El Escocés (Valle Salvaje 3) Prólogo
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El Escocés (Valle Salvaje 3)

El Escocés (Valle Salvaje 3)

Por Emily Young

© inepub.com

Prólogo

Cerca de San Antonio, Texas.

L os problemas ajenos no eran asunto suyo. Y menos aún una emboscada.

Andrew Cameron, conde de Kinloch, no dejaba de repetirse aquello, incluso mientras espoleaba a su caballo para que acelerara el paso en la dirección que habían tomado tres hombres poco antes. Tres hombres que planeaban matar a otro.

Los había oído hablar la noche anterior en el ruidoso salón de un pueblo ganadero sin nombre de Texas. No había querido escucharles ni por asomo, pero sus voces, que se elevaban a medida que aumentaba el licor en sus venas, no dejaban de imponerse.

—Entonces estamos de acuerdo —había dicho uno de ellos—. Callahan vendrá por aquí mañana para contratar nuevos vaqueros para el rodeo de primavera. No vendrá acompañado de nadie, ya que anda tan falto de personal.

—Cabrón —asintió otro—. Nadie llorará cuando se convierta en polvo. Se lo tiene merecido por despedirnos así.

—Qué suerte haberme topado con ese enano —añadió el tercero—. Un tipo raro, pero los cinco mil dólares no estaban nada mal.

Drew soltó entonces un juramento. Como noble escocés sin tierras y casi sin un centavo, había ido destruyendo, pieza a pieza, toda la dignidad y el respeto que su título había tenido en otro tiempo.

Tenía treinta y cinco años, era un derrochador consumado, hábil únicamente con las cartas y los caballos.

No le quedaba nada en su propio país, así que había cruzado a América con una carta de presentación para un tal Calder en el bolsillo.

Se la había entregado su cuñado cuando él le había expuesto la idea de convertirse, quizá, en ganadero.

Pero nunca había pertenecido de verdad a ningún sitio, y no estaba seguro de querer hacerlo ahora. Se había labrado una vida a su manera, por torcido que fuese el camino, y en el proceso había evitado deliberadamente preocuparse por nada ni por nadie. Preocuparse resultaba demasiado doloroso.

Incluso había llegado a encontrar cierta satisfacción —si no felicidad— en su aislamiento.

Pero el año anterior había abandonado su papel de observador indiferente cuando una niña de cuatro años se le había metido en el corazón.

Se había jurado no repetir jamás una experiencia tan impropia de él. Un desliz bastaba para toda una vida.

Y, sin embargo, no había sido capaz de borrar de su mente aquella conversación ni el nombre de Callahan. Por desgracia, en aquel pueblo no había ley que se ocupara del asunto: ni alguacil, ni soldados, nada más que vaqueros borrachos con ganas de pelea.

Se había repetido que no era asunto suyo. Se había acostado tratando aún de convencerse de ello.

Y, aun así, allí estaba, cabalgando a toda velocidad por un territorio que no conocía, persiguiendo a hombres que no conocía, en defensa de otro hombre al que tampoco conocía.

Maldito idiota, masculló para sí mientras frenaba a su caballo. Los hombres a los que seguía se habían desviado del camino hacia un enorme afloramiento de granito. Las rocas, que se alzaban abruptas desde el suelo, ofrecían el escondite perfecto para una emboscada.

Drew sopesó sus opciones. La primera era la más sensata: ocuparse de sus propios asuntos, dar media vuelta y regresar por donde había venido. La segunda entrañaba cierto riesgo: rodear las rocas en un amplio arco, advertir a cualquiera que se acercara y, de paso, parecer un entrometido.

El sonido de disparos al otro lado de las rocas redujo de inmediato sus opciones. No podía marcharse. Las emboscadas le repugnaban; él mismo había sufrido una no hacía mucho.

Espoleó a su caballo hacia el afloramiento, saltó de la silla y comenzó a escalar. Confiaba en no haber llegado demasiado tarde.

Oyó los disparos de respuesta y comprendió que el ataque por sorpresa había fracasado.

Cuando alcanzó la cima, miró hacia abajo. Tres hombres, dispersos entre enormes rocas a sus pies, disparaban contra otro que se protegía tras un caballo caído. La inmovilidad del animal le indicó a Drew que estaba muerto.

Aquello dejó de ser un simple altercado. Sentía un respeto profundo por los caballos, aunque no siempre por los hombres.

Buscó una posición resguardada, apuntó con el rifle que había comprado en Denver y disparó. Alcanzó a dos de los emboscadores antes de que nadie comprendiera qué ocurría. Cuando el tercero se volvió, Drew se agachó tras la cobertura, pero no lo bastante rápido.

Sintió el impacto de una bala en el hombro y, casi al instante, otra que lo atravesaba. Mientras la conciencia se desvanecía poco a poco, su boca se curvó en una amarga mueca dirigida a sí mismo.

Los problemas de los demás no eran, sin duda alguna, asunto suyo.