Capítulo 3
Presente
—¿Luna?
—¿Eh?
Levanté la vista hacia Cinder, apartando de mi mente los pensamientos sobre mi padre ausente. Cillian había hablado conmigo a solas antes de clase para decirme que Garrix se había puesto en contacto con él. Cada vez estaba más cerca de encontrar la forma de eliminar la marca del diablo.
—¿Estás bien? Llevas como diez minutos sin decir ni una palabra.
—Ah, sí, estoy bien. Es la clase de la señora Mikalson. Es muy interesante.
Cinder arqueó una ceja.
—Ah, ¿sí? ¿Y de qué ha estado hablando?
—Eh... ¿Demonios y diablos?
Soltó una risita y se escondió tras el grueso libro de texto.
—Venga, se te tiene que ocurrir algo mejor que repetir el nombre de la asignatura.
—Lo siento. La verdad es que he estado un poco distraída. Cillian me ha dicho que Garrix se ha puesto en contacto con él y que está cada vez más cerca de solucionar mi pequeño problema con la marca del diablo.
Sin darme cuenta, mis dedos rozaron la cicatriz abultada bajo el polo del uniforme.
—Eso es genial —susurró con entusiasmo—. ¿Significa que por fin podrás volver a vivir conmigo?
Se me hundieron los hombros y bajé la vista al libro cerrado que tenía sobre el pupitre. Aún no había reunido el valor para decirle que mi traslado a casa de Scarlett era definitivo.
—No lo creo, Cin. Ryder quiere que esté cerca de Los Siete. Cree que eso fortalece nuestro vínculo.
Sus labios se torcieron en una mueca de disgusto.
—Qué rollo.
—Ya.
Le apreté la mano mientras le sonreía.
—Ojalá pudiera volver a vivir contigo; eras la mejor compañera de habitación del mundo. Y por si fuera poco tengo que compartir el baño con Raine y Aeria —añadí con los ojos en blanco—. Se pasan una eternidad arreglándose y no hacen más que acaparar el baño.
Cinder soltó una risita.
—Me lo imagino perfectamente.
—Que no vivamos juntas no significa que no podamos pasar tiempo juntas.
—Lo sé, pero siempre estás con ellos. Entrenas antes de clase con todo el escuadrón, luego tienes las clases particulares con Ryder por las tardes y, además, las de magia con Drake.
Tenía razón. Mi vida giraba por completo en torno al escuadrón de supes.
—Todo irá a mejor, te lo prometo. Cuando desaparezca esta marca, ya no necesitaré guardaespaldas las veinticuatro horas del día y todo volverá a la normalidad.
O al menos eso esperaba.
—No sé, lo dudo. Aunque esa marca desaparezca, no creo que sea tan fácil librarse de Ryder.
Me guiñó un ojo con una sonrisa traviesa dibujada en sus bonitos labios rosados.
—Señoritas, por favor —dijo la señora Mikalson, señalándonos con sus uñas rojas tan bien pintadas—. Aprender sobre el Inframundo es tan importante como el resto de asignaturas.
Las dos asentimos y volvimos a prestar atención a la lección.
Tenía razón. Desde que mi padre soltó aquel detalle sobre que los brujos eran en parte demonios, había querido saber más sobre el Inframundo.
Eso significaba que una pequeña parte de mí también lo era.
Quizá de ahí venían mis poderes. Quizá de ahí venía mi atracción desorbitada por Ryder.
No, eso seguramente se debía a que estaba demasiado bueno.
La señora Mikalson terminó la clase sobre los primeros demonios que pisaron la Tierra y cerré el libro de golpe.
En diez minutos había quedado con Drake para nuestra clase de magia quincenal.
Por mucho que la actitud arrogante del príncipe de hielo me sacara de quicio a veces, no podía negar que mi magia se estaba volviendo más fuerte gracias a él.
Mientras recogía los libros y los guardaba en la mochila, se me erizó la piel de la nuca. Me giré y me encontré con un par de ojos oscuros y penetrantes clavados en mí.
Uf. En serio, no había manera de librarse de él.
Cinder me dio un codazo en el costado con una sonrisa cómplice.
—¿Ves a qué me refiero?
Me dirigí hacia Ryder, lista para soltarle mi mejor discurso sobre por qué no necesitaba un guardaespaldas permanente, cuando él se giró hacia la Sra. Mikalson. Le rodeó los hombros con un brazo y le susurró algo al oído, provocando una oleada de risitas tontas.
Ay, qué asco.
Pasé corriendo junto a su mesa con la mirada baja, prácticamente arrollando a Cinder en mi huida.
—¿Qué ha pasado? —murmuró Cinder en cuanto salimos del aula y nos alejamos del alcance de los oídos sobrenaturales.
—¿Quién sabe? Si Ryder quiere divertirse con alguna súcubo, allá él.
Una mezcla de rabia y tristeza se arremolinó en mi pecho mientras avanzaba a grandes zancadas por el pasillo.
—Ay, Luna…
Cinder me apretó el hombro, pero me aparté con un gesto. No tenía ganas de que me mirara con pena.
—Tengo que ir a ver a Drake. Nos vemos luego.
Me di la vuelta antes de que pudiera responder. No quería ver esa expresión en sus ojos. ¿Por qué seguía dándole vueltas al tema de Ryder? Había dejado muy claro que nunca podría haber nada entre nosotros, y ya iba siendo hora de que le hiciera caso.
Era un nuevo semestre y una nueva Luna. Me libraría de aquella estúpida marca, desbloquearía mis increíbles poderes de bruja y empezaría a salir con algún chico sobrenatural decente. Uno que no fuera completamente inalcanzable.
—¿Lista, mestiza?
El aliento helado de Drake me hizo dar un respingo cuando apareció a mi lado.
—Joder, Drake. Ponte un cascabel o algo.
Echó la cabeza hacia atrás y abrió mucho sus ojos lilas.
—¿Y a ti qué te pasa, humana? ¿Por qué ese humor de perros?
—Nada —mascullé entre dientes—. ¿Y qué haces aquí abajo? Creía que habíamos quedado en tu habitación.
—He pensado que hoy necesitábamos un cambio de aires.
Arqueé una ceja.
—Vale. ¿Y adónde vamos?
—Sígueme y lo descubrirás.
Me apresuré tras el príncipe feérico mientras chicas de todas las especies sobrenaturales me lanzaban miradas asesinas solo por caminar a su lado.
Muchos ya se habían acostumbrado a verme pegada a Los Siete, y algunos incluso habían empezado a llamarnos Los Ocho, pero eso no impedía que de vez en cuando siguiera captando alguna mirada cargada de envidia.
Yo se las devolvía mientras recorríamos el pasillo. Hoy no estaba para tonterías.
Cuando Drake empujó la puerta que daba al bosque feérico, me detuve en seco.
—¿Qué? ¿Vamos a salir ahí fuera?
Solo con las ráfagas de aire helado que se colaban por la puerta ya se me estaban congelando los huesos. Maldito clima infernal del reino feérico.
Sostuvo la puerta abierta y me observó desde arriba con su habitual expresión de suficiencia.
—Confía en mí, humana. Merecerá la pena; te lo prometo.
Puse los ojos en blanco con tanta fuerza que casi me vi el cerebro y salí tras él arrastrando los pies. Me ajusté el abrigo y maldije a los malditos feéricos invernales y a su gélida Corte de Invierno mientras seguíamos un sendero que se internaba en el bosque.
Después de lo que me pareció una eternidad avanzando por la nieve, que me llegaba hasta los tobillos, alcancé a Drake y le agarré del brazo.
—¿Falta mucho?
Odiaba lo quejica que sonaba y lo impasible que parecía el príncipe. Ni un pelo platino despeinado. Mientras tanto, yo jadeaba y tenía la nariz y las mejillas entumecidas por el frío.
—No.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, pillándome por sorpresa, y tiró de mí hacia delante.
Nunca me había internado tanto en el bosque, ni siquiera durante nuestras últimas cacerías de demonios.
Quizá una hora fuera una exageración, pero estaba segura de que debíamos llevar al menos veinte minutos caminando.
Eché un vistazo por encima del hombro y, a lo lejos, distinguí las torres en espiral de la academia recortándose entre los árboles.
—No me habrás traído hasta aquí para asesinarme o algo así, ¿no?
Drake se rio, y una alegría poco habitual se reflejó en sus fríos iris.
—Créeme, si quisiera matarte, habría formas mucho más fáciles de hacerlo.
Abrí los ojos como platos.
—¿O sea que de verdad lo has pensado?
Apretó los labios y arqueó una ceja.
—No. Al menos, no a ti .
—¿A quién más te gustaría asesinar? —solté.
—¿Por qué los humanos sois siempre tan preguntones? Siempre que he interactuado con vuestra especie, he visto que tenéis esa manía de hacer una pregunta tras otra. Agota a cualquiera y, por lo visto, encima es una de las cosas que más os caracteriza.
Me encogí de hombros, procurando no ofenderme; al fin y al cabo, aquella era simplemente la forma de ser del arrogante príncipe feérico.
—La curiosidad es señal de inteligencia.
Esta vez soltó una carcajada de verdad, una que jamás le había oído al distante príncipe.
—De verdad eres todo un caso, humana.
No volvió a decir nada durante casi un minuto y di por hecho que el tema había quedado zanjado. Entonces, de repente, se paró y se giró hacia mí. Casi me choco con él.
—Sabes que asesinaron a mi padre, ¿verdad?
Asentí despacio. Los rumores de que la muerte del rey feérico no había sido por causas naturales llevaban circulando meses después de la emisión de Hitched , pero nunca llegaron a encontrar al asesino.
—Lo siento —murmuré por fin.
—No lo sientas. Era un poco cabrón, pero seguía siendo mi padre.
Durante mucho tiempo viví obsesionado con vengar su muerte.
Estaba tan consumido por la ira que dejé que todo lo demás se viniera abajo.
Estuve a punto de suspender segundo aquí, en Darkblood, y me tomé un largo año sabático para dar caza al asesino de mi padre.
Fue entonces cuando investigué las muchas, muchísimas formas de matar a alguien.
Un escalofrío me recorrió la espalda y no pude evitar estremecerme. Siempre había habido algo oscuro bajo la superficie gélida de Drake , pero nunca podía identificarlo. Debí de quedarme blanca y con una expresión de puro desconcierto, porque me sonrió levemente.
—No te preocupes. Desde entonces he aprendido a controlar mis impulsos asesinos.
—Bueno, pues me alegra oír eso —balbuceé mientras reanudaba la marcha.
—Está justo ahí delante.
Un rayo de luz se filtraba entre los árboles y se hacía más intenso a cada paso. Los imponentes abetos se abrieron de pronto, revelando un claro.
Una oleada de aire cálido me envolvió y casi se me desencajó la mandíbula.