CAPÍTULO 27
La cocina de Anna Spence olía a canela y a leña húmeda que chisporroteaba en el fogón, un aroma que solía calmar a Meryl, pero que ahora parecía asfixiarla.
Estaba sentada en el borde del sofá, con los hombros hundidos, como si la confesión que acababa de hacer pesara más que todas las piedras de Darby Abbey.
—Lo has dicho —susurró Anna, manteniendo el abrazo, dejando que los sollozos de Meryl humedecieran su hombro—. Ya no tienes que esconderte de ti misma, Meryl.
Meryl se apartó lentamente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Sus ojos verdes, todavía empañados, buscaban en el rostro de su amiga una salida de emergencia que ya no existía.
—Es una locura, Anna —dijo Meryl, con la voz aún quebrada—.
Es el peor momento. El peor hombre. El peor escenario.
El pueblo está a punto de lincharme socialmente por lo que él y yo hicimos en el jardín, y yo...
estoy aquí admitiendo que lo amo. —Se puso en pie y empezó a caminar por la estancia bastante nerviosa—.
¿Cómo puedo amar a alguien que ha sido el instigador de mi ruina?
Anna se levantó también, cruzándose de brazos, con una mirada cargada de sabiduría.
—Porque el corazón no lee las gacetas locales, Meryl. Ni le importa el Consejo Escolar. —Hizo una pausa—. Amas a Joel porque él vio a la mujer detrás de la maestra. Porque te desafió cuando todos los demás te obedecían. Porque te dio un lugar en su mundo cuando ya no tenías sitio en el tuyo.
Meryl se detuvo frente a una pequeña ventana que daba al callejón.
—Me ofreció su nombre, Anna. Me ofreció el compromiso como si fuera un escudo de armas para protegerme de las piedras de Tintwistle. Y lo rechacé.
—Lo rechazaste porque eres tú —asintió Anna—. Porque no quieres ser una carga comprada por un anillo de diamantes.
—Exacto. Pero ahora... —Meryl se giró, con una expresión de puro pánico—. Ahora Ashcombe nos ha visto. Field nos ha visto. El escándalo se ha multiplicado. Si me quedo aquí, seré la mujer que «sedujo» al conde. Si me caso con él por miedo, seré la mujer que vendió su alma por un título.
Anna se acercó y le puso las manos sobre los hombros, obligándola a centrarse.
—Hay una tercera opción, Meryl.
—¿Cuál?
—Ser la mujer que ama al hombre. —Anna apretó su agarre—. Olvida al conde. Olvida la abadía. Olvida lo que dirá la viuda Smith. Si Joel Brent Crossman fuera un simple granjero y te ofreciera su mano, ¿se la darías?
Meryl cerró los ojos. La imagen de Joel sin títulos, sin poder, solo él con esa mirada feroz y esa honestidad devastadora, inundó su mente.
—Sí —susurró—. Mil veces sí.
—Entonces el problema no es el amor, es el ruido que lo rodea —concluyó Anna—. Meryl, mañana el Consejo Escolar va a intentar destruirte. Van a usar ese beso para borrar tu carrera. Si vas allí con la cabeza baja, ganarán ellos. Pero si vas sabiendo lo que sientes... si vas armada con esa verdad...
Un golpe seco en la puerta principal las sobresaltó. No era un golpe de cortesía; era una llamada de autoridad.
Meryl y Anna se miraron. Simone entró desde el pasillo, con el rostro pálido y el aliento entrecortado.
—Señorita Meryl... es su padre. El barón ha colapsado tras la visita de lord Ashcombe. Y hay gente... mucha gente del pueblo reuniéndose frente a su casa. Dicen que usted no es digna de vivir bajo ese techo.
Meryl sintió que el mundo se desplomaba. La epifanía del amor acababa de chocar de frente con la brutalidad de la realidad.
—Tengo que irme —dijo Meryl, recuperando esa fuerza de hierro que la caracterizaba—. Anna, gracias.
***
El silencio de la biblioteca ya no era opresivo, sino expectante. Joel sentía que el aire mismo había cambiado tras pronunciar aquellas palabras. «La amo». No era una confesión; era una declaración de guerra contra todo lo que él mismo había representado hasta entonces.
Se acercó al espejo de marco dorado que colgaba sobre la chimenea y se observó.
Vio las ojeras, la línea dura de su boca y la mirada de alguien que ha pasado demasiado tiempo mirando hacia el pasado.
Pero vio algo más: una determinación que nunca antes había sentido, ni siquiera cuando tuvo que salvar las finanzas de la familia tras la muerte de su padre.
—Se acabó el esconderse —dijo a su reflejo.
Salió de la biblioteca con pasos que hacían retumbar las maderas centenarias de Darby Abbey. En el pasillo se cruzó con su madre, que lo observó con una ceja levantada, notando el cambio en su energía.
—Joel, ¿a dónde vas con tanta prisa? La lluvia está arreciando.
—Voy a buscar lo que es mío, madre —respondió él, sin detenerse—. Y no hablo de tierras ni de títulos.
Mientras Joel galopaba bajo la lluvia, la situación en el pueblo había pasado de la murmuración a la hostilidad abierta. En la taberna «El Roble Viejo», Henderson y el boticario Field estaban rodeados de una docena de vecinos.
—No podemos permitir que una mujer de esa ralea eduque a nuestras hijas e hijos —decía Henderson, golpeando la mesa con su jarra—. Si el conde quiere una concubina, que se la lleve a Londres, pero que no nos la imponga como maestra.
—¡Y el barón! —añadió otro—. Un hombre arruinado que permite que su hija se revuelque en los jardines. Es una vergüenza para Tintwistle.
Afuera, la multitud empezaba a moverse hacia la casa de los Harington. No eran criminales, eran personas corrientes cegadas por la hipocresía y el miedo a lo que no podían controlar.
Joel llegó a la casa justo cuando los primeros vecinos empezaban a proferir gritos frente a la verja. Saltó del caballo antes de que este se detuviera por completo. Su presencia, empapado y con la mirada encendida, impuso un silencio momentáneo.
—¡Atrás! —rugió Joel, y su voz de mando, la de un hombre acostumbrado a ser obedecido, hizo que Henderson retrocediera—. El próximo que abra la boca para insultar a la señorita Robins tendrá que responder ante mí como el hombre que va a casarse con ella.
La puerta de la casa se abrió. Meryl apareció en el umbral, con el rostro pálido pero los ojos más vivos que nunca. Acababa de salir del lado de su padre y las palabras de Anna aún resonaban en su cabeza.
Vio a Joel allí, solo contra el pueblo, defendiéndola no con un decreto, sino con su propio cuerpo.
—¡Joel! —gritó ella.
Él se giró. Sus miradas se cruzaron sobre las cabezas de la multitud.
No había espacio para la duda. Meryl bajó los escalones, decidida, y se plantó a su lado, tomando su mano con firmeza frente a la turba.
Ya no era la maestra caída, sino la mujer que, armada con su verdad, estaba lista para enfrentar el incendio.