Capítulo 24
- V oy a acudir a la policía y contarles exactamente lo que ocurrió hace veinticinco años —anunció Gabe—. No quiero cargar con más vidas en mi conciencia.
Drew había regresado al rancho con Gabe y Ethan después de que Ethan apaciguara a la policía de San Antonio.
Como antiguo alguacil, había logrado demostrar que Killian se encontraba en una habitación que no era la suya, y el sheriff local aceptó que el asesinato había sido justificado.
Drew no había estado implicado; ni siquiera se mencionó su nombre.
—Será tu palabra contra la de Thorpe sobre quién mató a ese empleado, Gabe —señaló Ethan—. No podrás demostrar nada. Y si arruinas las posibilidades de Thorpe de llegar a gobernador, irá a por ti sin dudarlo… y probablemente también a por Francis y Samuel.
Gabe masculló un taco.
—Drew tiene otra idea para sacar a Thorpe a la luz —añadió Ethan—.
Puede que ahora esté receloso, porque Killian ha muerto.
Pero si le ponemos delante de las narices un premio lo bastante grande, quizá muerda el anzuelo, sobre todo si cree que tú podrías hablar y arruinar sus aspiraciones.
No puede saber que ya has descubierto quién es, pero sí que es muy posible que lo hagas.
Apoyado con fingida indiferencia contra el sillón orejero en el que descansaba Francis, Drew escuchaba, satisfecho de dejar que Ethan expusiera el plan.
—Si Thorpe es tan voraz como creemos, no dejará pasar la oportunidad de vender unas tierras a un escocés adinerado —concluyó Ethan—.
Los ingleses están comprando tierras por todo el Oeste, invirtiendo en enormes explotaciones ganaderas, así que no sospechará.
Y, con el estímulo adecuado, bien podría intentar quedarse con el dinero y las tierras si cree que puede salirse con la suya.
Esa es la clave. Tenemos que hacer que la oportunidad resulte tan tentadora que no pueda resistirse.
Gabe frunció el ceño.
—¿Y si no muerde el anzuelo?
—Drew se retira, asegura que ha cambiado de opinión, y probamos otra cosa.
El silencio se adueñó de la estancia.
—Drew resultaría más creíble como especulador inmobiliario rico si tuviera esposa —observó Francis.
La mirada de Drew se posó en ella, y una protesta inmediata brotó de sus labios.
—No —replicó, percibiendo un matiz de pánico en su propia voz—. Puede que sepa cómo eres.
—No cuando haya terminado de arreglarme. —Francis se volvió hacia él—. Una peluca rubia hará maravillas. Cualquier buena modista tendrá alguna.
Las manos de Drew se enfriaron de golpe, y fue aún más consciente de ello cuando Francis alzó la suya y la envolvió entre las propias, cálidas.
—No puedo pasar el resto de mi vida mirando detrás de cada árbol —murmuró—. Es mi batalla tanto como la de Gabe.
Drew buscó a Ethan con la mirada.
—Ethan, por favor, dile que es una idea terrible.
Ethan negó despacio.
—No puedo. Tiene razón. Sería mejor que fuerais marido y mujer.
La mano de Drew se cerró con fuerza alrededor de la de Francis.
—No —insistió.
Ella giró un poco más el cuerpo para enfrentarlo.
—Drew, vas a arriesgar tu vida. Tengo derecho a hacer lo mismo. Y lo haré. Por mi padre, si no hay otra razón.
Drew la conocía demasiado bien. Si se negaba, ella encontraría la forma de actuar por su cuenta, como ya había hecho al conducir el ganado sola. Al menos, junto a él y Ethan, contaría con cierta protección.
—No estaréis solos —intervino Ethan—. Tengo unos cuantos amigos que nos ayudarán. Hombres en los que puedo confiar.
Aquella garantía no disipó el temor que se agitaba en el pecho de Drew. Pero ningún argumento haría cambiar de opinión a Francis, y dejarla atrás solo aumentaría el peligro. Clavó la mirada en Ethan, tenso.
—Si le pasa algo…
Ethan lo observó un instante y luego recorrió la habitación con la vista.
—Creo que Philip Thorpe, por fin, ha encontrado a su rival.
La habitación del hotel Austin era una de las mejores en las que Francis se había alojado jamás. Ella y sus padres nunca habían tenido mucho dinero y solían hospedarse en pensiones limpias, aunque modestas.
Ethan había insistido en el Grand, pues ofrecía suites como las que un escocés adinerado podría exigir.
Además, las habitaciones contiguas permitían mayor protección.
Reservó una para Andrew Cameron, lord Kinloch, y su esposa, Catherine, y otra contigua para un rico propietario de minas de Colorado llamado Dan Forsyth.
Francis observó el entorno con asombro, mezclado con cierta aprensión. Como conde, Drew debía de estar acostumbrado a aquel lujo, pero para ella resultaba casi intimidante.
Dos hombres de mirada aguda se reunieron con Ethan —o con Dan Forsyth— en la habitación contigua.
Uno de ellos, Cail O´Connell, abrió con destreza la puerta que comunicaba ambas suites sin necesidad de llave.
Pronto supo que había sido un forajido conocido como Diablo, un nombre que ya había escuchado en más de una ocasión.
Ignoraba cómo había terminado allí, pero la confianza de Ethan en él era absoluta, y su aspecto no dejaba lugar a dudas.
El otro, Jud Merrill, había sido agente de la ley y, según dedujo, le debía un favor a Ethan. Francis se preguntó a quién habrían dejado en el Circle C para vigilar a Gabe y Samuel. Los recursos de Ethan parecían inagotables, su compromiso con la causa, total.
Ella y Drew salieron de compras. Adquirió dos vestidos elegantes, mientras él compraba trajes caros. Contaban con fondos suficientes, y Gabe —tras el éxito del traslado del ganado— aportaba el dinero necesario para “comprar” la tierra.
El siguiente paso fue encontrar una peluca rubia. Cuando Francis mencionó lo que necesitaba, Cail O´Connell apareció con una ese mismo día. No formuló preguntas. La peluca encajaba a la perfección sobre su cabello corto, y, con un sombrero adecuado, el efecto resultaba convincente.
Durante horas practicó con Drew el acento escocés. Sus años como actriz le sirvieron de gran ayuda. Su voz adoptó matices más marcados, y desaparecieron los restos de la jerga del oeste.
Cuando se sintieron preparados, Drew redactó una nota formal dirigida a Philip Thorpe.
En ella, el conde de Kinloch explicaba que se hallaba en Estados Unidos para adquirir una gran extensión de tierra, que deseaba una transacción rápida y que le habían asegurado que Thorpe era el hombre indicado.
Añadía, además, que las negociaciones debían mantenerse en estricta confidencialidad y preguntaba si estaría dispuesto a reunirse de inmediato en su suite.
Un mensajero del hotel llevó la carta.
Y luego esperaron.
Ethan y Cail O´Connell se reunieron con ellos en el salón para repasar los detalles.
Ni Drew ni Francis debían quedarse solos en ningún momento.
Calder y Merrill los seguirían a todas partes, y Drew debía asegurarse de no perderlos de vista.
Ethan permanecería en el hotel hasta que Thorpe diera el paso.
Francis advirtió enseguida que Drew y O´Connell simpatizaban. Aquello llevó a Ethan a comentar, con ironía, que se merecían el uno al otro.
—Dos pícaros.
Merrill, en cambio, se parecía más a Ethan: callado, reservado, siempre alerta.
Repasaron el plan una vez más. Si Thorpe investigaba, descubriría que realmente existía un conde de Kinloch en Estados Unidos… y no precisamente con buena reputación. Drew torció el gesto al oírlo, aunque enseguida se encogió de hombros.
Francis lo observó con atención. Había mucho en él que seguía siendo un misterio, pero una cosa resultaba evidente: Caroline tenía razón. Drew detestaba su título.
Al verlo así, los últimos restos de resentimiento que había albergado por no haberle contado la verdad se disiparon.
Deseó acercarse, tocarlo, consolarlo… amarlo.
Recostarse entre sus brazos. Pero cada vez parecía más improbable que volvieran a estar solos.
Ethan, en especial, permanecía cerca con una vigilancia que iba más allá de lo estrictamente necesario, como si hubiera asumido el papel de un hermano mayor protector.
—¿Seguro que te sientes cómoda con esa pistola? —preguntó.
Francis asintió. Había sacado la Colt de su padre, provocando miradas de sorpresa entre los hombres, y luego les había demostrado que sabía utilizarla. No se le escapó la mirada de orgullo de Drew al verla manejarla con soltura.
Aun así, Ethan frunció el ceño.
—Dispara a corta distancia. Y solo si es necesario.
Ella suspiró en silencio, sin discutir.
Un golpe en la puerta hizo que Ethan y los otros se ocultaran en el dormitorio. Drew abrió y recibió un sobre de manos de un joven mensajero.
—Me han dicho que espere una respuesta —indicó el chico.
Drew rompió el sello y leyó con rapidez.
—Dile al señor Thorpe que mañana a las diez será perfecto.
El muchacho asintió y se alejó por el pasillo. Drew cerró la puerta y dio la señal. Los tres hombres salieron del dormitorio.
—Thorpe ha picado el anzuelo, caballeros —anunció.
Philip Thorpe tenía el rostro rubicundo, el cuerpo bien relleno y una apariencia impecable en todo lo demás. Era evidente que comía bien, bebía bien y vivía aún mejor. Su mirada, sin embargo, permanecía fría, incluso cuando sonreía.
Francis ocultó su repulsión mientras lo observaba estrechar la mano de Drew en el salón de la suite.
—Mi señor —aduló.
Ella miró de reojo a Drew y percibió el desprecio que latía bajo su gesto cortés. Sin embargo, se comportaba con una condescendencia amable propia de su rango. Habría sido un excelente actor, pensó fugazmente.
—Y esta es lady Kinloch —añadió él, posando la mano en la parte baja de su espalda con un gesto posesivo.
—Es un gran placer, lady Kinloch.
Francis no le ofreció la mano. Se limitó a alzar una ceja con estudiada altivez.
Thorpe volvió su atención hacia Drew.
—Tengo entendido que busca tierras.