CAPÍTULO 16
Joel Brent Crossman no permaneció en Darby Abbey por una pulsión romántica, sino por la cruda necesidad de controlar el daño.
Regresar a Londres ahora, bajo la mirada escrutadora de sus iguales y el inevitable interrogatorio sobre el fracaso estrepitoso de Peter, era una opción físicamente insoportable.
Él era un hombre de orden, y su mundo se estaba desmoronando bajo el peso de un apellido que, en Derbyshire, ya solo evocaba deshonra.
En el centro de la biblioteca, su secretario, un hombre cuya lealtad databa de los años en Oxford, observaba con una calma que a Joel le resultaba insultante.
—Dígale al cochero que desenganche los caballos —ordenó Joel, manteniendo la mirada fija en el fuego—. Y envíe a alguien al pueblo. Quiero saber qué se dice en la taberna. No quiero rumores, quiero hechos. La verdad, por muy cruda que sea.
—Te noto irritado, Joel —señaló el secretario, obviando la etiqueta.
—Te he hecho llamar para resolver asuntos legales, no para que actúes de médico de mi temperamento —espetó Joel.
—No tienes intención de regresar a Londres, ¿verdad? —insistió el otro, ignorando el veneno de la respuesta.
Joel se sirvió una copa de vino, sosteniéndola contra la luz. El líquido, rojo como la sangre, parecía juzgar su indecisión.
—Creí que podría impartir justicia aquí —susurró, más para sí mismo que para su invitado—. Creí que podía enmendar el error de mi hermano y cerrar este capítulo con la elegancia que se espera de un Crossman.
—Justicia es una palabra exquisita para ocultar un orgullo herido —replicó el secretario con una sonrisa gélida—.
Quieres que ella te absuelva. Quieres que la señorita Robins, con su vida hecha trizas, tenga la cortesía de decirte que eres un hombre honorable.
Quieres ser el santo de la familia, Joel.
Joel soltó un bufido. Su mano, que siempre se mantenía firme al firmar decretos, flaqueó un instante.
—Necesito que ella me escuche —admitió, con voz firme—. Si me quedo, la pondré en un compromiso mayor. Un conde soltero viviendo a dos millas de una maestra soltera, después del escándalo con mi hermano... es verter brea sobre un incendio.
El secretario, sabiendo que pisaba terreno peligroso, suavizó el tono, pero no su filo:
—Si de verdad quieres ser diferente a Peter, deja de pensar en lo que tú necesitas para dormir tranquilo. Piensa en lo que ella necesita. Y Meryl Robins necesita, por encima de todo, que ningún Crossman vuelva a proyectar su sombra sobre su puerta.
Joel abrió la boca para reprenderlo por su insolencia, pero el sonido de la puerta al abrirse lo interrumpió.
El mayordomo, con una gravedad inusitada, le presentó una bandeja de plata.
No era la correspondencia de la condesa; era un sobre basto, sin sello aristocrático, escrito con la urgencia de quien escribe una última súplica.
Joel lo rompió. Al leer, su mandíbula se tensó hasta el dolor:
« Milord, me temo que la situación de la señorita Robins es insostenible.
Los fideicomisarios de la escuela piden su dimisión tras el altercado en el baile.
Dicen que una mujer «vinculada» a un escándalo así no es apta para educar.
Ella se niega a pedir ayuda, pero, si usted tiene alguna influencia ... ».
El papel crujió, arrugándose bajo la presión de sus nudillos. El secretario, tras leer el rostro de Joel, dejó escapar una risa corta, casi de burla.
—Esto se pone interesante, ¿no es así? —dijo el secretario—.
Ahora el «santo» tiene la oportunidad de salvarla, aunque para ello tenga que destruir lo poco que queda de la reputación de ella al intervenir.
¿Qué vas a hacer, Joel? ¿Vas a usar tu poder para salvarla, sabiendo que tu misma ayuda es lo que la condenará ante los ojos del pueblo?
Joel miró el fuego, sintiendo que el laberinto se estrechaba.
Ya no se trataba de su orgullo, ni de su cena de Navidad.
Ahora, cualquier movimiento que hiciera, por pequeño que fuera, dictaría si Meryl Robins se hundía por completo o si él mismo terminaba de arruinar la única vida que no tenía nada que ver con sus juegos aristocráticos.
***
La tensión en el vestíbulo de Darby Abbey se cortaba con un cuchillo.
Joel, habituado a que sus palabras fueran leyes y sus deseos órdenes, se encontraba ahora ante el único muro que no podía derribar: la percepción pública.
Alexander, con su cinismo londinense, era el espejo que le devolvía una imagen que Joel detestaba.
Joel se quedó inmóvil, observando el retrato de su bisabuelo sobre la chimenea. La pintura del viejo aristócrata le devolvía una mirada llena de una superioridad que, en ese momento, le parecía ridícula.
—Alexander —dijo Joel, con la voz tan baja que apenas era un susurro de la tensión que sentía—, si ella pierde su puesto, la única opción que le queda es abandonar el condado.
Sin trabajo, sin reputación, sin padre que la sustente dignamente...
¿entiendes lo que eso significa para una mujer como ella?
—Significa el desamparo —respondió su amigo, dejando que el humo de su cigarro se disipara en el aire viciado—.
Pero tú, con tu obstinación por arreglarlo, eres el que está acelerando su caída.
¿No lo ves? Cada vez que te acercas a ella, le quitas un poco más de su aire para respirar.
Ella es una isla, Joel, y tú eres la marea que amenaza con tragársela.
Joel apretó los puños, sintiendo cómo los gemelos de oro le apretaban las muñecas como grilletes.
—No voy a dejar que la humillen. Ni el Consejo, ni el pastor, ni la chismosa de la botica.
—¿Y cómo piensas impedirlo sin convertirte en el villano de esta función inesperada?
—Alexander se acercó, bajando el tono—. No puedes comprar su puesto, no puedes regalarle un título, y claramente no puedes simplemente pedirle perdón.
Te diré lo que necesitas, y te va a horrorizar: necesitas que ella gane sin que tú te lleves el crédito.
Necesitas que la gente del pueblo respete a la maestra Robins sin que tengan que vincularla contigo.
—Eso es una imposibilidad logística —dijo Joel, aunque sus ojos buscaban una fisura en el plan—. El Consejo ya ha tomado una decisión.
—El Consejo está formado por hombres que temen a tres cosas: a Dios, a la pérdida de sus rentas y a la influencia de un conde —Alexander sonrió, una sonrisa que no auguraba nada bueno para los fideicomisarios—.
Si quieres salvarla, tienes que hacer que ellos crean que la idea de mantenerla en su puesto fue suya, no tuya.
Tienes que ser un fantasma, Joel. Un fantasma que mueve hilos y que, al final, desaparece.
Joel se quedó pensativo. La idea de actuar desde las sombras, sin recibir el agradecimiento que su ego reclamaba —y que él mismo se negaba a admitir que buscaba—, le resultaba extraña. Él siempre había sido un hombre de entradas triunfales, de dictar sentencias públicas.
—¿Qué propones? —preguntó al fin, rendido ante la lógica de su amigo.
—El reverendo es un hombre con aspiraciones, ¿no es cierto?
—Alexander comenzó a pasearse por la estancia, analizando la situación como si fuera un caso judicial—.
Y el Consejo Escolar tiene una deuda pendiente con los terrenos de la Abadía para la ampliación del cementerio.
Es hora de que el conde sea generoso con el pueblo, pero con una condición pública y explícita: que la maestra Robins siga al frente de la escuela.
Si ella es la protegida de tu caridad, la atacarán.
Pero si ella es un pilar indispensable para tu donación al pueblo, nadie se atreverá a tocarla.
Joel frunció el ceño.
—Sigue siendo una intervención. Ella lo sabrá.
—Sí —asintió Alexander—. Ella lo sabrá. Pero el pueblo no.
Y el Consejo se callará. Será una victoria amarga para ti, porque ella no te lo agradecerá; al contrario, lo verá como otra maniobra de control.
Pero ella conservará su puesto y su hogar.
¿Es eso lo que quieres, o es que realmente buscas que ella te mire con ojos de gratitud?
Joel miró hacia el vestíbulo, hacia la puerta cerrada que daba al exterior. El peso de la culpa, que antes solo era una irritación, ahora se sentía como una responsabilidad ineludible.
—No quiero su gratitud —mintió Joel, aunque sabía que la mentira sonaba poco convincente—. Solo quiero que esta mancha en mi nombre no termine siendo el hambre de una mujer inocente.
—Entonces, a trabajar —dijo Alexander, sentándose en el escritorio y tomando una pluma—.
Hagamos que los fideicomisarios crean que se les ha ocurrido a ellos mismos el mantener a la mejor maestra del condado en su puesto.
Pero te advierto, Joel: ella te odiará por esto.
Al privarla de la oportunidad de luchar su propia batalla, le estás quitando su pequeña victoria personal.
Joel se sirvió un último whisky, esta vez con una mano firme.
—Que me odie —dijo—. Con tal de que se quede en su casa, que me odie todo lo que quiera. Es un precio que estoy dispuesto a pagar.
Y en ese momento, Joel supo que su amigo tenía razón: no estaba salvando a Meryl Robins; estaba empezando a ser esclavo de su necesidad de protegerla, sin importar si ella quería ser salvada o no.
***
El destino, que ya había sido cruel, se mostraba ahora como un juez implacable.
Meryl sostuvo el papel entre sus manos y el tacto del pergamino le pareció el de una soga al cuello.
El «comportamiento» al que se referían no era una falta de educación, sino el pecado capital de haber desafiado el orden jerárquico en presencia de testigos.
El silencio en el despacho del barón se tornó irrespirable. La voz del padre, que segundos antes vibraba con una sabiduría casi profética, murió en el aire ante la sombra de la misiva.
—Mañana a primera hora —repitió Meryl, con los nudillos tan blancos que la piel parecía a punto de rasgarse—. Saben exactamente lo que están haciendo. Me han acorralado.
El barón Harington, un hombre que había visto su fortuna menguar pero que conservaba la dignidad de sus ancestros, se enderezó. El cansancio de sus años pareció desvanecerse, reemplazado por una chispa de combatividad que no había mostrado en décadas.
—No irás sola —dijo él, y su voz, aunque quebradiza, poseía una autoridad innegable—. Si el Consejo ha decidido jugar a la moralidad, les recordaremos quién fue el primer benefactor de esta escuela.
Meryl lo miró, sintiendo un nudo en la garganta.
Su padre, que apenas podía caminar sin la ayuda del bastón, estaba ofreciéndose a entrar en una arena de lobos para proteger su nombre.
Pero ella, que había pasado toda la vida observando las mareas sociales, sabía que el barón estaba equivocado: contra un Crossman y el consejo municipal no bastaba con la historia familiar.
—Padre, no. Si intervienes, solo confirmarán que soy una mujer débil que necesita de los varones de su casa para ser defendida. Esa es precisamente la etiqueta que intentan pegarme: la de mujer protegida. Si caigo, caeré por mis propios méritos.
Simone, que seguía en el umbral, bajó la vista, incapaz de soportar la tensión que irradiaba su señorita.
—Señorita —se atrevió a susurrar la ama de llaves—, el Conde está afuera. Ha pedido hablar con usted... pero esta vez ha traído consigo a su secretario. No parece una visita de cortesía.
Meryl sintió un latigazo en las sienes. ¿Otra vez él? El odio que sentía por Joel Crossman era una llama que la mantenía viva, pero incluso las llamas se alimentan de oxígeno, y ella sentía que se estaba ahogando.
—Dile que no —ordenó Meryl, levantándose con un brío que sorprendió a su padre—. Dile que, si entra en esta casa, pediré a los vecinos que nos saquen a patadas a ambos.
—Meryl, escúchalo —intervino el barón, tomando la mano de su hija—. Has dicho que es un hombre que sabe lo que hace. Quizás, por una vez, su arrogancia juegue a nuestro favor.
Meryl se acercó a la puerta del despacho.
A través de la madera, pudo distinguir el murmullo de una voz profunda y contenida.
Era Joel Crossman. Estaba al otro lado del umbral, ignorante de la citación que ella acababa de recibir, ignorante de que el terreno que él mismo había pisoteado estaba a punto de tragarla por completo.
Meryl respiró profundamente, limpiándose cualquier rastro de duda de su rostro. No iba a ser la mujer que se desmoronaba ante los Crossman. Iba a ser el muro contra el que, tarde o temprano, la altanería de Joel terminaría por romperse.
—Está bien —dijo ella, girándose hacia la puerta—. Que pase. Pero si viene con otra restitución bajo el brazo, juro por Dios que se la haré tragar.
Al abrir la puerta, el aire en el vestíbulo cambió.
Joel estaba allí, inmaculado, con la mirada puesta en la penumbra.
Cuando sus ojos se encontraron, no hubo el habitual duelo de insultos.
Solo una tensión nueva, una electricidad cruda que nacía de la comprensión mutua: ambos sabían que el destino de ella estaba pendiente de un hilo, y que Joel Crossman era, a la vez, el único que podía salvarla y el único que la estaba condenando.