Capítulo 5
Willow Springs, Texas
- N o quiero dejar a Ace —protestó Two-Bits—. Quiero quedarme aquí con él.
Drew se mordió la lengua para no soltar una respuesta airada y respiró hondo. Estaba más que agotado y le dolía el brazo como el demonio. Quería hablar con el médico —en privado— y luego encontrar una cama. Cualquier tipo de cama. El suelo bastaría.
De pie en la diminuta sala de espera de la consulta, reprimió su impaciencia ante la terquedad de Two-Bits.
—El médico dice que sobrevivirá y que probablemente se pueda salvar la pierna.
Deseó poder compartir el optimismo cauteloso del doctor. Sacó varias monedas pesadas de un bolsillo y se las tendió a su compañero.
—Consíguenos una habitación, dos. Estaré allí tan pronto como pueda.
Two-Bits lo miró con el ceño fruncido, las manos aún hundidas en los bolsillos. No hizo ademán de coger el dinero. Drew entrecerró los ojos y, finalmente, con un suspiro exasperado, el muchacho cedió. Asintiendo con sequedad, tomó las monedas y salió de la habitación.
Drew lo vio marcharse, con los hombros caídos, pensando que, en realidad, el chico tenía derecho a quedarse con Ace.
Había sido una bendición inesperada durante el agonizante viaje de un día entero a Willow Springs: no solo había mantenido el ritmo sin quejarse, sino que había cuidado de Ace con una amabilidad inquebrantable.
No sabía qué había esperado, pero desde luego no a ese compañero incansable y práctico que cambiaba los vendajes con una sonrisa y una destreza que parecían aliviar parte del dolor de Ace.
Esa sonrisa, sin embargo, no se había dirigido a él, y aunque Two-Bits se sentaba a hablar con Ace cada vez que descansaban, el chico tenía poco o nada que decir. Apenas alguna palabra murmurada de vez en cuando.
Con un suspiro, Drew regresó a la habitación interior donde el doctor Sanders atendía a Ace. El médico, demasiado delgado y demacrado, parecía necesitar sus propios cuidados.
—No tardes mucho —indicó Sanders—. Necesita dormir.
Drew murmuró su asentimiento mientras el médico pasaba junto a él y salía, dejándolo a solas con Ace.
El rostro del herido estaba marcado por el dolor.
—El doctor dice que volveré a caminar, pero quizá no tan bien.
Drew tomó asiento junto a la cama.
—De todos modos, tú estás siempre a caballo.
—Es cierto —admitió Ace, y parte de la ansiedad se disipó de su expresión—. Solía recoger algodón en Texas antes de la guerra. Nunca más quise volver a estar cerca del suelo.
Drew sacó un pequeño fajo de billetes.
—El señor Callahan quería que tuvieras esto.
La sorpresa iluminó el rostro de Ace mientras sus dedos repasaban el dinero. Movió los labios un instante y los ojos se le humedecieron. Luego volvió a mirar los billetes.
—¿Cuánto… hay aquí?
Drew comprendió de pronto que probablemente no sabía contar. Ni leer.
—Doscientos dólares —respondió con suavidad—. Deberían bastarte para cuatro meses o más.
Observó cómo el hombre acariciaba los billetes. Ace sacudió la cabeza contra la almohada.
—Nunca he tenido tanto. Nunca había oído que nadie hiciera algo así.
—El jefe está lleno de sorpresas —comentó Drew con una sonrisa irónica.
—Dile que le estoy muy agradecido.
—Lo haré. Ten cuidado con eso.
—Me lo sujetaré a la ropa, bien pegado a la piel —aseguró Ace con una leve sonrisa, antes de añadir con vacilación—: ¿Scotty…?
Drew alzó una ceja. Él, Ace y Juan —el extranjero, el negro y el mexicano— habían compartido lo peor de la conducción, y entre ellos se había forjado una especie de vínculo. Cuando Ace le tendió la mano, percibió lo inseguro de aquel gesto, el temor a ser rechazado.
Drew sonrió y estrechó con firmeza la mano del herido.
—Volverás a montar en un santiamén.
Ace parecía escéptico, pero devolvió el apretón con fuerza.
—Nunca olvidaré lo que hiciste. Volver a por mí de esa manera.
—Cualquiera habría hecho lo mismo —restó importancia Drew—, cualquiera de los que participaban en esa trashumancia.
Aun así, apretó su mano antes de soltarla.
Ace negó despacio.
—No, no todo el mundo lo habría hecho. Y siempre estaré en deuda contigo y con el señor Callahan.
Por dentro, Drew se removió incómodo. No le agradaba que le mostraran gratitud.
Ace suspiró.
—Tú y yo nunca llegamos a jugar al póquer juntos. Así es como me puse el apodo, ya sabes. Saqué una escalera la primera noche que llegué al rancho del señor Callahan. As alto. Era la primera vez en mi vida.
Drew ya había oído la historia, pero, sonriendo, le permitió continuar. El herido deseaba claramente alargar la conversación.
Finalmente, Drew asintió.
—Lo volverás a hacer. Ahora descansa un poco. Cuídate. Y cuando termine la trashumancia, te buscaré. Déjale un recado al médico de dónde estarás. Si alguna vez tengo un rancho, necesitaré un buen vaquero.
A Ace se le humedecieron los ojos. Asintió.
—Lo haré.
—Cuídate.
—Tú también, Scotty.
Melancólico, Drew se dirigió hacia el único hotel de la ciudad, con la mente ocupada en Ace y en su aceptación sin quejas de una vida marcada por la injusticia y la tragedia.
Los demás vaqueros lo habían ignorado, aislándolo como habían hecho con Drew al principio.
Pero nunca lo habían aceptado como poco a poco empezaban a aceptarlo a él.
Maldita sea, estaba harto de las distinciones de clase y raza.
Esa había sido una de las razones por las que se marchó de Escocia.
Una de las razones por las que detestaba su título.
Al llegar al hotel, intentó apartar cualquier pensamiento que no fuera el descanso.
Habría vendido su alma por un baño caliente y una cama limpia.
Entre la tormenta, la estampida y dos días a caballo sin dormir, estaba más agotado que nunca.
Y más confundido. Para un hombre que siempre había considerado la supervivencia y el oportunismo como virtudes, se veía cada vez más implicado en las vidas de otros.
Con una inquietud que no lograba comprender del todo, entró en el hotel y encontró a un desaliñado Two-Bits roncando en una silla.
El sombrero había caído al suelo, pero la suciedad permanecía.
Aun así, parecía increíblemente joven —e inocente—, con largas pestañas que cubrían esos ojos azul índigo que siempre lo miraban con cautela.
El polvo y la mugre, sin embargo, velaban sus rasgos.
Maldita sea, sentía el impulso de proteger a aquel pequeño diablillo. Y cuanto más se empeñaba Frank Black en rechazar su ayuda, más crecía en él ese impulso. No se entendía en absoluto. Hacía años que había decidido que preocuparse era cosa de necios; no servía de nada y, además, dolía.
El recepcionista se había retirado, y parecía que el pequeño hotel estaba lleno. Al observar los ganchos donde colgaban las llaves, comprendió que no quedaba ninguna libre.
Se agachó y sacudió a Two-Bits, que se movió un poco antes de volver a acurrucarse. Insistió con más firmeza, y los ojos del muchacho se abrieron lentamente. Su azul estaba vidrioso por el sueño, pero al enfocar y reconocer a Drew, se abrieron de par en par.
—¿Has conseguido las habitaciones?
—Solo había una —respondió Two-Bits, rebuscando en la silla hasta encontrar la llave y tendérsela—. El recepcionista dijo que se iba a acostar, así que te esperé.
Se incorporó.
—Dormiré en la caballeriza. Ya le he dado al hombre veinticinco centavos.
—Compartiremos la habitación —decidió Drew.
Los ojos del muchacho se abrieron aún más, con algo cercano a la alarma.
—Prefiero estar solo.
Drew dudó. Two-Bits debía de estar tan exhausto como él.
—Supongo que aquí no hay baños.
Observó el rostro mugriento del chico; el suyo no estaría mejor. Llevaba dos días sin afeitarse.
Two-Bits pareció aún más inquieto ante la idea, pero enseguida se encogió de hombros.
—No necesito un baño. Todo el mundo sabe que bañarse demasiado te pone enfermo.
Drew arqueó una ceja.
—Dime, ¿cuántos serían demasiados?
Por un instante creyó ver un destello de diversión en los ojos del muchacho, pero desapareció con rapidez bajo un ceño fruncido. Two-Bits volvió a tenderle la llave, esperando que la aceptara.
—Prefiero dormir con Billy Bones que con un forastero —murmuró con tono lúgubre.
Drew suspiró. El chico mimaba a ese caballo como una madre a su primer hijo.
Igual que él había mimado a Sir Arthur treinta años atrás.
Se le formó un nudo en el estómago. Había pocos lazos más fuertes que el que unía a un muchacho con su caballo, especialmente si no tenía nada ni a nadie más.
Y, sin embargo, ese vínculo podía convertirse en un dolor profundo, imposible de erradicar.
Así que lo dejó marchar. Nada de lo que dijera serviría de advertencia.
Francis durmió en un establo vacío junto a Billy Bones. A decir verdad, habría podido dormir en cualquier sitio. Nunca había estado tan agotada en su vida. En cuanto su cabeza tocó la paja, ni siquiera pensó en Gabe Callahan ni en el escocés. Simplemente se desplomó.
A la mañana siguiente no tuvo esa ventaja.
Despertó con la luz del sol filtrándose por las grietas del edificio y se quedó tendida, recordando lo insensible que había sonado Callahan al afirmar que no quería perder tiempo mientras un hombre yacía herido, gimiendo de dolor tras haber intentado salvar su propiedad.
¿Qué sería de Ace ahora? Sin duda tardaría mucho en volver a trabajar. Si es que lo lograba. ¿Qué futuro le esperaba a un hombre lisiado, incapaz de realizar el duro trabajo que era su único sustento?
Mordiéndose el labio inferior, Francis reflexionó. La mayor parte del dinero que su padre y ella habían ahorrado —no mucho— estaba en un banco del Este. Había traído poco consigo, pero aun así probablemente era más de lo que tenía Ace. Decidió ir a ver al médico y dejarle lo que pudiera.