Capítulo 14
Volví a mi rutina tras una semana de ir a las clases y a los entrenamientos, aunque, eso sí, con una actividad extra: visitar de vez en cuando la habitación de Desmond por las tardes.
Ni siquiera tenía claro por qué seguía involucrándome con el vampiro.
Vale, sí, me gustaba, pero tampoco era para tanto.
No había una conexión real entre nosotros, aparte de la adrenalina que me provocaban sus mordiscos.
Y por eso no se lo había contado a nadie, ni siquiera a Cinder.
Me gustaba que me mordieran. Madre mía, estaba hecha un lío.
Intenté volver a centrarme en el entrenamiento y dejar a un lado las extrañas sensaciones que Des despertaba en mí.
Me sentaba bien mantenerme ocupada y tener la mente y el cuerpo en movimiento.
El poder que Garrix había liberado al quitarme la marca era como una mala hierba que crecía dentro de mí.
Cada día lo sentía más fuerte y más integrado.
—Luna, te toca conmigo en la siguiente ronda.
La voz de Ryder me sacó de mi ensimismamiento y bajé el ritmo mientras me dirigía al centro de la sala de entrenamiento. Ahora que solo quedábamos siete, Ryder solía venir para entrenar con alguno. Hasta ese momento, me había estado evitando casi por completo.
Me subí a la lona y me ayudó a colocarme los guantes y el casco antes de ponerse los suyos.
—Sin magia. Solo fuerza física en esta ronda.
Asentí, apretando los dientes. Todavía había tantos sentimientos sin resolver entre Ryder y yo que no estaba segura de que aquella fuera la mejor idea.
Me hizo un gesto para que me acercara y choqué los puños con él.
Intenté tranquilizarme. Lancé el primer puñetazo antes de que Ryder diera la señal de inicio y le di de lleno en la mandíbula. Sonrió con picardía.
—Veo que ahora peleamos fuerte.
—A lo mejor ya estoy harta de ser una chica buena.
Frunció el ceño. Antes de que pudiera decir nada, le lancé un gancho rápido al mentón. Lo bloqueó, pero el movimiento le hizo perder el equilibrio y le barrí la pierna con la mía. Se tambaleó hacia atrás, pero no cayó. Notaba en mí los reflejos de demonio más acentuados.
Continué el ataque con una mezcla de puñetazos, ganchos al mentón y patadas.
No solo era físicamente más fuerte, sino que también estaba ganando velocidad.
Quizá no fuera tan rápida como un demonio capaz de convertirse en un rayo, pero desde luego era mucho más rápida que un humano.
Ryder esquivó la mayoría de mis golpes, aunque algunos sí llegaron a alcanzarlo.
La sensación de mi puño impactando contra su cuerpo fue muy satisfactoria.
Después de veinte minutos cuerpo a cuerpo, el sudor ya empezaba a chorrearme por la frente y me dolían músculos que ni siquiera sabía que existían. Luchar sin magia me agotaba de una forma distinta, aunque siempre que lo hacía me sentía mucho mejor al poco rato.
—¡Bien! —dijo Ryder cuando le di un puñetazo en sus abdominales, duros como una roca— Venga, cinco minutos más y ya descansamos. Va, demuéstrame lo que sabes hacer.
Fingí que iba a usar el brazo izquierdo y, en su lugar, levanté la pierna para lanzar una patada giratoria.
Ryder anticipó mi movimiento favorito. Me agarró el tobillo, lo retorció y tuve que elegir entre partirme la pierna o caer.
Al final me di contra la colchoneta con un golpe seco, llevándome a Ryder detrás.
Aterrizó a mi lado y el suelo de parqué tembló.
—Siempre sé cuándo vas a intentar hacer esa patada giratoria.
Lo miré de reojo. Como tardó un segundo en levantarse, aproveché para rodearle los muslos con las piernas en una llave de tijera.
—No está mal —Ryder se rio entre dientes—. Pero has cometido un error fatal: has dejado la parte de arriba desprotegida.
Con un movimiento rápido, me levantó las piernas y rompió la llave. La cabeza me dio vueltas y, cuando me di cuenta, estaba tumbada de espaldas. Las piernas de Ryder me tenían inmovilizada contra la lona mientras se inclinaba sobre mí con una expresión satisfecha.
Me retorcí debajo de él, pero pesaba mucho. Ni siquiera con mi fuerza conseguía moverlo. Él se acercó más y apoyó los brazos a ambos lados de mi cabeza, dejándome atrapada.
—No te rindas, Luna. Soy un demonio a punto de succionarte el alma. ¿Cómo vas a escapar?
Pateé y me revolví, pero fue inútil. Ni siquiera con mi sangre de bruja y demonio había manera de hacerle frente, y mucho menos podría enfrentarme a un demonio de verdad. Esa conclusión a la que llegué me dejó sin aliento. Dejé caer la cabeza sobre la colchoneta.
Un destello amarillo cruzó los ojos de Ryder mientras se acercaba todavía más.
—No te rindas —espetó—. ¿Qué quieres, morir?
—¡No! —murmuré.
—Pues entonces defiéndete.
—¡Lo estoy intentando!
—No lo suficiente.
Sus labios estaban a centímetros de los míos y me puso nerviosa. ¿Qué diablos estaba haciendo? Inspiró con fuerza y una neblina azul empezó a flotar entre nosotros.
Sentí un escalofrío helado recorriéndome el cuerpo. Algo oscuro tiraba de mí.
—¡Para! —grité, al darme cuenta de lo que estaba haciendo.
Las pupilas de Ryder se estrecharon hasta convertirse en rendijas negras, y sus iris, antes abismales como un pozo, se tiñeron de un brillo dorado translúcido.
—Haz que pare —dijo con voz ronca.
El corazón me iba a mil mientras sentía una presión dentro de mí. Otro tirón me recorrió el cuerpo y me inundó el pánico. Separé los brazos del cuerpo, apoyé las palmas en el pecho de Ryder y una intensa ráfaga de energía púrpura salió disparada directamente de mis manos.
Los ojos sobrenaturales de Ryder se abrieron de golpe cuando salió volando hacia el otro extremo de la sala.
Todos se volvieron y me miraron al ver cómo se había estrellado el instructor contra la pared.
Cogí aire y la presión se desvaneció. Me acerqué a Ryder, ignorando al resto.
Estaba tumbado boca arriba y la sangre le manaba por la boca y la nariz.
Sus ojos ya habían vuelto a la normalidad y el brillo demoníaco había desaparecido.
Se me cortó la respiración. Tenía miedo de haberle hecho daño de verdad.
—Bien hecho —murmuró Ryder mientras se limpiaba la sangre de la barbilla.
Me tendió la mano y lo ayudé a ponerse en pie.
—Pero pensaba que no debía usar magia.
—Y yo tampoco debía intentar arrancarte el alma, ¿no?
Fruncí el ceño.
—¿Todo esto era una prueba?
—En una pelea de verdad no hay reglas, Luna.
Haces lo que haga falta para sobrevivir.
—dijo Ryder. Alzó la vista hacia los demás, que ya se habían reunido a nuestro alrededor—.
Y eso va por todos vosotros. Aprovechad cualquier ventaja que tengáis sobre vuestro enemigo.
Me da igual cuál sea. Si tenéis que darle una patada en los huevos a un demonio, hacedlo.
Las chicas se echaron a reír y yo no pude evitar sonreír.
El breve momento de alegría terminó cuando las puertas de la sala de entrenamiento se abrieron con un crujido.
La imponente figura de Cillian llenaba la entrada, pero fue el hombre que estaba a su lado quien captó toda mi atención.
Reconocería aquellos intensos ojos color cobalto en cualquier parte, sin importar el aspecto que tuviera.
Detrás de mi padre, un chico joven observaba a los siete con la mirada fija en nosotros.
—Perdón por la interrupción —dijo Cillian—.
Quería presentaros al nuevo miembro del equipo —señaló al chico que tenía al lado, de cabello pajizo, cortado al rape.
Me resultaba vagamente familiar. Seguro que lo había visto por la residencia de los dragones—.
Se llama Zephyr y se unirá al escuadrón con efecto inmediato.
Está en tercer año, así que no es nuevo, pero os llevará un tiempo conocerlo.
Para acelerar las cosas, he traído a un brujo amigo.
El director inclinó la cabeza hacia mi padre. Aquel día llevaba el pelo morado y no parecía mucho mayor que Ryder. Por un momento me pregunté cuánta gente conocería el verdadero aspecto de Garrix. Imaginé que no mucha.
—Garrix cree que unir a los ocho fortalecerá vuestros poderes. También funcionará como una especie de sistema de alerta. Si alguno de vosotros se mete en problemas, los demás lo sabrán enseguida. Con suerte, eso evitará que pase algo como lo que le ocurrió a Ash.
Los ojos de Drake se cruzaron con los míos cuando Cillian mencionó al brujo, pero yo aparté la vista. No se me daba bien ocultar lo que sentía y no quería que alguien se diera cuenta.
—¿Y yo? —dijo Ryder, dando un paso al frente sin apartar la mirada de Cillian— Creo que debería formar parte del hechizo vinculante. Al fin y al cabo, son mi responsabilidad.
Cillian miró a Garrix y ambos intercambiaron una mirada.
—Solo hará que el vínculo sea más fuerte —confirmó mi padre—. No veo ninguna razón para dejar fuera al demonio.
Cillian recorrió al grupo con la mirada.
—De acuerdo, entonces. Si nadie tiene ninguna objeción, lo haremos ahora.
Un montón de preguntas me rondaban la cabeza. ¿Qué hacía exactamente aquel hechizo? Y, lo más importante, ¿tenía efectos secundarios? Miré a mi alrededor, pero nadie dijo nada.
—¿Es seguro? —pregunté de repente.
No sabía qué pensar de la idea de quedarme atada a siete... no, a ocho sobrenaturales.
Garrix asintió y me sostuvo la mirada.
—En realidad, solo hará que vuestros poderes se vuelvan más fuertes. Os sentiréis mucho más conectados entre vosotros, pero no debería resultar invasivo.
—¿Y si en algún momento queremos salir? —dijo Drake— ¿Podemos deshacer el hechizo?
Garrix frunció los labios.
—Fácil no es, pero es posible.
Entendí al príncipe de hielo. Drake podría llegar a ser el rey feérico algún día. Luchar contra demonios no era su vocación; tenía responsabilidades más importantes de las que ocuparse.
Garrix levantó las manos con las palmas hacia arriba.
—¿Empezamos?
Los ocho nos sentamos en círculo alrededor de un símbolo dibujado con tiza mística, en el centro de la sala.
Drake se sentó frente a mí, con gesto de preocupación poco habitual en él y los hombros tan tensos como la cuerda de un arco.
Dentro del símbolo había varias figuras, y reconocí algunas: un dragón, un hombre lobo, una sirena, un ser feérico...
Cada casa estaba representada, incluidos los humanos.
No eran obras de arte, pero al menos se entendían.
Garrix se sentó en el centro, rodeado de velas. Llevaba minutos murmurando algo para sus adentros y mis piernas cruzadas empezaban a dormirse. Me moví un poco.
Ryder me echó una mirada de reojo.
—Perdón —susurré.
Al cabo de un rato, Garrix levantó la vista y recorrió el círculo con la mirada.
Un destello dorado cruzó sus iris cuando aquellos ojos intensos se posaron en mí.
Hoy no era mi padre; hoy era un temible brujo oscuro realizando un poderoso hechizo.
Con un movimiento de muñeca, una daga ornamentada apareció en su mano.
Tenía rubíes oscuros incrustados en la empuñadura y alcancé a distinguir palabras extrañas grabadas en la hoja de plata.
—Necesito sangre de cada uno. Unas gotas serán suficientes —Garrix me entregó la daga y un pequeño recipiente negro, con símbolos grabados en la cerámica—. Los que cicatricéis más rápido, esperad hasta el final. Necesito que la herida siga abierta durante el vínculo.
Pasé la daga por la palma y la hoja me abrió la piel. Apreté los dientes y giré la muñeca para dejar que la sangre cayera en el recipiente. Después le pasé la daga y el cuenco a Ryder.
Cuando todos aportamos nuestra sangre, Garrix cogió el recipiente, puso una mano sobre él y susurró un conjuro. Se me erizó la piel. Unas espirales de energía oscura se arremolinaban a su alrededor y llenaban el aire con aquel olor dulce y ahumado que tan bien conocía.
—Daos las manos —ordenó.
Ryder fue el primero en entrelazar sus dedos con los míos, y Triston agarró mi otra mano.
Una descarga de energía me recorrió el cuerpo en cuanto nuestra piel se tocó.
A medida que los demás se iban uniendo al círculo, aquella sensación se volvía más intensa.
Cuando todos estuvimos unidos, mi cuerpo empezó a temblar sin poder controlarlo.
Un estremecimiento de poder me recorrió las venas y sentí cómo se extendía por cada rincón de mi ser.
—No os soltéis hasta que yo lo diga —mandó Garrix, con autoridad.
Casi no distinguía su voz del torrente de energía que hacía que mi corazón pareciera un caballo desbocado.
Garrix levantó las manos y el conjuro se expandió con rapidez.
Su cuerpo se balanceaba de un lado a otro al compás de mis latidos.
Las llamas de las velas que lo rodeaban parpadeaban y chisporroteaban como si estuvieran luchando contra él.
Una presión ardiente se hundió en el centro de mi ser y apreté los labios para no gritar.
—¡ Excendia !
Sentí que el grito de Garrix rompía algo en lo más profundo de mí.
La piel me hormigueaba y, durante un instante terrorífico, sentí que mi alma iba a desgarrarse.
Una luz púrpura intensa estalló dentro de mi pecho y luego atravesó el círculo.
Por el rabillo del ojo vi destellos de colores surgir de cada uno de mis compañeros.
Las luces salieron disparadas, rebotando de uno a otro antes de desaparecer en el recipiente negro que Garrix sostenía en alto.
Al momento siguiente, Garrix soltó un largo suspiro y bajó los brazos.
—Ya está hecho.
Triston fue el primero en soltarme la mano y yo me dejé caer hacia atrás. La cabeza me daba vueltas y me retumbaban los oídos. Sentía ocho lazos distintos apretando mi corazón. Los notaba tan claramente como si pudiera tocarlos, y cada uno tenía un color distinto e intenso.
Ryder se deslizó hasta mí y me apoyó una mano en la parte baja de la espalda.
—¿Estás bien?
Asentí mientras tragaba saliva con dificultad.
—Uf, qué mareo.
Me pasó la mano arriba y abajo por la espalda. Después la apartó.
—¿Cómo estáis todos?
El aire cargado se llenó de un coro de «bien» y «sí, todo bien».
Frente a mí, la mirada de Drake se encontró con la mía. Tenía el ceño fruncido y los labios apretados. Había sido el más reacio a todo aquello del vínculo. Me pregunté si él y los demás habrían sentido lo mismo que yo. Ninguno parecía tan aturdido. Excepto, quizá, Zephyr.
Una leve sonrisa se dibujó en mis labios. Por primera vez, ya no era la novata.