El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Tenía que contarle a alguien lo de mi poder para poseer cuerpos.

La mezcla de felicidad y culpa que llevaba acumulando en el pecho durante dos días empezaba a ser insoportable.

Obviamente, a Ryder no podía decírselo. Me tapé los ojos para apartar las imágenes ardientes que no dejaban de venir a mi cabeza.

Por suerte, no había pasado nada. Había sido estúpida.

¡Estúpida! No podía creer que me hubiera lanzado sobre él de aquella manera.

Ojalá pudiera echarle la culpa a la magia oscura dentro de mí o al dolor por la muerte de Ash, que me habían hecho perder el control, pero temía que nada de eso fuera cierto.

—¿Mala noche?

Drake se dejó caer en el asiento de al lado, en nuestra mesa habitual del comedor. Todavía me costaba creer que formara parte de Los Ocho, como nos llamaban ahora. Se me hizo un nudo en la garganta al pensar, de repente, que en realidad volvíamos a ser siete. Sin Ash.

—Sí, algo así —murmuré, antes de terminarme el café helado.

Drake arqueó una ceja.

—¿Vas a faltar a nuestro entrenamiento de hoy?

—¡No!

Como si fuera a perderme la oportunidad de practicar con nuestros unipegs.

La gran carrera se acercaba y esta vez estaba decidida a derrotar al todopoderoso príncipe feérico.

Además, era una buena forma de distraerme de toda la tristeza y el dolor de los últimos días.

El funeral de Ash sería al día siguiente y necesitaba hacer algo que me mantuviera distraída.

—Porque, si no te apetece...

Drake esbozó una media sonrisa bromista.

—Me parece que eres tú quien quiere echarse atrás —dije—. No me digas que tú y Apolo tenéis miedo de una competición amistosa.

Drake soltó un bufido.

—¿Vas a ser capaz de montar a Zeus sin la ayuda de mi hermano Elrian?

—Muy gracioso, príncipe de hielo —bromeé. Me levanté de un salto y me puse las manos en las caderas—. Últimamente me va bastante bien con Zeus, muchas gracias.

—Vale, solo quería asegurarme.

Drake se levantó con calma y me siguió fuera del comedor mientras las miradas de al menos media docena de chicas nos seguían.

—Debe de ser agradable que te adoren por aquí —dije, echando una mirada furtiva hacia el grupo de duendecillas emocionadas que susurraban a nuestro paso.

—Ser famoso, o incluso miembro de la realeza, no es tan maravilloso como crees —dijo Drake.

Se encogió de hombros mientras caminábamos hacia los establos—.

A veces me gustaría ser un don nadie, un cualquiera.

Tengo deberes y responsabilidades que van mucho más allá de mi entrenamiento en Darkhen.

Cuando termine en la academia, tendré que volver a la Corte de Invierno para servir junto a mi hermano.

Me obligarán a casarme con la princesa de la Corte de Primavera y el resto estará prácticamente en manos de otros.

Los pasos en la nieve fue el único sonido durante unos segundos. Drake no solía hablar de sí mismo, pero cuando lo hacía me daba cuenta de lo poco que sabía sobre él. Para mí siempre había sido el príncipe feérico: poderoso, privilegiado y con una vida que parecía perfecta.

—Lo siento.

Drake se rio entre dientes y alzó la vista del terreno nevado.

—No tienes por qué; solo respondía a tu pregunta. Es la vida que me ha tocado.

Abrió las puertas del establo y una oleada de calor me envolvió, junto con el olor fuerte del heno y el estiércol de unipeg. Antes de llegar a nuestros corceles, lo detuve.

—Si pudieras dejarlo todo y convertirte en un feérico menor, ¿lo harías?

Drake frunció el ceño.

—Ni de broma.

Me reí y negué con la cabeza. Menudo esnob de la realeza.

—Ve a ensillar. Te espero fuera en cinco minutos.

Me apresuré directamente hacia la cuadra de Zeus, rezando por que mi unipeg estuviera manso aquel día. Por si acaso, saqué una elaria del bolsillo y se la ofrecí antes de empezar a prepararlo. Sus enormes ollares se ensancharon y relinchó en cuanto vio la fruta rosa.

—Vamos, amigo.

Cinco —o quizá más bien diez— minutos después, Drake y yo volábamos sobre las copas de los árboles mientras nuestros unipegs batían alegremente sus coloridas alas. Sin duda había rivalidad entre los machos, porque querían superarse en cada ejercicio que practicábamos.

Tras una hora entrenando en la pista aérea, tenía el frío metido hasta los huesos, a pesar del hechizo de Drake para protegernos de los peores vientos helados.

—Creo que por hoy ya hemos terminado —dije, castañeteando los dientes.

Drake me lanzó una mirada de reojo.

—Floja.

—Lo siento, pero no todos tenemos hielo en las venas.

—Una pena para ti —dijo él, dándole unas palmaditas en el cuello a Apolo para que bajara.

Zeus lo siguió sin que tuviera que decirle nada.

Paseamos a los unipegs por la pista en un silencio agradable para que se enfriaran antes de llevarlos de vuelta a sus cuadras. Pasé los dedos por la suave crin de Zeus, dando vueltas. Los últimos rayos del sol iluminaban la nieve y teñían el paisaje de un suave tono rosado.

Drake me observó desde el otro lado. Sus iris lila relucían bajo la luz del atardecer.

—¿Sabes? Tu poder se ha vuelto mucho más fuerte estas últimas semanas. Ahora lo percibo cada vez que estás cerca.

—¿En serio?

Drake asintió con cierto nerviosismo.

—Y creo que también he averiguado quién es tu padre.

Abrí mucho los ojos y apreté las riendas de Zeus con fuerza.

—No vas a poder ocultárselo a los demás durante mucho más tiempo. Las firmas mágicas son bastante específicas. Ahora que sé de qué familia de brujos vienes y viendo cómo entraste en Darkhen y la forma en que Cillian y Ryder te tratan, no fue difícil unir las piezas.

—Pues ilumíname, sabio.

—Eres la hija de Garrix, el brujo supremo del Consejo del Aquelarre. Hasta ahora no entendía por qué Elrian tenía tanto interés en conocerte. Es porque eres su media hermana: Kimmie-Jayne, la actriz de televisión de la que mi hermano estaba tan enamorado.

El corazón se me detuvo durante una fracción de segundo antes de volver a latir.

No muchos azarianos sabían que K.J. era hija de Garrix. Todos la conocían como la actriz humana de televisión y la hija ilegítima del presidente.

—Elrian me contó el secreto del presidente hace un tiempo. Me hizo jurar que no se lo diría a nadie, pero pensó que alguien más debía estar al tanto por si algún día le ocurría algo.

Aquel astuto rey feérico sabía muy bien cómo jugar sus cartas en política.

—Ahora todo tiene sentido: tus poderes, por qué te eligieron para el equipo... todo.

—No se lo vas a contar a nadie, ¿verdad? —le pregunté. Odiaba lo débil que sonaba mi voz.

Drake negó con la cabeza.

—No me corresponde a mí hacerlo, pero, después de lo que pasó el otro día en el Madison Square Garden, creo que el equipo merece saberlo.

—No tenía ni idea de que él iba a estar allí. Ninguno de nosotros lo sabía, te lo juro.

Bajó la mirada y jugueteó con las riendas entre los dedos.

—Puede que no, pero aun así no me gusta ocultárselo a los demás.

—A mí tampoco —solté un suspiro—. Hay algo más que deberías saber sobre mis poderes...

Sus ojos inteligentes estudiaron los míos.

—¿Qué?

—Tienes que prometerme que, por ahora, no se lo dirás a nadie.

Drake frunció el ceño y se le marcaron unas profundas arrugas en la frente.

—Luna...

—Se lo contaré a todos pronto, te lo prometo —dije—. Solo necesito tiempo para asimilarlo. Ryder y Cillian ni siquiera lo saben todavía.

Ahora Drake sí parecía realmente interesado.

—El caso es que, cuando Garrix me quitó la marca, desbloqueó algo —empecé—. Lo sentí aquel día, pero no conseguí identificar exactamente qué era. Después de lo de Ash, fue como si se hubiera roto un dique. En fin... puedo cambiar de cuerpo exactamente igual que él.

Drake se quedó boquiabierto y los ojos se le abrieron de par en par.

—Me estás tomando el pelo.

—No.

—¿De verdad lo has hecho? ¿Lo has probado?

Asentí. Inmediatamente después le aclaré:

—Y, antes de que me lo preguntes, no, no te diré de quién me apoderé.

Drake se pasó una mano por las puntas cortas del pelo platino.

—Madre mía, Luna, eso es monumental.

—Lo sé.

Frunció el ceño tanto que, por un momento, parecía que tenía arrugas en la frente. Ya me imaginaba cómo le daba vueltas a la cabeza tras contarle la noticia.

—La sangre de demonio... —murmuró Drake— Debes de tener un porcentaje muy alto.

—Lo sé...

Los dos unipegs fueron reduciendo el paso al acercarnos al establo. Desmontamos rápidamente. Las botas se me hundieron en la nieve en cuanto toqué el suelo. Drake guardó silencio y deseé poder leerle la mente mientras llevábamos a los corceles al interior.

Cuando ambos animales estuvieron de vuelta en sus cuadras, se acercó con gesto reflexivo.

—Esto puede ser algo bueno, Luna —dijo—. Quizá ese poder demoníaco tan fuerte sea justo lo que necesitamos para derrotar a Luxora.

No lo pensé dos veces; me puse de puntillas y le di un fuerte abrazo.

La reacción de Drake fue la contraria de lo que esperaba y, por alguna razón, era justo lo que necesitaba.

Había algo en aquel nuevo poder que me parecía inquietante, pero que también me atraía.

Y, con la culpa que arrastraba por lo de Ash, ya no podía cargar con más peso sobre los hombros.

—Gracias —susurré, apoyada en su hombro.

Drake carraspeó antes de apartarse.

—Los humanos y vuestras emociones descontroladas —sonrió—. No sé si llegaré a entenderos.

Puse los ojos en blanco y me eché para atrás. Le solté:

—Claro, ya tenías que salir tú a decir algo sarcástico para arruinar el momento.

Drake sonrió y me acompañó fuera del establo.

—Vamos. Te acompañaré a la residencia antes de que anochezca. Esta noche hay luna llena.

Me adelanté a él, casi corriendo de regreso a la residencia. De todas las reglas que había infringido en Darkhen hasta ahora, volver a pasar por el bosque feérico en las noches de luna llena era precisamente una que no tenía ninguna intención de romper otra vez.