El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El príncipe feérico soltó una risita estridente.

—Es broma, ¿no? ¿Estás molesto porque tu querida humana se ha hecho un rasguño?

Nuestro instructor apretó la mandíbula. Un destello citrino le atravesó los iris.

—Estoy molesto porque los tres corristeis un riesgo innecesario.

—Pues si crees que no podemos mantenerla a salvo, quizá deberías volver a vigilar a Luna las veinticuatro horas del día.

Drake pasó junto a Ryder con paso arrollador y lo empujó con el hombro al adelantarlo.

—¡Drake! —lo llamó, pero el príncipe ni siquiera miró atrás mientras subía las escaleras.

—Sí, hoy está un poco de mal humor —murmuré.

—¿Y me lo dices ahora?

Ash dio un paso al frente. Era el cambiaformas con mejor condición física de los tres. Las ventajas de ser un dragón.

—Sabes que a Drake le gusta pensar que él manda cuando tú no estás. No le gusta que cuestionen sus decisiones, y tú tiendes a hacerlo mucho cuando se trata de Luna.

La mandíbula de Ryder se relajó y el brillo asesino de sus ojos se atenuó.

—Es la nueva del equipo, es humana y lleva esa diana sobrenatural en el pecho. Solo intento cuidarla.

Ash le apoyó una mano en el hombro y le dedicó una sonrisa cómplice.

—Lo entendemos, y es lo que todos intentamos hacer.

Con un gesto de despedida por encima del hombro, se coló entre Ryder y la puerta y desapareció escaleras arriba.

En cuanto la puerta se cerró de un portazo tras él, Ryder levantó la mirada hacia mí.

—¿De verdad parezco tan cabezota?

—Síp.

Marqué bien la «p» para darle más énfasis mientras me escabullía a su lado. Hacía un frío de mil demonios y no entendía por qué seguíamos ahí fuera.

Los pasos pesados de Ryder resonaron detrás de mí mientras subía con paso firme al séptimo piso.

Me había mudado oficialmente al comienzo del semestre con Scarlett, la vampiresa gótica y miembro de Los Siete.

Echaba muchísimo de menos a mi antigua compañera de habitación, la dragona Cinder, pero Cillian había insistido.

No quería poner a mi mejor amiga en la línea de fuego de los demonios, así que terminé cediendo.

Aún tenía la esperanza de que, una vez me quitaran aquella marca, pudiera regresar a mi residencia.

Cuando llegamos a la zona común del séptimo piso, me di la vuelta para encarar a mi sombra oscura.

—Ya puedes volver a tu edificio; no hace falta que me acompañes hasta la habitación.

—Quiero asegurarme de que está despejado antes de irme. Scarlett ha salido a cazar esta noche, ¿no?

Asentí; se me había olvidado por completo.

Dos o tres noches por semana, mi nueva compañera de habitación salía con su clan de vampiros a cazar a las criaturas peludas del bosque feérico.

Había confesado que ni siquiera se acercaba a la sangre humana, pero aquello le servía para saciar su instinto de caza.

Cualquier cosa que redujera la probabilidad de que yo acabara convertida en un aperitivo para vampiros me parecía muy bien.

Abrí la puerta y Ryder entró delante de mí para inspeccionar cada rincón y recoveco en busca de demonios.

Y no me extrañaba que les tuvieran miedo.

Con esos hombros anchos, los bíceps marcados y aquellos insondables ojos, era la viva imagen de un depredador.

Yo misma solía olvidarlo, pero en momentos como aquel me alegraba tenerlo de mi lado.

Cuando terminó su minuciosa inspección, regresó al centro de la habitación. Evité bostezar.

—Vaya, fierecilla júnior, no creía que mi presencia fuera tan aburrida.

Una sonrisa irónica le curvó los labios, dejando a la vista ese hoyuelo adorable, hasta que sus ojos volvieron a posarse en el maldito corte. Frunció el ceño y resopló.

—Deja que te lo cure antes de irme.

—No hace falta, de verdad.

Negué con la cabeza mientras se acercaba. Estar tan cerca de Ryder nunca terminaba bien. Siempre acabábamos a punto de besarnos, peleándonos o, peor aún, las dos cosas.

Su aroma almizclado, con notas de sándalo, me envolvió por completo y disipó cualquier pensamiento racional.

—Ya lo sé, pero quiero hacerlo.

¿Era cosa mía o su voz sonaba entrecortada?

—Esta noche debería haber estado ahí fuera con vosotros.

—No puedes estar conmigo las veinticuatro horas del día, Ryder. No es bueno para ninguno de los dos —dije, pensando sobre todo en que mi corazón tampoco lo resistiría—. Además, el equipo es fuerte, y Drake tiene razón: podemos cuidarnos solos.

Arqueó una ceja oscura.

—Lo sé, lo sé —contestó. Levantó una mano y me la apoyó en el hombro—. Y estoy muy orgulloso de lo lejos que has llegado... digo, de lo lejos que habéis llegado todos.

Se dirigió al baño y regresó un segundo después con el botiquín de primeros auxilios.

—Pero eso no significa que no pueda cuidar de ti —añadió. Me cogió de la mano y me arrastró hasta la cama—. Ahora, siéntate.

Me dejé caer sobre el suave colchón con un bufido. No tenía sentido discutir. El demonio era una de las criaturas más tercas que existían, sobre todo cuando se trataba de mi seguridad.

Acomodó su gran cuerpo a mi lado. La cama se hundió bajo su peso mientras se inclinaba hacia mí. Mojó un bastoncillo de algodón en alcohol y me lo pasó con suavidad por el corte.

Hice una mueca por el escozor y me mordí el labio inferior.

Se inclinó un poco más y sopló aire fresco sobre mi mejilla para aliviar el ardor.

Cuando se apartó, su atención se detuvo en el labio que apretaba con los dientes.

Sus movimientos se volvieron pausados, sin apartar los ojos de mi boca.

De repente, soltó un gruñido seductor y el calor prendió en mi interior.

Lo sentí extenderse como la pólvora por todo el cuerpo.

No pude evitar mirarlo a los ojos. Sus largas pestañas oscuras proyectaban sombras sobre la profundidad insondable de sus iris.

Por todos los demonios, ¿por qué tiene que ser tan sexi?

—Ya te he dicho que no hagas eso —dijo, liberándome el labio con un tirón. Me aplicó un poco más de alcohol en la herida y se echó hacia atrás, sin levantar la mirada.

Así era, más o menos, como había transcurrido el último mes: miradas prolongadas cargadas de tensión sexual y nada más. No me había vuelto a besar desde la noche del baile escolar, cuando mi padre apareció misteriosamente y luego desapareció. Otra vez.