CAPÍTULO 20
Anna Spence era el tipo de amiga que no necesitaba una llave para abrir la puerta de una casa, ni sutileza para abrir la de un corazón.
Mientras Meryl escuchaba el diagnóstico de su amiga, sintió que el pequeño salón se volvía asfixiante.
La mermelada y el pan recién horneado llenaban el aire con una cotidianeidad que contrastaba violentamente con la tormenta interna que Anna acababa de nombrar.
—No es justo, Anna —murmuró Meryl, mirando un rayo de sol que iluminaba las motas de polvo sobre la mesa—. Peter se llevó mi reputación, mi tranquilidad y casi mi puesto de trabajo. No debería haberme dejado también esta... esta grieta.
Anna dejó de juguetear con la cesta y la miró con una seriedad impropia de ella.
—Peter no te dejó nada, Meryl. Peter era un niño jugando con cerillas; solo causó humo. Pero Joel... Joel es el incendio. No te dejó una grieta; te obligó a ver que ya la tenías. Te obligó a ver que estabas cansada de ser la «maestra perfecta» y la «hija abnegada».
Meryl se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí, el camino hacia Darby Abbey se perfilaba como una cicatriz gris entre las colinas verdes.
—Anoche me confesó algo —dijo Meryl, con la voz apenas por encima de un susurro—. Me habló de su padre. De cómo tuvo que ser un hombre a los dieciséis años. De cómo ha cargado con Peter como si fuera su propia cruz.
Anna permaneció en silencio un momento, procesando la magnitud de esa confesión.
—Un hombre como él no entrega esas llaves a cualquiera, Meryl. Si te dejó entrar en ese despacho oscuro de su memoria, es porque confía en que no vas a usarlo en su contra. Y tú... — Anna se acercó a ella—, tú no se lo lanzaste a la cara como hiciste con el pastel. Lo escuchaste.
—Me dio miedo —admitió Meryl, girándose para mirar a su amiga con los ojos empañados—. Me dio más miedo su vulnerabilidad que su arrogancia. Porque contra su arrogancia sé luchar. Pero contra un hombre que me dice que está solo... contra eso no tengo armas.
Anna sonrió con tristeza y le puso una mano en el hombro.
—Nadie las tiene, querida. Por eso se llama caer.
Justo en ese momento, el sonido de unos cascos al galope interrumpió la confesión. No era el carruaje pausado del conde; era un jinete solo, cabalgando con una urgencia que hizo que ambas mujeres salieran al porche.
Era un mensajero de la parroquia, con el rostro sudado y la respiración entrecortada.
—¡Señorita Robins! —gritó el hombre, deteniendo el caballo frente a la verja—. El reverendo me envía. Dice que debe ir a la escuela de inmediato. Los fideicomisarios han llegado antes de lo previsto... y no están solos. Han traído a alguien de Londres para evaluar su «aptitud moral».
Meryl palideció. La tregua del té y las confesiones a la luz de las velas se evaporaron en un segundo. La realidad de Tintwistle, fría y juiciosa, golpeaba de nuevo.
—¿Quién más está allí? —preguntó Anna, dando un paso adelante.
—No lo sé, señora —respondió el mensajero—. Pero dicen que han cerrado la puerta con llave y no permitirán el acceso de nadie hasta que se tome una decisión.
Meryl miró hacia las colinas, hacia la dirección de Darby Abbey, y luego hacia la pequeña escuela de piedra.
—Es el fin —susurró Meryl—. Han usado mi encuentro con Joel para terminar lo que Peter empezó.
***
La mañana estaba lívida, con un sol tímido que se filtraba entre nubes plomizas, reacio a iluminar el camino.
Meryl recorría el sendero ribereño, buscando en el murmullo del agua un refugio contra el estrépito del mundo.
Sin embargo, lo que halló fue el eco de unos pasos inconfundibles: firmes, largos, con una cadencia militar que profanaba la paz bucólica del lugar.
Meryl cerró los ojos, apretando los puños hasta que sus nudillos blanquearon.
—No puede ser... —susurró, pero el destino, ese viejo burlón, ya había sentenciado su suerte.
Joel Brent Crossman apareció a su lado. No vestía la gala de su rango ni exhibía la altivez del conde; lucía una chaqueta de viaje y una mirada de urgencia descarnada que la sacudió.
—Buenos días, señorita Robins —dijo él. Su voz, un grave que parecía vibrar en la humedad del aire, reclamó su atención.
Meryl no se detuvo; aceleró el paso, ignorando la llamarada que le encendió el pecho al tenerlo tan cerca.
—No estoy de humor para compañía, lord Darby. Y mucho menos para la suya.
Joel no se dio por aludido. Mantuvo su ritmo, respetando una distancia que se sentía cargada de intenciones.
—No he venido a importunarla. He venido... a caminar.
—Siempre dice lo mismo —respondió ella, sin mirarlo—. Y siempre convierte mis paseos en un interrogatorio.
Joel sonrió, una mueca pequeña y honesta que desarmó sus defensas en un instante.
—Quizá sea un defecto de carácter. Mi familia nunca destacó por su paciencia.
—Ni por aceptar un no —replicó ella, deteniéndose en seco para confrontarlo.
Joel la observó con una calma que le robó el aliento. Rodeados por árboles que formaban un túnel natural, el resto del mundo, con sus juicios y escándalos, se desvaneció.
—¿Y usted? ¿Sabe aceptar los suyos? —preguntó él, bajando el tono hasta convertirlo en un secreto.
Meryl sintió la sangre hervirle en las venas.
—No estamos hablando de mí.
—Siempre hablamos de usted —respondió Joel, cerrando el espacio entre ambos—. Incluso cuando grita, cuando me lanza pasteles o me expulsa de su casa... siempre está hablando de lo que siente.
Meryl contuvo el aliento. Estaban peligrosamente cerca. El aire olía a jabón de lavanda y a tabaco de liar, una mezcla embriagadora.
—No quiero compañía —repitió, aunque su voz sonó más vulnerable de lo que pretendía.
—Lo sé —concedió él—. Pero aquí estoy.
Ella lo miró con una furia que intentaba ocultar el pánico de ver su mundo ordenado desmoronarse ante él.
—¿Por qué insiste tanto?
Joel sostuvo su mirada con una intensidad devastadora.
—Porque no quiero que esto termine con un pastel en la cara. Y porque, Meryl... —hizo una pausa, midiendo cada palabra— porque cuando no estoy cerca, el mundo me parece insoportablemente insípido.
Meryl soltó una risa involuntaria, una carcajada que fracturó la tensión como un rayo en la tormenta. Joel sonrió a su vez, y en ese instante, el conde y la maestra desaparecieron. Solo quedaron dos náufragos asustados por su propia sed.
Continuaron, pero el aire era ahora denso. Llegaron al pequeño puente de madera. Meryl se apoyó en la barandilla, buscando en el agua una calma que la abandonaba. Joel se colocó a su lado, tan cerca que sus brazos rozaban, creando un cortocircuito.
—No quiero que piense que me quedé en Tintwistle por usted —dijo Joel, mirando al horizonte.
Meryl sintió un pinchazo de decepción.
—No lo pensé.
Joel se giró hacia ella con urgencia.
—Pero tampoco quiero que piense que no tiene nada que ver. No sé por qué... pero cerca de usted, todo es más claro y, a la vez, más confuso. Siento que recupero el control y que lo pierdo por completo.
Meryl sintió el corazón golpear su pecho con violencia.
—No diga eso.
—¿Por qué no? —preguntó él, acorralándola sutilmente contra la madera.
—Porque no sé qué hacer con ello. Porque me da miedo.
—A mí también —admitió con una honestidad que desarmaba—. Pero no puedo evitarlo. Usted me importa, Meryl. Más de lo que nadie me ha importado jamás.
El viento agitó el cabello de Meryl. Un mechón le acarició la mejilla. Joel levantó la mano, vacilante, como quien se acerca a una criatura indómita. Ella no se movió; no respiró. El roce de sus dedos al apartar el cabello la hizo estremecer.
—No haga eso —susurró, aunque su cuerpo se inclinó hacia él.
Joel bajó la mano, pero no retrocedió. Sus rostros estaban a milímetros. Meryl sintió el calor de su aliento en los labios.
—No voy a tocarla —prometió él, con la voz tensa por el esfuerzo—. No cruzaré ninguna línea si usted no quiere.
Meryl sostuvo su mirada con una valentía que la estremeció.
—¿Y qué siente, Joel? —preguntó en un susurro sobre el río.
Joel la escudriñó con una intensidad que le quemó el alma. En aquel azul profundo, Meryl vio la soledad, el peso del deber y un deseo voraz que la dejó sin defensas.
—Que si no la beso ahora mismo —dijo él, inclinándose hasta el roce final—, voy a volverme loco.
—No debería —susurró ella.
—Lo sé —respondió.
Entonces, el muro se desplomó.
Joel tomó su rostro entre las manos, no con la posesividad de un conde, sino con la desesperación de un hombre sediento.
La besó con una intensidad que borró el río, los árboles, el pueblo y cualquier rastro de Peter Crossman.
No fue un beso tierno; fue un reclamo, una confesión, una urgencia que ardía con la rabia, la culpa y el miedo que habían contenido durante semanas.
Meryl no lo detuvo. Sus manos se aferraron a la chaqueta de paño, buscando un anclaje en aquel naufragio.
Respondió con una verdad brutal que la dejó sin aliento.
En aquel beso, Meryl Robins dejó de ser la víctima y Joel Brent Crossman dejó de ser el esclavo de su apellido.
Solo quedaron dos almas que, sobre un puente de madera, comprendieron que, finalmente, el peligro valía la pena.