Capítulo 2
Hace un mes
—¿Mi padre? —balbuceé mientras observaba al guapísimo hombre de mediana edad, vestido con un llamativo traje púrpura intenso.
Aparte del pelo rubio, no se parecía en nada al presidente Lazaris.
El líder de los Estados Unidos, curtido e incluso algo anodino, era a quien esperaba encontrar cuando por fin llegara ese día. Si es que alguna vez llegaba.
La imagen que tenía grabada en la mente era la de aquel día en que descubrí que era mi padre.
Pero este hombre... era un completo desconocido; un brujo poderoso que rezumaba magia oscura e inundaba la habitación con su presencia.
La energía sombría que lo envolvía parecía extenderse a su alrededor como largos tentáculos.
Incluso yo, con mis limitadas habilidades, era capaz de percibirla.
Se acercó y, por instinto, retrocedí un paso. El movimiento me hizo chocar de espaldas contra Ryder. Me sujetó por los codos, y aquel contacto me ayudó a mantenerme firme.
—Estoy aquí para ayudarte, Luna.
Garrix me tendió la mano.
Aturdida, me quedé mirando su mano extendida durante varios segundos. Después, conseguí reunir el valor para alzar la vista. Busqué en aquellos ojos color cobalto algún rasgo familiar, cualquier cosa que me hiciera sentir unida a aquel desconocido.
—¿Por qué has tardado tanto? —murmuré al fin.
La sala se quedó en silencio. Hasta el crepitar de las llamas de la chimenea pareció apagarse.
—Cillian acaba de contactarme por esa molesta marca del diablo.
Sus fríos ojos me recorrieron antes de detenerse en el símbolo grabado sobre mi pecho.
De repente me sentí ridícula allí plantada, con aquel vestido de gala tan escotado. Me crucé de brazos y deseé llevar algo más encima. Había algo en aquel hombre que resultaba demasiado invasivo, como si me sintiera expuesta bajo sus ojos hipnóticos.
—No me refería a eso. Tu otra hija, Kimmie-Jayne, me encontró hace seis meses. Doy por hecho que sabías dónde estaba, así que ¿por qué no te molestaste en venir a verme antes?
¿Por qué me abandonaste?
¿Quién era mi madre? ¿Por qué me dejó?
¿Por qué, por qué, por qué?
Por lo visto, el champán azariano que Ryder me había dado en el baile sí que desinhibía. Pero me daba igual. Tenía como un millón de preguntas que hacerle a ese hombre, y aquello no era más que la punta del iceberg de toda la locura sobrenatural.
Se aclaró la garganta sin apartar la vista de mí.
—Te pido disculpas. Tienes razón; debería haber venido antes. Y lo habría hecho, pero, como puedes imaginar, entre mis obligaciones como presidente, brujo supremo del Consejo del Aquelarre y representante oficial ante la Asamblea de Etrian, he estado bastante ocupado.
—Y también tienes docenas de hijos desperdigados por ahí, ¿no? ¿Cuántos somos exactamente?
Cillian se hundió en la silla de su escritorio, y el agudo chirrido de las patas contra el suelo de madera rompió el silencio cargado de tensión.
—A decir verdad, no lo sé. Un par de docenas, por lo menos —dijo Garrix, encogiéndose de hombros—.
A pesar de mi juventud, llevo vivo mucho tiempo, Luna.
Procuré estar al tanto de los hijos que sabía que eran míos, pero también tuve aventuras de las que nacieron hijos sin que yo lo supiera.
Por eso recurrí a Kimmie-Jayne para encontrar a los demás.
Intenté no pensar en el hecho de que tenía docenas de medio hermanos repartidos por Azar y por el mundo humano. ¡Madre mía, y yo que siempre me había sentido tan sola…! Creo que podría haber llenado un estadio entero con hermanos con los que jugar.
—Has dicho que estabas pendiente de los hijos que sabías que eran tuyos... ¿yo era una de ellos?
Asintió.
—Pasé por casa de la señora Hallows varias veces.
Me quedé boquiabierta. Rebobiné mentalmente hasta mis primeros recuerdos en busca de algún atisbo del hombre que tenía delante, pero no recordaba nada.
—Entonces, ¿por qué no te recuerdo?
—¿Estás al tanto de mis habilidades para transformarme en otras personas?
Por alguna razón, aquella afirmación me erizó la piel.
—Kimmie-Jayne me dijo que puedes adoptar la apariencia de otras personas, sí, pero no entró en muchos detalles.
—Puedes considerarlo una forma de posesión demoníaca —dijo Garrix.
Frunció el ceño al ver mi expresión de sorpresa—.
No es tan malo como suena. Todos los brujos tenemos una pequeña parte demoníaca.
Eso es lo que nos diferencia de los wiccanos.
En cualquier caso, son poderes que me permiten tomar el control de un cuerpo borrando temporalmente su conciencia.
El verdadero William Lazaris sigue ahí dentro; yo solo manejo su cuerpo.
Cuando iba a visitarte, también adoptaba otras apariencias. Me pareció lo más conveniente.
A-l-u-c-i-n-a-d-a.
No podía procesar ni la mitad de las revelaciones que acababa de soltar. No sabía qué me había dejado más alucinada: que hubiera ido a verme o que pudiera poseer cuerpos.
Echó un vistazo a su reloj y se le tensó la mandíbula.
—Lo siento, Luna, pero esta noche tengo una agenda muy apretada. Solo he venido para comprobar si podía hacer algo con la marca. Me temo que tendremos que dejarlo para otro momento. Y créeme, de verdad me gustaría hacerlo.
—Da igual —murmuré por lo bajo. Había sobrevivido sin ese hombre durante dieciocho años; no lo necesitaba ahora. ¿Acaso quería tener una relación con él?
—¿Puedo?
Se acercó con los ojos clavados en la marca del diablo.
—Está bien —dije, y descrucé los brazos.
Levantó una mano hacia mi pecho y mantuvo la palma a apenas unos centímetros de mi piel.
Una ráfaga de calor brotó de sus dedos extendidos e iluminó el espacio con una reluciente neblina violeta.
Hice una mueca ante la intensidad y apreté los puños a los costados mientras un dolor abrasador irradiaba desde la marca y se propagaba por todo mi cuerpo.
Era como si me estuvieran arrancando la piel a tiras con un metal al rojo vivo.
Unas gotas de sudor me perlaban el labio superior y la frente, pero mantuve la mandíbula apretada para no dejar salir el grito que me nacía de dentro.
El corazón me latía a toda velocidad, como si estuviera desesperado por escaparse del pecho.
La cabeza me daba vueltas y vueltas, hasta el punto que la oscuridad empezaba a emborronarme la vista.
—Luna, ¿estás bien?
Una voz áspera y familiar me arrancó del umbral de la inconsciencia.
—¿Luna?
Unos brazos cálidos me rodearon y evitaron que me desplomara. Alguien soltó palabrotas justo detrás de mí, pero tenía la mente embotada y no fui capaz de distinguir lo que decían.
—¡Basta! —gritó la misma voz— Le estás haciendo daño.
El calor abrasador que me recorría las venas desapareció de golpe y mi cuerpo se entumeció. Mi mente fue la siguiente. Un velo de humo me nubló la vista y los párpados se me cerraron hasta que ya no pude mantenerlos abiertos.
—¿Ryder? No me encuentro bien…
Y todo se volvió negro.
Parpadeé varias veces mientras unas voces apagadas se abrían paso a través de la niebla que aún envolvía mi mente. Me sentía como si estuviera bajo el agua: los sonidos llegaban amortiguados, lejanos y distorsionados.
—La forzó demasiado, Cillian —gruñó Ryder—. Volcar toda esa energía oscura en ella fue arriesgado e irresponsable.
—Garrix creía que era la única forma de eliminar la marca. Me aseguró que no corría ningún peligro.
—Pero ni siquiera ha funcionado.
—Sobrino, agradezco tu preocupación por Luna. Has ido más allá de tu deber como mentor e instructor. Pero Garrix es su padre, y la sangre de brujo que corre por sus venas procede de él. Era nuestra mejor opción.
Ryder soltó un gruñido. Sus pasos resonaron sobre el suelo de madera. No tuve que abrir los ojos para imaginarlo paseándose por el despacho de Cillian como un león enjaulado.
—¿Y ahora qué? Su magia no ha eliminado la marca, y ha tenido que marcharse para ocuparse de asuntos más urgentes.
Eso nos devuelve a la casilla de salida, sin respuestas.
Luna se ha vuelto más fuerte, de eso no hay duda, pero sigue siendo un objetivo para todo el Inframundo mientras no consigamos quitarle esa marca.
Es solo cuestión de tiempo que consigan capturarla... o algo peor...
Bajó la voz al pronunciar las últimas palabras, y un escalofrío me recorrió la columna.
—Ryder —resopló Cillian. Casi pude imaginar a aquel ángel bellísimo apartándose el cabello dorado con una mano—. Aunque me impresiona tu dedicación hacia Luna, tengo que preguntártelo: ¿hay algo más entre vosotros dos?
Se me paró el corazón. Di gracias a todos los dioses sobrenaturales por tener los ojos cerrados y por, en teoría, seguir inconsciente.
—No —espetó—. Por supuesto que no.
Algo se encogió dentro de mí mientras me maldecía por ser tan idiota.
Claro que estaba obligado a decir que no.
¿Qué esperaba? ¿Una emotiva confesión de sus verdaderos sentimientos por mí?
Suponiendo que los tuviera, aquello estaba estrictamente prohibido.
Cillian mataría a Ryder si descubriera que nos habíamos besado... tres veces.
Bueno, y desde luego aquello había sido algo más que unos simples besos.
—Bien —murmuró Cillian, arrancándome de mis turbulentas cavilaciones—. Porque sabes que nada bueno podría salir de involucrarte con una alumna, y mucho menos con ella.
—Sí, querido tío. Lo sé, lo sé.
Los pasos de Ryder se acercaron, y casi sentí el peso de su mirada sobre mí.
Quizá era hora de despertar, pero no estaba preparada; ni para enfrentarlo a él ni para enfrentarme a la decepción que sentiría cuando me dijeran que la magia de mi padre no había funcionado. Por eso mantuve los ojos cerrados y dejé que mis pensamientos siguieran dando vueltas un rato más.