Capítulo 11 #3
No solo era fuerte; también era rápida. Avancé como una bala y sentí un gusanillo de nervios en el estómago. Un instante después me detuve frente a una puerta demasiado familiar.
El corazón me latía con fuerza cuando levanté la mano para llamar.
Aunque mi cabeza me gritaba que me frenara en seco, mis hormonas desbocadas no hacían ni caso.
Ya podía oler el aroma embriagador de Ryder filtrándose por debajo de la puerta gracias a los sentidos demoníacos amplificados de la señora Mikalson.
Llamé una vez, conteniendo la respiración.
Golpeé el suelo de parqué con el pie mientras pasaban los segundos.
Lo intenté de nuevo. Llamé dos veces más, esta vez con más fuerza.
Entonces, la puerta se abrió de par en par, justo antes de que bajara el brazo.
Ryder apareció, ocupando todo el umbral.
Los mechones oscuros le caían sobre la frente.
Estaba desnudo de cintura para arriba, y fijé la mirada en sus tatuajes en espiral y cada centímetro de su musculoso torso.
Un chándal holgado descansaba sobre sus caderas, acentuando la profunda V que desaparecía bajo la cintura.
Ryder frunció el ceño y se frotó los ojos.
—Vena, ¿pasa algo?
—No, perdona. No quería despertarte.
Una vez más, el sonido de aquella voz me sorprendió y vacilé.
—Entonces ¿qué haces aquí?
Su mirada oscura me recorrió de arriba abajo y, por un instante, pensé que me había reconocido. Como no dijo nada más, reuní valor y seguí adelante.
—¿No puedo venir a verte?
Intenté canalizar a mi súcubo interior mientras repasaba mentalmente las veces que la había visto con Ryder.
Desde luego, ella no era del tipo de persona que se andaba con rodeos.
Deslicé un dedo por su torso desnudo y me estremecí.
Ryder frunció el ceño aún más mientras me observaba, y la cara le cambió con un gesto de desconcierto.
—Vena, ¿qué haces? —dijo, apartando el dedo con firmeza.
—Ay, venga, Ryder. Solo quiero divertirme un poco.
Apoyé la mano en su cintura y dejé que mis dedos recorrieran la piel. Él soltó un gruñido grave que le hizo vibrar la garganta. Un destello amarillo iluminaron sus ojos un segundo.
—Vena, hace tiempo que...
Lo interrumpí pegando mis labios a los suyos. Se quedó quieto un momento. Su boca permaneció rígida contra la mía. Insistí, apretando un poco más los labios hasta conseguir que los entreabriera. Al final cedió y su lengua se deslizó sobre la mía.
Pero algo no iba bien. Aunque me rodeó la nuca con una mano, era como si estuviera actuando.
No se parecía en nada al beso que habíamos compartido él y yo en la biblioteca la semana anterior.
Aparté ese pensamiento y me convencí de que solo buscaba excusas.
Apreté el pecho contra su torso y lo empujé hasta que sus piernas chocaron con la cama.
Entonces se detuvo y apartó los labios de los míos.
—Vena, no...
Lo callé con un dedo sobre la boca, y luego con mis dientes, y le mordisqueé el labio inferior. Deslicé las manos hasta la parte baja de su espalda y metí los dedos bajo la cintura del chándal. Sentí una oleada de emociones intensas al tocar su piel desnuda.
Ryder volvió a soltar otro gruñido al apretarle el trasero y empujarlo sobre la cama. A horcajadas sobre él, sin el menor pudor, me balanceé contra sus caderas mientras el calor se arremolinaba en mi interior.
—No —murmuró Ryder contra mis labios.
—¿Qué?
La confusión que reflejaban sus ojos opacos me sacó del hechizo que me provocaba el deseo. Me sujetó las muñecas y, haciéndome rodar hacia un lado, me apartó de él.
—No puedo hacerlo.
Ryder se pasó una mano por el pelo revuelto y soltó aire lentamente.
—¿Por qué no? —me quejé.
Madre mía, qué irritante era su voz.
—Hay una razón por la que terminé con esto hace meses, Vena —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Lo siento, pero esto no está bien. Es que no siento lo mismo por ti.
Aquello me sentó como si me tiraran un cubo de agua fría en la cabeza. Estaba tan convencida de que salían, al menos, de que se acostaban juntos… Todas aquellas veces que los había visto coquetear… ¿Cómo había podido estar tan equivocada?
La vergüenza se mezcló con una satisfacción difícil de explicar, pero, por encima de todo, fue la confusión la que terminó adueñándose de mí. Salté de la cama y eché a correr.
—Lo siento, Vena.
Las palabras de Ryder se fueron apagando a mi espalda mientras corría por el pasillo oscuro.
No me detuve hasta llegar al cuarto del conserje.
Me apoyé en la gruesa puerta de madera y respiré hondo para intentar calmar los latidos desbocados de mi corazón.
Necesitaba asimilar aquel rechazo y que se asentara la absurda felicidad que sentía.
Ryder se había negado a acostarse con ella. No conmigo. Mi corazoncito traicionero dio un salto de alegría por lo que aquello podía significar. Pero, antes de dejarme llevar, intenté que mi cerebro entrara en razón. Que no quiera acostarse con ella no significa que sea por ti.
Estúpido cerebro racional.
Me dejé caer al suelo, junto a mi cuerpo, el mío, y por primera vez me observé de verdad. Fue la experiencia más surrealista de toda mi vida.