El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Se me abrieron los ojos de golpe y tomé una bocanada de aire, hambrienta de oxígeno.

—¿Qué ha pasado? —murmuré mientras la vista se enfocaba poco a poco en la caoba oscura del despacho de Cillian.

La cabeza me retumbaba como si alguien me golpeara el cráneo con un martillo. Incluso la tenue luz de la habitación me obligaba a entrecerrar los ojos. Vi a Garrix sentado a mi lado y a Cillian cerniéndose junto al sofá, con sus alas de alabastro magníficamente desplegadas.

Así que de ahí venía la luz.

Al incorporarme, reparé en la ausencia de una persona muy importante. Los golpes se intensificaron y eché un vistazo a mi alrededor. No provenían solamente del interior de mi cabeza: alguien estaba aporreando la puerta.

—No te voy a dejar entrar hasta que no seas capaz de controlarte —gritó Cillian.

—Cillian, te lo juro... Déjame entrar ahora o haré pedazos este edificio entero.

La voz áspera y ronca de Ryder sonaba tan aterradora como fascinante.

—Y bueno, ¿qué ha pasado? —mascullé, volviéndome hacia mi padre.

Una sonrisa pícara asomó a sus labios.

—Ha funcionado.

Me llevé la mano al pecho. La piel estaba lisa, sin marcas rojizas ni cosquilleos. Nada.

Una oleada de felicidad me inundó. Era libre. Después de tantos meses, por fin me había librado de aquellos demonios.

—¡Gracias!

Abracé a Garrix sin poder contenerme. El brujo estoico se tensó durante un instante antes de corresponder al abrazo.

—De nada, Luna. Lamento mucho que la práctica te resultara desagradable, pero era la única forma de terminar con ella.

—Sí, pero ¿qué pasó? Tuve una experiencia extracorporal rarísima. Pensé que había muerto.

Garrix negó con la cabeza.

—No, nada de eso, querida. Solo se estaba rompiendo el control del demonio. Era más poderoso de lo que pensé. Y tus bloqueos también lo eran, más de lo que esperaba.

—¿En serio?

Asintió.

—No me sorprendería que este hechizo desbloqueara parte de la energía reprimida.

Garrix y Cillian intercambiaron una mirada fugaz.

—Entonces, ¿podría empezar a manifestar más mis poderes?

—Es posible.

—¡Cillian!

Los puños de Ryder volvieron a golpear la puerta.

Levanté la vista hacia el director, que seguía frunciendo el ceño.

—¿No crees que ya podrías dejarlo entrar?

Cillian sacudió la cabeza.

—Necesita calmarse. No sé qué le pasa a mi sobrino últimamente.

Sentí un poco de orgullo cuando escuché aquello.

Aunque gran parte de lo ocurrido me parecía distante, la presencia de Ryder había sido la única constante en medio del poder oscuro que me había recorrido el cuerpo.

Resoplé y enterré hondo aquellos pensamientos traicioneros.

Entonces Garrix carraspeó y me miró con sus ojos cobalto penetrantes.

—Ahora que eso ya está resuelto, esperaba que pudiéramos pasar la tarde juntos.

Casi me atraganté.

—¿En serio?

—Hablaba en serio cuando dije que quería conocer a mi hija. Esperaba poder llevarte fuera de los terrenos de la academia.

Levanté la vista hacia Cillian y él asintió, sonriendo con su típica dulzura angelical.

—Pero no te alejes. A Ryder podría darle un infarto si no vuelves a tiempo para su clase.

—De acuerdo.

Garrix se puso de pie y yo lo seguí, con el corazón latiéndome con fuerza por la emoción. Después del frío recibimiento de mi padre biológico cuando nos conocimos, prácticamente había perdido la esperanza de llegar a conocerlo de verdad algún día.

—¿Puedo?

Garrix miró a Cillian con expresión interrogante. Un orbe plateado, no más grande que una pelota de tenis, palpitaba en la palma de su mano.

—La Academia tiene escudos. No vas a poder abrir un portal aquí dentro.

Una sonrisa astuta se dibujó en los labios de mi padre.

—La mayoría tal vez no pueda, pero yo ya he logrado sortear tus escudos unas cuantas veces, querido Cillian. Quizá deberías plantearte reforzarlos.

El ángel imponente frunció el ceño.

—Supongo que es una tarea pendiente.

—Ven, querida.

Garrix me cogió de la mano y lanzó la esfera plateada y resplandeciente al centro de la estancia. La bola se expandió como un globo y el calor comenzó a irradiar desde su núcleo. Luego, asomó un vórtice grande en la estancia. Me despeinó una ráfaga de viento.

Me quedé boquiabierta.

—¡Pásalo bien!

Capté la despedida de Cillian por encima del hombro mientras Garrix tiraba de mí hacia el remolino brillante.

Al atravesar aquella especie de masa gelatinosa, una punzada de culpa me encogió el estómago por no haberme despedido de Ryder.

Fuera lo que fuera lo que hubiera entre nosotros, sabía que se preocupaba por mí y que se pondría hecho una furia cuando descubriera que me había marchado del campus con mi padre brujo.

No pude seguir dándole vueltas. De repente, el portal nos escupió en el bullicioso centro de una ciudad. El aterrizaje fue algo forzoso y tuve que flexionar las rodillas y extender los brazos para no perder el equilibrio. Aun así, para mi sorpresa, logré mantenerme en pie.

Una mejora indiscutible comparada con mi aterrizaje de la última vez.

—¿Dónde estamos?

Eché un vistazo a la plaza del casco antiguo. Las calles empedradas, las farolas de aceite y el ambiente pintoresco parecían sacados directamente del decorado de una película.

—Este es Maginaria, el reino de los practicantes de la magia: brujas, brujos, magos, magas, hechiceros, hechiceras... todos los aficionados a lo místico.

Ahora que lo mencionaba, los viejos edificios de ladrillo, los callejones estrechos y retorcidos y los pintorescos escaparates parecían sacados del mundo de Harry Potter.

Pasamos junto a una tienda llamada Venenos y Parásitos y otra en cuya puerta una adivina estaba sentada ante una mesa cubierta con un mantel rojo, sobre el que tenía extendidas varias cartas del tarot, antes de llegar a una cafetería.

En cuanto Garrix abrió la puerta, el aroma de los granos de café tostados hizo que se me hiciera la boca agua.

—¿Esto es una especie de cafetería mágica o algo así? —pregunté.

Garrix me condujo hasta un pequeño rincón y me hizo un gesto para que me sentara.

—No. Es una cafetería común y corriente —se rio—. Aunque el barista prepara un café moca extraordinario, eso sí.

—Pues yo tomaré uno de esos. Cualquier cosa que pueda darles un empujón a mis poderes me vendrá bien.

Cuando el camarero tomó nota y se alejó, Garrix apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos. La expresión relajada que había tenido hasta entonces desapareció.

—Tengo que confesarte algo.

Tragué saliva. Aquello no sonaba nada bien.

—No te he sacado hoy de la academia solo por capricho —dijo Garrix.

Hizo una pausa cuando el camarero volvió con nuestro pedido.

—Vale...

—Cuando te quité la marca, sentí que algo encajaba por fin. Y luego, cuando me hablaste de esa experiencia extracorporal, tuve la sensación de que mis sospechas eran ciertas.

—¿Ciertas sobre qué?

Di un sorbo al café y casi se me pusieron los ojos en blanco del gusto. Era, sin duda, el mejor moca que había probado en toda mi vida.

—Creo que has heredado mi habilidad para poseer los cuerpos de otras personas.

Menos mal que ya había dejado la taza sobre la mesa, porque, si no, habría acabado bañándolo todo en café caliente.

—¿Qué?

—¿Alguna vez has sentido que necesitabas escapar de tu propia piel, como si cada terminación nerviosa estuviera tan tensa que necesitaras liberarla?

Asentí, aturdida. Lo había sentido un par de veces en el instituto, sobre todo cuando me ocurría algo que consideraba terriblemente vergonzoso. Y desde que había llegado a la academia aquella sensación no había hecho más que intensificarse.

—¿Puedes contarme qué te ocurrió hoy? Esa experiencia extracorporal que mencionaste.

Di otro sorbo al café moca para ordenar mis pensamientos.

—Es difícil de explicar. Fue como si algo se desgarrara en mi interior. Luego sentí un ardor realmente intenso; supongo que es como deben ser las llamas del infierno. Después ya no noté nada y terminé flotando por encima de mi cuerpo. Podía veros a todos a mi alrededor.

—¿Sentiste alguna atracción hacia el cuerpo de otra persona?

Negué con la cabeza.

—La verdad es que no sentí nada en particular.

—Ya veo —dijo Garrix. Dio un sorbo a su café expreso, sin apartar de mí aquellos ojos penetrantes—.

Bueno, si vuelve a pasar algo parecido, me gustaría que me lo contaras.

La habilidad de cambiar de cuerpo no es algo que tengan muchos brujos.

De hecho, que yo sepa, ninguno de mis descendientes la posee. Serías la primera.

Genial. No estaba muy segura de querer añadir otra cosa más a mi lista de poderes. Solo de pensarlo me recorrió un escalofrío. No podía ser de otra manera.

—Creo que hoy has roto una barrera sin darte cuenta. Será interesante ver qué otros poderes empiezan a manifestarse. Por lo que vi, no se parecen en nada a los de tu media hermana.

Kimmie-Jayne no me había contado mucho sobre sus poderes. Había mencionado las visiones, pero hasta ahí. ¿Habría visto algo en mí?

—En cualquier caso, me alegro de que hayamos podido hacer esto hoy.

Más allá de mi curiosidad por esa capacidad tuya para cambiar de cuerpo, créeme cuando te digo que tengo un interés sincero en conocerte, Luna.

Estuve allí el día en que naciste y supe desde el primer momento que había algo especial en ti.

—¿Estabas allí?

Madre mía. Hoy no dejaba de llevarme sorpresas. Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Quién era mi madre, y por qué me abandonó? —pregunté— La señora Hallows nunca me lo dijo. Decía que no importaba y que no influiría en la persona en la que me convertiría.

—Tenía razón. Tu madre no era importante; solo una humana asustada que había tomado una decisión precipitada en un momento complicado.

Que te abandonara no tuvo nada que ver contigo, Luna.

Fue el miedo irracional que sentía por lo que yo era...

por lo que tú eres ahora... lo que la hizo alejarse.

Yo no estaba preparado para criar a una niña entonces, y tampoco lo estoy ahora.

Por eso te dejé con alguien en quien confiaba plenamente.

Victoria Hallows fue como una madre para mí, y supe que también lo sería para ti.

Unas lágrimas calientes inundaron mis ojos.

Mi madre me había abandonado porque era una supe; algo de lo que ni siquiera yo fui consciente durante dieciocho años.

Pero mi padre sí se había preocupado lo suficiente como para dejarme con alguien decente.

Era algo. La señora Hallows me había querido como si fuera su hija, y lo más probable es que hubiera acabado mucho peor si me hubieran ido pasando de una familia a otra desde el primer día.

Cuando ella murió...

—Garrix, espera. ¿La señora Hallows también era una supe como nosotros?

Asintió, y una sonrisa se dibujó en sus labios hasta iluminar aquellos ojos intensos.

—Era incluso mayor que yo.

Durante todo aquel tiempo me había criado uno de los nuestros sin que yo lo supiera. Quizá por eso los sobrenaturales me habían atraído desde el mismo instante en que descubrí que existían. Garrix se inclinó hacia delante y la seriedad volvió a adueñarse de sus facciones.

—Escucha, Luna. Cillian me ha mantenido informado de los progresos del equipo, y saber que formas parte de ese grupo de élite me llena de orgullo.

La situación entre nuestros mundos se vuelve más peligrosa cada día que pasa.

El frágil equilibrio que hemos conseguido se vendrá abajo si los ataques continúan.

Llevo trabajando con Cillian desde el principio para construir esta alianza y estoy convencido de que, con el poder de las ocho casas unidas, os convertiréis en una fuerza imparable contra quienes intentan destruir todo lo que hemos levantado.

Los humanos necesitan a los sobrenaturales, y nosotros los necesitamos a ellos.

He luchado mucho y durante muchos años por esta unión, y no pienso permitir que nadie la destruya. Confiamos en todos vosotros.

Asentí y di otro sorbo al moca.

—No te vamos a fallar. Te lo prometo.

Todo aquello seguía pareciéndome increíble.

¿Cómo podía recaer sobre nuestros hombros el destino de la paz entre ambos mundos?

Vale, sí, Los Siete eran poderosos, pero ¿de verdad podíamos compararnos con las criaturas del Inframundo?

Si ni siquiera Lucifer era capaz de mantenerlas bajo control, ¿cómo íbamos a conseguirlo nosotros?