El Escocés (Valle Salvaje 3) Capítulo 10 #2
44%

Capítulo 10 #2

Con la espalda aún vuelta hacia el resto del campamento, Francis se percató de que había alguien detrás de ella. Sabía quién era sin mirar. Su cuerpo reaccionaba ante el escocés cada vez que se le acercaba, casi como si ella fuera un imán para su acero.

—¿Cómo aprendió a hacer eso la hija de un banquero?

Oyó sus palabras susurradas mientras su aliento le hacía cosquillas en la oreja. Su cuerpo se tensó, tanto por su cercanía como por sus palabras.

Se volvió hacia él. Era tan alto que tuvo que levantar la vista casi por completo para verle la cara. Se había lavado y cambiado de camisa, y el olor a jabón mezclado con cuero impregnaba el aire de la madrugada.

—Ha sido un buen truco —añadió él, con voz suave, incluso seductora.

—Siempre se me ha dado bien imitar voces —respondió ella.

—Me he dado cuenta. Nunca te descuidas, ¿verdad? Tienes la voz completamente entrenada.

—No está entrenada —replicó ella, siendo sincera por una vez—. Es solo un talento natural…

Le sostuvo la mirada unos segundos más, pero terminó apartándola. Él veía demasiado, preguntaba demasiado. Y ella siempre quería responder.

—Veo que el señor Callahan está mejor —añadió.

El escocés guardó silencio un instante, claramente reacio a abandonar el tema. Finalmente, suspiró.

—Sí, está mejor. Hoy retomaremos el camino.

Ella alzó la vista, sorprendida.

—¿Ha mejorado tanto?

—No —respondió Cameron—. Pero él insiste. Irá con Murphy. Siempre puede usar su litera.

—¿Sabe él…?

—¿Quién le disparó? No. Solo vio el reflejo del sol en la mira del rifle.

Ella dudó.

—¿Y sabe por qué?

Los rasgos del escocés se tensaron.

—Dice que no.

Tras un momento, él añadió:

—Tú no llevas rifle.

No era una pregunta, pero ella negó con la cabeza.

—¿Sabes disparar?

Su tono era informal, pero su mirada, penetrante.

—Un poco —respondió ella.

—¿Qué significa “un poco”?

—Significa… —se encogió de hombros—. Un poco. Pensé que quedaría raro no tener un arma si iba a unirme a una conducción de ganado, así que… compré una. La probé unas cuantas veces.

Se arriesgó a mirarlo. Él seguía observándola con intensidad, pero sin esa expresión de abierta sospecha.

—¿Y acertaste a algo? —preguntó él.

—Bueno… quizá una o dos veces.

—Unas cuantas clases podrían venirte bien.

Ella levantó la vista de golpe.

—Yo te enseñaré.

No quería. Cada vez que él se acercaba, su mundo se desordenaba.

—Pero no me gustan las armas…

—Pero a Frank Black sí le gustarían —replicó él con una sonrisa divertida.

La había atrapado.

—¿Por qué? —insistió ella.

—Porque aquí fuera uno tiene que saber defenderse —respondió él con suavidad—. Y si tienes un arma, debes saber usarla.

No supo qué responder.

—¿Cómo sé que eres bueno?

Él arqueó una ceja.

—Soy escocés. Aprendemos a disparar antes de andar. Todo caballero sabe cazar.

La palabra caballero sonó cargada de algo más oscuro.

—¿Eras un caballero? —preguntó ella.

—Eso es discutible.

—No lo creo —dijo en voz baja—. Creo que debiste de ser uno muy fino.

Él pareció sorprendido.

—¿Por qué?

—Por cómo cuidabas de Ace. Y porque cumples tus promesas.

La sonrisa desapareció.

—No me des las gracias todavía —advirtió—. Hoy estuve a punto de contárselo a Gabe.

—¿Crees que soy un peligro para él?

—No sé lo que eres —respondió él—. Y no me gustan los acertijos.

—¿Seguro?

Él la recorrió con la mirada.

—Estoy jodidamente seguro.

Y, aun así, sus ojos seguían brillando con un fuego cálido que la desarmaba.

—Cuando paremos esta noche —añadió—, tendrás tu primera lección.

Se alejó antes de que ella pudiera protestar.

—Hijo de puta —murmuró, probando la palabra.

La repitió en voz baja, descubriendo que, aunque aliviaba un poco su frustración, no lograba disiparla del todo.

Drew sonrió mientras regresaba al lugar que había llamado cama la noche anterior y recogía su saco de dormir.

Joder, disfrutaba discutiendo con ella. Se sentía mejor que en toda la noche, pues sus sospechas sobre Francis se habían disipado…

o casi. No creía que hubiera mentido acerca de su falta de experiencia con las armas.

Y el disgusto en su voz, al afirmar que no le gustaban, había sido, sin duda, real.

Más tarde, ese mismo día, sabría con certeza si había dicho la verdad.

Sabía que ella haría todo lo posible por escaquearse de la lección, pero no se lo permitiría, aunque solo fuera porque hablaba en serio cuando le aseguró que debía saber cómo protegerse.

Gabe estaría de acuerdo… incluso lo impondría al chico al que conocía como Frank.

Mientras arrojaba el saco de dormir a la parte trasera de la carreta de los forajidos y se entregaba a sus tareas, reflexionó sobre los motivos ocultos que lo impulsaban a enseñarle a disparar. Tendría que llevarla lo bastante lejos del campamento para no asustar al ganado con los tiros.

Lo bastante lejos como para quedarse a solas y para besarla de nuevo.

Cuanto más avanzaba la manada por las llanuras, menos barrancos y arroyos había, y a Frank le resultaba cada vez más difícil preservar su intimidad. Por desgracia, había necesidades que no podían ignorarse.

Aquella mañana recurrió a su excusa habitual —buscar leña— para desaparecer unos minutos.

Pero tuvo que alejarse bastante antes de encontrar un par de árboles raquíticos, casi muertos.

Al regresar, se dio cuenta de que la falta de escondites adecuados podría convertirse en un problema aún mayor antes de que terminara el viaje.

Pero no era eso lo que más la inquietaba.

Hasta entonces había logrado lavar su ropa interior y su corto cabello en la carreta de los rezagados, con un cubo de agua y aprovechando las horas de sueño ajenas. Si no le quedaba más remedio, encontraría la manera de ocuparse de otras necesidades.

El escocés, en cambio… él era un problema mucho mayor.

Era como un perro con un hueso.

Y ella era el hueso, para su creciente incomodidad.

Lo que lo volvía tan insoportable era su propia reacción hacia él. No lo comprendía. La habían cortejado en más ciudades de las que podía recordar. Admiradores tras bastidores, tras cada función. Invitaciones a cenar innumerables. Hombres ricos. Hombres apuestos. Hombres influyentes.

Y, sin embargo, nunca había sentido por ninguno lo que sentía por Drew Cameron: esa expectación febril, el corazón desbocado, el pulso acelerado, la sangre bullendo en las venas. Todos los tópicos de novelas y obras de teatro habían cobrado vida en su interior.

Mientras ayudaba a Murphy a preparar el desayuno, se descubrió temiendo y, al mismo tiempo, aguardando con ansia el final del día, sabiendo que volvería a ver al escocés. Y que estarían a solas.

Su estado de agitación la volvió distraída, y se ganó una mirada de reproche de Murphy. Se obligó entonces a concentrarse en su tarea, dejando a un lado sus propios pensamientos.

Notó que Murphy se quejaba más de lo habitual de su reumatismo, delegándole más trabajo. Pero también atendía a Callahan, cambiándole las vendas y vigilándolo con la devoción de una osa con su osezno, murmurando entre dientes mientras lo hacía.

—La gente acaba recibiendo un tiro… ya no hay civismo —rezongaba—. Una emboscada…

Callahan, todavía en su saco de dormir junto a la carreta de provisiones, intentó incorporarse. El dolor le marcó aún más el rostro.

—No deberías moverte —gruñó Murphy.

—Tengo que seguir adelante —respondió Callahan, intentando levantarse de nuevo.

La compasión y la ira se debatieron en el interior de Francis mientras lo observaba. No debería importarle su sufrimiento… pero le importaba. Había perdido mucha sangre, y la herida junto a la cabeza era espantosa. Debía dolerle de manera insoportable, y cualquier movimiento lo agravaría.

Aun así, persistió.

Finalmente logró ponerse en pie, aferrándose a la rueda del carro.

Sus ojos eran duros como la piedra, el rostro severo. Francis volvió a preguntarse qué inspiraba la lealtad que despertaba en sus hombres. Quizá, pensó, porque era un hombre implacable… alguien capaz de hacer lo que fuera necesario para conservar lo que consideraba suyo.

La cuestión era: ¿qué incluía exactamente ese «lo que fuera necesario»?

Después de que los peones hubieran comido, enganchó las mulas a la carreta de los rezagados mientras otro vaquero hacía lo mismo con la de la cocina. Ambas partieron.

El ala ancha de su gastado sombrero le protegía el rostro del sol. Al mirar sus manos enguantadas sobre las riendas, se preguntó si alguna vez volverían a ser como antes: suaves, sin callos.

¿Cómo podía el escocés interesarse en ella? Aparte de querer respuestas, claro. ¿Y realmente deseaba que se interesara por ella como mujer?

Aquellas preguntas la acosaron durante todo el largo, caluroso y seco día.

Sammy viajaba en la parte trasera de la carreta, bramando indignado ante tal trato. Aún no podía seguir el ritmo de una marcha de diez millas. Todavía no. Aunque ya era capaz de sembrar el caos en el campamento.

Sammy. Piensa en Sammy. Piensa en el teatro. Piensa en la música.

No pienses en Callahan.

No pienses en el escocés.

No pienses en cómo demonios vas a convencer a Drew Cameron de que no sabes disparar un arma.

Billy Bones era realmente juguetón. Vivaz. Lleno de energía.

Drew se preguntó qué cambios había provocado Francis en el caballo.

Le parecía que la paciencia, la comida y el cariño habían obrado nada menos que un milagro.

Había estado demasiado ocupado con sus propias obligaciones, así como con sus pensamientos sobre Francis, como para darse cuenta antes, pero mientras observaba a la mujer y al caballo cabalgando a su lado, catalogó las diferencias.

Billy llevaba la cabeza alta, sus pasos eran rápidos y seguros, no arrastrados como cuando los dos aparecieron en el rancho de los Callahan hacía casi un mes.

Su pelaje estaba liso y sus ojos, claros.