Capítulo 10
—Gracias por venir a hacerme compañía esta noche.
Le apreté la mano a Cinder desde el otro lado de la cama.
—Por favor, ¿dónde iba a estar si no la noche antes de que mi mejor amiga se vaya a su primera misión oficial?
—dijo Cinder. Me dedicó una de sus sonrisas y, por enésima vez, le di las gracias al universo por haberme regalado una amiga tan especial.
La primera amiga de verdad que tenía desde hacía mucho tiempo—.
Lo vas a hacer genial, Luna. No te preocupes.
Eso no lo tenía tan claro. Carraspeé y tamborileé los dedos sobre la rodilla. Le había contado todo lo que Drake y yo habíamos descubierto sobre Garrix y su magia demoníaca. Y como siempre, Cinder me había apoyado y me había asegurado que yo no era una persona mala.
Ojalá compartiera su optimismo.
—Vale, no quiero hablar de magia ni de demonios en toda la noche —dije—. Necesito distraerme. Cuéntame algo divertido.
Scarlett había salido a cazar para recargar energías antes de la misión, y una noche de chicas con mi mejor amiga era justo lo que necesitaba en ese momento.
—Bueno... podría contarte mi cita con Raf...
Salté por encima de la cama y la abracé, cortándole la frase a mitad de camino.
—¿Qué? ¿Cuándo pasó eso y cómo es que no me lo habías contado?
—Fue el sábado pasado, pero has estado tan ocupada entrenando que no hemos tenido ni un momento para estar a solas.
—Lo sé, y lo siento muchísimo. Echo mucho de menos nuestras charlas nocturnas desde que me mudé —dije. Le apreté las manos y sonreí—. Venga, ¡cuéntamelo todo!
—Me llevó al bosque feérico a hacer un pícnic al atardecer y fue superromántico.
Nos quedamos allí hasta que salieron las estrellas, acurrucados sobre una manta.
Entre la hoguera y su calor angelical, me sentía tan a gusto...
Me recordó a las noches en Draeko cuando era pequeña, asando bayas de gangle bañadas en miel junto al fuego.
No tenía ni idea de qué eran las bayas de gangle, pero me alegré muchísimo por ella.
—Suena muy romántico, Cinder. Me alegro mucho por vosotros.
—Me daba miedo que fuera incómodo, eso de estar con un ángel. Los cambiaformas son muy cariñosos y no sabía qué esperar de Raf. Pero cuando me besó, fue increíble. Acabamos besándonos casi toda la noche bajo las estrellas.
Cinder sonrió de oreja a oreja y sus ojos dorados brillaron de felicidad.
—De verdad, qué bonito debió ser, Cin.
—Lo fue —respondió ella. Sus labios se torcieron con una expresión afligida—.
Lo que me fastidia es no poder decirle que sé lo que hacéis vosotros.
Ayer me mandó un mensaje para decirme que no podría quedar durante unos días y, si no fuera por ti, habría pensado que estaba actuando de forma rara.
¿Crees que algún día me hablará del escuadrón de supes?
—Seguro que sí, tarde o temprano te lo contará. Ya sabes que es supersecreto. De hecho, Ryder me mataría si supiera que te lo conté.
Cinder levantó una ceja con gesto travieso.
—Sí, claro. Estaría perdido sin ti.
Le lancé una almohada y fruncí el ceño.
—Ryder y yo jamás podremos tener lo que tenéis tú y Raf. Aunque admitiera que siente algo por mí, nunca podríamos estar juntos.
—«Nunca» es mucho tiempo, Luna. Como mucho vas a pasar tres años en la academia, y eso suponiendo que no os gradúen antes para dedicaros a cazar demonios a tiempo completo.
Ni siquiera había contemplado esa posibilidad. Pero, si las cosas eran realmente tan graves como decía Logan y nuestra primera misión salía bien, quizá tenía razón.
—Tres años puede que no duren para siempre, pero igualmente es mucho tiempo. Y dudo que Ryder me vaya a esperar tanto.
—Yo no estaría tan segura.
—Entonces, ¿por qué sigo viéndolo con esa demonia?
Cinder hizo una mueca de asco y no pude evitar echarme a reír.
—Ya sabes cómo son algunos chicos; solo está quitándose el gusanillo porque no puede hacer otra cosa.
Esta vez solté una carcajada.
—¿Te he dicho lo contenta que estoy de que estés aquí? —pregunté entre risas.
Hablamos durante horas y no nos fuimos a dormir hasta pasada la medianoche, justo cuando Scarlett apareció con su habitual aire despreocupado.
Observé a Cinder acurrucada en el sofá durante un buen rato, hasta que los pensamientos dejaron de darme vueltas.
Una parte de mí envidiaba lo fácil que lo tenía ella: sabía exactamente quién era, quiénes eran sus padres y cuál era su lugar en Draeko y en la sociedad sobrenatural de Azar.
Yo aún tenía mucho que descubrir. Al final, los párpados empezaron a pesarme y me quedé dormida, convencida de que, al día siguiente, con la luz del día, lo vería todo de otra manera.
A la mañana siguiente, cuando el escuadrón de supes salió de los túneles de Grand Central, la ansiedad volvió a apoderarse de mí. Al instante reviví mi última visita a Nueva York, cuando mi mundo se puso patas arriba y me llevaron a toda prisa a la Academia Darkhen.
Después de un trayecto rápido en metro hasta el Madison Square Garden, nos fuimos abriendo paso entre las abarrotadas calles del centro de Manhattan.
Me recoloqué la correa de la mochila y jugueteé con ella para mantener las manos ocupadas.
Me sentía mucho más ligera sin el abrigo de invierno, ahora que los primeros días de otoño envolvían la ciudad.
Siempre había sido mi estación favorita.
Me concentré en las vistas y los sonidos familiares en lugar del torbellino de emociones que se agitaba en mi interior.
Todavía faltaba casi una hora para que empezara la manifestación, pero, a medida que nos acercábamos al emblemático estadio, vimos a cientos de personas agolpadas en las aceras.
La multitud se había reunido para protestar contra los supes, y un sinfín de pancartas con mensajes ofensivos se alzaba sobre sus cabezas.
Otros simplemente curioseaban por allí; seguramente turistas confundidos que intentaban averiguar a qué venía tanto revuelo.
Ash se puso a mi lado con una enorme sonrisa. Alzó la vista y miró los altos rascacielos.
—Es la primera vez que vengo a la ciudad —admitió—. Es aún más increíble de lo que imaginaba.
—Lo es, ¿verdad?
Ni siquiera me había dado cuenta de cuánto la echaba de menos.
Los últimos meses habían sido tan caóticos que casi no había tenido tiempo de pensar en ello.
Sentí culpa. Tampoco había vuelto a ver a mi amigo Jay, a pesar de que se lo había prometido.
Nuestros mensajes eran cada vez más esporádicos y me pregunté si ya habría empezado la universidad.
Ryder y Logan se detuvieron en una esquina, frente al Madison Square Garden.
—¿Todos recordáis el plan? —preguntó Ryder.
Asentimos. Los ocho habíamos estado bastante callados durante el trayecto; quizá no era la única que estaba nerviosa por nuestra primera misión. Solo Drake parecía listo para luchar; sus ojos lila brillaban de emoción. Era lógico; al príncipe de hielo nada parecía afectarle.
—Equipo uno, conmigo; equipo dos, con Logan —ordenó Ryder—.
Los gárgolas ya están en sus puestos dentro y fuera del estadio.
Recordad que debemos pasar desapercibidos.
Ash, nada de transformarte en dragón, y lo mismo va por ti y tu lobo, Triston.
No queremos asustar a los humanos. Intentad usar la magia lo menos posible: nada de explosiones de energía ni de fuegos artificiales —añadió.
Luego, su mirada se posó en mí—. Pero, si vuestra vida corre peligro, eso es lo más importante.
En ese caso, podéis desatar toda vuestra magia.
—¿Estáis todos listos? —preguntó Logan.
Desde luego, yo no.
—¡Síp!
Drake, Ash, Scarlett y yo seguimos a Ryder, mientras el resto del equipo se marchaba con Logan hacia el lado opuesto del estadio.
Una parte de mí odiaba que nos separaran, sabiendo que nuestra mayor fuerza provenía de combinar nuestras magias, pero, con todo el terreno que teníamos que cubrir, no había otra opción.
—¿Y de qué va esta manifestación exactamente? —le preguntó Drake a Ryder.
—Los supes que viven y trabajan aquí quieren tener derecho a voto. Están intentando sacar adelante una petición.
—Eso cambiaría mucho las cosas —dije.
—Así es, y a la mayoría de los humanos no les hace ninguna gracia.
Drake hizo un gesto con la mano y la fila de gente que esperaba para entrar se apartó con expresión ausente, dejándonos el camino despejado hasta la entrada.
Mientras Ryder nos sujetaba la puerta, el sonido de unas sirenas y el destello de las luces azules y rojas llamaron nuestra atención.
De repente, en la calle, una comitiva dobló la esquina, escoltada por una docena de coches patrulla y motocicletas del Departamento de Policía de Nueva York.
—¿Qué demonios...?
Los ojos de Ryder se clavaron en los vehículos que se acercaban.
Entonces aparecieron tres Escalade negras con los cristales tintados, los cuales se detuvieron frente al estadio.
Unos hombres vestidos de negro bajaron de los vehículos antes de que se abriera la puerta del todoterreno central.
Entre ellos, se dejó ver una cabeza rubia muy fácil de reconocer.
—Mierda —masculló Ryder—. ¿Qué hace aquí el presidente?
Me quedé de piedra. Aquello confirmaba mis sospechas. Incluso desde la distancia podía sentir los tentáculos oscuros de energía enroscándose alrededor de Garrix. Eché una ojeada rápida a mis compañeros, pero ninguno más que yo parecía darse cuenta. Qué raro.
—Tendrá que dar un discurso en la manifestación —respondí. Al fin y al cabo, tenía sentido. Siempre había sido el mayor defensor de la integración.
—Esto puede acabar muy mal —susurró Ryder—. Si los demonios atacan al presidente de los Estados Unidos, el conflicto se irá a otro nivel.
—Pues tendremos que asegurarnos de que eso no pase —dijo Drake.
Ryder asintió y nos hizo entrar.
—Vamos a tener que cambiar el plan ahora que Lazaris está aquí. Tiene que convertirse en nuestra prioridad —dijo, sacando el móvil—. Voy a avisar a Logan y a los demás.