CAPITULO 18
La luz del atardecer se filtraba por las cortinas de encaje de la casa Harington, proyectando patrones dorados sobre la alfombra desgastada.
En el salón, el tintineo de la porcelana contra la mesa era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio tenso que Joel y Meryl habían construido entre ambos.
Meryl servía el té con una concentración casi feroz.
Sus dedos, finos y curtidos por años de sostener la tiza, rozaban la tetera con una delicadeza que contrastaba con la firmeza de su mandíbula.
Sobre la mesa, el pequeño pastelito de merengue no era un postre; era una bala en la recámara.
Blanco, aireado y ridículo, le recordaba a Joel que, bajo la dignidad de su título, seguía siendo un hombre que podía acabar cubierto de nata en mitad de la calle.
—Diez minutos, lord Darby —repitió Meryl, dejando la taza frente a él. El vapor del té subía entre ambos como una cortina de niebla—. Y le advierto que el reloj de mi casa es implacable.
Joel se sentó, sintiendo que sus largas piernas estorbaban en aquel salón pequeño y ordenado. Acostumbrado a los techos de treinta y dos pies de la Abadía, se sentía como un gigante atrapado en una casa de muñecas.
—He venido a pedir perdón, no a robarle el tiempo —comenzó Joel.
Su voz, privada de su habitual proyección de mando, sonó extrañamente íntima en aquel espacio—.
Peter no es un hombre malvado, señorita Robins.
Es un hombre que nunca ha tenido que enfrentarse a la mirada de alguien como usted.
Él buscaba un juego; usted buscaba una verdad.
El pecado de mi hermano no fue la apuesta, fue la ceguera.
No vio que usted era... —se detuvo, buscando la palabra exacta—, irrompible.
Meryl tomó un sorbo de té. Sus ojos profundos lo observaron sobre el borde de la taza.
—Ustedes, los hombres de su clase, siempre hablan de nosotras como si fuéramos de cristal o de barro —dijo ella, dejando la taza con un sonido seco y brusco—.
Nunca se les ocurre que simplemente somos humanas.
Peter no me rompió porque no tenía el poder para hacerlo.
Su engaño fue una molestia, una herida en mi orgullo, sí... pero no una grieta en mi alma.
Joel se inclinó hacia adelante. El aroma del té se mezclaba con el olor a libros viejos y el ligero perfume de lavanda que emanaba de ella.
—¿Y yo? —preguntó—. ¿Soy también una molestia?
Meryl bajó la mirada hacia el pastelito. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Usted es un dolor de cabeza, milord. Me enfurece porque no se comporta como el villano que necesito que sea para poder detestar a su familia en paz. Peter es un niño que rompe juguetes. Usted... usted es un hombre que insiste en recoger los pedazos. Y eso me obliga a mirarlo.
Joel sintió un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el orgullo. Por primera vez en su vida, alguien no lo veía como el Conde, ni como el heredero, ni como el protector de un hermano descarriado. Lo veía como a un hombre fuera de su elemento.
—¿Por eso me echó de la botica? —preguntó Joel, con una suavidad que lo sorprendió a él mismo.
—Lo eché porque me confunde —admitió Meryl con una honestidad que cortó el aire—. No me confunde su poder, ni su dinero. Me confunde que, cada vez que lo veo, empiezo a olvidar por qué estaba enfadada.
Joel extendió la mano y, con lentitud, tomó el pequeño pastelito.
Sus dedos rozaron los de Meryl. Fue un contacto lleno de tensión, un choque de realidades.
Ella no retiró la mano de inmediato; sus miradas quedaron ancladas y, en ese segundo, el escándalo, el pueblo de Tintwistle y el nombre de Peter Crossman se desvanecieron.
—Mañana —susurró Joel, levantándose—. Vendré mañana. Pero esta vez, traeré algo que no se pueda lanzar. Quizás solo... palabras.
Meryl lo acompañó a la puerta. El cielo de Derbyshire se había teñido de un violeta profundo, y las primeras estrellas empezaban a asomar sobre las colinas. Joel se detuvo en el umbral, sintiendo que el aire exterior era demasiado frío comparado con el calor de aquel salón.
—Sin merengue, lord Darby —dijo ella, con una chispa de travesura en los ojos que él nunca había visto.
—Sin merengue, señorita Robins —prometió él.
Cuando Joel se alejó por el sendero, Meryl se quedó apoyada en el marco de la puerta. Su corazón latía con una cadencia nueva; una que no era de rabia ni de miedo. Era la cadencia de una tregua que, sospechaba, estaba a punto de convertirse en algo mucho más peligroso que cualquier guerra.
***
El silencio que siguió a la partida de Joel no estaba vacío; palpitaba con partículas de azúcar en suspensión y una electricidad estática que erizaba la piel de los brazos de Meryl.
Se quedó apoyada contra la madera de la puerta, sintiendo cómo el frío de la noche se filtraba por las rendijas, mientras intentaba, en vano, que su ritmo cardíaco recuperara la cadencia previsible de una maestra de provincias.
—Puedes dejar de sostener la puerta, Meryl —dijo la voz del barón desde la penumbra del salón—. Lord Darby ya ha cruzado la verja y, a juzgar por su paso, no parece que vaya a regresar para asaltar nuestra despensa.
Meryl se giró con un respingo, encontrando a su padre bajo la luz titilante de una única vela. El barón sostenía su taza de té como si fuera un objeto sagrado, pero sus ojos brillaban con una lucidez que a Meryl le resultó insoportable.
—Padre, no sabía que seguía despierto —mintió ella, cruzándose de brazos y evitando la mirada de aquel hombre que la conocía mejor que ella misma.
—He vivido lo suficiente para saber que, cuando un conde es impactado por un pastel de merengue a las tres de la tarde y regresa a las seis para pedir permiso de visita, uno debe quedarse despierto para ver el final del segundo acto.
Meryl sintió un rubor encendido trepar por su cuello. Se dejó caer en la silla frente a él, deshaciéndose de su postura rígida.
—Ha sido... una tarde extraña —susurró, mirando el pastelito que Joel había dejado intacto sobre la mesa.
—Extraña es una palabra generosa, hija. Yo diría que ha sido muy reveladora.
—El barón dejó la taza con un tintineo deliberado—.
Durante años, te he visto tratar con pretendientes aburridos y alumnos rebeldes con la misma paciencia gélida.
Pero Joel Brent Crossman... —hizo una pausa, saboreando el nombre— ha conseguido que pierdas los estribos, la compostura y, si no me equivoco, el sentido de la dirección.
—Es un hombre arrogante, padre. Se cree con el derecho de invadir nuestra paz solo porque su conciencia le remuerde —replicó ella, aunque su voz carecía de la mordacidad de antes.
—¿Y tú? ¿Por qué lo has dejado entrar? —preguntó el barón, inclinándose hacia adelante, permitiendo que la luz de la vela revelara la profundidad de su mirada—.
Podrías haberle gritado desde la ventana.
Podrías haber enviado a Simone con un mensaje de rechazo.
Pero le serviste té. Y le diste diez minutos.
Y, lo más importante, le diste permiso para volver.
Meryl tragó saliva, sintiendo que el aire del salón se volvía demasiado denso.
—Solo quería que terminara de hablar para que se marchara de Tintwistle de una vez —dijo, pero las palabras sonaron huecas incluso en sus propios oídos.
—No te mientas a ti misma, Meryl. Te miente mucha gente; no te unas a ellos.
—El Barón suspiró, suavizando el tono—. Ese hombre no te mira como Peter.
Peter buscaba un trofeo, algo que ganar para demostrar su hombría.
Joel te mira como si fueras la primera persona en años que le exige ser algo más que un título.
Te mira con un respeto que raya en la devoción, y eso es lo que te aterra.
Meryl cerró los ojos, apretando los puños sobre su regazo.
—No quiero que me respete —susurró—, quiero que sea el villano. Si es el villano, todo es más sencillo. Si es el villano, puedo irme a Durham y olvidarlo todo. Pero sí es... sí es quien parece ser...
—Si es quien parece ser —completó el Barón—, entonces tendrás que admitir que el pastel de merengue no fue un acto de odio, sino el primer grito de un corazón que se niega a ser ignorado.
Hubo un silencio prolongado, donde solo se escuchaba el crepitar de la madera en la chimenea y el lejano aullido del viento en las colinas. Meryl levantó la vista, vulnerable, con los ojos empañados por una verdad que ya no podía contener.
—¿Y si me equivoco, padre? ¿Y si solo es otro Crossman jugando a ser noble?
El Barón Harington se levantó, caminó hacia ella y le posó una mano sobre el hombro. Su tacto era cálido y sólido, el único anclaje que le quedaba a Meryl en medio de aquella tempestad emocional.
—Entonces habrás perdido un pastel —dijo él con una sonrisa qque ni er triste ni alegre—. Pero si tienes razón... si ese hombre es el que yo creo, habrás encontrado a alguien capaz de sostenerte la mirada sin parpadear. Y eso, Meryl, vale todos los escándalos del mundo.
Meryl apoyó la cabeza contra el brazo de su padre. Ya no había furia, ni orgullo, ni discursos preparados. Solo quedaba la espera. Mañana, el reloj de la iglesia marcaría las diez. Y mañana, por primera vez en su vida, Meryl Robins no sabría qué decir cuando se abriera la puerta.