CAPÍTULO 22
En la biblioteca de Darby Abbey, el aroma a cuero añejo y cera de abejas solía ser un bálsamo para Joel.
Pero aquella mañana, el aire se sentía viciado, estancado.
Estaba inclinado sobre los planos del orfanato, buscando una redención de ladrillos y argamasa, cuando el estrépito de la puerta al abrirse lo obligó a erguirse de golpe.
El barón Harington no entró; invadió la estancia. No traía consigo el bastón que solía usar para caminar, sino una furia eléctrica que lo hacía parecer diez años más joven y mil veces más peligroso.
—Mi hija ha sido despedida —dijo el barón. Las palabras no fueron un saludo, fueron un veredicto.
Joel sintió un impacto gélido en el estómago, como si hubiera caído en un lago helado.
—¿Qué?
El barón arrojó un pliego sobre el escritorio de caoba. El sello de cera roja del Consejo Escolar parecía una mancha de sangre fresca contra la madera. Joel tomó la carta con dedos rígidos. Leyó: «falta de decoro», «ejemplo moral», «destitución inmediata». Cada palabra era un latigazo.
—Por su culpa —sentenció el padre, y el silencio que siguió fue tan denso que Joel juraría haber escuchado el crujir de los cimientos.
—Esto es... una injusticia flagrante. Henderson no tiene derecho a...
—¿Sabe? ¡Henderson tiene todo el derecho que el escándalo le ha otorgado!
—rugió el Barón, dando un paso hacia el escritorio—.
Mi hija ha entregado su alma a este pueblo.
Ha enseñado a leer a niños cuyos padres apenas sabían firmar.
Ha soportado sus rumores, sus desprecios de clase y la sombra que su hermano, ese maldito irresponsable, proyectó sobre ella.
¿Y cómo le paga usted? La arrincona en un puente y la besa ante los ojos de la lengua más viperina de Derbyshire.
Joel apretó la mandíbula hasta que el hueso le dolió. El remordimiento le quemaba la garganta como ácido.
—Asumo mi responsabilidad, señor. Fui yo quien...
—¡Usted no sabe qué es la responsabilidad!
—lo interrumpió el Barón, señalándolo con un dedo tembloroso de indignación—.
Usted es un conde. Puede quemar el pueblo y marcharse a Londres a que le sirvan brandy en un club privado.
Pero Meryl... Meryl solo tiene su nombre.
Y usted se lo ha arrebatado en un arrebato de egoísmo.
Joel levantó la mirada, encontrándose con los ojos acuosos, pero ardientes, del padre de Meryl. El aire de la biblioteca pareció chisporrotear.
—La quiero —soltó Joel.
No fue una declaración poética; fue una confesión arrancada a la fuerza, cruda y desesperada.
El padre quedó inmóvil. El silencio se prolongó, solo interrumpido por el tictac frenético del reloj de pared.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el anciano con voz ronca.
—Que la quiero. Que no he tenido un momento de paz desde que la vi en aquella tienda. Intenté alejarme, intenté ser el noble arrogante que ella esperaba, pero fue inútil. Me importa más que mi propio título, Barón.
El barón Harington lo observó largo rato, buscando en su rostro la sombra de una mentira. Pero no encontró nada más que una verdad devastadora.
—¿Y qué piensa hacer? Porque el amor de un Crossman suele ser una maldición para las mujeres de este pueblo.
—Haré lo necesario —respondió Joel, enderezando los hombros y carraspeando—. Enfrentaré al Consejo. Enfrentaré a mi madre si intenta intervenir. Compraré la escuela si es preciso para que nadie vuelva a dictarle una orden a Meryl.
—No se trata de dinero, milord—dijo el padre, bajando la voz hasta un susurro peligroso—.
Se trata de honor. Mi hija no es un capricho de verano para un aristócrata aburrido.
Si vuelve a humillarla, si vuelve a poner su vida del revés para marcharse cuando el aire se enfríe...
no habrá fortuna en este país que lo proteja de lo que soy capaz de hacerle.
Joel sintió un escalofrío. Comprendió que el Barón no amenazaba con armas, sino con la autoridad moral de un hombre que no tiene nada que perder salvo la felicidad de su hija.
—Lo entiendo —dijo Joel con gravedad—. Lo prometo por mi nombre.
El Barón asintió, una tregua mínima y frágil. Se giró para salir, pero se detuvo en el umbral.
—Demuéstrelo, milord. Porque ahora mismo, para Tintwistle, usted es el lobo y ella es la presa. Cambie esa historia, o piérdala para siempre.
Cuando el Barón se marchó, Joel se dejó caer en su sillón, apretando la carta de despido hasta arrugarla por completo. Simone entró un momento después, observándolo con tristeza.
—La han despedido, milord —murmuró él, sin levantar la vista—. Por mi culpa.
—Lo sé, milord. Las noticias vuelan más rápido que los pájaros en este pueblo.
Joel se puso en pie de un salto, con una determinación que Simone no le veía desde hacía años.
—Prepara el carruaje. Y envía una nota a Henderson. Dile que el Conde de Darby exige una reunión de urgencia con el Consejo Escolar. Esta noche.
—¿Esta noche, milord? Está lloviendo y...
—¡Esta noche! —rugió Joel—. Y trae mi abrigo de gala. Si quieren ver al conde, van a ver al hombre que puede hundir sus pequeñas influencias con un solo movimiento de pluma.
Joel miró hacia la ventana, hacia la pequeña luz que brillaba en la casa de los Harington. «Prepárate, Meryl», pensó. «Porque si el pueblo quiere una guerra, voy a darles una que recordarán durante generaciones».
***
Joel descendió los escalones del porche con una pesadez que nada tenía que ver con sus años.
Cada bota golpeando el suelo era un recordatorio de su arrogancia.
Había caminado por Tintwistle creyéndose un salvador, un reformador de orfanatos; un hombre que podía cortejar a una maestra como si fuera un juego de salón londinense.
No había visto que, para Meryl, el suelo que él pisaba era cristal fino.
Se detuvo al final del sendero y miró hacia la escuela. Las ventanas estaban oscuras. El lugar que ayer vibraba con las voces de los niños y el ritmo de la tiza contra la pizarra era ahora un cadáver de piedra.
—Son unos cobardes —susurró Joel, apretando los puños dentro de sus bolsillos—. Malditos cobardes.
Pero las palabras de su ama de llaves seguían martilleando en su mente: «Usted es un hombre inteligente... y poderoso. Y aun así no previó lo que un beso suyo podía causar».
La verdad le escocía más que el frío. No había sido el pueblo quien la había arrojado a la hoguera; él había encendido la cerilla.
Dentro de la casa, Meryl seguía sentada al borde de la cama.
El sonido de los pasos de Joel alejándose fue como el cese de una tormenta, pero no trajo alivio alguno.
Se miró las manos. Esas manos habían sostenido libros de gramática, curado rodillas raspadas y servido té con la dignidad de una reina.
Ahora, bajo la luz mortecina, le parecían ajenas.
—¿Meryl? —la voz de Simone llegó desde el otro lado de la puerta, suave, apenas un roce—. Se ha ido. El barón lo ha enviado a casa.
Meryl no respondió. Se levantó y caminó hacia el espejo. Su reflejo le devolvió la imagen de una extraña. ¿Dónde estaba la mujer que desafiaba a los condes? ¿Dónde la maestra que no temía a nada? Solo veía a una mujer cuyo nombre se había convertido en una burla de taberna.
—No voy a llorar —se dijo, con una voz que sonó como el crujido de madera seca—. No les daré el gusto.
Se acercó a la ventana y entreabrió la cortina.
A lo lejos, la silueta de Darby Abbey se alzaba sobre la colina, imponente, eterna, ajena al barro y a las lágrimas.
Sintió un ramalazo de furia. Joel Brent Crossman la quería, sí; lo había confesado.
Pero su amor era una inundación: había arrasado con todo lo que ella había construido.
Mientras tanto, Joel no regresó a la seguridad de su biblioteca. Se dirigió directamente al Town Hall, donde las luces seguían encendidas. Henderson y los miembros del Consejo estarían allí, regocijándose en su «limpieza moral».
Entró en el edificio sin llamar. Los hombres, reunidos alrededor de una mesa con botellas de oporto, se quedaron mudos al verlo. Henderson, un hombre de rostro cetrino y alma estrecha, se levantó con una sonrisa gélida.
—Milord... no esperábamos su visita a estas horas. Supongo que viene a agradecernos por proteger el decoro de la escuela de su pueblo.
Joel se aproximó a la mesa. No gritó. No golpeó los muebles. Se limitó a apoyar las palmas sobre los planos de la ciudad y los observó con una frialdad que obligó a Henderson a retroceder un paso.
—He venido a decirles dos cosas —sentenció Joel, con una voz que cortaba como el acero—. La primera es que la señorita Robins será restituida en su cargo antes de que termine la semana.
Henderson soltó una risita nerviosa. —Eso es imposible, milord. El pueblo no lo permitiría. La moral...
—La moral la dicto yo en estas tierras —lo interrumpió Joel—.
Y la segunda cosa... —hizo una pausa, dejando que el miedo se filtrara en la estancia— es que, si mañana a mediodía el despido no ha sido revocado con una disculpa pública, cerraré todas las fábricas de hilado que dependen de mi apellido en este condado.
Dejaré a Tintwistle sin pan, sin trabajo y sin futuro.
El silencio fue absoluto. El carnicero dejó caer su copa. Henderson palideció.
—No se atrevería —susurró el presidente del consejo—. Destruiría su propio negocio.
Joel se inclinó sobre él, con los ojos brillando como brasas.
—He perdido la paciencia, Henderson. Y un hombre que no tiene nada que perder, excepto el respeto de la mujer que ama, es capaz de quemar su propio castillo para mantenerla caliente.
Joel giró sobre sus talones y salió del Town Hall, dejando tras de sí un rastro de pánico. Sabía que el Barón le había exigido hechos, no palabras. Pero también comprendía que, aunque ganara esta batalla política, la verdadera guerra estaba en el salón de los Harington.
Porque podía devolverle el trabajo, pero ¿podría devolverle la paz? ¿Podría hacer que ella volviera a mirarlo sin ver en sus ojos el incendio que lo había destruido todo?