Capítulo 3
L os peores temores de Francis se hicieron realidad al caer la tarde, cuando la luz del día comenzó a apagarse y con ella la frágil sensación de control a la que se había aferrado durante las últimas horas.
Hasta entonces, había logrado mantenerse firme, avanzando paso a paso, concentrada en lo esencial, sin permitirse pensar demasiado.
La cena había sido una prueba más, y la había superado.
Las grandes ollas de estofado habían llegado desde la cocina, y los peones se habían reunido fuera, formando una hilera desordenada de cuerpos cansados y voces ruidosas.
Ella había esperado su turno con la mirada baja, soportando sin responder las observaciones, las risas, las miradas que se posaban en ella con curiosidad o burla, y cuando por fin recibió su ración, se apartó sin demora, buscando refugio bajo un álamo solitario donde nadie se sentó a su lado.
Allí, protegida por la distancia, comió en silencio, fingiendo una calma que no sentía, escuchando de fondo el murmullo de los hombres, sus conversaciones, sus risas, el sonido de cucharas golpeando metal. Durante unos minutos, logró convencerse de que podía hacerlo. De que bastaba con resistir.
Pero la noche llegó. Y con ella, la realidad.
Los vaqueros comenzaron a dirigirse al barracón, entrando sin orden, arrastrando el cansancio de la jornada como si fuera parte de sus cuerpos.
Francis los siguió a regañadientes, obligándose a no quedarse atrás, aunque cada paso hacia aquel edificio largo y estrecho le despertara una incomodidad creciente, casi insoportable. Cuando alcanzó la entrada, se detuvo.
Se mordió el labio.
No lo había pensado. No de verdad. Durante días había vivido impulsada por una única idea, por un objetivo que lo eclipsaba todo. No había querido detenerse a imaginar lo que implicaba convertirse en uno de aquellos hombres, compartir su espacio, su vida, su intimidad más cruda.
Dormir con ellos, respirar el mismo aire, verlos desnudarse.
Sintió que el estómago se le encogía.
Un papel, se dijo, obligándose a mantenerse firme. No es más que otro papel.
Puedes hacerlo. Y, antes de que el miedo pudiera crecer más, cruzó el umbral.
El interior del barracón la golpeó de inmediato.
El calor, el olor, la sensación de encierro…
todo se le vino encima como una ola espesa y pesada.
El aire estaba cargado de sudor, de cuero, de polvo acumulado, de cuerpos que llevaban días sin descanso.
Su nariz se crispó sin remedio, y durante un instante temió que aquel simple gesto la delatara.
Ya había elegido su litera antes, cuando el lugar estaba vacío, cuando aún podía moverse sin sentirse observada.
Había esperado encontrar un rincón apartado, un lugar donde desaparecer, donde nadie reparara en ella.
Pero ahora, bajo la luz tenue y el bullicio creciente, descubrió que las únicas camas libres eran dos literas superiores en el centro de la estancia, expuestas, visibles desde cualquier ángulo.
No había refugio.
Se dirigió hacia una de ellas sin titubear, con la determinación de quien sabe que dudar solo empeoraría las cosas.
Sin embargo, avanzar resultó más difícil de lo que había imaginado.
Los hombres se quitaban las camisas sin reparo, algunos ya medio desnudos, otros en ropa interior, y aunque intentó mantener la mirada fija en el suelo, era imposible no ver, no percibir el movimiento, el calor, la cercanía de tantos cuerpos.
—Maldita sea, qué calor para ser primero de mayo —gruñó uno.
Francis no pudo evitar estar de acuerdo. El calor se pegaba a su piel, sofocante, y su propia ropa se convertía en una prisión. Pero no podía quitarse nada. Ni la chaqueta, ni el sombrero. Eran su escudo, su única protección frente a un mundo que no estaba hecho para ella.
—Eh, ahí está el chico.
Las palabras la alcanzaron como un disparo.
—El viejo Gabe no lo habría contratado —añadió otro—. Murphy anda quejándose de que le han endosado a un crío.
No respondió. Siguió caminando, sintiendo cómo el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. Pero entonces alguien se plantó frente a ella, obligándola a detenerse.
—¿Cómo te llamas, chico?
Alzó la mirada desde la sombra del sombrero. Aquella expresión… la había ensayado una y otra vez, había aprendido a sostenerla, a convertirla en una armadura. La utilizó ahora sin vacilar.
—Frank Black.
—¿Y cuántos años tienes?
—¿Y tú?
Una risa breve recorrió el grupo.
—Te está diciendo que no es asunto tuyo, Will —intervino otro con tono burlón.
—¿De verdad vas a venir con nosotros? —preguntó alguien desde una litera—. Con esa ropa te vas a achicharrar antes de salir de Texas.
—No durará ni dos días.
—Si no lo mata el sol, lo hará Murphy.
Las carcajadas se elevaron, envolviéndola, presionándola desde todos los lados.
—Dejadlo en paz.
La voz surgió desde la puerta, firme, clara, imposible de confundir. Francis no necesitó verlo para reconocerla. Aquel acento escocés había quedado grabado en su memoria.
Un nudo se formó en su estómago.
—No me molestan —respondió con frialdad, sin mirarlo.
—No es asunto tuyo, Scotty —gruñó uno de los hombres.
—Haré que lo sea.
El escocés avanzó hasta situarse cerca, lo bastante como para que ella sintiera su presencia sin necesidad de girarse.
La tensión se extendió por el barracón como una corriente invisible.
Francis percibió el cambio en el ambiente, la expectación, la curiosidad que despertaba cualquier posibilidad de pelea.
—No quiero problemas —dijo él finalmente.
—¿Solo sabes disparar por la espalda? —se burló Will—. Dicen que así salvaste a Callahan.
La palabra la atravesó.
Emboscada.
Francis se quedó inmóvil, esperando una respuesta, una negación, una explicación que deshiciera aquella imagen. Pero Drew Cameron no dijo nada. Se dio la vuelta, ignorándolo todo, como si las palabras no hubieran existido.
Aquello la inquietó más que cualquier réplica.
Aprovechando la distracción, se apresuró a subir a su litera. Se sentó en el centro, recogiendo las piernas, intentando hacerse pequeña, invisible, mientras su mente no dejaba de girar en torno a una idea que crecía sin control.
¿Y si era él?
La posibilidad, absurda en apariencia, empezó a adquirir forma. Si él había estado allí aquella noche… si la había visto… si la reconocía bajo el disfraz…
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Lo observó sin querer mientras se quitaba la camisa. Y sus ojos, traicioneros, se quedaron fijos en él más de lo que debía.
No llevaba nada debajo. Su cuerpo, firme, trabajado, se movía con una naturalidad que contrastaba con la torpeza que ella misma sentía en cada gesto.
La luz tenue dibujaba las líneas de sus músculos, resaltaba el tono dorado de su piel.
Su cabello, despeinado, capturaba reflejos cálidos incluso en la penumbra.
Francis apartó la mirada de golpe, sintiendo cómo el calor le subía al rostro, cómo algo extraño se agitaba en su interior, algo que no tenía nada que ver con el miedo.
Intentó superponer aquella imagen con la del hombre en la sombra, con el arma alzada, con la amenaza… pero no encajaba.
Nada encajaba.
Suspiró, incómoda, atrapada entre la duda y la incomodidad física que no dejaba de crecer. El calor, la ropa, el aire denso… necesitaba salir.
Descendió de la litera con cuidado y avanzó hacia la puerta, esquivando cuerpos, evitando miradas, concentrándose en cada paso.
—¿Adónde vas, chiquillo? —preguntó uno de los jugadores—. ¿Te unes?
Se detuvo un instante. Sus ojos se posaron en las cartas. La tentación fue inmediata, casi dolorosa. Sabía jugar. Sabía ganar.
Pero no podía.
—No tengo dinero.
—Te lo apuntamos.
—Ni hablar —intervino otro.
Drew apareció a su lado sin hacer ruido. No dijo nada. Solo la miró.
Y en esa mirada había algo que la inquietaba profundamente. No sabía si era simple curiosidad… o una comprensión demasiado cercana.
—Voy a ver a mi caballo —dijo.
—Ese saco de huesos no vale ni para comida de indios —rió alguien.
El insulto le encendió la sangre.
—Carros vacíos son los que más ruido hacen —replicó, clavando la mirada en el hombre.
Un murmullo recorrió la estancia.
—Le ha dado, Ethan.
Drew dejó escapar una risa baja.
—Apuesto a que ese caballo no dura una semana —insistió el vaquero.
—Durará tanto como tú —respondió, sin pensarlo.
El silencio se tensó.
—Apuesta tu sombrero.
Dudó.
Necesitaba ese sombrero. Más que cualquier otra cosa. Pero Billy…Billy confiaba en ella.
—¿Y tú qué apuestas?
—El mío.
Risas.
—Vaya par.
Francis vaciló… y finalmente negó con la cabeza.
—Quizá otro día.
—Soy Charlie —dijo uno con una sonrisa abierta—. Y ese gruñón es Ethan.
Ella asintió.
—Frank.
—Me alegro de tenerte aquí.
—No vale ni dos centavos —gruñó Ethan.
—Entonces será Dos Centavos.
Las risas cambiaron de tono, más suaves, casi amistosas. Por un instante, Francis sintió algo inesperado: una leve aceptación. Pero entonces volvió a mirar a Drew. Y él la observaba, con demasiada atención.
Sintió, de nuevo, que la atravesaba, que veía más allá de la ropa, del disfraz, de todo lo que había construido para protegerse.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Él tampoco pertenecía allí.
—Vamos, Scotty —lo llamaron.
—Ahora voy —respondió.
Pero su sonrisa… no era la de un hombre despreocupado. Era otra cosa. Algo más oscuro. Más profundo.
Francis lo comprendió entonces. Él también llevaba una máscara. Y la suya era mucho más peligrosa.
Sin detenerse a pensar más, se giró y salió al exterior, buscando aire, distancia… y una forma de escapar de aquella mirada que parecía seguirla incluso en la oscuridad.
El muchacho no regresó aquella noche. Por alguna razón inexplicable, Drew se descubrió preocupado por él. Quizá había decidido que, después de todo, aquel grupo era demasiado rudo para él. Quizá había cogido ese pobre caballo de pacotilla y se había marchado.