CAPÍTULO 25
El silencio en la biblioteca de Darby Abbey cambió de naturaleza.
Ya no era el silencio de la soledad y la culpa, sino el de un cuarto de guerra momentos antes de la primera carga.
Joel observó a su madre, notando cómo la fragilidad que había mostrado en el salón de los Harington se transformaba en esa armadura de acero que la había mantenido en la cúspide de la sociedad londinense durante décadas.
—¿Luchar por ella? —repitió Joel, y la palabra «amar» aún vibraba en el aire como una campana recién golpeada—. Madre, ella me ha echado de su casa. El Consejo ha firmado su sentencia. El pueblo susurra a sus espaldas. ¿Cómo se lucha contra un fantasma que ella misma ha decidido aceptar?
La condesa caminó hacia el escritorio y, con un gesto elegante, apartó los planos del orfanato como si fueran baratijas.
—Se lucha con poder, Joel. El tipo de poder que esos aldeanos solo han visto en sus pesadillas.
—Se giró hacia él, con los ojos brillando con una intensidad felina—.
El error de la señorita Robins es creer que su integridad es suficiente para protegerla.
El tuyo es creer que tu arrepentimiento basta para salvarla.
Ninguna de las dos cosas sirve en un lugar como Tintwistle.
—¿Y qué propone? —preguntó Joel, enderezando los hombros.
—Propongo una emboscada social —respondió la condesa—.
Mañana, el Consejo Escolar se reúne para ratificar el despido.
Alderton espera que Meryl Robins se esconda en su casa mientras ellos limpian su conciencia.
En lugar de eso, ella entrará en esa sala del brazo del conde de Darby.
Y yo estaré sentada en la primera fila de la iglesia cuando el párroco intente dar su sermón dominical sobre la moralidad.
Joel sintió una chispa de esperanza, pero la apagó de inmediato.
—Ella no aceptará mi brazo. No quiere ser mi protegida. Me lo dijo claramente: no quiere ser salvada por el hombre que la hundió.
—Por eso, no la salvarás tú, hijo mío —sentenció la condesa—.
La salvaré yo. —Hizo una pausa larga, mirando a su hijo con una mezcla de tristeza y orgullo—.
Una mujer como Meryl Robins no acepta la caridad de un hombre que no es ni su esposo ni su amante, pero puede aceptar la alianza de una mujer que admite haber fallado.
Iré a verla de nuevo. Pero esta vez, no llevaré mis disculpas. Llevaré un contrato.
Joel frunció el ceño.
—¿Un contrato?
—Voy a fundar la «Escuela Superior Harington-Crossman» —declaró la condesa—.
Una institución privada, financiada íntegramente con mi dote personal.
Ella será la directora. Tendrá control absoluto.
El Consejo Escolar pasará a ser una anécdota irrelevante.
Si quieren que sus hijos aprendan de la mejor maestra de Inglaterra, tendrán que tragarse su orgullo.
Y si no... que se queden en la ignorancia que tanto parecen disfrutar.
Joel soltó una carcajada ronca, una mezcla de alivio y asombro.
—Es usted brillante, madre. Y despiadada.
—Soy una Crossman, Joel. Es hora de que el resto del mundo lo recuerde, porque parece que lo ha olvidado. —Se acercó a él y le acomodó el cuello de la camisa—. Ahora, ve a descansar. Mañana será un día largo. Y, Joel...
—¿Sí?
—Asegúrate de que ese barón, su padre, esté presente. Necesito a un hombre de su temple cerca cuando los muros de Tintwistle empiecen a caer.
Joel asintió. Cuando su madre abandonó la biblioteca, él se quedó mirando la lluvia tras el ventanal. Sabía que Meryl no se dejaría comprar, pero también sabía que ella amaba la enseñanza por encima de su propio orgullo. La condesa le estaba ofreciendo un arma, no una limosna.
«Prepárate, Meryl», pensó Joel, sintiendo por primera vez que el peso del mundo no era tan insoportable. «Porque si el pueblo te quiere en la hoguera, vamos a convertir esa hoguera en un faro».
***
El despacho del Barón Harington olía a papel antiguo, a madera de cedro y a la fragilidad de una fortuna que se desvanecía; pero esa tarde, el aire se cargó con el perfume de rosas y autoridad que emanaba de la condesa Viuda.
Allí, entre las sombras que proyectaba el sol al ponerse, dos mundos que debieron ser opuestos se encontraron en un terreno común: el remordimiento.
—Acepto su alianza —dijo el barón, y el golpe de su bastón contra la alfombra subrayó la solemnidad del momento—. Pero entienda que mi hija es una mujer que camina sola, milady. Si intentamos tejer una red para ella, se sentirá atrapada, no protegida.
La condesa asintió, sintiendo el peso de la sabiduría del Barón.
—Lo he comprendido hoy, al ver cómo me miraba.
No buscaba mi aprobación, buscaba mi honestidad.
—Se acercó a la mesa del despacho, donde la pequeña lámpara de aceite empezaba a parpadear—.
Joel ha estado solo mucho tiempo, barón.
Cargando con el nombre de su padre, con el desorden de Peter y con mi propia ausencia emocional.
Verlo luchar por su hija me ha hecho darme cuenta de que él ha encontrado en ella algo que yo nunca supe darle: un propósito que no es una obligación.
El barón la observó con una mezcla de compasión y respeto.
—Joel es un hombre de honor, milady. Pero su honor a veces es una carga demasiado pesada. Meryl es la única que se atreve a quitársela de los hombros y recordarle que es un hombre, no solo un conde.
—Entonces, hagamos que el pueblo lo vea también —sentenció la Condesa, recuperando ese brillo estratégico en la mirada—. Mañana es la ratificación del Consejo. Alderton cree que ha ganado. Cree que el despido de la señorita Robins es un hecho consumado porque ella no tiene quien la defienda.
El barón esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que prometía tormenta.
—Alderton es un hombre pequeño con un cargo demasiado grande para él. Se apoya en la moralidad porque carece de carácter.
—Mañana —continuó la condesa—, yo entraré en esa sala del Consejo.
No iré como una observadora. Iré como la mujer que viene a anunciar el patronazgo de la nueva Escuela Superior Harington-Crossman.
Y usted... usted entrará a mi lado. Quiero que Tintwistle vea que las dos familias más importantes de este condado están unidas.
Que el beso que tanto les escandaliza no fue un desliz, sino el preludio de un compromiso que ellos no tienen derecho a juzgar.
El padre arqueó una ceja.
—¿Un compromiso? Eso es ir muy lejos, milady. Meryl no aceptará que se anuncie algo que ella aún no ha decidido.
—No anunciaremos una boda, barón. Anunciaremos una lealtad inquebrantable —corrigió ella—. Mañana les diremos que quien toque a Meryl Robins, toca a la condesa de Darby. Y quien insulte su nombre, insulta el mío.
El barón inclinó la cabeza, impresionado por la ferocidad de la mujer.
—Es una estrategia arriesgada. Podría avivar el fuego en lugar de apagarlo.
—Que arda —respondió la condesa con frialdad—. Pero que arda bajo mis condiciones. —Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y lo miró unos instantes—. Barón... gracias por no ser el hombre que yo esperaba encontrar.
El barón sonrió, apoyándose en su bastón.
—Y gracias a usted, milady, por ser exactamente la madre que Joel necesita hoy, aunque haya tardado años en aparecer.
***
El bosque, que minutos antes parecía un refugio de musgo y silencio, se transformó en un escenario bajo el foco de la inquisición.
El aire gélido de Derbyshire se volvió irrespirable.
Meryl se separó de Joel con tal violencia que casi perdió el equilibrio, llevándose las manos a los labios como si pudiera borrar el calor que aún vibraba en ellos.
A pocos pasos, lord Ashcombe permanecía apoyado en su bastón de empuñadura de plata, observando la escena con la curiosidad de quien presencia un accidente de carruaje particularmente sangriento.
A su lado, el boticario Field parecía al borde de la apoplejía; sus manos temblorosas apretaban una cesta de hierbas medicinales que, ninguna de ellas, podría curar la herida que acababa de abrirse en la reputación de Meryl.
—Vaya, Joel —comentó Ashcombe, su voz arrastrada y aristocrática cortando el viento—. Siempre supe que tu retiro en Tintwistle era sospechosamente... entusiasta. Pero nunca imaginé que la pedagogía fuera tan estimulante.
Joel se interpuso físicamente entre ellos y Meryl, con los hombros cuadrados y una mirada que habría hecho retroceder a un ejército.
—Ashcombe, vete. Ahora mismo.
—¿Irme? —Ashcombe soltó una carcajada seca—.
Pero si esto es mejor que cualquier ópera en el Covent Garden.
La maestra caída y el conde protector intentando rescatarla.
—Miró a Meryl por encima del hombro de Joel, con una mezcla de desprecio y fascinación—.
Señorita Robins, debe de ser usted excepcional.
No cualquier mujer logra que dos Crossman pierdan la cabeza dos veces en el mismo lodazal.
Meryl sintió que las palabras de Ashcombe eran bofetadas físicas. El boticario Field, recuperando el habla, tartamudeó:
—Milord... esto es... es una vergüenza para el pueblo... yo... los niños... Oh, Dios mío, ¡la viuda Smith tenía razón!
—¡Cállese, Field! —rugió Joel, haciendo que el boticario diera un respingo—. Si una sola palabra de lo que han visto sale de sus bocas, me aseguraré de que la botica sea cerrada, y en cuanto a ti, Ashcombe... tú y yo tenemos cuentas pendientes en Londres que no querrás que se salden aquí.
Ashcombe arqueó una ceja, imperturbable.
—Las amenazas son el último refugio de un hombre desesperado, Joel. Y tú pareces estar en el abismo. No necesito decir nada. Mañana, este beso será la única religión de Tintwistle.
Meryl miró a Joel. Él se giró hacia ella, con los ojos llenos de una angustia que no podía ocultar. Intentó alcanzar su mano.
—Meryl, escúchame, yo...
—No —susurró ella. La palabra fue pequeña, pero cargada de una desolación absoluta—. Ya no hay nada que escuchar. Has terminado el trabajo, Joel. Has quemado lo último que quedaba.
Meryl no miró a los testigos ni al conde. Se dio la vuelta y echó a correr por el sendero, con el viento azotando su rostro y las lágrimas finalmente escapando. No corría hacia su casa; corría lejos de la mujer que acababa de entregar su último gramo de dignidad en un beso desesperado.
Joel se quedó inmóvil, viendo cómo su silueta desaparecía entre los árboles. Ashcombe se acercó a él y le puso una mano en el hombro con una falsa camaradería que le revolvió el estómago.
—Acéptalo, viejo amigo. El juego ha terminado. La condesa viuda llegará pasado mañana. Si quieres salvar a esa mujer, tendrás que casarte con ella o esconderla en una cabaña en Escocia. Porque en Tintwistle... ya está muerta.
Joel le apartó la mano de un golpe.
—No es un juego, Ashcombe. Y si ella cae, te juro que tú caerás conmigo.
Joel giró sobre sus talones y comenzó a caminar en la dirección opuesta a la de Meryl. Tenía que llegar a la Abadía; tenía que prepararse. Porque la tormenta que se avecinaba no traía agua, sino fuego.