El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Cuando escuché unos pasos cerca, tuve una sensación extraña.

Estiré el cuello y vi dos hombres corpulentos paseándose por la calle, con ojos de ónix centelleantes.

Ambos me devolvieron la mirada y aquello me puse nerviosa.

¿Eran demonios? No sonaba a una tontería, porque estaba en el Lower East Side y allí vivía la mayoría de los supes.

—¿Qué pasa?

Jay se inclinó para mirar por encima de mi hombro.

—Nada, no te preocupes.

El sonido de aquellos pasos arrastrados se oía cada vez más cerca, y la tensión que me atenazaba el estómago no dejaba de crecer.

—Buenas noches.

Los dos hombres se acercaron a nuestra mesa. El más alto ladeó la cabeza hacia mí y olfateó el aire antes de mirar a Jay y dedicarle una sonrisa torcida. Le lancé una mirada intimidante.

—Chicos, nos estáis arruinando la cita. ¿Os importaría apartaros un poco?

Jay echó la cabeza hacia atrás al oír mi comentario, pero, por suerte, no abrió la boca.

—Disculpad —dijo el otro, levantando las manos.

De sus gruesos dedos sobresalían garras negras en lugar de uñas. Cuando Jay vio aquello, soltó un gritito ahogado y estuvo a punto de hundir la cabeza en la shisha. Al final, los dos hombres se dejaron caer en una mesa situada a pocos metros de nosotros. Genial.

—¿Qué son? —murmuró Jay.

Me llevé un dedo a los labios y luego señalé mis orejas, esperando que entendiera la indirecta. Todos los supes tenían un oído supersensible.

—Demonios —articulé sin emitir sonido.

Los ojos de Jay se abrieron de par en par y prácticamente chilló:

—¡La cuenta, por favor!

No aparté la vista de los dos tipos mientras esperábamos a que el camarero nos trajera la cuenta. Hablaban en voz baja, y me maldije por no haber nacido con los sentidos de un supe. Conocía hechizos para agudizar el oído, pero lo último que quería era llamar la atención.

En cuanto pagamos, agarré a Jay de la mano y tiré de él para que se levantara. Las calles estaban tranquilas; aquella parte del Lower East Side no tenía nada que ver con las zonas turísticas abarrotadas del centro. Por suerte, la estación de metro no estaba lejos.

Miraba por encima del hombro cada pocos pasos para asegurarme de que no nos seguían.

—¿Crees que van a venir a por nosotros? —preguntó Jay, volviéndose una y otra vez.

—No. No tienen ningún motivo.

Estaba siendo una paranoica, eso era todo. La sobreprotección de Ryder me afectaba. Ya no estaba marcada y no había ¡razón para que unos demonios corrientes nos atacaran.

—Entonces ¿por qué vamos tan rápido? —jadeó Jay.

Aflojé el paso al darme cuenta de que casi había estado corriendo y arrastrándolo detrás de mí. Todo el entrenamiento había dado sus frutos y, por fin, me movía mucho más rápido.

—Prefiero poner distancia, por si acaso. Además, no quiero llegar muy tarde a Darkhen.

—Vale...

La estación de metro de Grand Street estaba a solo unas cuantas manzanas. Únicamente teníamos que cruzar aquella zona con mala reputación de la ciudad y ya estaríamos a salvo. Allí siempre había turistas paseando por Chinatown en busca de bolsos de imitación.

El débil sonido de unos pasos a nuestra espalda hizo que se me erizara la piel. Me giré, pero con la poca luz y las farolas rotas solo distinguí sombras.

Tiré de la mano de Jay y aceleré el paso.

—Vamos, date prisa. No quiero perder el tren.

Mierda, ¿dónde estaba el príncipe de hielo cuando lo necesitaba?

—Pensaba que habías dicho que era una especie de portal mágico —resopló él.

—Lo es. Uf, solo date prisa, Jay.

—¿Qué pasa?

Jay miró por encima del hombro, pero tampoco vio nada.

—No lo sé. Tengo un mal presentimiento —dije, preocupada—. Hazme caso, ¿vale?

Como si le hubiera convencido por fin, mi amigo aceleró el paso y se puso a mi ritmo mientras las pisadas que nos seguían sonaban cada vez más cerca. El corazón me latía con fuerza, y no por el esfuerzo. Saqué el móvil y le envié un mensaje rápido a Drake.

Las imágenes del ataque en el Madison Square Garden volvieron a mi mente. Sentí una presión enorme en el pecho, como si unas bandas invisibles de acero me estuvieran aplastando los pulmones. ¿Y si volvía a fallar? ¿Y si yo no era capaz de proteger a Jay?

Apreté con fuerza la mano de Jay cuando vi sombras cruzando la calle a toda velocidad.

Nos habían rodeado. Al parpadear, las distinguí: dos eran los del bar de shisha; los otros dos debían de ser más demonios.

No parecían tan humanos como los primeros.

Uno tenía dos cuernos blancos y cortos sobresaliendo de la frente, y el otro parecía haberse pasado con las sesiones de rayos UVA.

Su piel, áspera y correosa, era de un tono marrón anaranjado oscuro.

—¿Qué cojones? —murmuró Jay.

Maldita sea, aquello tenía muy mala pinta.

Noté una oleada de miedo. Los ocho lazos que rodeaban mi corazón se tensaron. Era una sensación extraña, distinta a cualquier cosa que hubiera sentido antes. Me empezó a picar la palma de la mano y la pequeña cicatriz del hechizo vinculante estaba palpitando.

El tipo alto del bar dio un paso al frente mientras los demás terminaban de rodearnos.

—¿Disfrutas de la cita, mestiza?

Sus ojos negros como la obsidiana se clavaron en los míos.

—No, la verdad. Han aparecido unos demonios muy pesados y me la han arruinado.

Los labios del tipo se curvaron en una sonrisa despectiva.

—El señor oscuro te estaba buscando. A ella no le ha hecho gracia que le quitaran su marca.

¿Ella?

Ay, joder. Ryder tenía razón. Tenía que ser Luxora quien quería verme muerta. ¿Cuántas señoras de la guerra del Inframundo podía haber?

Me planté con las manos en las caderas.

—No tengo ni idea de qué estás hablando. ¿Qué marca?

—Vamos, humana. Huelo la sangre de brujo que corre por tus venas, y percibo algo más —el demonio echó la cabeza hacia atrás y olfateó el aire—.

Eres tal y como te describió el ábacor, y aún detecto un leve rastro de la marca.

Quien la eliminó debía de ser bastante poderoso.

Borrar la marca de un demonio relix no es fácil.

El señor oscuro no estaba nada contento.

—Sí, bueno, yo tampoco estaba muy contenta cuando me la grabaron a fuego en la piel.

Miré de reojo el círculo de demonios que nos rodeaba.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora te llevamos con ella.

Un grito sordo escapó de la garganta de Jay. El pobre no se merecía verse metido en aquello.

Levanté la vista hacia el tipo alto, que parecía ser el que mandaba.

—¿Y dejaréis marchar a mi amigo?

Se encogió de hombros.

—Claro. ¿Por qué no?

—Bien. Dejadlo ir ahora mismo y yo iré con vosotros.

—No —Jay me tiró de la mano y me obligó a mirarlo—. No voy a dejarte aquí con ellos.

Lo atraje hacia mí y lo abracé con fuerza.

—Estaré bien, Jay. Te lo prometo —le susurré al oído—. En cuanto sepa que estás a salvo, sacaré mis mejores trucos de magia.

Negó con la cabeza.

—No puedo hacer eso, Hallows.

—Entonces los dos os vendréis con nosotros de viaje al Inframundo.

El tipo alto hizo un gesto a los dos demonios más feos, y estos se lanzaron sobre nosotros.

—¡ Parem immediatum !

Extendí los brazos y una descarga de electricidad brotó de mis palmas. Los dos demonios se quedaron paralizados en pleno salto, con los colmillos al descubierto y las garras abiertas.

—¡Corre, Jay! —grité.

Jay me miró, luego miró a los monstruos paralizados y después a los demonios que seguían avanzando. La culpa le contorsionó el rostro.

—¡Hazlo!

—¡Voy a buscar ayuda!

Se dio la vuelta, pero antes de que pudiera avanzar unos pocos metros, el segundo demonio pasó como un rayo y lo atrapó. Jay pateaba y se retorcía, pero no podía hacer nada contra la fuerza de un habitante del Inframundo. El tipo alto agitó con violencia el dedo índice.

—No deberías haber hecho eso. Te ofrecí la salida fácil, pero ahora habrá dolor.

Su mano se lanzó hacia mí antes de que pudiera pronunciar las palabras para invocar mi burbuja protectora. Unos dedos gruesos se cerraron alrededor de mi garganta y apretaron. Me levantó en el aire y el suelo desapareció bajo mis pies. Pataleé y forcejeé, jadeando.

—Primero verás morir a tu amigo —me advirtió—, y luego te llevaré ante el señor oscuro.

—¡No!

El grito salió de mis labios y una oleada de fuego estalló en mi pecho, lo cual iluminó el centro de mi cuerpo y se fue extendiendo. Se formó una burbuja de energía expansiva que terminó abriendo un portal. El torbellino giró y siete figuras aparecieron en el interior.

Ryder, Scarlett, Triston y los demás atravesaron el portal, armados. Nunca pensé que me alegraría tanto de ver a Raine y a Aeria. Escuché la melodía sobrenatural de Aeria, que parecía llenar la noche fresca e hizo que los ojos de los demonios se volvieran vidriosos.

Los dos demonios que se habían quedado paralizados en el aire fueron volviendo en sí cuando la luz se extinguió en mi pecho. Empezaron a avanzar hacia mis amigos, pero el equipo no perdió tiempo y se lanzó al ataque mientras el hechizo de Aeria hacía efecto.

Drake apareció corriendo desde la esquina y se abalanzó sobre el tipo alto. Su espada feérica cortó el aire. Ahora que mi escuadrón estaba allí, las cosas no pintaban bien... para ellos.

Scarlett me lanzó una daga y un momento después me abalancé directamente sobre el demonio que tenía a Jay atrapado en una llave de estrangulamiento. Un segundo después, Ryder estaba a mi lado, con sus ojos áureos fulgurantes y completamente amarillos.

De repente, de sus uñas surgieron unas garras afiladas que desgarraron el torso del demonio. La sangre empezó a brotar de las cinco heridas espantosas que le había causado y salpicó la acera. El habitante del Inframundo soltó a Jay y mi amigo cayó al suelo.

Corrí a agacharme junto a Jay mientras Ryder remataba al demonio. Vi manchas de un púrpura intenso que le cubrían el cuello. La piel malherida asomaba por la camisa.

—¡Dios mío, Jay! Lo siento muchísimo —dije. Abracé a mi amigo con cuidado de no tocarle las zonas magulladas—. No debía haber venido. Si te hubiera pasado algo por mi culpa...

Me tragué el resto de aquellas palabras impronunciables.