El Escuadrón de Cazadores Sobrenaturales (Academia Darkblood 2)
© inepub.com
Capítulo 1
—¡Vamos, Luna! —gritó Drake.
—¡Ya voy! —respondí entre jadeos, con la respiración entrecortada.
Mis botas se hundían en la nieve hasta los tobillos con cada paso frenético, mientras las ramas de los altísimos árboles de hoja perenne me azotaban al pasar.
Estúpido bosque feérico. Estúpida Corte de Invierno.
Seguía sin fiarme de que aquellos árboles no fueran a envenenarme después del fiasco del semestre pasado.
Si mi guapo instructor, Ryder, no me hubiera salvado la vida aquella noche, quizá no me habría enamorado de él tan perdidamente.
Y quizá no estaría persiguiendo a este maldito demonio por un bosque helado en plena noche.
Lo dudo.
Un chillido escalofriante me hizo girar la cabeza hacia la izquierda, donde apenas distinguí las huellas de Drake desapareciendo entre la espesura de aquellos árboles monstruosos.
—¿Drake? —grité.
Me lancé a la oscuridad a toda velocidad, agitando los brazos como una loca. Seguí el sendero y la dirección aproximada del grito. ¡ Maldita sea ! ¿Dónde estaban los demás?
Un gruñido monstruoso pasó zumbando sobre mi cabeza.
Mientras tanto, una sombra grande y oscura eclipsaba la tenue luz de la luna, que se filtraba a través del denso dosel.
Al alzar la vista, me encontré con las escamas esmeralda del vientre de Ash.
Estaba completamente convertido en dragón y sobrevolaba la línea de árboles.
Ya era hora de que apareciera.
El estridente choque del metal me condujo hasta un claro al otro lado de una curva del sendero.
Me detuve detrás de un árbol para recuperar el aliento y me asomé por un lado del enorme tronco, que me servía de escudo.
Tras un mes luchando contra demonios, había aprendido que nunca era buena idea lanzarse de cabeza hacia una posible trampa.
—¿Drake? —susurré con urgencia.
¿Dónde estaba el príncipe de hielo? El sonido metálico de las espadas al chocar resonaba a mi alrededor, pero era incapaz de localizar su origen. Al parecer, Ash, que seguía convertido en dragón, tampoco lograba encontrarlo, porque volaba en círculos bajo el cielo oscuro.
—¡Aj!
Drake se abrió paso fuera de una burbuja, negra como la tinta.
Su espada, cubierta de un lodo negruzco, atravesaba la superficie opaca.
El príncipe feérico estaba embadurnado con aquella misma sustancia.
Su figura, manchada de barro oscuro, contrastaba de forma radical con el conjunto claro, blanco como la nieve, que había llevado unas horas antes.
Detrás de él, una masa oscura comenzó a solidificarse hasta adoptar la forma de una criatura.
—¡Cuidado! —grité cuando la cosa se transformó en un atacante de apariencia humana que blandía una espada.
Drake giró y levantó la espada justo a tiempo para bloquear a su adversario demoníaco.
El estridente choque del metal resonó por el silencioso bosque y me impulsó a actuar.
Desenvainé la daga de la funda atada a mi pantorrilla y se la lancé al demonio mientras susurraba un conjuro de puntería justo cuando la hoja surcaba el aire.
La hoja dentada dio en el blanco y se hundió en el grueso omóplato del monstruo. Lástima que no supiera dónde tenía el corazón. Con los demonios nunca se sabe. Una cascada de líquido negro y viscoso brotó de la herida y tiñó la nieve inmaculada.
Ash, convertido en dragón, empezó a descender en amplios círculos sobre nuestras cabezas. A medida que se acercaba, unas columnas de humo oscuro escapaban de sus fosas nasales. Di un paso atrás y volví a refugiarme tras la línea de árboles. Sabía lo que iba a pasar.
Con un chillido ensordecedor, el dragón descendió aún más hasta situarse a apenas unos metros de Drake y del monstruo.
El líder no oficial de nuestro equipo también lo sabía.
Con un único y poderoso movimiento de espada, le abrió el pecho al demonio.
Un líquido negro como la tinta salió despedido mientras la criatura se doblaba sobre sí misma, aferrándose al torso.
Fue toda la distracción que Drake necesitaba para apartarse de un salto.
Justo en aquel momento, Ash escupió una ardiente ola de fuego de dragón.
Los chillidos sobrenaturales del demonio resonaron por todo el bosque y un escalofrío gélido me recorrió la espalda.
Aun así, no podía apartar la mirada de las llamas.
Lamían el torso de la criatura y devoraban cada centímetro de su piel correosa, negra como el ónix.
Esa era otra de las cosas que había aprendido durante las últimas semanas: asegurarme de que el demonio estuviera muerto antes de marcharme.
Me acerqué a la hoguera demoníaca y husmeé el olor acre a carne y huesos carbonizados. Puaj. Contuve la respiración para contener las náuseas que me subían por la garganta y avancé un poco más. Cuando el humo pútrido por fin se disipó, del monstruo no quedaba más que un montón de cenizas.
Drake apareció a mi lado con el uniforme, por lo general impecable, manchado de barro oscuro.
Arqueé una ceja al ver aquella especie de alquitrán que lo cubría de la cabeza a los pies.
—Das bastante grima.
—Muchas gracias, humana —gruñó—. Mira, si no fuera por ti, estos malditos habitantes del Inframundo no se colarían en los terrenos de la academia.
Sin darme cuenta, me pasé los dedos por la marca del diablo que tenía en el pecho. Desde que me habían marcado con el símbolo del seis-seis-seis, los ataques de demonios se habían vuelto semanales.
—Lo sieeento —resoplé.
Sí que me sentía mal por poner en peligro a mi equipo y al resto de estudiantes de Darkhen.
Incluso había llegado a plantearme dejar la academia, pero Ryder y Cillian habían insistido en que esa no era una opción.
Además, Ryder decía que era una buena práctica para perfeccionar nuestras habilidades como cazadores de demonios.
Ash apareció un segundo después. Su alta figura emergió de entre los árboles sin una sola prenda encima.
Aquello solía incomodarme muchísimo, pero, tras meses de entrenamiento juntos, me había acostumbrado.
Lo que hacía era mantener la mirada fija en sus ojos y en ningún otro sitio.
Si no, las mejillas se me teñían de cincuenta tonos de rojo, algo que a él le parecía divertidísimo.
—Vístete ya —espetó Drake.
El príncipe de hielo estaba de peor humor que de costumbre. Me pregunté si no le habríamos interrumpido algo cuando recibió la llamada en plena madrugada.
Raine había estado misteriosamente ausente de nuestras habitaciones las últimas noches, y tenía la molesta sensación de que las había pasado con Drake. No es que me importara...
Para nada.
Ash esbozó una sonrisa burlona y sacudió la muñeca mientras murmuraba unas palabras.
—Ya puedes mirar, Luna. Estoy vestido.
Lo observé de reojo para comprobarlo. Ya me había engañado más de una vez solo para verme aturullada. Por lo visto, la desnudez era algo mucho más aceptable entre los azarianos, sobre todo entre los cambiaformas.
Por suerte, Drake compartía mi gusto por la ropa. No habría esperado otra cosa del recatado y correcto príncipe feérico. Una imagen no deseada de Drake desnudo se me vino a la mente de repente. Sacudí la cabeza de un lado a otro para librarme de aquella imagen tan nítida.
Vaya… ¿Qué ha sido eso?
—¿Por qué te estás sonrojando ahora, Luna? Si ya ni siquiera estoy desnudo.
Le lancé una mirada fulminante a Ash.
—No me estaba sonrojando. Deben de ser estas malditas temperaturas heladas.
Controlé mi expresión hasta que el cosquilleo de las mejillas desapareció. Entonces me volví hacia Drake.
—¿Quieres que te quite eso de encima?
—Ya lo he intentado. Parece inmune a mis poderes.
No me extrañaba que estuviera con el ceño fruncido. Drake era el mago más poderoso de los ocho. Después de tres años en la academia, no había mucho que no pudiera hacer. Y, además, por sus venas corría sangre real feérica.
—Volvamos a la residencia para que pueda quitarme esta ropa y darme una ducha.
Drake se dirigió al concurrido sendero que llevaba a la residencia, y Ash y yo lo seguimos.
Se me escapó un gran bostezo mientras avanzábamos con dificultad por la nieve acumulada.
Ahora que la adrenalina empezaba a remitir, las extremidades me pesaban una tonelada.
Mi magia había avanzado mucho desde que llegué a Darkhen hacía cinco meses, pero usarla en exceso seguía dejándome sin fuerzas. Y no siempre era del todo fiable.
En cuanto divisé el edificio de la residencia, eché a correr, dejé atrás a los chicos y alargué la mano hacia el pomo de la puerta. El frío glacial era lo que más odiaba de vivir en la Academia Darkblood. ¿Por qué no habían construido la escuela en las Cortes feéricas de Verano o de Primavera?
Antes de que mis dedos llegaran a cerrarse sobre el pomo, la puerta se abrió de golpe y choqué contra un cuerpo firme; uno familiar hizo que se me acelerara el pulso.
—Cuidado, fierecilla júnior. Nada de manosear al profesorado.
Los ojos oscuros de Ryder se encontraron con los míos. Ni siquiera las estrellas, que salpicaban el cielo nocturno, brillaban tanto como aquellos iris de ónix. La sonrisa burlona que asomaba en sus labios se desvaneció al fijarse en mi mejilla, y una sombra de preocupación cruzó su rostro.
—Estás sangrando.
Me pareció haber notado un ligero pinchazo mientras corría por el bosque. La yema de su pulgar me rozó la mejilla y yo hice una mueca de dolor.
—No es nada. Me raspé con una rama traicionera. Tampoco es para tanto.
Retrocedí y me aparté de Ryder al oír el crujido de unos pasos sobre la nieve. Él retiró la mano, pero su intensa mirada siguió fija en el corte de mi mejilla.
Drake y Ash aparecieron detrás de mí, enzarzados en una acalorada discusión.
—¿Por qué no me llamasteis? —ladró Ryder.
—No era nada que no pudiéramos resolver nosotros solos.
Drake apretó los brazos contra el pecho. La sustancia oscura le goteaba por la chaqueta.
—A mí me parece todo lo contrario.
Su mirada pasó de la figura de Drake, cubierta de la sustancia negra, al corte de mi mejilla.