Capítulo 11
Estaba destrozada, completamente rota. Me tapé la cabeza con la almohada y respiré despacio, intentando no venirme abajo. Ash había muerto por mi culpa.
La culpa me desgarraba por dentro. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver aquella escena horrible. Una sombra oscura. Un demonio sin rostro. Sus garras, afiladas como cuchillas, abriéndole el cuello. La sorpresa en sus ojos verdes antes de desplomarse…
Las náuseas me subieron por la garganta y tragué saliva para no vomitar. Cillian, Ryder, Logan… todos se habían equivocado. No deberían habernos enviado allí a luchar. No estábamos preparados. Yo no estaba preparada. Y ahora Ash estaba muerto.
—Luna. Luna, por favor, di algo. Han pasado días.
La persona que no se separaba de mi cama seguía hablándome, pero yo no respondía. No podía. Puede que Raf hubiera curado mis heridas, pero las que llevaba por dentro me consumían. Llevaba cuatro días en la enfermería, quizá cinco. Al final, cada día era idéntico.
Había recibido visitas, muchas más de las que esperaba. Aunque me daban tranquilidad, también hacían más evidente la ausencia de una persona. La única que nunca volvería porque se había ido para siempre.
—Luna, la enfermera ha dicho que puedes volver a tu habitación. No tienes que seguir aquí.
La voz de Ryder no se parecía a la de antes. Sabía que también lo estaba pasando mal, pero no podía cargar con el dolor de los dos. Bastante tenía con el mío, y me carcomía por dentro.
Había estado allí cada día, casi desde que amanecía hasta que anochecía.
Me preguntaba quién daba sus clases. ¿Y el equipo?
¿Seguían entrenando? Tras el desastre de nuestra primera misión, no me habría sorprendido que hubieran disuelto el Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales.
Dejé de pensar en eso cuando alguien abrió la puerta y se acercó a mí.
—¿Cómo está? —preguntó Cillian. Su voz serena me calmó por un segundo.
—Igual —murmuró Ryder—. Se niega a hablar.
Cillian se acercó más a la cama y la energía sanadora del ángel enorme me envolvió.
—Luna, ya es hora. Han pasado cinco días y no puedes seguir así. No te hace bien. Los demás te necesitan. Ya han perdido a un amigo y no pueden perderte a ti también.
Solté un gruñido y me hundí aún más bajo la almohada, negándome a darme la vuelta. Por mi culpa habían perdido a un amigo.
Entonces, la mano de Cillian apretó mi antebrazo. Su energía sanadora se filtró bajo mi piel, llenando de calor y luz cada rincón oscuro que encontraba a su paso.
—¡No! —murmuré. No quería que me curara. Merecía sentirme así de miserable.
—Luna, tienes que salir de esto —se quejó Ryder, delante de mí. Notaba su presencia hasta con los ojos cerrados—. Cillian tiene razón. Te necesitan. Yo... todos te necesitamos.
No me moví. No podía. La culpa y el dolor me aplastaban como si tuviera un elefante de dos toneladas sentado sobre el pecho.
—Si no sales de esa cama ahora mismo, te cogeré en brazos y te sacaré a rastras.
—Ryder... —advirtió Cillian.
—No. Ya ha pasado demasiado tiempo, tío. Lleva demasiado tiempo castigándose —dijo Ryder. Hizo una pausa e imaginé sus ojos intensos escudriñando al ángel—. Y si no te gustan mis métodos, te sugiero que te vayas ahora mismo.
Casi di un respingo al oír los pasos de Cillian dirigirse hacia la puerta. ¿De verdad iba a dejarme a solas con él? En cuanto la puerta se cerró tras él de un portazo, Ryder me quitó la almohada y la luz que entraba por la ventana me dio de lleno. Parpadeé con fuerza.
—¿Qué haces? —murmuré.
—Exactamente lo que he dicho que iba a hacer —dijo Ryder. Me quitó el edredón de un tirón y yo me encogí en posición fetal—. Voy a sacarte de aquí ahora mismo.
Un segundo después me echó al hombro, y por mucho que intenté soltarme, fue imposible.
—¡Suéltame! —Mis puños golpeaban su espalda mientras la rabia empezaba a abrirse paso.
—Bien, Luna. Eso es. Siente algo de una vez. ¡Enfádate, lucha, lo que sea! Pero no te rindas.
Empezó a girar conmigo hasta que me mareé.
—¡Bájame!
—No. Todavía no.
Salió a toda prisa por la puerta y las paredes blancas de la enfermería pasaron ante mis ojos como una mancha borrosa. Una ráfaga de aire helado me dio de lleno en cuanto cruzamos el campus. Los dientes me castañeteaban mientras gritaba y golpeaba la espalda de Ryder.
—¿Adónde me llevas?
El pijama fino que llevaba no podía protegerme del frío del bosque feérico, que era justo hacia donde nos dirigíamos. A medida que nos internábamos entre los árboles, Ryder fue reduciendo el paso y los pinos que nos rodeaban dejaron de ser una mancha borrosa.
Cuando llegamos a un pequeño claro, me dejó caer sobre la nieve blanda.
—¿Estás loco?
Caí al suelo de un golpe seco y el frío se coló enseguida por mi pijama. Ryder se quedó de pie frente a mí. Aquellos ojos sombríos soltaban chispas.
—Vamos a sacarlo todo, Luna. No puedes seguir guardándotelo dentro. La rabia, la culpa, el dolor... van a consumirte hasta que no quede nada. Créeme, sé de lo que hablo.
—Te odio —espeté.
—Bien. ¿Qué más?
Grité con todas mis fuerzas y parte del peso que me oprimía el pecho desapareció.
—¡Nunca deberíamos haber salido ahí fuera! ¡No estábamos preparados!
—Sigue.
—¡Yo no estaba preparada! No soy lo bastante fuerte y Ash ha muerto por mi culpa.
Los hombros se me hundieron y me abracé, intentando mantener unidos los pedazos rotos. Sollocé con el pecho tembloroso y las lágrimas brotaron sin control. Los brazos cálidos de Ryder me atrajeron contra su cuerpo firme, sosteniéndome mientras me derrumbaba.
—Tranquila, Luna. Tranquila. Nada de lo que ha pasado fue culpa tuya. Fue mía. Nunca debí dejaros solos —me susurró, meciéndome mientras me apretaba la cabeza contra su torso—. Siento muchísimo lo que pasó. Nunca me lo perdonaré.
No dejaba de llorar. Todo mi cuerpo temblaba con cada gemido. Lloraba por el amigo que había perdido y lloraba por mí. Habíamos fracasado y habíamos pagado el precio más alto.
Después de lo que pareció una eternidad, las lágrimas por fin dejaron de brotar. Pero mi cuerpo seguía temblando, seguramente por el frío glacial al que mi cabezota de instructor me había arrastrado. Ryder me secó las lágrimas y me estrechó con más fuerza.
—Estás helada.
—¿Tú crees? —dije, lanzándole una mirada fulminante.
Ryder sonrió levemente mientras aquellos ojos ardientes me observaban.
—¿Lista para volver?
Asentí, con gesto nervioso.
Ryder volvió a abrazarme con fuerza y nos levantamos de la nieve.
Me notaba empapada y muerta de frío mientras regresábamos al campus, pero al menos sentía algo.
Sentía rabia, sobre todo, contra esa zorra de Luxora, que había enviado a sus secuaces para sembrar el caos entre los humanos y, al final, había terminado destrozando nuestro mundo.
Temblando de frío y llena de ira, juré que haría pagar a la señora de la guerra por todo el sufrimiento que había causado.
El ambiente en la residencia era triste. Los siete estábamos sentados alrededor de la chimenea, mirando las llamas. Una pizza sin tocar descansaba sobre la mesa, la habían traído para celebrar mi regreso.
Incluso Raine y Aeria habían sido amables conmigo cuando llegué aquella tarde, pero ahora que estábamos todos juntos, la ausencia de Ash se notaba más que nunca. Siempre había sido el más alegre y divertido del grupo.
Drake se levantó y tiró la cerveza feérica vacía a la papelera. El sonido me espabiló.
—No podemos quedarnos aquí sentados sin hacer nada. Esto no ayuda a nadie, y mucho menos a Ash. Él no querría que nos rindiéramos solo porque ya no está con nosotros.
—¿Y qué quieres que hagamos? —soltó Raine.
Al parecer, no era la única que estaba con los nervios a flor de piel.
—He hablado con Ryder y Logan se lo ha confirmado —explicó Drake—. Luxora estaba detrás del ataque. Quería matar al presidente para enviar un mensaje y no lo ha conseguido. Y eso es gracias a nosotros. No podemos rendirnos ahora.
—Por si no te has dado cuenta, hemos perdido a un amigo —dijo Triston.
Sus ojos ámbar, normalmente llenos de vida, estaban ahora apagados, y tenía unas ojeras muy profundas. Él y Ash habían sido uña y carne. Estaba tan metida en mi victimismo que no me había parado a pensar en lo mucho que debía estar sufriendo el hombre lobo.
—Bueno, ahora tenemos a Luna.
Scarlett inclinó la cabeza hacia mí. Me entró pánico.
—Necesitamos a los ocho para que esto funcione —dijo Raf—. Ese fue nuestro gran error el otro día. Nunca teníamos que habernos separado —bajó la mirada y jugueteó ansiosamente con los dedos sobre el regazo—. Si hubiera llegado a tiempo, quizá lo habría salvado.
Se me hizo un nudo en la garganta al oírlo. No era el único que cargaba con la culpa.
No recordaba bien la mayor parte de lo que ocurrió después de que me desmayara, pero sí me acordaba de la energía sanadora de Raf y su calidez en mi cuerpo.
Él y los demás llegaron justo antes de que todo se volviera negro.
Con ayuda de las gárgolas, consiguieron retener a los demonios y empujarlos de vuelta al portal. Así es como pusieron fin a la batalla.
Ryder y Scarlett también habían salvado a Garrix. Los demonios habían enviado a varios vampiros para matarlo, pero las habilidades de nigromancia de mi compañera de habitación fueron clave. Con un solo movimiento de muñeca había acabado con tres de ellos.
Drake me miró un momento antes de volver la vista hacia Raf.
—Lo que pasó no fue culpa de nadie. No estábamos preparados y ya está. La próxima vez lo estaremos.
Pero ¿de verdad sería así? Triston tenía razón: necesitábamos al octavo miembro. Y también necesitábamos más tiempo para entrenar juntos.
Sentí un hormigueo en la piel. Aquella sensación familiar de querer salirme de mi cuerpo volvió a apoderarse de mí. La rodilla me rebotaba sin parar y notaba pequeñas descargas de energía recorriéndome la piel. No podía quedarme quieta ni un segundo más.
Me levanté de golpe del sofá y todos me miraron.
—Lo siento —murmuré—. Necesito tomar un poco el aire o algo.
—Voy contigo.
Drake dio un paso hacia mí, pero yo alcé una mano y lo detuve.