Capítulo 5
Dos golpes rápidos en la puerta de mi dormitorio me sacaron del sopor. Cerré de golpe el libro de demonología y corrí hacia la puerta, encantada de tener un respiro.
—¿Quién es? —grité a través de la gruesa madera.
Aunque hacía ya unas semanas que no sufríamos ningún ataque de demonios dentro de los edificios de la academia, convenía mantener la guardia alta.
—Soy Desmond. Estaba buscando a Scarlett. ¿Está por aquí?
De repente, caí en la cuenta de quién era. El guapísimo vampiro nuevo. Abrí la puerta un poco y me asomé. Aquellos ojos oscuros ribeteados de carmesí se clavaron en los míos.
—Hola, eh… no, lo siento, está en clase.
Una amplia sonrisa iluminó su rostro y dejó al descubierto dos colmillos afilados. Tendría que haberme asustado, pero, después de pasar los últimos meses en Darkblood, me había acostumbrado a los vampiros, los cambiaformas y el resto de supes aterradores.
Apoyado en el marco de la puerta, me tendió la mano.
—Tú debes de ser la compañera de habitación de Scarlett. Nunca nos han presentado oficialmente. Soy Desmond, aunque casi todo el mundo me llama Des.
—Luna.
Le estreché la mano y sus dedos fríos envolvieron los míos. Un escalofrío inesperado me recorrió el brazo. Se le dilataron ligeramente las fosas nasales mientras me recorría con la mirada hasta detenerse en la marca que asomaba por encima del cuello del polo.
—He oído que tú también eres nueva en Darkhen.
—Así es. Este es mi segundo semestre.
—Es raro este sitio, ¿no? Eso de que los vampiros solo se junten con vampiros y demás.
Asentí. Se me había olvidado que Desmond acababa de convertirse y que era nuevo en aquel mundo sobrenatural. Bajo aquellos ojos teñidos de carmesí seguía habiendo un humano que estaba aprendiendo a desenvolverse en aquel universo extraño al que había sido arrastrado.
—No te preocupes, te acostumbrarás. Todos son bastante simpáticos con los de su especie.
—Sí, me he dado cuenta. Aun así... no me importaría charlar con otra humana de vez en cuando. Si te apetece, claro.
Me mordí el labio inferior un instante.
—Claro.
¿Por qué no? ¿No era precisamente eso lo que quería? ¿Empezar a salir con alguien? Aunque, probablemente, esto ni siquiera fuera una cita.
—Entonces, que sea una cita. ¿Qué tal mañana por la noche?
Bueno, quizá sí fuera una cita.
Una sombra oscura apareció detrás de Desmond, y no necesité levantar la vista para saber quién era. Solo había un hombre capaz de ponerme la piel de gallina con solo acercarse.
—¿Interrumpo algo? —gruñó Ryder.
Des se giró de un salto.
—Ah, hola. Tú eres el instructor de combate, ¿verdad? Creo que tengo esa asignatura el próximo semestre.
Ryder sonrió con sus dientes blancos como perlas, pero parecía más un gruñido.
—Necesito hablar con mi alumna.
—Claro.
Se volvió hacia mí, y me sorprendió que ni siquiera pareciera intimidado. Si Ryder me hubiera mirado así, me habría hecho pis encima.
—¿Te recojo aquí mañana a las ocho?
Asentí, sin mirar a Ryder. Sentía su mirada clavada en mí como un arma cargada.
—Me parece bien.
En cuanto Desmond se alejó, Ryder irrumpió por la puerta y casi me tiró al suelo.
—¿En qué demonios estás pensando?
Me giré hacia él, furiosa.
—¿Perdón?
—No puedes salir con un vampiro. Y menos con uno recién convertido. En lo único que va a pensar es en el aroma de tu sangre. ¿Tienes idea de cómo es la sed de sangre en esa etapa?
Por supuesto que no, pero no iba a admitirlo.
—¿Y qué tiene eso de diferente, que los vampiros beban sangre? Tú, por ejemplo, chupas almas. No estás midiendo con el mismo rasero.
Ryder soltó un bufido y acortó la distancia entre nosotros.
—He tenido años para aprender a controlar a mi demonio. Ese chico no lleva más que unos meses siendo vampiro.
—Bueno, pero ese chico es simpático y quiere salir conmigo de verdad, así que quizá deberías meterte en tus asuntos.
Muy sutil, Luna .
Se pasó una mano por el pelo y soltó un suspiro brusco. Estaba tan cerca que casi podía notar el sabor a menta de su aliento cuando hablaba.
—No quiero que salgas con él.
Me crucé de brazos y lo fulminé con la mirada.
—Dame una buena razón para no hacerlo.
Por favor .
Apretó los labios y un destello amarillo eclipsó el negro de sus ojos durante un instante, antes de desaparecer en el abismo oscuro.
—No es seguro —masculló.
—Eso no es suficiente. Un demonio podría atacarme en cualquier momento. Técnicamente, no estoy a salvo en ningún sitio.
Sus manos se cerraron sobre mis hombros y el calor atravesó la tela del polo.
—Luna...
—No —espeté. Me zafé de su agarre y levanté una mano para poner una distancia muy necesaria entre nosotros—. Voy a estar bien, Ryder. Ya soy mayorcita y sé defenderme. No es nada más que una cita; me parece a mí que sobreviviré.
Abrió la boca para replicar, pero el móvil le vibró y su atención se desvió hacia la pantalla. Frunció el ceño mientras leía el mensaje y luego me mostró el móvil.
—Es Cillian. Garrix está aquí.
El corazón me latía con fuerza mientras Ryder sostenía abierta la puerta del despacho de Cillian para que entrase.
Garrix se puso de pie en cuanto me vio, mirándome con aquellos ojos color cobalto, de una intensidad casi mística.
El olor acre y ahumado de la magia se arremolinaba a su alrededor y lo envolvía como un escudo impenetrable.
—Me alegro mucho de volver a verte, Luna.
Lo único que pude hacer fue devolverle una sonrisa forzada.
—Garrix cree que ha encontrado la forma de eliminar la marca —dijo Cillian. Estaba de pie detrás del escritorio, con los musculosos brazos cruzados sobre el pecho.
Ryder se tensó a mi lado; su ancho hombro rozaba el mío con cada respiración.
—¿Estamos seguros de que no va a volver a pasar lo de la última vez?
Mi padre le lanzó una mirada fulminante a Ryder que a mí me habría hecho temblar las piernas.
—Esta vez he tomado algunas precauciones extra.
Sacó del bolsillo un talismán de aspecto antiguo.
Tenía forma de pentágono y una piedra de color rojo sangre en el centro.
Una sombra oscura se agitaba en el interior de la gema y se retorcía como una serpiente.
Me quedé observando el objeto, el cual irradiaba casi tanta energía oscura como el brujo que lo sostenía.
—¿Qué es eso?
—Es una pizca de la esencia de cada uno de los cinco miembros del Consejo del Aquelarre. No ha sido nada fácil de conseguir, te lo aseguro; por eso me retrasé. Serafine es bastante reacia a compartir su esencia. Me costó convencerla, pero al final llegamos a un acuerdo.
Me alegré de que alguien entendiera lo que estaba pasando.
—¿Así que con eso vas a eliminar la marca?
Asintió.
—Debería. Nuestros poderes combinados tendrían que ser más que suficientes para romper el control demoníaco sobre ti.
—Entonces acabemos con esto de una vez.
Garrix se dirigió al sofá y yo lo seguí mientras Ryder permanecía pegado a mi lado como una sombra posesiva. Cillian se quedó unos metros más atrás, observando.
Cuando Garrix me pasó la cadena por la cabeza, una oleada de poder me recorrió el cuerpo.
La energía oscura se extendió por mi interior y me erizó la piel.
El amuleto descansó sobre mi pecho, a apenas unos centímetros de la marca.
La gema cobró vida al tocar mi piel y empezó a palpitar; su tono rubí se oscureció hasta convertirse en un carmesí intenso.
—¿Y ahora qué? —susurré mientras Garrix se alzaba frente a mí.
—Ahora romperé el control que tienen los demonios sobre tu cuerpo.
Ryder se acercó más. Parte de su cuerpo invadió mi espacio de inmediato, pero no me atreví a moverme. Solo por esta vez, lo necesitaba a mi lado.
Garrix extendió una mano sobre el talismán y una ráfaga de energía granate destelló entre su palma y el amuleto.
Un quejido sordo vibró en la garganta de Ryder. No debía de ser la única que percibía el torrente de magia oscura que fluía alrededor de mi padre.
—¿Sabes lo que haces? —le dijo a Garrix.
—Sí. Ahora, silencio —ordenó Garrix. Sus ojos color cobalto lanzaron una mirada asesina en dirección a mi guardaespaldas demoníaco—. Tengo que concentrarme.
De reojo, vi cómo Ryder apretaba la mandíbula mientras rechinaba los dientes. Su ansiedad me estaba poniendo diez veces más nerviosa. Le deslicé la mano por la pierna y se la apreté. La tensión que irradiaba pareció aflojarse un poco, y él entrelazó sus dedos con los míos.
Garrix comenzó a recitar un cántico con palabras oscuras y poderosas.
Aunque nunca antes las había escuchado, me resultaban familiares y no sabía por qué.
Poco a poco, el resplandor carmesí se fue intensificando y me envolvió por completo.
Una explosión de calor brotó del talismán y se extendió por mi pecho como la pólvora.
Contuve el grito todo lo que pude, pero cedí a los pocos segundos.
Un alarido escapó de mis labios mientras me arqueaba de dolor.
Sentía como si me hubieran prendido fuego y me estuvieran arrancando la piel a tiras.
Lo único que quería era deshacerme del cuerpo y escapar de la agonía que se apoderaba de mí.
Entonces, las palabras de Garrix se fueron apagando hasta convertirse en nada más que un murmullo suave y lejano.
Su rostro empezó a desdibujarse. Iba a desmayarme. Lo notaba.
Luché contra el dolor abrasador mientras mi conciencia se alejaba cada vez más.
—Quédate conmigo, Luna. Vamos, quédate conmigo.
Una voz grave, teñida de desesperación, me impidió perder el conocimiento por completo.
—Me duele —murmuré.
—Lo sé, pequeña, lo sé.
Sentir los dedos de Ryder entrelazados con los míos me mantuvo anclada a la realidad. Era lo único que tenía sentido en medio del caos de dolor y energía que me atravesaba.
Un sonido agudo resonó en mis oídos y, aturdida, recorrí la habitación con la mirada en busca de su origen. Lo único que distinguí fueron tres pares de ojos observándome.
¿Ese grito había salido de mí?
En el instante en que ese pensamiento cruzó mi mente, el dolor desapareció. Mi cuerpo se quedó flácido, como una marioneta a la que acababan de cortar los hilos.
Y entonces empecé a elevarme. Mis limitaciones físicas ya no me retenían.
Mi cuerpo yacía inmóvil sobre el sofá, debajo de mí. La mano de mi padre seguía apoyada sobre mi torso mientras Ryder gritaba algo que no entendía. Entonces Cillian se movió, rodeó a su sobrino con sus brazos fornidos y lo sujetó para impedir que se acercara.
Los labios de Garrix seguían moviéndose, pero ya no lograba distinguir las palabras. Todo transcurría a cámara lenta. Era como moverme bajo el agua.
De repente, una oleada de energía me empujó hacia delante y volví a meterme sosegadamente dentro de mi cuerpo. Todo regresó de golpe: los cánticos de Garrix, los gritos de Ryder, el dolor y el calor que corría por mis venas. Y entonces llegó la oscuridad.
Me pareció fría y adormecedora. Me llamaba. Y yo caí en sus brazos, obediente.