El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La lluvia golpeaba los ventanales de la casa Harington con una furia rítmica, como si el cielo mismo quisiera derribar las paredes que separaban a Joel de Meryl. Dentro, el aire estaba cargado de una electricidad estática que erizaba la piel.

Meryl acababa de cruzar el umbral. No era la imagen de una futura condesa; era la viva estampa de la desolación.

El vestido, empapado, se adhería a su cuerpo como una segunda piel de frío; su cabello castaño, antes perfectamente recogido, caía en mechones pesados y oscuros que goteaban sobre la madera.

Estaba temblando, no solo por el agua helada, sino por la fatiga de cargar con el peso de todo un pueblo sobre sus hombros.

Joel estaba allí, en el centro del salón. Parecía una estatua de obsidiana, oscuro y sólido, observándola con una intensidad que quemaba. Cuando Meryl lo vio, se detuvo en seco, y el agua que caía de su barbilla se mezcló con las lágrimas contenidas.

—No… —susurró ella, con la voz quebrada por el agotamiento—. No otra vez, Joel. No tengo fuerzas para luchar contigo hoy.

Joel no retrocedió. Dio un paso firme, ignorando el rastro de lodo que ella dejaba. Sus ojos no se apartaban de los de Meryl, escrutando cada rastro de dolor en su rostro.

—Te estaba esperando —dijo él, y su voz, profunda y vibrante, llenó el espacio entre ambos—. He pasado cada segundo de esta tormenta contando los minutos para que entraras por esa puerta.

—Te dije que no vinieras —replicó ella, abrazándose a sí misma para intentar detener el temblor—. Te pedí tiempo. Te pedí aire. Te pedí que me dejaras decidir quién soy ahora que no tengo nada.

—Lo sé —respondió Joel, acortando la distancia—. Sé que te he fallado. Sé que he sido la causa de cada uno de tus suspiros de angustia. Pero no puedo esperar más, Meryl. El tiempo se nos escapa entre los dedos como este agua, y no voy a permitir que te desvanezcas en la oscuridad de este pueblo.

Meryl cerró los ojos, exhausta.

—Joel… mírame. Estoy empapada. Estoy agotada. Mi reputación está en jirones y mi padre está sufriendo por mi culpa. Dime lo que tengas que decir y vete. Por favor… vete antes de que me rompa del todo.

Joel se detuvo a centímetros de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era tan potente que Meryl pudo sentirlo a través de sus ropas húmedas; fue como un refugio en mitad del naufragio.

—No me iré sin tu respuesta —sentenció él—. He pasado años cumpliendo con mi deber, siendo el hombre que todos esperaban que fuera. Pero hoy no estoy aquí como el conde de Darby. Estoy aquí como un hombre que ha descubierto que el mundo no tiene luz si tú no estás en él.

Meryl levantó la vista, sus ojos verdes brillando con una mezcla de miedo y esperanza.

—¿Mi… respuesta?

—Tu respuesta —repitió él, y su voz bajó a un susurro lleno de una sinceridad devastadora—. Sí o no. No hay términos medios, Meryl. No hay más sombras. Solo nosotros.

Meryl sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.

—Joel… es una locura. El pueblo nos odia. Tu madre te exige honor. Yo solo soy una maestra despedida. No puedes exigirme que decida nuestro destino en este estado.

—Puedo —dijo él, y por primera vez, Meryl vio una grieta de vulnerabilidad en su armadura—.

Porque no puedo seguir respirando sin saber si vas a caminar a mi lado o si voy a pasar el resto de mi vida buscándote en cada rastro de lluvia.

Quiero que seas mi esposa. No por protección, no por deber, no para acallar a Ashcombe.

Quiero que seas la condesa de Darby porque eres la única mujer que me ha hecho sentir que mi corazón late por algo más que la responsabilidad.

Meryl sintió que el nudo en su garganta se deshacía. Las piernas le flaquearon y tuvo que hacer un esfuerzo supremo para no caer.

—Joel… yo no tengo nada que ofrecerte ahora mismo.

—Me lo ofreces todo —insistió él, tomando suavemente su rostro entre sus manos grandes y cálidas.

El contraste del calor de sus palmas contra sus mejillas heladas hizo que Meryl soltara un sollozo contenido—.

Te amo, Meryl. Te amo con una furia que me asusta y con una ternura que nunca creí poseer. Y necesito saberlo… ahora.

Ella lo miró fijamente. Vio al niño de dieciséis años que tuvo que crecer demasiado rápido.

Vio al hombre que se había olvidado de sí mismo por cuidar a los demás.

Vio su alma desnuda, pidiendo permiso para amarla.

En ese instante, el frío desapareció. El miedo al qué dirán, la rabia contra Peter, la amargura del despido…

todo se desvaneció ante la verdad absoluta de lo que sentía.

—Joel… —susurró ella, dejando que su cabeza se inclinara hacia su toque—. Sí.

Joel se quedó inmóvil, con el aliento contenido.

—¿Qué has dicho?

Meryl abrió los ojos, ahora llenos de una luz nueva que ninguna tormenta podría apagar.

—He dicho que sí, Joel. Sí, acepto. Acepto este desastre, acepto tu nombre y acepto quererte todos los días de mi vida.

Joel soltó un suspiro largo, un sonido que pareció arrancar años de soledad de su pecho. Con un movimiento rápido y lleno de júbilo, la rodeó por la cintura y la levantó del suelo, haciéndola girar.

—¡Joel! —gritó ella entre risas y llanto, aferrándose a sus hombros.

Cuando la bajó, no hubo espacio para las palabras.

Él la besó con una pasión que era, al mismo tiempo, un ruego y una promesa.

Fue un beso que sabía a lluvia y a victoria, un beso que borraba el pasado y escribía un futuro nuevo sobre la piel de ambos.

Meryl se fundió en él, sintiendo que, por fin, después de tanto caminar bajo la tormenta, había llegado a casa.

—Vaya… parece que llegamos justo a tiempo para la bendición.

Se separaron de golpe, jadeando, pero Joel no soltó la mano de Meryl. Se giraron para encontrar al Barón Harington, que sonreía con una paz que hacía tiempo no mostraba, y a la condesa viuda, cuya expresión de asombro inicial se transformaba en una mirada de respeto profundo.

Joel levantó la mano entrelazada con la de Meryl, mostrándola al mundo como su tesoro más preciado.

—Madre… barón… Meryl ha aceptado. No habrá más escondites. El domingo, ante todo el pueblo, anunciaré que la mujer que amo será la próxima condesa de Darby Abbey.

Meryl apretó la mano de Joel, sintiendo su fuerza fluyendo hacia ella. En ese cruce de miradas, en el silencio que siguió al estruendo de la lluvia, ambos supieron que habían ganado la batalla más importante. Ya no eran dos náufragos; eran el timón y la vela de un mismo destino.