Capítulo 15
—Es demasiado peligroso que vaya sola —protestó Ryder mientras caminaba de un lado a otro en el despacho de Cillian. Parecía dejar un rastro marcado en la mullida alfombra.
Mientras tanto, el ángel tamborileaba los dedos sobre el escritorio. Su mirada iba de Ryder a mí y de mí a Ryder. Me acerqué a su mesa, planteándome incluso suplicarle.
—No es justo. Todos pueden volver a casa cuando quieren. Yo no he vuelto al mundo humano ni una vez desde que llegué hace seis meses —dije. Ryder quiso quejarse, pero lo fulminé con la mirada antes de hacerlo—. El Madison Square Garden no cuenta.
Cillian carraspeó y entrelazó las manos.
—Creo que Luna tiene razón, Ryder. No hay por qué pensar que una visita a su casa sea un peligro. No tiene la marca del diablo y ningún demonio la ha buscado desde hace semanas. Parece que el hechizo de Garrix ha funcionado y que quien la marcó ha perdido el interés.
Ryder negó con la cabeza y me atravesó con sus ojos de obsidiana, increíblemente oscuros.
—Sigue sin gustarme la idea.
—Bueno, menos mal que no eres tú quien manda sobre mí —resoplé.
Ryder acortó la distancia entre nosotros en un abrir y cerrar de ojos y me lanzó una mirada penetrante. Sus enormes hombros y su torso se alzaban sobre mí.
—Sí, soy responsable de tu seguridad, y me tomo ese deber muy en serio.
Puse los ojos en blanco. Me llevé las manos a las caderas y me puse de puntillas.
—¿Desde cuándo eres tan recto?
Él me lanzó una mirada asesina y yo hice una mueca. Vale, quizá me había pasado.
—Ya basta —dijo Cillian, levantándose. El chirrido de la silla contra el parqué terminó la discusión—. Le concederé a Luna un día para volver a casa mañana, pero Drake irá con ella.
—¿Qué? —exclamamos Ryder y yo al mismo tiempo.
Mi director levantó una mano para hacernos callar.
—Drake no tiene por qué estar pegado a ella todo el tiempo. Solamente quiero que se mantenga cerca. No será tan agobiante como mi sobrino.
—Perfecto —suspiré.
Drake sería mejor que aquella enorme sombra demoníaca que me perseguía. A todo esto, Ryder no dijo nada. Se limitó a fulminarme con la mirada. Parecía aún más cabreado. Entonces, Cillian se acercó y me puso las manos sobre los hombros, con rostro fraternal.
—Luna, debes volver antes del anochecer y quiero que permanezcas alerta. La situación ha empeorado desde tu última visita. Solo te pido que tengas cuidado.
—Así será —dije. Le lancé una mirada desafiante a Ryder antes de volverme hacia el director—. Y gracias, Cillian, por confiar en mí.
—No es que yo no confíe en ti —intervino Ryder.
—Fuera los dos —nos interrumpió Cillian—. Podéis seguir discutiendo lejos de mi vista.
Nos acompañó hasta la puerta del despacho y la cerró de golpe tras nosotros.
Darby soltó una risita detrás de su escritorio mientras yo cruzaba el vestíbulo, con Ryder pegado a mis talones. Me agarró del brazo y me hizo darme la vuelta.
—Sí confío en ti, Luna. No eres tú quien me preocupa; son Luxora y sus demonios —me aseguró. Me llevó por el pasillo, alejándonos de la mirada de Darby—. He hablado con mi padre y él también está preocupado. ¿Sabes cuántas veces he oído a Lucifer decir eso?
Negué con la cabeza, evitando su atención sobre mí.
—Nunca —dijo Ryder—. Ni una vez. Luxora está reuniendo un ejército y, en vez de enfrentarse a mi padre en el Inframundo, está llevando la batalla a la luz del día porque sabe que ahí es donde él es más débil.
La preocupación honesta que reflejaban aquellos ojos abismales hizo que parte de la rabia acumulada en mi pecho fuera desvaneciéndose.
—Lo entiendo, de verdad. Luxora es mala y peligrosa, pero ¿por qué iba a venir a por mí?
Frunció los labios.
—No lo sé, pero alguien ya vino a por ti una vez y nunca descubrimos quién fue. Drake no es lo bastante fuerte... ¿Y si el señor oscuro al que se refería aquel demonio era Luxora?
Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar al demonio ábacor y a Ash. Intenté enterrar esos recuerdos en lo más profundo de mi mente y los aparté sacudiendo la cabeza.
—¿Y si no lo era? —repliqué— Ryder, no puedo pasarme la vida escondiéndome. Ya no estoy marcada y las cosas se han calmado un poco. Necesito un respiro, ¿lo entiendes? Un descanso de toda esta locura sobrenatural y un poco de normalidad con un viejo amigo.
La tensión de su cara se suavizó. Me incliné hacia él y puse cara de cachorro indefenso.
—Hace seis meses que no veo a Jay. Te prometo que no haremos nada peligroso.
Pero sus ojos volvieron a abrirse de par en par. Vi fuego en ellos.
—¿Jay? ¿Tu amigo es un chico?
—Sí. Estoy convencida de que te he hablado de él alguna vez.
Se cruzó de brazos.
—Pues no. No creo que lo hayas hecho.
El corazón me dio un pequeño vuelco al ver el puchero tan irritante y, al mismo tiempo, tan adorable que formaban sus labios. ¿De verdad estaba celoso?
—Quizá debería ir contigo, por si acaso.
Le di un suave golpecito en el pecho con un dedo.
—No lo creo, colega. Con Drake ya es más que suficiente. Necesito un poco de tiempo para mí, y eso no incluye a un demonio que va por ahí haciendo de guardaespaldas. Además, ahora que estamos todos atados y esas cosas, si me pasa algo, estoy segura de que lo sabrás.
—No me gusta estrenar el vínculo de esta manera. Y menos con tu vida en juego. Eres demasiado importante.
Apoyé la mano sobre su pecho. Notaba los latidos acelerados de su corazón bajo mi palma. El mío también empezaba a ir más deprisa, como si intentara seguir el ritmo del suyo.
—Estaré bien, Ryder. Mañana por la noche estaré de vuelta, sana y salva. Te lo prometo.
El pelo pelirrojo de Jay destacaba entre la gente que subía y bajaba a toda prisa por las escaleras de Grand Central. Levanté una mano para llamar su atención y, en cuanto me vio, bajó los escalones rápidamente hasta reunirse conmigo en medio del enorme vestíbulo.
—¡Hola!
Tuve que contenerme para no echarle los brazos al cuello cuando se detuvo frente a mí. Sus ojos pasaron de mí a Drake. Se rascó la nuca y un leve rubor le tiñó las mejillas.
—Hola, desconocido —murmuró.
—Perdona, este es mi amigo Drake —dije—. Solo me ha acompañado hasta la ciudad, pero ahora se va lejos, muy lejos. ¿Verdad, Drake?
—Lo que tú digas, humana. Pero procura que no te maten mientras estoy de guardia.
Lo empujé hacia la salida de la estación.
—¡Hasta luego!
Luego me volví hacia Jay y puse mi mejor cara de arrepentimiento.
—Sé que he sido la peor amiga del mundo, Jay. Siento mucho haber desaparecido así.
Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y echó a andar hacia la salida.
—Nah, lo entiendo. Quiero decir, ¿cómo va a compararse esto... —levantó las manos señalando el caos de pasajeros y turistas a nuestro alrededor— con el mundo sobrenatural?
Jay empujó la puerta y el estruendo de las bocinas y las obras de la calle nos envolvió al instante. Hacía años que no vivía en la ciudad, desde que la señora Hallows murió y me enviaron al Hogar Astor, pero seguía habiendo algo reconfortante en toda aquella locura.
—No es eso, Jay. Han pasado muchas cosas y ni siquiera sé por dónde empezar.
Cuando me fui, Jay y yo seguíamos escribiéndonos de vez en cuando y lo mantenía al tanto, pero desde que me marcaron y mis poderes aparecieron, me había ido alejando.
No sabía cómo explicarle toda aquello. Si no lo hubiera vivido yo misma, tampoco me lo habría creído.
Jay se detuvo en la esquina de la calle 43 Este con Lexington Avenue y se volvió hacia mí.
—¿Adónde quieres ir?
—No lo sé. A ningún sitio en concreto. Pero al oeste no —dije. Aún no estaba preparada para acercarme al Madison Square Garden. Las heridas seguían recientes y el recuerdo de Ash seguía todavía muy presente—. ¿Podemos empezar a caminar y decidir sobre la marcha?
—Claro.
Echó a andar hacia el sur y yo me apresuré a ponerme a su lado.
Tras unos minutos de silencio —bueno, silencio entre nosotros, porque la ciudad nunca estaba en silencio—, solté lo primero que se me pasó por la cabeza.
—Ahora tengo poderes mágicos.
Se quedó quieto en mitad de la acera y estuvo a punto de chocar con un hombre trajeado.
—¡Cuidado! —murmuró el desconocido.
—Perdón, ha sido culpa mía.
Los ojos color avellana de Jay se abrieron como platos.
—¿En serio?
Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.
—Síp.
—¿Y qué clase de cosas puedes hacer?
—Pues puedo crear una burbuja protectora, volverme invisible y, a veces, incluso lanzar una explosión de energía superpotente con las manos.
—Eso es una locura.
Los peatones empezaron a quejarse porque estábamos ocupando media acera, así que seguimos caminando mientras le contaba algunos de mis mayores éxitos mágicos y también mis fracasos más sonados.
Le hablé de Zeus, del extraño sistema de las siete Casas de Azar, de mis clases y, por último, de Los Siete.
Eso sí, me guardé lo de la marca del diablo y las cosas más extrañas, porque no quería darle un infarto.
También decidí no mencionar todavía a mi padre biológico.
Ya le había dicho que era brujo, pero sin entrar en muchos detalles.
—Así que eres una especie de superheroína temible —dijo Jay, sonriendo con aire burlón.
—Qué va, ni de lejos. Todavía estoy aprendiendo a controlar mis poderes —contesté. Entonces me acerqué y le susurré al oído—: ¿Sabes guardar un secreto?
—Claro.
Jay se pasó los dedos por los labios, como si se los cerrara con una cremallera, y luego fingió tirar la llave. Madre mía, cuánto echaba de menos a Jay y sus tonterías.
—Tu padre tenía toda la razón. Los supes se están colando en nuestro mundo y están atacando a los humanos. La mayoría son demonios del Inframundo e intentan sabotear la unificación. La hija de Lucifer lidera todo esto. Quiere vengarse de su padre por...
Me interrumpí al ver la cara que había puesto Jay. Tragó saliva y vi perfectamente cómo, víctima de los nervios, la nuez le subía y le bajaba por el cuello.
—¿Has dicho Lucifer? ¿El diablo?
—Sí, ese mismo.
—Joder, Luna, cuando te metes en cosas sobrenaturales, vas a lo grande, ¿eh?