tipo de palabrotas mientras se paseaba de un lado a otro.

—¿Qué quiere de ti?

Me encogí de hombros.

—Su secuaz no dio muchos detalles —admití—. Solo dijo que me quería en el Inframundo.

—Te prometo que no voy a dejar que eso pase.

Me rodeó con los brazos y me besó la frente. No pude evitar alzar la vista hasta encontrarme con sus ojos. Sus labios estaban a punto de tocar los míos.

—Hay algo que yo también tengo que contarte.

Di un paso atrás para poner algo de distancia entre nosotros.

—¿Qué?

Mi voz sonó demasiado entrecortada.

—Bueno, supongo que es más bien una pregunta —dijo Ryder, sonriente—. ¿Quieres abrir un portal aquí o vas a obligarnos a recorrer todo el camino hasta Grand Central?

Me lo quedé mirando como si tuviera un espantapájaros delante.

—¿De qué estás hablando?

—Ese portal que apareció hoy y nos llevó directos hasta ti lo abriste tú.

Le di un golpe en el hombro y solté una risita.

—Ya, claro...

—Te lo digo en serio, Luna —insistió Ryder—.

El hechizo de Garrix funcionó a las mil maravillas.

Sentí que estabas en peligro justo cuando te metiste en problemas —bajó la voz y se llevó una mano al pecho—.

Fue uno de los momentos más aterradores de mi vida.

Lo sentí todo: tu corazón desbocado, la garganta seca, la falta de aire…

—¿De verdad?

No sabía muy bien qué pensar de aquello.

—¿Los demás también?

Ryder asintió.

—No les conté los detalles a fondo, pero todos sentimos lo mismo: que nos estabas llamando. El problema es que no podíamos llegar a tiempo. Cillian intentaba convencer a uno de sus amigos brujos para que abriera un portal cuando, de repente, apareció uno.

Tragué saliva mientras intentaba entender todo lo que había sentido durante el ataque. En algún momento noté algo extraño en el pecho, un cosquilleo en la cicatriz, levanté la mano…

—Yo también sentí algo —dije, al fin—. Fue como si mi miedo se hubiera intensificado durante unos segundos, como si hubiera sentido lo que vosotros sentíais o algo así.

No tenía mucho sentido y tampoco sabía cómo explicarlo mejor.

—Nuestro vínculo nos llamó. En algún rincón de tu subconsciente, tu magia supo qué hacer.

Sacudí la cabeza.

—Pero ni siquiera he estudiado apertura de portales. Esa es una asignatura de tercer año.

—No, pero Drake sí —dijo Ryder.

—Entonces quizá lo hizo él.

—No es posible. Por muy poderoso que sea, solo los brujos oscuros pueden abrir portales.

Fruncí el ceño. Mi pobre cerebro humano era un desastre para estas cosas.

—Pero creía que habían dicho que solo los hombres podían ser brujos oscuros y, técnicamente, yo solamente soy una bruja.

—Eso es lo que todos creíamos.