El Escocés (Valle Salvaje 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Cerca de San Antonio, Texas.

P arpadeando para contener las lágrimas, Mary Francis Barton se cortó sin piedad mechones de pelo, como si con ello pudiera cercenar también los terribles recuerdos de la semana pasada.

No pienses en ellos.

Como si pudiera pensar en otra cosa.

Las imágenes se repetían una y otra vez en su mente. Los disparos a las puertas del teatro donde acababa de actuar. Él sacudido por el primer impacto, y luego arrojándose hacia ella para recibir un segundo disparo, claramente destinado a su cuerpo.

Apretó los ojos con fuerza y volvió a ver al pistolero, alto y delgado, con el rostro oculto bajo un sombrero cuya banda plateada había reflejado la luz de la fachada del hotel.

Se alejaba con prisa mientras las puertas se abrían y la gente comenzaba a salir a la calle.

Ella sí quería recordarlo. Aferrarse a su imagen.

Tenía planes para él. Y también para un hombre llamado Callahan.

Las últimas palabras de su padre resonaban en su mente. ¿Habían sido una advertencia? ¿Una confesión en su lecho de muerte? Y luego aquel legado inesperado, tan desconcertante. Quizá aquello era lo que más la atormentaba.

Se contempló fijamente en el espejo agrietado de la pared de una habitación barata en Pickens, Texas, un pequeño pueblo a unos sesenta kilómetros al sureste de San Antonio, donde su mundo se había derrumbado en una sola noche violenta.

Un rostro atormentado le devolvía la mirada.

Apenas quedaba rastro de la cantante que había hecho vibrar el San Antonio Palace una semana antes, la misma que había atraído a enjambres de admiradores indeseados.

Sus ojos azules parecían apagados, sus mejillas, delgadas y pálidas, y sus labios incapaces de esbozar siquiera una sombra de sonrisa.

Ahora estaba sola. Tras una vida entera junto a su madre, actriz, y su padre, cantante, se encontraba completamente sola.

Y alguien deseaba arrebatarle la vida, igual que había hecho con su padre. Era muy posible que intentaran corregir aquel fracaso a menos que ella actuara primero.

El asesino, o los asesinos, buscarían a una cantante de larga cabellera oscura y ropas llamativas. Buscarían a una mujer fácil de reconocer.

No buscarían a un muchacho huérfano y desaliñado.

Miró el cabello esparcido por el suelo y luego alzó la vista hacia lo que quedaba de su larga melena, siempre su mejor atributo, y sintió cómo un sollozo se le agolpaba en la garganta.

Aquella cabellera había disimulado más de una imperfección, desviando la atención de su boca demasiado ancha y de su nariz respingona.

—Ah, tienes el pelo de un ángel, igual que tu madre —le había repetido su padre una y otra vez.

Y recordaba a su madre cepillándoselo, asegurándole que el cabello era la gloria de una mujer.

Francis se mordió el labio. La voz de su padre se había apagado, igual que aquellas manos delicadas que habían danzado con ligereza sobre cuerdas y teclas.

Apretó las tijeras entre los dedos y volvió a cortar, mientras las lágrimas caían en silencio y se mezclaban con los mechones que se enredaban en su ropa o se amontonaban, tristes, a sus pies.

Cortó cada vez más cerca del cuero cabelludo. Liberados de su peso, algunos mechones suaves se curvaron alrededor de su rostro, otorgándole un aire marcadamente juvenil. Aun así, tendría que emplear aceite para mantenerlos pegados al cráneo.

Recuerda el papel, se dijo. Interpreta el papel. Nada más importa.

Para darse ánimo, comenzó a tararear una vieja nana francesa. El sonido resultaba solitario, hueco, en la habitación del hotel, austera y silenciosa. Necesitaba una segunda voz, una armonía… pero no había nadie que la acompañara. Nunca se había sentido tan sola.

Cuando el último mechón cayó al suelo desnudo, se quitó toda la ropa.

Extendió un periódico sobre la estrecha cama y colocó su vestido encima, junto con el corsé, los elegantes zapatos abotonados y las medias de seda.

Ató todo con un trozo de cuerda; pensaba dejar el paquete en un banco de la iglesia.

Tal vez el párroco pudiera darles buen uso.

Luego, sentada desnuda ante el espejo, abrió su caja de maquillaje de escena y comenzó a aplicarse tinte con mesura.

Lo justo para oscurecer y endurecer su tez clara.

Empezó por la línea del cabello, cubrió cada zona visible de piel, incluida la nuca, y después añadió algunas manchas estratégicas de suciedad real, que había recogido con ese propósito.

Sabía que el tinte resistiría semanas sin necesidad de lavarse.

Conseguiría suficiente para una segunda aplicación.

Para entonces, su tarea estaría cumplida. De un modo u otro.

Satisfecha por fin, tomó su enagua y la rasgó en tiras, que utilizó para vendarse el pecho.

No era demasiado generoso de todos modos.

Su cuerpo, naturalmente esbelto, ocultaría con facilidad sus escasas curvas bajo las capas de ropa que pensaba vestir.

Aun así, no se permitiría correr ningún riesgo.

El traje que había comprado en la única tienda del pequeño pueblo donde había abandonado el escenario resultaba demasiado nuevo.

Tendría que remediarlo, pensó mientras se vestía con aquella ropa rígida.

El sombrero, en cambio, era perfecto. Lo había sacado del baúl de su padre; pertenecía a un viejo melodrama en el que habían actuado juntos.

Su padre se lo había comprado a un vaquero borracho por dos monedas de veinticinco centavos, y era tan miserable como cabía esperar.

Se lo caló hasta la frente y frunció el gesto ante el olor que aún desprendía la banda del sudor. Luego se envolvió en su determinación como si fuese un manto y volvió a enfrentarse al espejo.

Entra Frank Black.

Francis Barton, la hija amada y protegida de Thomas y Evelyn Barton, había desaparecido. Hija de un criminal, si debía creer las palabras de su padre. ¿Y cómo no iba a creerlas?

El dolor regresó. La angustia profunda que sus frenéticos esfuerzos apenas habían logrado contener. La ira. La sed de justicia, de venganza.

Extendió la mano y tomó la carta que nunca se separaba de ella, junto con el periódico que su padre había dejado en el baúl. Sus últimas palabras, pronunciadas en el lecho de muerte, la habían conducido hasta aquel lugar:

—En el baúl… la carta… lo explica todo…

Reuniendo las últimas fuerzas, él la había sujetado del brazo.

—El artículo. Callahan. Es él. Davis. Peligro para…

Las palabras se desvanecieron. Aun así, hizo un último esfuerzo.

—Vete… de Texas. Prométemelo.

No había tenido ocasión de prometer nada.

Y tampoco tenía intención de marcharse, no después de leer aquella carta escrita por su padre y guardada junto a un recorte de periódico.

Era, al mismo tiempo, confesión y advertencia.

Sin duda, el artículo había sido el detonante.

Había presentido el peligro. Tal vez incluso había temido por su vida.

Y había querido que ella conociera la verdad.

La carta estaba fechada el día anterior al disparo, y el sobre llevaba escrito «abrir tras mi muerte». Al principio, Francis no había creído su contenido, aunque no podía negar que la letra era la suya.

Para ella, su padre siempre había sido una figura casi legendaria, con su risa contagiosa y sus ojos llenos de luz.

Un esposo afectuoso, un padre admirable, un hombre capaz de entregar su último centavo a quien lo necesitara.

Le resultaba imposible conciliar aquella imagen con la del hombre que describía la carta.

Imposible aceptar que hubiera cabalgado junto a hombres como aquellos de los que hablaba.

Y, sin embargo, según su propia confesión, había cometido actos que lo obligaron a abandonar Texas y mantenerse alejado durante veinticinco años, cargando en silencio con un secreto terrible.

Ahora comprendía que Thomas Barton había pagado por los pecados de su juventud durante toda su vida adulta.

Finalmente, los había pagado con su propia muerte.

Y ella, en medio del dolor, la ira y la culpa por haberlo traído de vuelta a Texas cuando él no deseaba regresar, sabía que le correspondía hacer justicia.

¿Por qué, Dios mío, le había suplicado aquel viaje cuando recibió la oferta? ¿Por qué?

Pero lo había hecho. Y ahora él estaba muerto. Y a la ley no parecía importarle.

Había señalado directamente al hombre que su padre había nombrado —un tal Callahan—, pero el sheriff se había burlado. Gabe Callahan, había dicho, era un hombre de riqueza y poder; no pensaba ni siquiera considerar la acusación basándose en la palabra de una artista.

Francis volvió a desplegar el artículo del periódico y repasó el titular una vez más. Sus manos temblaban al sostener el papel, aunque ya lo conocía de memoria.

CALLAHAN LLEVARÁ EL REBAÑO AL NORTE.

El texto, acompañado de un boceto de Gabe Callahan, ocupaba casi una columna entera.

Sus ojos recorrían las líneas sin leerlas realmente; ya estaban grabadas a fuego en su memoria.

Ahora entendía que aquel artículo había sido la causa de la inquietud de su padre en los días previos a su muerte.

Y para ella, el origen de una culpa insoportable.

Si él no hubiera regresado… si ella no hubiera insistido…

Pero ya nada podía cambiarse.

Solo le quedaba una opción: si el asesino de su padre debía responder ante la justicia —y no concebía otra posibilidad—, tendría que entregarlo ella misma.

No sabía cómo. Pero lo haría.

El artículo le había mostrado el camino.

Gabe Callahan preparaba una gran conducción de ganado, una de las mayores jamás intentadas, reuniendo reses de diversos ranchos del centro de Texas.

Él mismo guiaría el rebaño desde el sur de San Antonio hasta la terminal ferroviaria de Abilene. Se estaban contratando vaqueros.

Ella sería uno de ellos.