Capítulo 7
—¿Es raro que vaya a tener una cita con tu medio hermano?
Los ojos oscuros de Scarlett me recorrieron de arriba abajo mientras se daba unos toquecitos de brillo en los labios.
Se encogió de hombros y cerró el libro que tenía abierto sobre el regazo.
—Los hermanos de sangre no son exactamente lo mismo que los hermanos de verdad. Carmen Rosa ha engendrado a un sinfín de vampiros. Ni siquiera los conozco a todos.
—Eso suena un poco a mi padre biológico...
Me callé al recordar que, supuestamente, nadie debía saber quién era. Odiaba ocultarlo.
—¿Así que es un poco mujeriego? —preguntó Scarlett.
—Ja, ¿un poco mujeriego? Eso sería el eufemismo del siglo.
Eché un vistazo a mi reflejo y me alisé la camiseta Henley.
Había optado por una camiseta informal y unos vaqueros para la cita, ya que ni siquiera sabía qué íbamos a hacer.
Si aún viviera con Cinder, me habría obligado a ponerme algo más arreglado.
Pero Scarlett no; a ella le daba exactamente igual si tenía estilo o no para vestir.
Los ojos de mi nueva compañera de habitación se posaron en mi pecho, en el lugar donde antes había estado la marca.
—Bueno, sea quien sea, debe de ser bastante poderoso para haberte quitado ese símbolo.
—Síp.
Llamaron a la puerta y el corazón se me subió a la garganta.
—Tranquila, Luna —dijo Scarlett mientras se acercaba a la puerta con toda calma—. Puedo oírte el corazón desde el otro lado de la habitación. No vayas a asustar al vampiro novato.
Me quedé boquiabierta y noté cómo la vergüenza me encendía las mejillas. Tomé aire e intenté calmarme. Con la mano en el pomo, Scarlett se volvió hacia mí.
—¿Lista?
Asentí mientras me mordía el labio inferior, y ella abrió la puerta de par en par.
Desmond estaba apoyado en el marco, con una sonrisa encantadora en los labios. Llevaba el pelo negro azabache peinado con las puntas hacia atrás y, mientras se asomaba por encima del hombro de Scarlett, se ajustó nerviosamente el cuello de la camisa azul marino.
—¿Está lista Luna?
—Compruébalo tú mismo.
Scarlett abrió la puerta del todo y yo di un paso al frente, concentrada en controlar la respiración y aparentar una calma que no sentía.
—Hola...
Scarlett me empujó hacia delante, prácticamente lanzándome al otro lado del umbral.
—Ahora divertíos los dos. Y recuerda, Des: nada de morder en la primera cita.
Se me escapó un pequeño grito ahogado, pero me aclaré la garganta, rezando por que él no lo hubiera oído. Qué vergüenza.
—¿Y qué hacemos? —dijo Des mientras caminábamos por el pasillo de la residencia feérica.
Unos cuantos duendecillos pasaron revoloteando, con las alas translúcidas asomando por las aberturas especiales de sus uniformes.
—No sé si llegaré a acostumbrarme a todo esto —susurró cuando se alejaron.
—Sí, es una locura, ¿verdad? Cuando llegué aquí, me pasaba medio día mirando a la gente. Yo vivía en un pueblecito de Nueva York y, antes de venir, apenas conocía a ningún supe.
Me sentí mucho más tranquila al hablar de algo tan sencillo y familiar.
—Yo también —dijo Des—. Crecí en el Valle, en Los Ángeles. Siempre hubo un montón de rumores, incluso antes de la gran revelación, pero nunca me creí nada de eso.
Se detuvo al final del pasillo.
—Y ahora, ¿adónde vamos?
—Ah, claro. Eh..., ¿has cenado? Podemos pasar por el comedor a buscar algo para mí e ir a ver la película del viernes por la noche en el patio. El profesor Arcana hace una burbuja enorme sobre el césped que derrite la nieve y nos protege del frío. Se está bastante bien.
Des sacó una petaca metálica del bolsillo trasero de los vaqueros y la levantó a la altura de mis ojos. La agitó y el líquido chapoteó en su interior.
—Yo ya llevo la cena encima, pero podemos pasar a buscar algo para ti.
Sus ojos oscuros brillaron y se me revolvió el estómago al comprender lo que llevaba dentro.
—No, paso.
Tragué saliva para contener la oleada de náuseas y lo acompañé escaleras abajo.
Él me dedicó una sonrisa avergonzada.
—Lo siento, pero tengo que alimentarme con frecuencia para mantener los impulsos bajo control. Scarlett me ha prometido que con el tiempo mi apetito mejorará.
—Seguro que sí. Todos los vampiros en la academia parecen tener bastante autocontrol.
Torcimos hacia el pasillo principal y se me erizó la piel. Antes siquiera de mirar, ya sabía quién se acercaba. Su aroma a sándalo me envolvió a medida que sus pasos se acercaban.
No mires hacia arriba . No mires hacia arriba .
Una risita aguda e inesperada me hizo levantar la vista. La vivaracha súcubo, la señora Mikalson, iba colgada del brazo de Ryder. Agarré la mano de Desmond e intenté escabullirme en dirección contraria, pero la voz grave de Ryder me detuvo en seco.
—Luna, espera.
Uf .
Me giré de golpe, arrastrando a Des conmigo.
—¿Qué pasa?
Esperaba que en voz alta sonara más tranquila de lo que había sonado en mi cabeza.
Su mirada oscura descendió hasta mis dedos, entrelazados con los de Desmond y carraspeó con fuerza, hasta el punto que el torso bajo la ajustada camiseta negra vibró.
—¿Adónde vas?
Arqueé una ceja.
—Al patio, a ver una película. —contesté. Fijé la mirada en la mujer colgada de su brazo—. ¿Y tú? ¿Adónde vas?
Ryder se tensó y se volvió hacia la Sra. Mikalson.
—Vena, ¿nos dejas un momento a solas? —le pidió. Luego observó a Desmond con los ojos oscuros, tan hondos que parecían completamente negros— Tú también, chico.
—Claro, te espero allí —dijo Des, señalando la puerta del patio y poniéndose en marcha—. No tardes mucho. Me encantan los anuncios cursis que ponen antes de la película.
Me guiñó un ojo y sonreí con timidez. La verdad es que a mí también me gustaban. A todo esto, la mirada de Ryder volvió a clavarse en mí. Se le tensó la mandíbula antes de hablar.
—¿Así que ahora sales con un vampiro?
—No estoy saliendo con nadie. Solo vamos al cine —repliqué. No estaba mintiendo del todo, pero tampoco tenía por qué darle explicaciones. Me crucé de brazos y apreté los dientes, de mal humor. Yo también podía ponerme taciturna—. ¿Eso es todo lo que vas a decirme?
Ryder se pasó una mano por el pelo y varios mechones negros le cayeron sobre la frente.
—No. No te he vuelto a ver desde ayer, después de lo de Garrix. Me preocupé cuando Cillian me dijo que te habías ido con él y —miró mi torso— quería asegurarme de que estabas bien.
—Sí, estoy bien. Y siento haberte dejado plantado después de lo de ayer. Te agradezco que estuvieras ahí para mí, ya sabes, protegiéndome y todo eso.
Ryder dejó asomar una pequeña sonrisa.
—Te dije que siempre lo haría, y lo decía en serio —dijo. Observó de reojo a Desmond, que seguía apoyado contra la pared con aire despreocupado—. Incluso de vampiros gilipollas.
Le golpeé el vientre sin pensarlo. Di con unos abdominales de acero. Intenté no hacer una mueca de dolor al retirar la mano, a lo que él soltó una breve carcajada.
Me cogió la mano y la examinó con cuidado, dándole varias vueltas entre las suyas.
—No creo que te hayas roto nada, pero que sepas que hacer eso nunca es buena idea.
—Sí, sí, lo que tú digas.
Eché un vistazo a la señora Mikalson, o Vena, que seguía observándonos.
—Será mejor que te vayas. Tu cita me está lanzando una mirada asesina.
—No es lo que parece...
Le aparté la mano de un tirón y salí corriendo antes de que pudiera explicarse.
—Tenías razón, la burbuja protectora contra el clima no está nada mal —murmuró Desmond, alzando la vista hacia el cielo nocturno. A lo lejos, el resplandor dorado de la cúpula brillaba sobre nosotros. Puso los ojos en blanco—. La película, en cambio...
Lo miré sonreír con picardía.
—Lo siento. No tenía ni idea de que iba a ser una película tan de chicas. A mí tampoco me van esas historias románticas empalagosas.
Seguimos a la gente de vuelta al pasillo principal, abriéndonos paso entre feéricos, cambiaformas, sirenas y quién sabía qué más.
A esas alturas del semestre ya había superado mi obsesión por intentar adivinar qué tipo de supe era cada uno sin fijarme en las insignias.
Ahora yo era una de ellos. O, al menos, eso era lo que intentaba decirme a mí misma.
La mano de Desmond se apoyaba en la parte baja de mi espalda con naturalidad mientras avanzábamos entre la multitud. Íbamos andando en silencio, pero estábamos a gusto así. No habíamos podido hablar durante la película, pero, en general, había sido una cita agradable.
—¿Quieres que subamos al piso de los vampiros? —preguntó, presionando ligeramente mi espalda— Podemos pasar un rato en la sala común o puedo enseñarte mi habitación.
Nunca había estado en el tercer piso, donde vivían los vampiros, y sentía cierta curiosidad.
—Claro.
Su rostro se iluminó con una sonrisa encantadora.
Subimos la escalera de caracol y seguimos caminando.
El piso de los vampiros se parecía mucho al que había compartido con los dragones.
La principal diferencia era una pancarta carmesí que colgaba en el pasillo, en lugar de la azul marino.
Aun así, no tenía nada que ver con la elegancia del piso feérico.
Fuimos dejando atrás puertas abiertas hasta llegar a la sala común de los vampiros.
Parecía que la mitad de los residentes del piso estaba tirada en los sofás y, de hecho, en cuanto entramos, todas las miradas se volvieron hacia mí.
Sentí un escalofrío cuando decenas de ojos rojizos me miraron.
Nunca había estado en una habitación con tantos vampiros juntos.
Bajé la vista y seguí a Des hacia el fondo de la estancia, esperando que todos dejaran de prestar atención a la novedad que suponía una humana allí.
En un rincón había un grupo de chicos jugando a algo que consistía en lanzar dardos y tomarse chupitos de sangre.
Puaj . En la televisión de pantalla panorámica estaban poniendo una película de terror y, al pasar por delante, el grito agudo de una víctima que huía de su verdugo me hizo dar un respingo.
—¡Madre mía!
Me llevé una mano al pecho. Desmond se volvió con cara de preocupación.
—¿No estás a gusto aquí?
—Eh..., no, no es eso —respondí, evitando su mirada.
Gran error. Mis ojos fueron a parar a una pareja que se estaba liando en uno de los sofás. Solo que no se limitaban a besarse. Se estaban mordiendo el uno al otro y, a juzgar por los gemidos de placer que se les escapaban, era bastante obvio que lo estaban disfrutando.
Des siguió la dirección de mi mirada y soltó una risita. Luego hizo una pausa y, al poco, frunció el ceño cuando se dio cuenta de que yo seguía sin poder apartar la vista.
—¿Nunca has visto a vampiros compartir sangre?
Tragué saliva.
—No.
Debía de seguir con cara de haber visto un fantasma, porque me sacó de la sala común.
—Ven. Vamos a mi habitación. No quiero que te desmayes delante de todos.
El calor me subió por el cuello y me encendió las mejillas. Me eché el pelo hacia delante.
—Estoy bien, te lo juro.
Llevaba más tiempo que él metida en aquel mundo sobrenatural y no quería que pensara que era una mojigata entre los supes.
—Tranquila —dijo Des—. De todos modos, en mi habitación estaremos más tranquilos y podremos hablar. Mi compañero de cuarto ha salido esta noche con su novia.
Cuando abrió la puerta de su dormitorio, no se parecía en nada a lo que me había imaginado.
Estaba convencida de que encontraría sábanas de seda negra, pósteres de Marilyn Manson y botellas de sangre alineadas en las estanterías.
¿Quién es la de los prejuicios ahora? En lugar de eso, era una típica habitación de chico: ropa tirada por el suelo, camas sin hacer y una enorme consola de videojuegos instalada bajo el televisor.
Más allá de esa vibra de vampiro oscuro y malote que desprendía Desmond, me recordaba un poco a mi amigo Jay, el de mi pueblo.
—Siento que el cuarto esté un poco desordenado —se excusó Des—. No tenía pensado traerte a mi habitación esta noche. Eso se suele reservar más para la tercera cita.
Los ojos le brillaron bajo la tenue iluminación, y el rojo intenso que bordeaba sus iris pareció avivarse un poco. Arqueé una ceja, aunque no pude evitar sonreír.
—¿Tercera cita, eh? Vienes confiado.
Sacó dos cervezas de una mininevera que había en un rincón, se dejó caer en el sofá frente al televisor y me hizo un gesto para que me sentara a su lado.
—No te voy a mentir: cuando era humano, las chicas me adoraban.
Le quitó la chapa con el colmillo y me pasó la botella. Esbozó una sonrisa burlona.
—Un poco presuntuoso, ¿no? —dije, riéndome. Acepté la cerveza y me acomodé a su lado.
—No es presunción si es verdad.
Y le creí. Des era atractivo y, sin duda, sabía desenvolverse. Sin mencionar que aquel aire de vampiro misterioso lo hacía aún más interesante. Pero no era Ryder.
Aparté ese pensamiento de mi cabeza y me negué a pensar en mi instructor prohibido.
Seguramente estaría en su habitación haciendo vete a saber qué con aquella demonia tan atractiva.
Puaj . Se me revolvió el estómago y una punzada de irritación me recorrió el cuerpo.
Di un largo trago a la cerveza fría y me bebí casi media botella antes de calmarme.
—Me alegra que sigas apreciando las cosas humanas. Conocí a un brujo que me las trae de contrabando. A veces apetece una Corona.
Di otro buen trago.
—Lástima que no tengas limas.
—La próxima vez.
Se inclinó hacia mí y me pilló completamente desprevenida.
Su boca quedó a apenas unos centímetros de la mía y tuve que bajar la botella poco a poco. De repente, Des mostró la lengua y la deslizó por los colmillos.
—¿Te importaría que fuera el primero?
Casi me atraganté.
—¿Qué?
¿Acaso llevaba escrito «virgen entre los supes» en la frente?
—Imagino que nunca has besado a un vampiro. Esperaba ser el primero.
La sonrisa burlona reapareció y, por mucho que quisiera ofenderme por el descaro, no pude.
Además, la cerveza ya empezaba a subírseme a la cabeza después de haberme bebido una botella casi entera en cuestión de minutos. Quizá había llegado el momento de perder la virginidad... la vampírica, quiero decir.
Me incliné un poco y Desmond cerró la distancia al instante. Sus labios fueron suaves al principio, pero, cuando me rodeó la nuca con los dedos, el beso se volvió más profundo.
Cerré los ojos, intentando dejarme llevar.
Quería olvidarme de la persona a la que de verdad quería besar y no sentirme tan mal por él todo el tiempo.
De esa manera, casi podía imaginarme que Desmond era Ryder: su pelo, sus ojos, sus pómulos…
Pero al besar a Des no sentía casi nada; solo estaba haciéndolo por hacerlo.
Entonces, un pinchazo en el labio me hizo abrir los ojos de golpe y me sacó de mis pensamientos. Noté un sabor metálico en la boca. Me incorporé de un salto y traté de apartar a Desmond. Pero, en realidad, ni siquiera me dio tiempo a tocarlo.