El Escocés (Valle Salvaje 3) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

El joven —Frank— se había sentido tremendamente incómodo en el barracón; eso había sido evidente.

Aquel lugar tampoco era el paraíso que Drew tenía en mente, pero ya había recibido suficientes comentarios sarcásticos sobre su estancia en la casa de Callahan.

Si quería que aquello funcionara, sabía que tenía que llevarse bien con los demás peones.

El trayecto era demasiado largo —y peligroso— para tener enemigos a la espalda.

Además, la vida en una sucesión de internados le había enseñado que podía dormir en cualquier sitio y llevarse bien con casi cualquiera.

Como su padre no había sido capaz de soportar su presencia, no había vuelto a casa, ni siquiera durante los veranos y las vacaciones de Navidad.

En cambio, había cautivado tanto a profesores como a compañeros para que lo invitaran a sus hogares; el resultado había sido que rara vez había pasado unas vacaciones solo y que había aprendido a adaptarse a una increíble variedad de personas y lugares.

En resumen, se había convertido en un camaleón.

Era un talento que esperaba le resultara muy útil para ganarse a los vaqueros de Callahan. Ya había hecho algunos avances. Seguiría aceptando sus burlas y bromas con buen humor. Trabajaría duro para ganarse su respeto y, tarde o temprano, lo aceptarían.

Mientras tanto, estaba aprendiendo muchísimo, y el precio de unos cuantos dolores y molestias no le parecía demasiado alto.

De hecho, le satisfacía el trabajo físico, el hecho de esforzarse al límite.

La caída de ayer había sido humillante —todavía sentía los moratones—, pero tenía suficiente confianza en su destreza a caballo como para saber que, con el tiempo, lo superaría.

Todavía estaba oscuro, pero Drew perdió toda esperanza de volver a dormir. Los ronquidos se habían vuelto insoportables. También el olor a sudor rancio. Demonios, más valía levantarse y ver cómo estaba Frank. De todos modos, necesitaba un poco de aire fresco.

En silencio, se levantó de su litera y buscó una camisa limpia.

Llevaba tres consigo y las lavaba religiosamente a diario.

Dudaba de que pequeños placeres como la ropa limpia fueran posibles una vez comenzara la conducción del ganado, pero los disfrutaría ahora, aunque fuera a costa de que lo llamaran dandy y novato, y algunos otros nombres menos benévolos.

Si los vaqueros sabían que tenía un título, Drew sabía que nunca dejarían de burlarse de él.

Caminando en silencio por el pasillo central, Drew echó un vistazo más de cerca a la litera de Frank Black. El saco de dormir y las alforjas del muchacho yacían sobre la manta sin arrugas, lo que hacía probable que aún estuviera por allí.

Afuera, el amanecer comenzaba a iluminar el cielo, y el primer destello lavanda aliviaba la oscuridad de tinta en el horizonte oriental. Apenas soplaba una ligera brisa, pero era una gran mejora respecto al sofocante dormitorio.

Drew respiró hondo el aire fresco y luego cruzó el patio en dirección al granero.

Con los ojos bien adaptados a la oscuridad, miró a su alrededor, pero no vio ni un alma.

Maldijo para sus adentros. Gabe no había visto la necesidad de un guardia, ni siquiera tras la emboscada de hacía unas semanas.

Drew había intentado convencerlo de que pusiera uno, pero el magnate ganadero se sentía seguro allí, en sus propias tierras.

Drew, por su parte, se preguntaba si su amigo estaría a salvo en algún sitio hasta que encontraran al hombre que había pagado a sus atacantes.

La puerta del granero estaba cerrada, pero no atrancada desde fuera, y Drew entró.

Un caballo relinchó, anunciando su presencia, y los demás comenzaron a moverse inquietos en los boxes.

Pasó junto a ellos, pisando en silencio, y se dirigió directamente al box donde el caballo de Frank Black había sido estabulado la tarde anterior.

El caballo seguía allí y, cuando Drew se asomó al interior del box, este se hizo a un lado con cuidado.

Bajó la vista y vio lo que parecía un montón de trapos en la esquina.

Cuando los trapos suspiraron y se movieron un poco entre la paja, Drew sonrió.

Así que el muchacho no se había rendido.

De algún modo, no había creído que lo haría.

Probablemente, antes de que terminara la travesía, Frank Black ganaría también el sombrero de Flanigan.

Pensativo, Drew observó al caballo agotado. Sabía de caballos y tendía a estar de acuerdo con su anterior dueño en que Billy era más fuerte de lo que parecía y, en efecto, tenía corazón. Bueno, su dueño también lo tenía.

Al salir del establo tan silenciosamente como había entrado, Drew se acercó para apoyarse en el travesaño superior del corral.

Allí observó cómo el cielo se aclaraba, con el amanecer pintando el vasto lienzo con una gama de tonos rosados y dorados.

El amanecer en Escocia, aunque hermoso a su manera tranquila, nunca había sido así.

Allí, en aquella tierra abierta, nada se hacía a pequeña escala, y Drew no creía que se cansara jamás de su solitario esplendor.

Con el día a punto de comenzar, vio humo alzándose en espirales desde la casa de Callahan.

Marguerite, la cocinera, estaba preparando el desayuno.

Murphy no se encargaría de dar de comer a los hombres hasta que comenzara la marcha.

Drew permaneció donde estaba, contemplando el amanecer, hasta que alguien tocó la gran campana fuera de la casa del rancho.

En cuestión de minutos, los hombres salían en tropel del barracón, deteniéndose solo lo suficiente para enjuagarse la cara en la bomba de agua.

Drew volvió al interior del granero para despertar al muchacho, solo para encontrarlo de pie fuera del establo de Billy, estirando los brazos por encima de la cabeza, con el sombrero en una mano.

La mirada de Drew se detuvo en la mata de rizos oscuros pegada a la cabeza del chico, unos rizos que parecían pertenecer a una niña, no a un muchacho.

Al percibir su presencia, el joven giró bruscamente la cabeza hacia él y, al instante siguiente, volvió a colocarse el sombrero. Sus ojos azul oscuro se volvieron recelosos. Luego, la hostilidad —tan intensa que casi parecía tangible— los invadió antes de que apartara la mirada.

—¿Qué estás mirando? —soltó.

Drew ignoró la hostilidad y entró en el establo, acercándose al caballo y acariciándole el costado con los dedos. Este se estremeció ante su tacto.

—Aléjate de él —advirtió el chico—. No le gusta…

Se interrumpió de repente.

—¿Qué es lo que no le gusta? —preguntó Drew con curiosidad.

Pero el rostro del joven se volvió completamente inmóvil, y Drew se quedó atónito.

Control. Control absoluto. Algo que uno no esperaba ver en un rostro tan joven.

—No le gustan los extranjeros —respondió Frank al cabo de un momento, haciéndole recordar de golpe su propia pregunta.

—¿Y cómo sabría él que soy un… extranjero? —repuso Drew, divertido.

—Por tu acento, por supuesto —llegó la respuesta con desenfado y con un leve toque de superioridad por haber salido airoso.

—¿Y Billy sabe distinguir entre acentos?

—Es un caballo muy inteligente.

Un ligero destello de picardía brilló en aquellos ojos azules antes de que el muchacho volviera a controlarse.

Era increíble. A pesar de la gramática imperfecta y su comportamiento tosco, Frank Black era inteligente —muy inteligente— y también un poco actor. Quizá incluso un gran actor.

Pero la diversión de Drew se desvaneció con rapidez.

Alguien iba tras Callahan. Y parecía que había más en aquel muchacho de lo que se veía a simple vista.

Frank Black había afirmado tener dieciséis años y, según calculó Drew, podría tener tan solo catorce.

Pero había visto a chicos aún más jóvenes en los muelles de Glasgow que eran ladrones y asesinos.

Algunos tenían rostros de ángeles. Otros no se lo pensarían dos veces antes de aplastar una cabeza si les ofrecían unos cuantos peniques.

Drew decidió en ese mismo instante que mantendría un ojo sobre el joven señorito Black.

—Quizá te convenga deshacerte de parte de esa ropa —le sugirió—. Va a ser un día de un calor de muerte.

El muchacho se limitó a encogerse aún más dentro de aquellas prendas y volvió a mirar a su caballo.

Su postura dejaba claro que no pensaba seguir el consejo de nadie.

Bueno, ya aprendería. Drew habría apostado su silla de montar a que el chico se quitaría al menos algunas capas antes de que cayera la tarde.

Dejando a Frank a su aire, Drew fue a buscar el caballo pinto que había montado el día anterior. Ni loco iba a permitir que un animal le ganara la partida.

Sentado tras su enorme escritorio de nogal, Gabe revisó sus preparativos para la trashumancia.

Tenía dinero en efectivo —envuelto en hule y guardado bajo llave en una caja fuerte que viajaría en la carreta de provisiones— junto con los poderes notariales de los ganaderos vecinos que participaban en la expedición.

Dejaba su propio poder notarial a su hermano Samuel por si le ocurría algo.

Cuando terminó, se recostó en la silla, jugando distraídamente con la pluma.

A través de las ventanas abiertas de su despacho, podía oír a los vaqueros en el patio, riendo a carcajadas por alguna apuesta que uno de ellos había perdido.

Estaban llenos de energía y entusiasmo. Mañana era el gran día.

Ensillarían los caballos y saldrían con una manada sin precedentes de diez mil cabezas de ganado.

Maldición, él también estaba emocionado.

Mirando por la ventana, Gabe frunció el ceño. Le hubiera gustado ir al pueblo a despedirse de Laura Sellers, pero no tenía derecho.

Laura. Incluso su nombre era bonito. También lo era el sonido de su voz.

Se la imaginó con claridad. Cabello rubio color caramelo, ojos marrones oscuros e inteligentes, un cuerpo curvilíneo que le aceleraba el pulso.

Conocía a la modista viuda desde hacía cinco años; su marido, Bill, había sido abogado y amigo suyo hasta que murió hacía un año, dejándole apenas lo suficiente para subsistir.

Podría haberse vuelto al este, donde al parecer tenía familia.

Se había quedado, sin embargo, y había levantado un próspero negocio de confección.

Recordó las ocasiones en que la había visitado.

Podía hacerlo bajo el pretexto de la amistad sin provocar rumores.

Sin embargo, nunca la había invitado a salir, a pesar de saber que ella habría aceptado.

No se había vuelto tan viejo ni estaba tan desconectado de la realidad como para no reconocer cuándo una mujer agradecería sus atenciones.

Apretó los dedos alrededor de la pluma. Cuando pensaba en Laura, la promesa que se había hecho de no casarse jamás se veía puesta a prueba. Pero seguía temiendo que el horrible secreto que guardaba pudiera destruirlo algún día, y quería asegurarse de que nadie a quien amara fuera arrastrado con él.

Por esa razón llevaba una vida solitaria y aislada, salvo por su hermano y sus sobrinos, e incluso entonces intentaba que fueran independientes.

Era difícil. Desde los catorce años, Gabe había cuidado de Samuel, que tenía ocho cuando murieron sus padres.

Había sido padre además de hermano, y Samuel nunca había aprendido del todo a valerse por sí mismo. Tampoco sus hijos.

La pluma se rompió en su mano. Los acontecimientos de hacía veinticinco años estaban tan vivos en su mente como si hubieran ocurrido ayer.

Había intentado encerrarlos en una caja mental y sellarla, pero seguían regresando.

Últimamente, cada vez con mayor frecuencia.

No podía evitar preguntarse si la emboscada de hacía unos meses estaba relacionada de algún modo con aquel desastre lejano.

¿Quién había contratado a los pistoleros?

Tres hombres acudieron a su mente. Tres hombres que tenían algo que ganar con su muerte o, más probablemente, algo que perder si él seguía con vida. Sin embargo… ¿qué podía haber removido aquel asunto después de tantos años?

Probablemente nada. Tal vez su conciencia trabajaba en exceso.

Al fin y al cabo, no había habido más intentos, solo aquella emboscada fortuita que, por fortuna, había sido frustrada por el casi quijotesco rescate de Cameron.

A decir verdad, aunque estaba inmensamente agradecido por seguir vivo, no lamentaba que hubiera ocurrido.

De no haber sido así, no habría conocido a Drew Cameron.

Sonrió al pensar en el escocés. Gabe había hecho pocos amigos en los últimos veinticinco años; tal vez porque en su día había tenido poco criterio para elegirlos, tal vez porque temía perder a quienes pudiera apreciar.

Fuera cual fuese la razón, se había mantenido al margen.

Pero había algo en Drew Cameron que lo llevaba a dejar de lado su cautela habitual.

Agallas, por ejemplo. De las de antes. El hombre se había enfrentado a tres pistoleros por un desconocido.

Pero había mucho más en él. Era inteligente, culto, elocuente y encantador.

Por lo general, Gabe desconfiaba del encanto; ya lo había visto usado en su contra —y casi arruinarlo— en el pasado.

Sin embargo, no encontraba maldad alguna en el escocés, solo una sequedad que coincidía con la suya.

Drew ocultaba bien su soledad tras una sonrisa, un guiño y una broma. Pero Gabe se preguntaba a menudo qué había convertido a un lord escocés en un vagabundo, en un hombre dispuesto a aceptar una miseria a cambio de un trabajo agotador.

Suspiró. Su amistad con Cameron inquietaba a sus sobrinos. Siempre habían dado por hecho que heredarían sus propiedades y ahora sentían amenazada aquella expectativa. No se les ocurría que Drew Cameron no deseara nada de ello.

A Gabe, en cambio, se le ocurrió que la competencia podría serles útil. No quería pensar que estaba utilizando a un hombre que le había salvado la vida.

Así que pensó en Laura. En la hermosa Laura a la que nunca podría tener.