El Escocés (Valle Salvaje 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

A pesar de las molestias y la humillación que todo ello suponía, Francis se encontró deseando fervientemente los buenos viejos tiempos en los que era Two-Bits. Por mucho desprecio que Drew pareciera albergar hacia ella ahora, era un sentimiento que, obviamente, no compartían los demás vaqueros.

Durante los últimos tres días, desde que se reveló su género, Francis había sido cortejada, mimada y consentida. Había dejado de ser la insignificante Frank Black y se había convertido, en cambio, en objeto de un intenso y fascinado interés masculino.

Había recibido una muestra de lo que se avecinaba la misma noche del fatídico cruce del río.

Mientras echaba leña al fuego, uno de los vaqueros se apresuró a su lado, le quitó los leños de las manos y avivó el fuego él mismo, dejándola con las manos vacías y atónita.

Antes de que pudiera protestar, el cascarrabias de Ethan Flanigan, quien —hacía una eternidad— había apostado su sombrero contra el de ella en el barracón de Callahan, se le acercó tímidamente.

Con el rostro sonrojado bajo una mata de pelo del color y la textura del heno, se balanceaba torpemente de un pie a otro, con su sombrero raído en la mano. Luego se lo tendió.

—Va a necesitar un sombrero, señora… señorita… quiero decir… bueno, simplemente necesitará un sombrero, eso es todo.

Otro hombre se acercó arrastrando los pies.

—Siento que le hayamos dado un mal rato, señora. Solo estábamos bromeando.

—Si necesita ayuda —intervino Legs—, solo tiene que llamarme.

No podía levantar un saco de harina ni un trozo de madera sin que alguno intentara quitárselo.

Por otro lado, Luke Callahan no le había ofrecido más que una mirada lasciva.

Eso era lo que más odiaba, porque le hacía pensar que él y los demás recordaban las muchas veces que había estado a solas con el escocés.

Bueno, ya no estaba a solas con él. Ni siquiera se le acercaba.

Sin embargo, lo más extraño para ella era la reacción de Gabe Callahan ante su «nueva» presencia en el campamento.

No esperaba tanta tolerancia. Incluso parecía divertirse, a su manera cínica.

Lo había visto hablar con Drew poco después de su conversación junto al río.

Cuando terminaron, Drew le lanzó una mirada enigmática y se marchó a la guardia nocturna.

Gabe, en cambio, se volvió, la vio observando y dejó escapar una risa baja antes de alejarse. No lo entendía.

Desde entonces, Callahan apenas aparecía. A pesar de las advertencias, insistía en adelantarse cada día. Pasaba horas fuera y solo regresaba por la noche para dar instrucciones.

Y, aun así, lo único que Francis deseaba era recuperar la cercanía que había tenido con Drew. Temía haberla perdido para siempre.

A pesar de todo, seguía ocupada. Demasiado ocupada.

Tres terneros habían aparecido junto a su carreta, dejados allí por los vaqueros.

Sammy ya era lo bastante mayor para quedarse con su madre, pero los otros necesitaban atención.

Cada noche debía encontrar a sus madres, y había ideado un sistema con pañuelos de colores para identificarlos.

Honor vigilaba a los pequeños, devolviéndolos si se alejaban.

Billy Bones exigía cuidados constantes, al igual que Sammy, y también un grupo de vaqueros hambrientos y solitarios.

Así transcurrían los días, rápidos y agotadores, mientras su soledad interior crecía, más profunda, más dolorosa. Callahan había dejado claro que encontraría otra cocinera en cuanto pudiera. El tiempo se deslizaba como arena entre los dedos.

Levantó la vista de las sartenes que fregaba al ver llegar a Callahan al galope. De inmediato, los hombres lo rodearon. Ella permaneció en el borde del grupo.

—El ejército dice que han acabado con esos kiowas. El teniente habla de una victoria gloriosa —añadió con sequedad—. El ejército siempre dice eso, incluso cuando les dan una paliza. Pero aseguran que ya no hay peligro. Al menos, no por parte de esos renegados.

Los vaqueros vitorearon.

—Podremos dispersar de nuevo la manada —continuó—. Volver a las guardias habituales.

Otro vítor.

—Pero no bajéis la guardia. Los cheyennes están en pie de guerra, y otras tribus no tienen reparos en robar ganado.

Los hombres asintieron.

—Voy a avisar a los demás —dijo, sirviéndose café—. ¿Está Luke ahí fuera?

—Luke, Scotty, Legs y Ethan —respondió Kane.

Al oír el nombre de Scotty, Callahan miró a Francis. Ella se volvió, incapaz de contener el rubor y el escozor de las lágrimas. Aquello le sucedía con frecuencia últimamente. Two-Bits no habría llorado.

Aun así, la noticia la alivió. Había temido por Drew cada vez que salía del campamento.

Cuando los hombres se reunieron para jugar al póquer, decidió salir a cabalgar con Billy Bones. Necesitaba escapar.

Ensilló al caballo. Honor gimió, pidiendo acompañarla.

—Está bien —le dijo—, pero no te separes.

El perro movió la cola. Observó cómo ella montaba con torpeza. Francis suspiró. Aún no dominaba aquello.

—Señorita… —Legs se colocó frente a ella—. No es seguro que salga sola.

—Los kiowas se han ido.

—Pero hay otras alimañas ahí fuera.

—Llevaré a Honor.

—Puedo acompañarla.

Ella negó, recurriendo a la única excusa eficaz.

—Necesito… intimidad.

El rostro de Legs se tiñó de rojo.

—¿No irá lejos?

—No.

Mintió.

No se puso espuelas. Tiró suavemente de las riendas y Billy avanzó. Cabalgó durante largo rato, intentando pensar. Pero sus planes siempre terminaban en desastre. Una mentira llevaba a otra, y luego a otra más.

No era de extrañar que Drew odiara las mentiras. ¿Quién le había herido así?

Intentó concentrarse en montar, pero seguía rígida, sin acompasar su cuerpo al del caballo.

Entonces Honor ladró y salió corriendo.

—¡Honor!

El perro no se detuvo.

El pánico la impulsó. Espoleó a Billy y lo siguió. La cola blanca y negra del animal desaparecía entre la hierba. Por un momento, creyó que no podría alcanzarlo, pero logró llegar.

Honor olfateaba algo en el suelo.

Un gemido.

Francis desmontó y se acercó. Su pie tropezó con algo blando.

Un grito ahogado se le quedó en la garganta.

Una mujer yacía inmóvil, vestida de piel de ante, con una mancha oscura de sangre.

Francis se arrodilló y comprobó que estaba fría.

A su lado, una manta se movía, y al apartarla descubrió a un bebé.

Lo examinó rápidamente: era un niño, muy delgado, pero sin heridas.

Los soldados. La «gloriosa victoria». La mujer debía de haber huido para morir.

El corazón de Francis se rompió. Tomó al niño en brazos y lo acunó mientras Honor la observaba, expectante.

—Buen perro —susurró.

El animal movió la cola con entusiasmo.

Miró a la mujer. Era joven, de rasgos finos, casi españoles. Cerró sus ojos con delicadeza.

No encontró portabebés alguno. Con esfuerzo, rasgó la manta y confeccionó uno improvisado. Ató al niño y montó con dificultad, sosteniéndolo con un brazo.

El cielo se teñía de azul crepuscular cuando emprendió el regreso.

—¿Enterrar a una india?

—¿Quedarse con un crío indio?

—Debes de estar loca.

Francis apretó al niño contra su pecho mientras Luke y los demás la observaban con dureza. Varios habían salido a buscarla.

—De las liendres salen los piojos —añadió Luke con tono sombrío.

En el Este, la gente hablaba del «noble salvaje». Pero en Texas había oído demasiadas historias. Y ahora, esas historias la miraban directamente a los ojos.

Por las conversaciones alrededor de la hoguera también sabía que muchos de los vaqueros habían perdido a alguien en las incursiones indias y que los tejanos —todos los tejanos— parecían odiar a los indios con una pasión desenfrenada.

Pero nunca había imaginado que ese odio incluiría a un bebé indefenso o a su madre muerta.

Incluso el adorable Ethan se había quedado en silencio cuando ella pidió que alguien saliera a la pradera a enterrar a la mujer.

—¿Dónde está?

La voz grave y melódica del escocés rompió el silencio.

El corazón de Francis latió con fuerza al oír aquel sonido suave que, sin embargo, dominaba el claro.

Ni siquiera se había dado cuenta de que había llegado a caballo y se había unido al grupo en los márgenes, tan concentrada estaba en proteger al bebé que llevaba en brazos.

Como un solo hombre, los vaqueros se volvieron hacia Drew Cameron.

Él avanzó unos pasos, y Francis sintió la fuerza de su presencia mientras los demás se apartaban.

—A Gabe no le va a gustar —dijo Luke—. A él le importan los pieles rojas tanto como a cualquiera de nosotros.

—Gabe no está aquí —señaló Drew.

—Está revisando los turnos —replicó Luke—. Pero yo soy el segundo al mando, y digo que te quedes. No podemos arriesgarnos a perder a otro hombre.

Drew lo ignoró y volvió a mirar a Francis.

—¿Dónde está?

Francis pensó que probablemente podía oír los latidos de su corazón, llenos de gratitud porque alguien comprendía por qué no podía permitir que la madre de aquel niño quedara a merced de los carroñeros de la llanura.

—Honor puede llevarte —dijo—. Él los encontró.

—¡Cameron! —fue una advertencia.

Drew arqueó una ceja con insolencia, casi desafiando a Luke a intervenir.

—Podría haber otros pieles rojas que hayan escapado de los soldados —aventuró Ethan.

Lanzó una rápida mirada a Francis y luego bajó los ojos. Legs se encogió de hombros.

—Diablos, iré contigo.

Francis recordó que él mismo era medio indio. Se preguntó cómo soportaba todos aquellos comentarios despectivos sobre su propia sangre. Él le devolvió la mirada y se encogió de hombros, con una leve sonrisa en la comisura de los labios.

—No queremos a ese niño aquí —dijo Luke, retrocediendo, consciente de que había perdido.

—¿Quieres dispararle, Luke? —preguntó Drew—. ¿Tú solo?

Francis apretó el pequeño bulto contra sí.

—No he dicho eso.

—Entonces, ¿qué propones hacer con el chiquillo? —insistió Drew, y nadie pasó por alto la amenaza velada en su tono aterciopelado.

—Debería haberlo dejado allí, con su madre —espetó Luke, mirando a los demás.

Pero los hombres apartaron la vista. Hacia el suelo. Hacia el cielo.

—Maldita sea… —murmuró Luke, fulminándolos con la mirada.

Francis dedicó a Drew una sonrisa temblorosa, conmovida por ese profundo sentido de decencia que él seguía empeñado en negar.

Un dolor nostálgico se instaló en su pecho. Estaba tan cerca… y, sin embargo, tan lejos. Sus ojos la estudiaban, suavizándose al posarse en el bebé, pero seguía ocultando esa parte de sí mismo que solo había dejado ver fugazmente una tarde de verano.

Legs resopló.

—Si vamos, será mejor que salgamos ya. ¿Hacia el oeste?

Francis asintió sin apartar la mirada del alto escocés.

—Gracias. Gracias a los dos.

Drew se encogió de hombros.

—¿Tienes palas?

—En mi carreta —respondió ella sin aliento, aún atrapada en el brillo dorado de sus ojos. Solo el movimiento del niño en sus brazos la devolvió a la realidad.

La mirada de Drew descendió hasta el bulto.

—¿Qué vas a hacer con él?

—¿Cómo sabías que era un niño?

Sus labios se curvaron en esa sonrisa que tanto había echado de menos.

—No parlotea.

La indignación se mezcló con una cautelosa esperanza.

—No todas las mujeres parlotean —replicó—. Yo, desde luego, no.

Legs gruñó con impaciencia.

—Voy a ensillar los caballos. Será mejor que cojas las palas, Scotty. Antes del amanecer.

Se alejó hacia la remuda.

Drew caminó junto a Francis mientras ella se dirigía a la carreta.

—¿Qué vas a hacer con el bebé?

—Darle de comer.

—¿Con qué?

—Con la madre de Sammy.

—¿Alguna vez has ordeñado una vaca de cuernos largos semisalvaje?

—No.

—¿Alguna vez has ordeñado algo?

Ella dudó. Él tensó la mandíbula.

—No —admitió al fin.

—No empieces ahora —advirtió—. Pídele a uno de los hombres que lo haga. La mayoría viene de granjas.

—Pero ellos…

—Sonríeles —dijo—. Ethan es tu mejor opción. Tiene el peor caso de amor adolescente que he visto jamás.

—Pero…

—Y no te preocupes por el niño. Ninguno le hará daño.

—Gracias a ti.

—No. Solo estaban hablando. La mayoría tiene motivos para odiar a los indios, pero ninguno haría daño a un niño.

Le gustaba cómo decía bairn, cómo la palabra rodaba lenta en su acento.

Llegaron a la carreta. Francis dudó un instante y luego le tendió al bebé.

Drew lo tomó sin vacilar, sosteniéndolo con naturalidad, y sonrió al mirar el pequeño bulto, sin rastro de incomodidad.

Ella lo observó un momento, hipnotizada por la imagen, antes de subir a la carreta para buscar dos palas y el trozo de tela que había arrancado del vestido de la mujer.

Cuando regresó, Drew la miró con expresión cansada.

—Tendrá una vida dura, hagas lo que hagas.

—No será así —respondió con firmeza—. Me aseguraré de ello.

—¿Y cómo piensas hacerlo, muchacha?

—Lo criaré —dijo, dándose cuenta en ese mismo instante de que lo decía en serio.

—No es como un ternero al que puedas devolver a su madre —replicó.

Francis sostuvo su mirada, aunque sabía que discutir no serviría de nada. Él estaba tan convencido de su inconstancia como de su propio nombre. Tendría que demostrárselo.

De algún modo.

Legs regresó a caballo, llevando otro ensillado. Miró al bebé en brazos de Drew y luego a Francis, sacudiendo la cabeza como si contemplara a dos locos.

—¿Listo, Scotty?

—Sí.

Drew volvió a mirar a Francis.

—¿Dijiste que el perro podría guiarnos?

Ella se agachó y acarició a Honor, luego le acercó el trozo de tela para que lo oliera.

—Ve a buscarla, chico.

El perro movió la cola, como si comprendiera, y partió al trote hacia el oeste.

Drew sonrió mientras le devolvía el bebé. Sus manos se rozaron un instante, pero él apartó la suya como si se hubiera quemado. Recogió las palas y se las entregó a Legs, y luego montó de un salto elegante, sin usar el estribo.

—No intentes ordeñar esa vaca —le advirtió—. Prométemelo.

Ella asintió.

—No basta, muchacha. Quiero tu palabra.

—No intentaré ordeñarla —respondió con docilidad.

Sus ojos, aún llenos de duda, la atravesaron una última vez antes de que él y Legs se alejaran cabalgando hacia la noche.