El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Ahora mismo necesito estar sola.

Su expresión se ensombreció, pero asintió con los labios tensos.

Antes de que nadie más pudiera ofrecerse, salí de la habitación y crucé el pasillo a toda prisa.

Al mirar el reloj de la zona común, dije una palabrota para mis adentros.

No me había dado cuenta de lo tarde que era.

El toque de queda estaba a punto de empezar, pero me daba igual.

Necesitaba moverme o acabaría explotando.

Media hora más tarde, después de recorrer la residencia, la biblioteca y el pasillo principal, terminé en el ala del profesorado. Mis pies se movían por inercia, porque en mi cabeza tenía un torbellino de pensamientos demasiado intenso como para ordenarlos. Estaba saturada.

Doblé la esquina y, entonces, estuve a punto de chocar contra una persona morena y esbelta.

—¿Luna?

La voz vivaz de la señora Mikalson me hizo dar un respingo.

—Perdón —murmuré.

—¿Qué haces por aquí a estas horas?

Me observó con sus enormes ojos coquetos y aquellos labios carnosos. La envidia me invadió el cuerpo. ¿Por qué era ella la que se quedaba con Ryder? No era justo.

—Luna, ¿estás bien?

Noté que la rabia iba creciendo dentro y, aunque una parte de mí sabía que exageraba, no pude evitarlo. Todo el dolor y la angustia de los últimos días se transformaron en ira.

Y entonces pasó. Aquel desgarro tan familiar crepitó en mi interior y, un segundo después, me sentí ligera y libre. La piel ya no me contenía y el picor constante desapareció.

Parpadeé y, de repente, estaba flotando sobre mi cuerpo inmóvil. Vi a la señora Mikalson zarandeándome por los hombros. Su cabello negro azabache caía por la espalda y, por un instante, me pregunté cómo sería ser ella. Una súcubo atractiva a la que Ryder deseaba.

Me acerqué flotando y alargué la mano para tocarla. En cuanto mis dedos rozaron su hombro, algo tiró de mí. Fue como si una fuerza imposible de detener me arrastrara hacia su interior. Mi conciencia se abrió paso entre la suya y fui ocupando cada rincón de su cuerpo.

Estaba a-l-u-c-i-n-a-d-a. ¡Diablos! Estaba dentro de la señora Mikalson, literalmente.

Entonces lo noté: una sombra oscura cubría una parte de su mente.

Había algo siniestro escondido en lo más profundo, y mi subconsciente intentó llegar ahí, extendiendo tentáculos de energía.

Pero me topé con un muro. No podía centrarme en eso ahora mismo; no mientras intentaba asimilar lo que acababa de pasar.

¡Podía convertirme en otras personas, igual que mi padre!

¡Había poseído un cuerpo, como un auténtico demonio!

Miré mi cuerpo inmóvil a través de los ojos de ella.

Si alguien me encontraba así, tendría que responder a demasiadas preguntas para las que no estaba preparada.

No podía arriesgarme. Por suerte, el cuerpo de la señora Mikalson era mucho más fuerte de lo que parecía.

Levanté mi cuerpo sin apenas esfuerzo y lo escondí en el cuarto del conserje, al final del pasillo.

Hasta luego .

No tenía muy claro qué hacer después, pero convertirme en otra persona durante un rato, aunque solo fueran unos minutos, era justo lo que necesitaba.

Mientras avanzaba por los pasillos silenciosos, una descarga de adrenalina recorrió todo mi cuerpo.

Por una vez, me sentía poderosa, como si pudiera hacer cualquier cosa.

Y de repente entendí por qué a Garrix le gustaba tanto aquel poder.

La idea de pasar desapercibida sin dar explicaciones era una sensación que me parecía increíblemente liberadora.

Pasé por delante de la sala de descanso del profesorado, muy parecida a las que había visto en otras ocasiones. Tenía una pequeña cocina e incluso una sala de estar separada, con sofás mullidos, una chimenea y dos televisores de pantalla panorámica.

—Buenas noches, Vena.

Una voz que salió de las sombras me sorprendió y me llevé una mano al pecho sin querer. Vaya. La señora Mikalson era mucho más fuerte de lo que había imaginado.

—Perdona, no quería asustarte.

Un guardia de seguridad salió de uno de los rincones oscuros de la sala. Mi mirada fue directa a la placa dorada que llevaba en el pecho.

—Ah, hola, Rockledge. No te había visto.

Mi voz sonó con un matiz sensual que me resultó rarísimo. Los ojos color avellana de aquel hombre corpulento descendieron hacia mi escote, muy generoso. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo grande que era. Él se pasó una mano por la nuca y apartó la mirada.

—Estás levantada a estas horas.

—No podía dormir —dije—. He subido a prepararme una infusión.

Fui directamente a la cocina y empecé a abrir armarios al azar. Por suerte, encontré las tazas y la caja de bolsitas de infusión al tercer intento.

—Bueno, entonces te dejo.

Cuando Rockledge se fue, solté un suspiro y dejé la taza que había fingido preparar.

Sentí otra oleada de vértigo que me revolvió el estómago.

La emoción de haber estado a punto de que me descubrieran me provocó una euforia extraña.

Me acerqué a la pantalla apagada del televisor y observé mi reflejo, incapaz de creer todavía lo que veían mis... sus ojos.

¿Alguien se daría cuenta de que en realidad no era la señora Mikalson? Una idea terrible empezó a abrirse paso en mi mente. Hazlo, sin pensarlo .

Una voz oscura susurró aquellas palabras en mi cabeza.

Sacudí la cabeza y aparté aquel pensamiento.

Si no supiera que el diablo existía de verdad, habría pensado que era él quien me estaba susurrando esas ideas al oído.

Mis pies empezaron a moverse solos. Las piernas me llevaron hacia delante sobre los elegantes tacones de tiras de la señora Mikalson.