CAPÍTULO 21
El sonido de la cesta de mimbre impactando contra el suelo de piedra resonó como un pistoletazo de salida. Meryl y Joel se separaron con la violencia de dos polos magnéticos repelidos. El aire, que un segundo antes era fuego y promesas, se tornó gélido.
—¡Santo cielo! —el grito de la viuda Smith rasgó la paz del sendero.
La mujer estaba allí, con las manos en las mejillas y los ojos desorbitados, como si hubiera presenciado un asesinato en lugar de un beso.
A su lado, el párroco Carter-Wood parecía haber envejecido diez años de golpe; se santiguó con dedos temblorosos, mirando el suelo como si implorara una grieta para desaparecer.
Meryl sintió que la sangre abandonaba su rostro. Tenía el cabello deshecho por las manos de Joel y los labios hinchados, rojos; una confesión silenciosa que ninguna mentira podría borrar.
—Señora Smith... reverendo... —la voz de Meryl fue un hilo roto.
—¡No es lo que parece! —bramó Joel, dando un paso al frente con esa autoridad de conde que solía silenciar multitudes.
Pero esta vez, su armadura tenía grietas de azúcar y pecado.
La viuda Smith soltó una carcajada estridente, una mezcla de horror y deleite puritano.
—¡Oh, es exactamente lo que parece, milord!
¡Es la desvergüenza en pleno día! ¡La maestra y el conde, como dos amantes de taberna en el camino real!
—La mujer no esperó un segundo más. Se recogió las faldas con una agilidad sorprendente y empezó a correr hacia el pueblo, gritando antes incluso de llegar—.
¡Escándalo! ¡Escándalo en la casa Harington!
El párroco intentó seguirla, balbuceando súplicas de prudencia que el viento se llevó, dejando a Joel y Meryl en un silencio que pesaba más que la lápida de un sepulcro.
—¿Qué hemos hecho? —susurró Meryl, llevándose una mano a los labios, como si pudiera empujar el beso de vuelta al interior de su alma.
Sus ojos, antes brillantes de pasión, estaban ahora nublados por el terror—.
Nos han visto, Joel. Todo el pueblo... para esta noche, no habrá un solo hogar en Derbyshire que no sepa que la maestra Robins se ha entregado al hombre que la arruinó.
Joel la miró; aunque su respiración seguía irregular, su mirada era de acero. No había rastro de arrepentimiento, solo una furia protectora.
—No me importa el pueblo, Meryl. No me importa la viuda Smith ni sus hortalizas.
—¡A mí sí! —gritó ella, y una lágrima de pura frustración rodó por su mejilla—. Yo vivo aquí. Yo enseño a sus hijos. Mi padre depende de mí reputación. Usted puede marcharse a Londres y ser el conde libertino al que todos perdonan, pero yo... para ellos, yo soy la leña que arde.
Joel intentó acercarse, pero ella retrocedió como si su tacto fuera fuego.
—No se acerque más. Ya ha hecho suficiente. Me pidió diez minutos, me pidió que lo escuchara... y yo, como una estúpida, le abrí la puerta. —Meryl señaló el camino con la mano temblorosa—. Váyase. Por favor, váyase.
—No voy a dejarla sola en esto —dijo él, con voz baja y peligrosa—. Si el pueblo quiere un escándalo, les daré uno que no olvidarán, pero no permitiré que la destruyan. Volveré mañana.
—No vuelva —suplicó ella, con el corazón fracturado—. Cada vez que usted regresa, pierdo algo más.
Joel la observó durante un instante eterno.
Quería tomarla en brazos, prometerle que compraría el pueblo entero si fuera necesario para silenciarlos, pero comprendió que su presencia era, en aquel momento, el combustible del incendio.
Inclinó la cabeza en un gesto de respeto que pareció una despedida y caminó hacia el carruaje que lo aguardaba.
Meryl entró en su casa y echó el pestillo con manos torpes. Se apoyó contra la madera fría, escuchando el silencio de un hogar que ya no le ofrecía seguridad. A través de la ventana, divisó el primer grupo de mujeres cuchicheando en la esquina.
El beso seguía vibrando en sus labios, dulce y devastador. Había valido la pena, se dijo en un rincón oscuro de su mente. Pero el precio, mientras escuchaba los primeros gritos de burla en la calle, era su vida entera.
***
Mientras en la taberna y en la tienda de telas se repartían los despojos de su reputación, en la casa Harington el silencio era tan denso que dolía.
Meryl permanecía sentada en la penumbra del salón, con las manos entrelazadas sobre el regazo, escuchando el lejano murmullo de las voces que, de vez en cuando, se detenían cerca de su verja.
—Deberías comer algo —dijo el barón desde las sombras. Su voz no era acusadora, sino fatigada, como la de un hombre que contempla una tormenta que sabe imposible de detener.
—No tengo hambre, padre. Siento como si tuviera arena en la garganta.
—La viuda Smith ha pasado tres veces frente a la casa en la última hora, caray —comentó él, acercándose a la ventana con dificultad—. Camina como si portara la antorcha de la verdad. Mañana, antes de que el sol esté en lo alto, el Consejo Escolar estará en nuestra puerta.
Meryl levantó la vista. Sus ojos, adaptados a la oscuridad, buscaron los de su padre.
—Lo besé, padre. No fue solo él. Yo... me olvidé de quién era. Me olvidé de Peter, del pueblo y de mi propio nombre.
El barón suspiró y se sentó frente a ella, buscando su mano en la penumbra.
—Lo sé. El problema no es el beso, Meryl. El problema es que se lo diste a un hombre que puede permitirse el lujo de no tener reputación, mientras que tú... tú eres quien sostiene la brújula moral de este pueblo. Y ellos no perdonan que la brújula apunte hacia donde ellos no pueden llegar.
—Joel dice que no me dejará sola —susurró ella, y por primera vez, el nombre del conde sonó como un ancla en medio del naufragio.
—Esa es la promesa de un hombre de honor —respondió el barón—, pero también es la promesa que más daño puede causarte. Si él se queda, el escándalo se alimenta; si se marcha, te deja entre las cenizas.
Meryl apretó los labios. Recordaba el calor de las manos de Joel en su rostro, la urgencia de su boca y esa sensación de «peligro» que Anna Spence había diagnosticado con tanta precisión. El suelo se había movido, sí, pero ahora se abría un abismo bajo sus pies.
De pronto, un golpe seco resonó en la puerta principal. No era el toque elegante de un noble, ni el amistoso de Anna. Era un golpe autoritario, rítmico. El impacto de la ley social.
Simone entró al salón con el rostro pálido.
—Señorita... es el señor Henderson, el presidente del Consejo. —Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. No viene solo. Trae una carta sellada. Dice que, por el decoro de la institución, debe entregarla en mano esta misma noche.
Meryl se levantó. Su espalda se enderezó con esa dignidad que tanto irritaba a los Crossman y tanto admiraba, en secreto, el pueblo. Sin mirar atrás, avanzó hacia el vestíbulo para enfrentarse a su destino.