CAPÍTULO 26
Darby Abbey parecía más una fortaleza que una mansión aquella tarde.
El silencio de sus pasillos era denso, interrumpido solo por el tictac de los relojes de péndulo que marcaban la cuenta atrás para el desastre.
La condesa viuda estaba sentada en su salón privado, sosteniendo un libro cuyas páginas no habían pasado en media hora.
Sus ojos, expertos en leer las sombras de la alta sociedad, se clavaron en la puerta cuando el mayordomo entró.
—Milady… lord Ashcombe desea verla. Asegura que es un asunto de extrema urgencia que concierne al honor de la casa Crossman.
La condesa cerró el libro con un golpe seco.
—¿Ashcombe? —se sucedió una pausa—. Qué hombre tan inoportuno. Siempre aparece donde hay sangre, como los cuervos.
Se levantó con una gracia felina, alisando los pliegues de su vestido de seda oscura. Adoptó esa máscara de mármol que había perfeccionado durante décadas en Londres; la expresión de una mujer que no solo no pierde el control, sino que lo inventa.
Lord Ashcombe entró con un paso demasiado ligero, una sonrisa depredadora bailando en sus labios. No era la sonrisa de un amigo, sino el brillo del acero antes de una ejecución.
—Milady… qué placer verla en Tintwistle. Aunque las circunstancias, me temo, son menos que ideales.
La condesa lo recibió de pie, sin ofrecerle asiento. Su frialdad era una barrera física.
—Lord Ashcombe. No sabía que su interés por la botánica lo trajera por estos senderos tan humildes.
Ashcombe inclinó la cabeza, disfrutando del veneno que estaba a punto de soltar.
—He venido a informarle de ciertos acontecimientos que he presenciado hace menos de una hora. Acontecimientos que pondrían a prueba incluso su legendaria compostura.
—¿Acontecimientos? —La condesa entrecerró los ojos—. Sea breve, milord. No tengo paciencia para los preámbulos.
Ashcombe se acomodó en un sillón con una familiaridad insultante.
—Su hijo mayor, Joel. Y la maestra del pueblo, la señorita Robins a la que todos conocemos —hizo un pausa corta—. Los vi hoy en el bosque. Besándose con una pasión que… bueno, digamos que no deja lugar a la imaginación ni a la duda. No fue un roce accidental, milady. Fue una capitulación total.
La condesa no pestañeó. Ni un músculo de su rostro se movió, aunque por dentro sintió el estruendo de un imperio tambaleándose.
—¿Quién más los vio? —preguntó ella con una voz que habría congelado el Támesis en pleno agosto.
Ashcombe soltó una carcajada breve.
—El boticario Field. Estaba a mi lado. El pobre hombre parecía a punto de sufrir un síncope. Y créame… Field es un hombre cuya lengua es más rápida que sus remedios. Para mañana al amanecer, no habrá un solo hogar en este condado que no conozca los detalles anatómicos del afecto de su hijo.
La condesa respiró hondo, procesando la magnitud del desastre. Ashcombe no estaba allí para ayudar; estaba allí para saborear la humillación antes de que se hiciera pública.
—¿Y qué pretende usted con esta visita, Ashcombe? —preguntó ella, acercándose un paso, rodeándolo con su autoridad—. ¿Viene a pedir un rescate por su silencio?
Ashcombe abrió las manos con fingida inocencia.
—Nada. Solo pensé que debía saberlo de boca de un igual antes de que la turba del pueblo decida el destino de su hijo por usted. Aunque, por supuesto, la propiedad de Darby Abbey se vería muy afectada por un escándalo de esta índole…
La condesa lo entendió todo. Ashcombe quería ver a Joel caer para comprar sus tierras a precio de ruina. Quería ver a los Crossman arrastrados por el barro de una maestra de escuela.
—Gracias por su… lealtad, lord Ashcombe. Puede retirarse. Mi servicio lo acompañará a la salida. Ahora mismo.
Cuando la puerta se cerró tras él, la condesa dejó caer la máscara. Su rostro se endureció y sus manos temblaron de furia pura. Se giró hacia el mayordomo que esperaba en el pasillo.
—¡Dígale a mi hijo que venga enseguida! ¡Aunque tenga que arrastrarlo!
Joel entró minutos después. Su aspecto era desastroso: el abrigo sucio, el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre.
—Madre… ¿qué ocurre?
La condesa lo observó no como una madre, sino como un general observando a un soldado que acaba de entregar el flanco al enemigo.
—Lord Ashcombe ha estado aquí. Me ha contado el espectáculo que ofreciste en el bosque. Él te vio. Field te vio. El secreto ha muerto, Joel.
Joel cerró los ojos y se apoyó contra la chimenea.
—Maldición… no quería que ella pasara por esto de nuevo.
La condesa se acercó a él; su voz era ahora un susurro de acero.
—Ya no importa lo que querías. Importa lo que hay. Esto ya no es un rumor de taberna; es un hecho presenciado por la nobleza y la burguesía. Mañana, esa mujer será tratada como una ramera y tú como un depravado.
Joel apretó los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos.
—No dejaré que la toquen.
—Entonces solo tienes una salida —sentenció la condesa—. Debes anunciar tu compromiso con Meryl Robins. Hoy mismo.
Joel se quedó gélido.
—¿Qué? Ella me odia ahora mismo. No me dejará acercarme a diez pasos de su casa.
—El odio es un lujo que no pueden permitirse —replicó la condesa—. El matrimonio es la única armadura que la protegerá del escarnio. Si le das tu nombre, el beso se convierte en un exceso de romanticismo previo a las nupcias. Si no se lo das, es su sentencia de muerte social.
Joel empezó a caminar por la habitación, atrapado.
—No puedo obligarla, madre. No después de lo que le he quitado.
La condesa lo tomó del rostro, obligándolo a mirarla.
—Hijo mío… si de verdad la amas, debes salvarla de ti mismo. Dale tu nombre. Dale la protección de esta casa. O prepárate para ver cómo el pueblo la consume en una hoguera de chismes de la que nunca saldrá.
Joel tragó saliva, sintiendo el peso de la corona de espinas que su madre le ofrecía.
—Lo haré —susurró finalmente—. Iré a ver a su padre de inmediato.
La condesa asintió, soltándolo.
—Bien. Pero date prisa. El tiempo es un enemigo que Ashcombe ya ha empezado a alimentar.
***
El jardín de los Harington, antes un refugio de humildad y orden, se transformó en una jaula de cristal bajo el cielo plomizo de Tintwistle.
Meryl sentía la pared de piedra fría contra su espalda, un recordatorio sólido de que ya no tenía a dónde retroceder.
Frente a ella, Joel Brent Crossman no parecía un conde; parecía un hombre que se ahogaba y que, en su desesperación, intentaba arrastrarla a ella hacia una balsa que ella no había pedido.
—¿Compromiso? —la palabra salió de los labios de Meryl con un sabor a ceniza—. ¿Crees que puedes comprar mi reputación con un anillo, Joel? ¿Crees que poner tu apellido sobre mi nombre borrará el hecho de que me tratas como a una propiedad que necesita ser reparada?
Joel no se inmutó ante el veneno de sus palabras. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en granito.
—No te trato como a una propiedad. Te trato como a la mujer que no voy a permitir que lancen a los lobos. Ashcombe ya lo sabe. Field lo sabe. Para mañana, el pueblo pedirá tu cabeza en una pica moral. ¡Maldita sea, Meryl, sé práctica!
—¡Sé humano tú! —gritó ella, y el eco de su voz espantó a los pájaros de los setos—. Quieres compartir mi vida, dices. Pero lo que quieres es controlarla porque te sientes culpable. No te casas conmigo, Joel. Te casas con tu mala conciencia.
Él dio ese último paso. La distancia desapareció. El calor que emanaba de Joel era casi violento, una fuerza de la naturaleza que Meryl no podía ignorar.
—Dime que no sientes nada —susurró él, y su voz era una súplica ronca que cortaba el aire—. Miénteme ahora mismo. Di que este incendio es solo mío y te juro que me iré. Cruzaré ese jardín, montaré en mi caballo y no volverás a ver la sombra de un Crossman en este sendero.
Meryl abrió la boca. El «no te quiero» estaba allí, en la punta de la lengua, listo para ser el escudo definitivo. Pero sus ojos se encontraron con los de él y vio el abismo. Vio la misma soledad, la misma hambre de ser comprendido, la misma rabia contra un mundo que los quería en cajas separadas.
—No puedo —confesó ella, y la verdad fue un derrumbe—. Pero un compromiso nacido del miedo es una cárcel, Joel. Y yo ya he perdido mi escuela; no voy a perder mi alma también.
—Entonces que sea un desastre —respondió él, cerrando el espacio mínimo que quedaba—. Pero que sea nuestro.
Cuando sus labios se encontraron, no hubo ternura.
Fue un choque de trenes, una colisión de dos personas que sabían que estaban sellando su destino en el peor momento posible.
El beso sabía a lluvia, a sal de lágrimas contenidas y a la urgencia de quienes saben que el mundo está a punto de arder.
Meryl se aferró a las solapas del abrigo de Joel como si fuera lo único sólido en un universo que se desintegraba.
—¡Por todos los cielos, otra vez no!
El grito fue como un latigazo. Se separaron con una violencia eléctrica, jadeando, con los labios encendidos y la mirada perdida.
Allí, junto a la verja, lord Ashcombe permanecía apoyado en su bastón de plata con una expresión de absoluto triunfo estético.
A su lado, el boticario Field parecía haber envejecido diez años en diez segundos; su rostro pasaba del rojo escarlata a un amarillo enfermizo mientras apretaba su cesta de remedios contra el pecho.
—Realmente, Joel —dijo Ashcombe, arrastrando las palabras con una elegancia ponzoñosa—, tu falta de originalidad es fascinante. ¿En el mismo jardín? ¿Bajo la misma luz? Es casi como si estuvieras pidiendo a gritos que el condado te excomulgue.
Meryl sintió que el suelo se inclinaba. Miró a Field, el hombre que le había vendido jarabe para la tos a sus alumnos, y vio en sus ojos el juicio final de Tintwistle. Ya no importaba lo que ella dijera en el Consejo. Ya no importaban los ocho años de servicio.
—Vaya, vaya… —continuó Ashcombe, dando un paso al frente y clavando su mirada en Meryl con un desprecio que la hizo estremecer—.
Parece que el compromiso será más necesario de lo que pensábamos.
Aunque, después de este segundo incidente, dudo que incluso un anillo de diamantes pueda limpiar el lodo de ese vestido, señorita Robins.
Joel dio un paso frente a Meryl, protegiéndola. Sus puños estaban cerrados con tal fuerza que los nudillos blanqueaban.
—Fuera de aquí, Ashcombe. Antes de que olvide que soy un caballero y te rompa la mandíbula en esta misma tierra.
Ashcombe soltó una carcajada seca, sin rastro de miedo.
—Oh, ya has olvidado que eres un caballero, Joel. De hecho, has olvidado todo excepto tus instintos más bajos. —Se giró hacia el boticario—. Vamos, Field. Tenemos una crónica que redactar para el pueblo. Sería un pecado dejar que una noticia tan jugosa se enfríe.
Field echó a correr como si el diablo lo persiguiera. Ashcombe les dedicó una última inclinación de cabeza, cargada de una ironía letal, y se marchó con paso pausado.
El silencio que quedó fue más pesado que la tormenta que se avecinaba. Meryl miró a Joel. Él se giró hacia ella, con el rostro desencajado.
—Ahora no hay elección —dijo Joel con voz apagada—. Meryl, escúchame…
Ella negó con la cabeza, retrocediendo hacia la puerta de su casa. Sus ojos estaban llenos de una tristeza infinita.
—Tenías razón, Joel. Has anunciado nuestro compromiso. Pero no lo has hecho con palabras. Lo has hecho entregándoles la soga para que nos ahorquen a los dos.
Meryl entró en la casa y cerró la puerta. El sonido del cerrojo resonó en el jardín vacío como el cierre de una tumba. Joel se quedó allí, solo, bajo la lluvia que por fin empezaba a caer, sabiendo que el mañana no traería una boda, sino una guerra.