CAPÍTULO 23
Cuando Meryl descendió los escalones de piedra del edificio del Consejo, el eco de sus pasos contra el pavimento parecía marcar el pulso de una nueva era en Tintwistle.
La plaza estaba inusualmente silenciosa.
Los hombres que fumaban a las puertas de la taberna se quedaron paralizados; las mujeres que sacudían sus manteles desde los balcones permanecieron estatuas de piedra.
Meryl no buscó ninguna mirada, pero tampoco las evitó. Caminó con la frente alta, clavando los ojos en el horizonte, donde las colinas de Derbyshire comenzaban a teñirse del violeta intenso del crepúsculo.
—Has estado magnífica —susurró Simone, caminando a su lado con los puños todavía apretados—. He visto a Alderton encogerse en su silla como un niño atrapado robando manzanas.
—No se trataba de ganar, Simone —respondió Meryl, con una voz que apenas flaqueó—. Se trataba de no permitirles que se quedaran con mi orgullo. Es lo único que me queda que no tiene el sello de los Crossman ni la firma del Consejo.
Se detuvieron frente a la vieja fuente de la plaza.
Allí, sentados en el borde, aguardaban tres de sus alumnos más pequeños: el hijo del herrero, la pequeña Sophie y el joven Tom.
Al verla, los niños se pusieron en pie de un salto, con los rostros nublados por la confusión que solo los adultos saben sembrar.
—Señorita Robins —dijo Tom, con un hilo de voz—, mi madre dice que ya no podrá venir a enseñarnos. Dice que... que ha hecho algo malo.
Meryl se acuclilló para quedar a la altura de sus ojos, ignorando las miradas furtivas de los vecinos que espiaban desde sus ventanas.
—Tom —dijo ella, posando una mano sobre su hombro—, las personas a veces confunden los errores con la vida. He dejado la escuela, es cierto. Pero recuerda lo que te enseñé sobre las semillas: no importa quién las plante; lo importante es que tú sigas queriendo crecer.
—Pero ¿quién nos leerá ahora? —preguntó Sophie, con los ojos empañados.
Meryl sintió un nudo que le cerraba la garganta, pero forzó una sonrisa.
—Ustedes mismos. Porque ya saben cómo hacerlo. Y nadie, ni siquiera un Consejo Escolar, puede quitarles lo que ya llevan dentro.
Se puso en pie y reanudó su camino hacia casa. Sin embargo, antes de llegar a la verja de los Harington, un carruaje negro, desprovisto de escudos, pero de una elegancia insultante, se detuvo a su altura.
La puerta se abrió y, antes de que Joel pudiera bajar para mediar, Meryl se detuvo. Pero no fue Joel quien asomó la cabeza. Fue una mujer de edad avanzada, con el cabello de un gris plateado perfecto y unos ojos que parecían juzgar los pecados de tres generaciones: la Condesa Viuda de Darby.
—Señorita Robins —dijo la mujer, con una voz que sonaba como el crujido de la seda más cara—. He oído que ha tenido usted una mañana... agitada. Mi hijo es un hombre de impulsos desastrosos, pero yo soy una mujer de soluciones prácticas.
Meryl sintió que la calma que tanto le había costado construir empezaba a resquebrajarse bajo el escrutinio glacial de la madre de Joel.
—Suba al carruaje —ordenó la condesa—. Creo que es hora de que hablemos de lo que realmente cuesta un beso en este pueblo.
***
La tarde caía sobre Tintwistle con una pesadez asfixiante.
El cielo, plomizo, parecía una cúpula de hierro que aplastaba el pueblo.
Meryl estaba en el jardín, moviéndose con eficiencia mecánica mientras recogía la ropa del tendedero.
Sus manos, antes hábiles para pasar páginas de libros de historia, ahora se aferraban a las sábanas blancas con fuerza innecesaria, como si temiera que, de soltarlas, ella misma saldría volando.
Entonces, el sonido de las hojas secas crujiendo bajo unas botas pesadas rompió el silencio. No necesitó girarse. El aire mismo cambió, cargándose de esa electricidad estática que siempre precedía a Joel Brent Crossman.
Meryl cerró los ojos un instante, inhalando el olor a lluvia inminente y a la lavanda de las sábanas.
—No —susurró para sí misma—. No hoy. Por favor, hoy no.
Pero cuando se dio la vuelta, él ya estaba allí.
Joel no parecía el conde de Darby en ese momento; no había rastro de la elegancia distante que solía lucir en las recepciones.
Tenía la mandíbula tensa, los ojos hundidos por el insomnio y la ropa ligeramente desordenada por el viaje.
Parecía un hombre que acababa de librar una batalla interna y la había perdido.
—No deberías estar aquí, Joel —dijo Meryl tuteándolo.
Su voz no era un grito, era algo peor: un tono gélido y desprovisto de esperanza.
Joel respiró hondo y su pecho subió y bajó con un esfuerzo visible.
—Lo sé. Créeme que lo sé mejor que nadie.
—Entonces vete. —Meryl arrojó una sábana a la cesta de mimbre y retomó su tarea, dándole la espalda—. Vuelve a tu abadía, a tus muros de piedra y a tu mundo donde las consecuencias no existen.
—No puedo irme —respondió él, dando un paso hacia ella, invadiendo el círculo de su paz precaria—. Lo intenté. Pasé dos días intentando convencerme de que dejarte sola era lo más noble que podía hacer por ti. Pero no puedo.
Meryl se giró de golpe, con los ojos echando chispas.
—¿Noble? ¿Hablas de nobleza ahora? ¿Qué más quieres, Joel?
¿Qué más puedes quitarme? Ya me quitaron la escuela.
Ya me quitaron el respeto de los vecinos.
Ya me quitaron mi futuro en este pueblo.
—Lanzó la cesta al suelo, y el ruido seco resonó en el jardín vacío—.
Solo me queda mi apellido y esta casa, ¿vienes a por eso también?
Joel sintió el golpe como si fuera físico. Se detuvo a tres pasos de ella, con las manos abiertas en un gesto de rendición.
—No vine a quitarte nada, Meryl. Vine porque... cada vez que cierro los ojos, solo veo la expresión que tenías cuando el párroco nos vio. Y me quema por dentro saber que yo puse ese miedo en tu mirada.
Meryl soltó una risa amarga que se quebró al final.
—¿Y qué esperas? ¿Que te diga que no importa? ¿Que te diga que no te preocupes, milord, que solo se trata de mi vida entera en ruinas? Tus disculpas no sirven de nada. Son palabras vacías en un pueblo que solo entiende de castigos.
—Sé que no son suficientes —dijo él, avanzando de nuevo—. Por eso voy a solucionarlo. He hablado con el Consejo, he amenazado con...
—¡Ese es tu problema! —lo interrumpió ella, acercándose hasta quedar a un palmo de su pecho—.
Crees que todo se arregla con amenazas y con el peso de tu título.
No puedes comprar mi reputación de vuelta, Joel.
Cuanto más luches por mí, más me hundes.
Para ellos, solo soy la protegida de un noble caprichoso. No soy una mujer, soy tu pecado.
Joel apretó los dientes y, por un momento, la antigua arrogancia de los Crossman asomó en su mirada, pero fue rápidamente sofocada por una sinceridad que la desarmó.
—No soy un hombre que sepa rendirse, Meryl. Y mucho menos cuando se trata de la única persona que ha tenido el valor de decirme la verdad a la cara. Te quiero.
El mundo pareció detenerse. Una gota de lluvia cayó sobre la mejilla de Meryl, pero no la sintió. El silencio se volvió tan denso que podía escuchar el latido frenético de su propio corazón.
—No digas eso —susurró ella, retrocediendo hacia la pared de piedra de la casa—. No tienes derecho a decir eso ahora.
—Es la verdad —insistió él, siguiéndola, acorralándola sin tocarla—. Es la verdad más absoluta que he conocido. Y me aterra. Me aterra lo mucho que me importa lo que pienses de mí.
Meryl chocó contra la piedra fría de la pared. Joel se detuvo frente a ella, apoyando una mano en el muro, justo al lado de su cabeza. Estaban tan cerca que ella podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y ver las motas oscuras en sus ojos azules.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Meryl, con la voz temblando por la rabia y la angustia—. Que no puedo culparte del todo. Porque yo también quise ese beso. Yo también me olvidé de quién era. Pero yo no tengo una red de seguridad. Si yo caigo, me estrello contra el suelo.
Joel se inclinó un poco más. Sus labios estaban a un suspiro de los de ella.
—Entonces déjame ser tu red. Déjame enfrentar a este pueblo de hipócritas.
—No —respondió ella, aunque su respiración se mezclaba con la de él de tan cerca que estaban el uno del otro—. No quiero ser salvada por ti. Quiero que me respeten por lo que soy, no por quién me besa.
Joel bajó la voz hasta convertirla en un murmullo ronco.
—Dime que no sientes nada, Meryl. Dime que este fuego que siento cuando te miro es solo mío. Dime que me odias por lo que he causado y me iré. Ahora mismo. No volverás a ver mi carruaje en este sendero.
Meryl abrió la boca para pronunciar la mentira que la salvaría, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Miró a Joel, vio su vulnerabilidad, su desesperación y esa soledad que él le había confesado en la biblioteca, y supo que ya era tarde.
—No puedo —confesó ella, cerrando los ojos mientras una lágrima se deslizaba por su rostro.
—Meryl...
—Pero tampoco puedo estar contigo —añadió ella, abriendo los ojos de nuevo, ahora llenos de una resolución feroz—. No mientras el pueblo me vea como tu trofeo. No mientras mi padre sufra las miradas de desprecio por mi culpa. Si de verdad me quieres, Joel, déjame luchar mi propia batalla.
Joel la observó durante un tiempo eterno. Por un momento, pareció que iba a besarla de nuevo, a ignorar sus palabras y a reclamarla allí mismo. Pero, en lugar de eso, bajó la mano de la pared y dio un paso atrás.
—No voy a rendirme —dijo él, con una solemnidad que sonó como una promesa de guerra—. No voy a dejar que te destruyan. Volveré mañana, y el día siguiente, y todos los días que hagan falta hasta que Tintwistle entienda que no te vas a ninguna parte.
—Joel...
—Mañana, Meryl —repitió él. Se giró y se marchó por el sendero, desapareciendo en la bruma de la lluvia que empezaba a caer.
Meryl se quedó apoyada contra la pared, deslizándose lentamente hasta quedar sentada en el suelo mojado. Se llevó la mano al pecho, tratando de contener un corazón que ya no le pertenecía, sabiendo que el escándalo solo era el principio. La verdadera tormenta acababa de empezar.