El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

La llovizna golpeaba los cristales de la casa Harington con un murmullo hipnótico, transformando el salón en una isla aislada del resto de Tintwistle. Dentro, el aire olía a bergamota y a la humedad fresca que Joel había traído consigo en los hombros de su chaqueta.

Meryl servía el té, pero esta vez la urgencia cortante del día anterior se había disipado. Sus movimientos eran fluidos, pausados, como si estuviera asimilando la confesión de Joel sobre el orfanato.

—¿El orfanato de la calle Mill? —preguntó ella, dejando la tetera sobre un posavasos de corcho—. He ido allí un par de veces a llevar libros usados. El tejado se cae a pedazos y las ventanas tienen más grietas que cristal.

—Es una desgracia que clama al cielo —respondió Joel.

Estaba sentado con la espalda recta, pero sus hombros habían perdido esa rigidez militar—.

He hablado con el párroco. Dice que la administración prefiere ignorar el problema hasta que el edificio colapse.

No puedo permitirlo, Meryl. No puedo vivir a dos millas de distancia, en una casa con cuarenta habitaciones vacías, mientras esos niños duermen entre corrientes de aire.

Meryl se detuvo con la taza a medio camino de sus labios. Fue la forma en que pronunció su nombre —sin el «señorita Robins», sin el peso del protocolo— lo que la obligó a mirarlo de nuevo. Joel no parecía un conde dictando una orden; parecía un hombre genuinamente indignado por una injusticia.

—¿Y por qué me lo cuenta a mí? —preguntó ella en voz baja—. No tengo dinero para sus reformas, ni influencia sobre los constructores.

—Pero tiene algo que yo no tengo —dijo Joel, inclinándose hacia adelante.

El calor del té empañaba levemente sus rasgos, dotándolo de una suavidad inusual—.

Tiene el respeto de la gente. Si yo aparezco allí con sacos de libras, pensarán que estoy comprando mi redención.

Pero si usted me ayuda a planificar qué necesitan realmente esos niños...

si usted pone el alma y yo pongo el capital...

quizás podamos construir algo que no sea una simple disculpa.

Meryl sintió un nudo en la garganta. Era una propuesta peligrosa. Trabajar con él significaba pasar horas a su lado, compartir planos, discutir detalles... significaba alimentar el fuego que el pueblo intentaba apagar a base de chismes.

—Sabe lo que dirán, ¿verdad? —susurró ella, bajando la mirada hacia sus dedos, que jugueteaban con el borde del mantel—. Dirán que el conde ha encontrado una nueva forma de entretenerse con la maestra.

Joel extendió la mano sobre la mesa. No la tocó, pero el calor que emanaba de su palma era casi táctil.

—Me importa muy poco lo que diga un pueblo que prefiere dejar que sus niños pasen frío antes que ver a un Crossman intentar ser mejor persona intentando ayudarlos —sentenció él con una firmeza que la desarmó—.

Pero me importa, y mucho, lo que diga usted.

Si me pide que me vaya ahora mismo y que envíe el dinero por correo para no volver a ver mi cara, lo haré. Pero dígalo mirándome a los ojos.

Meryl levantó la vista. Se encontró con esa mirada de tormenta contenida, con ese azul profundo que parecía querer descifrar cada uno de sus miedos. Por un momento, olvidó la escuela, olvidó el escándalo y olvidó que aquel hombre representaba todo lo que ella debería rechazar.

—Es usted un hombre muy difícil, milord —dijo ella, y por primera vez, hubo un rastro de ternura en su voz.

—Soy un hombre que no sabe rendirse —admitió él con una sonrisa pequeña y honesta—. Es un defecto de familia.

Meryl suspiró, sintiendo que el muro que había construido alrededor de su corazón tenía una brecha por la que empezaba a filtrarse una luz cegadora.

—Tiene diez minutos más —repitió ella, pero esta vez la sonrisa que acompañó las palabras fue amplia, musical y llena de una curiosidad que la asustaba—. Cuénteme... ¿qué piensa hacer con ese tejado?

Joel río, una carcajada corta y ronca que pareció llenar las esquinas del salón. Durante los siguientes minutos, no hablaron de Peter, ni de apuestas, ni de pasteles. Hablaron de madera, de ladrillos y de un futuro que, por primera vez, no parecía una condena para ninguno de los dos.

***

El salón de los Harington parecía haberse encogido. El aire, saturado por el aroma del té y la humedad de la lluvia reciente, se sentía denso, como si las palabras de Joel hubieran cobrado forma física para ocupar el espacio entre ambos.

Meryl lo observaba desde su silla, pero sus ojos ya no buscaban una debilidad que atacar. Buscaban al joven de dieciséis años que se había impuesto una corona de espinas y la armadura de administrador antes de saber quién era realmente.

—Diez años —susurró Meryl, rompiendo un silencio que se había vuelto casi sagrado—. Diez años siendo el escudo de alguien que solo sabe lanzar piedras.

Joel levantó la vista. Su rostro, bañado por la luz mortecina de la tarde, revelaba las líneas de cansancio que el protocolo solía ocultar bajo una fachada de acero.

—No se elige a la familia, señorita Robins.

Solo se elige cómo cargar con ella —Joel pasó una mano por el borde de su taza, un gesto nervioso que delataba una agitación contenida—.

Durante años, mi única meta fue que el nombre Crossman no fuera sinónimo de ruina.

Vigilé las cuentas, las tierras, la reputación de mi madre y los excesos de Peter.

Me olvidé de que yo también tenía un nombre propio que no era «lord Darby».

Meryl sintió una punzada de algo que no era compasión, sino un reconocimiento profundo. Ella también sabía lo que era sostener una casa que amenazaba con derrumbarse; también sabía lo que era ser el ancla de un padre que vivía anclado en el pasado.

—Usted no le falló a Peter —dijo ella, con una firmeza que hizo que Joel se tensara—. Peter se falló a sí mismo. Y usted se falló a usted mismo al creer que era su guardián eterno. Nadie puede salvar a quien no quiere ser salvado, milord. Ni siquiera un conde.

Joel la miró con una intensidad que la obligó a contener el aliento. No había arrogancia en su mirada, solo una gratitud desesperada, la de un náufrago que, por fin, toca tierra firme.

—Es la primera vez —dijo Joel, con la voz quebrada— que alguien me dice que no es mi culpa.

Se levantó con un movimiento lento, casi fatigado. Se acercó a la ventana y miró hacia el jardín, donde la lluvia había dejado un rastro de diamantes sobre las hojas. Meryl se puso en pie y se situó a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba de su abrigo de paño.

—Es peligroso —reiteró ella, retomando la palabra que había dejado suspendida en el aire—.

Es peligroso porque, si dejo de verlo como un Crossman, tendré que empezar a verlo como Joel.

Y Joel es un hombre que podría hacerme olvidar por qué juré no volver a confiar jamás en alguien que use un sello de cera.

Joel se giró hacia ella. Estaban tan cerca que podía ver el reflejo de la vela en las pupilas de Meryl.

El mundo exterior, con sus juicios, sus consejos escolares y sus escándalos pueblerinos, parecía haberse desvanecido.

Solo quedaban ellos dos: el hombre que cargaba demasiado y la mujer que se negaba a ser cargada.

—Entonces —murmuró Joel, inclinando la cabeza hasta que sus frentes casi se rozaron—, corramos el riesgo.

Meryl no retrocedió. Sostuvo su mirada con una valentía que le dolió a Joel en el pecho.

—Váyase ahora —susurró ella—. Antes de que el peligro sea inevitable.

Joel asintió, aunque sus pies parecían clavados al suelo. Finalmente, con un esfuerzo de voluntad supremo, se apartó. El «No está solo» que ella pronunció cuando él ya estaba en la puerta no fue un consuelo; fue una promesa que lo perseguiría durante todo el camino de vuelta a la Abadía.