El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Las semanas siguientes se me pasaron volando entre clases y entrenamientos.

Sin el peso asfixiante de la marca del diablo, por fin me sentía libre.

No había aparecido ningún demonio y las cosas estaban bastante tranquilas.

Muchas tardes me las pasaba dándole palizas a Ryder o al revés, y dedicaba las mañanas a las sesiones extra de magia con Drake.

Físicamente me había vuelto más fuerte, y sobre todo dominaba mucho mejor mi magia.

Mis emociones eran como las mareas, fluctuaban, pero, en general, no afectaban tanto a mis poderes.

Cillian y Ryder insistían en que era mejor que nadie supiera que Garrix era mi padre, pero me habían dejado investigar sobre su linaje, tal y como había sugerido Drake.

Cuando le comenté al príncipe feérico lo que había averiguado sobre aquel linaje, abrió los ojos como platos, con un brillo purpúreo muy intenso. Eso había pasado horas antes. Ahora estábamos en la biblioteca, inclinados sobre un libro antiguo. Leíamos el árbol genealógico.

—Los Daemonium Sangri son de lo más oscuro que hay, Luna. Su nombre significa literalmente «sangre de demonio». De todos los brujos del reino, son los que llevan la sangre demoníaca más pura y, por tanto, poseen las habilidades más oscuras y poderosas.

Estupendo. ¿Por qué no podía haber sido medio ángel y ya está?

Drake apretó los labios mientras pasaba las páginas amarillentas y recorría un nombre tras otro con el dedo. A veces podía ser un capullo, pero era listo. Y ya que sabía de qué linaje procedía mi padre exactamente, no me cabía duda de que acabaría descubriendo quién era.

—Drake, tienes que prometerme que no le contarás nada de esto a nadie —dije, observándolo fijamente—, sobre todo si averiguas quién es mi padre biológico.

—No lo haré, pero sigo pensando que tienen derecho a saberlo.

Drake cerró el enorme volumen de golpe y el estruendo resonó en la biblioteca silenciosa.

—Te prometo que lo contaré tarde o temprano —dije.

Él se puso en pie y se colgó la mochila al hombro.

—Me esperan en la siguiente clase, pero me quedo con la información que hemos descubierto. Nos será útil para la próxima sesión porque, ahora que sé de dónde proviene tu poder, puedo enseñarte la mejor forma de manifestarlo y controlarlo.

Antes de que se diera la vuelta, le cogí la mano. Me arrepentí en cuanto nuestros dedos se rozaron. Las muestras de afecto no eran precisamente algo propio de Drake. Yo tampoco demostraba mis sentimientos así como así, pero le había cogido cariño al príncipe de hielo.

—Gracias —balbuceé—. Te agradezco de verdad todo el tiempo que dedicas a entrenarme. Has hecho mucho más de lo que la profesora Malindra te pidió el semestre pasado.

Se encogió de hombros con indiferencia.

—¿Qué quieres que te diga? Tus poderes son un poco misteriosos, y no hay nada que a mí me guste más que un misterio por resolver. Además, me has empezado a caer bien, humana. Pero, como le cuentes esto a alguien, lo voy a negar hasta el último día de mi vida.

Me reí mientras observaba cómo su figura alta y atlética se perdía entre las estanterías. Por raro que sonara, Drake se había convertido en uno de mis mejores amigos en la academia. Jamás se lo admitiría al príncipe engreído, pero estaba al mismo nivel que Cinder y Ash.

Había otra cosa que ocupaba mi mente: nada más poner un pie en la biblioteca, sabía que Ryder estaba cerca.

Odiaba darme cuenta de esas cosas antes de verlo.

Esa intuición se iba haciendo más grande conforme más fortalecía mis poderes, como si su sangre llamara a la mía.

Y en verdad, ahora que sabía más sobre mi linaje oscuro, quizá fuera justo eso lo que me pasaba.

Tal vez la parte demoníaca que llevaba dentro reconocía la que habitaba en él.

Ryder se inclinó por encima de mi cabeza y me quitó el libro que tenía delante. Frunció el ceño mientras examinaba la vieja cubierta de cuero.

—Ah, Líneas ancestrales de los brujos —dijo, sonriendo con aire burlón. Aquel estúpido hoyuelo le iluminó la cara—. Una lectura ligerita, ¿eh?

—Pensé que ya iba siendo hora de aprender la verdad sobre mi sangre oscura.

Ryder se acomodó como pudo en la silla que tenía al lado, a lo que le dije:

—¿Por qué no me contaste lo de los demonios? Tú sabías lo del linaje de Garrix, ¿verdad?

Ryder asintió y apretó la mandíbula.

—No tenía mucho sentido asustarte, al menos mientras no supiéramos si ibas a heredar algo de su magia, y mucho menos la parte más oscura y aterradora —dijo, esbozando una sonrisa forzada—.

Además, ya te he contado lo que me costó mantener a raya a mi parte demoníaca.

No ha sido fácil y no quería ocultártelo.

Esperaba que tú no tuvieras que cargar con algo así.

—¿Por eso has sido amable, protegiéndome y eso? ¿Porque soy un poco demonio como tú?

Ryder alargó la mano, sujetó un mechón suelto y me lo colocó detrás de la oreja. Contuve la respiración cuando su pulgar me rozó la mejilla.

—Esa es una de las razones —susurró—. Intuía que había algo de eso incluso antes de que tus poderes despertaran, pero no estaba completamente seguro.

Levanté la vista para encontrarme con la suya mientras sus dedos jugueteaban con mi pelo. Sus ojos eran tan profundos que podía perderme en ellos. Y quería; eso era lo peor.

—Hola, Luna.

Desmond apareció detrás de una estantería alta. Ryder apartó la mano tan deprisa que casi se lleva consigo unos cuantos mechones de mi pelo.

—Hola —respondí, avergonzada, mientras me recolocaba el pelo detrás de la oreja.

Las cosas entre nosotros andaban raras desde aquella noche. Desmond había intentado invitarme a otra cita, pero yo acababa poniendo alguna excusa poco creíble.

—Llevo tiempo queriendo pedirte una segunda cita.

Me removí en la silla bajo la mirada oscura que Ryder tenía puesta en mí. ¿Por qué Desmond elegía siempre el peor momento para estas cosas?

—Ajá —murmuré.

—¿Qué te parece mañana por la noche? —dijo Desmond, guiñándome un ojo— Echan otra de esas películas románticas insoportables en el patio.

—No puede —intervino Ryder—. Tiene entrenamiento conmigo.

Le di un codazo en el estómago por debajo de la mesa, pero ni siquiera se inmutó.

—Ah, vale —Des se rascó la barba incipiente—. ¿Y la noche siguiente? Podemos ir a cenar.

—Va a estar ocupada todas las noches durante una buena temporada.

—¡Ryder! —espeté. Me volví hacia Desmond y le dediqué una sonrisa de disculpa— Lo siento. Tengo mucho lío ahora mismo, pero ojalá las cosas vuelvan a su cauce pronto.

—Claro, no pasa nada. Ya nos veremos entonces.

Desmond se echó la mochila al hombro y se marchó. En cuanto desapareció entre las estanterías, me giré hacia Ryder y le lancé una mirada asesina.

—¿Qué te pasa?

Ryder se encogió de hombros.

—No sé de qué hablas.

—Tú no mandas en mi vida social —dije—. Puedo salir con quien me dé la gana.

—No si eso interfiere con tu entrenamiento y, por tanto, tu seguridad —replicó Ryder, apretando la mandíbula. Se le escapó un tono grave e inflexible.

—¿Y por qué me iba a afectar divertirme un poco?

—No soy idiota, Luna. Sé que no me contaste todo lo que pasó la noche que dejaste inconsciente al vampiro —dijo Ryder—. Tus poderes se alimentan de tus emociones y, por lo tanto, tuvo que pasar algo más que te has callado porque te conviene.

Claro. Como para contarle lo del beso o lo del mordisco. No quería que matara a Desmond.

—Pues te equivocas —dije. Me acerqué más, hasta estar a un palmo de él—. A lo mejor no me conoces tan bien como crees.

Ryder sacudió la cabeza y se echó hacia atrás.

—Da igual, Luna. No me lo cuentes si no quieres, pero no me gusta que salgas con ese tío.

Levanté las manos al aire y resoplé.

—Entonces, por favor, dime: ¿con quién se supone que puedo salir?

—Con nadie —soltó Ryder. Un fulgor amarillento eclipsó por completo los ojos.

Empujé la silla hacia atrás, cabreada. Rompí el silencio plácido con aquel chirrido.

—Increíble —mascullé. Me levanté y eché a correr por el pasillo.

—¡Luna, espera!

Los pasos de Ryder retumbaban detrás de mí, pero seguí corriendo. La maldita biblioteca era un laberinto. Doblé una esquina, pero no encontré la puerta. Era un callejón sin salida.

Me giré sobre mis pasos y vi a Ryder delante de mí. Su figura corpulenta me acorraló contra la pared y me encerró entre sus brazos musculosos.

—Suéltame —susurré.

—No.

Su pecho macizo se apretó contra el mío y una de sus rodillas se deslizó entre mis muslos.

Levanté la vista y me arrepentí al instante. Su mirada ardiente se clavó en la mía y sentí un estremecimiento en las entrañas.

—¿Qué quieres de mí? —dije, con la típica voz temblorosa que odiaba.

—Todo.

Entonces Ryder apretó sus labios contra los míos.

No me dio tiempo a protestar, aunque tampoco habría podido.

Mi cuerpo me traicionó y se amoldó al suyo, porque me resultaba imposible resistirme.

Las manos de Ryder recorrieron mi espalda y bajaron hasta posarse sobre mis nalgas.

Noté que los dedos estaban cerca del dobladillo de mi falda. Un peligro.

Gemí mientras su boca devoraba la mía y me consumía con cada roce de su lengua. ¿Por qué siempre terminábamos así? Más que nada porque sabía lo que vendría después. Aparté aquellos pensamientos y me dejé arrastrar por la intensidad que se apoderaba de mi cuerpo.

Sus labios siguieron moviéndose sobre los míos, y la desesperación inicial fue cediendo ahora que habíamos probado aquel bocado prohibido.

Le clavé las uñas en la nuca y hundí los dedos en su cabello negro, suave y sedoso.

Cuando estábamos juntos, todo parecía encajar.

Pero llegaba un punto en que las cosas se desmoronaban, y no entendía por qué.

Un pitido estridente separó nuestros labios. Los ojos vidriosos de Ryder volvieron a su normalidad tras apartarse de mí y rebuscar en los bolsillos de sus vaqueros.

Me dejé caer contra la pared mientras el fuego que corría por mis venas se apagaba. Me crucé de brazos y esperé el sermón: «No podemos hacer esto. Está prohibido. Bla, bla, bla».