El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Joel Crossman no esperaba que la puerta se abriera con tal prontitud.

Y, desde luego, no esperaba hallar ante sí a una mujer cuyos ojos, lejos de estar velados por el llanto, le devolvían una mirada de acero templado.

Meryl Robins no exhibía el aspecto de una víctima; su postura era la de una fortaleza que había terminado de cerrar sus murallas ante cualquier infortunio.

—Señorita Robins —comenzó Joel. Se despojó del sombrero con un gesto que, en el contexto de Tintwistle, sonaba a capitulación incondicional—. Soy consciente de que mi presencia es, cuando menos, inoportuna.

Ella lo escrutó con una frialdad que lo desarmó.

—Es un adjetivo sumamente generoso, milord —respondió Meryl.

Se cruzó de brazos, sellando la entrada de la escuela como si fuera un fortín.

En el interior, el silencio de los niños era tan sepulcral que el chisporroteo de la tiza contra la pizarra se escuchaba como un trueno—.

Si su intención es ofrecerme una compensación monetaria, mi padre ya ha reducido a cenizas la nota que envió su secretario.

Si ha venido movido por una curiosidad morbosa, ya me ha observado lo suficiente. Ahora, haga el favor de marcharse.

Joel sintió un pinchazo punzante en el pecho; no era orgullo herido, sino una bofetada de realidad.

En los salones de Londres, las damas de su alcurnia habrían recurrido al desmayo o al exilio voluntario.

Meryl, en cambio, lo observaba como si fuera un hoyo molesto en el camino que ella no tenía la menor intención de bordear.

—No he venido a comprar su silencio, señorita —dijo Joel, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo denso—.

He despachado a mi hermano a Portsmouth.

No volverá a hollar este condado mientras yo respire.

He venido porque... — se detuvo, forzando una honestidad que su posición rara vez le exigía—, porque no quiero que crea que todo hombre que lleva mi apellido carece de conciencia.

Meryl soltó una carcajada seca, un sonido despojado de cualquier calidez que hizo que Joel se tensara. Ella giró el rostro hacia el interior del aula y, con un simple parpadeo, devolvió a sus alumnos a un silencio absoluto.

—Su conciencia es un lujo de aristócrata, lord Darby —replicó ella, con una irritación apenas contenida—.

Usted puede enviar a su hermano al otro extremo del mundo y sentir que ha cumplido con su deber.

Yo, sin embargo, tengo que caminar por estas calles cada maldito día.

Su conciencia no me devuelve mi reputación, ni limpia el asco que se me ha quedado adherido a la piel.

Joel la observó. Reparó en la mancha de tinta que decoraba sus dedos y en la firmeza casi dolorosa de su mandíbula. Por un instante, comprendió, con una lucidez devastadora, por qué Peter se había perdido en ella: no era solo su belleza, era una pasión, una fuerza vital que Peter jamás poseería.

—Tiene razón —admitió Joel—. He venido a lavar mi imagen y, en el proceso, he terminado ensuciándola aún más.

Metió la mano en su casaca y extrajo un sobre lacrado. No contenía oro, sino autoridad.

—Es el traslado de su padre —dijo, extendiéndolo—. Durham. Una parroquia próspera, lejos de esta jaula de rumores. No es un regalo, señorita; es una restitución. Úselo o incinérelo, pero es lo único que puedo hacer para evitar que el pecado de mi hermano se convierta en la cárcel de su futuro.

Meryl miró el sobre con desdén, buscando la trampa oculta, el hilo invisible que la ataría a los Crossman. No halló nada, solo el eco de un cansancio idéntico al suyo. Lo tomó con la punta de los dedos, con una cautela religiosa.

—Dígale a su hermano —susurró Meryl, y en sus ojos ardió una advertencia final—, que, la próxima vez que desee jugar, elija a alguien que tenga tanto que perder como él. A los que no tenemos nada, nos resulta infinitamente más costoso reconstruir los escombros.

Joel exhaló un suspiro largo, vencido por la negativa de aquella mujer a ser compadecida.

—No volveré a dirigirle la palabra en mucho tiempo —respondió Joel.

Se cubrió la cabeza con el sombrero, realizó una inclinación de cabeza —la misma que habría reservado para una duquesa— y se retiró hacia su carruaje.

Meryl cerró la pesada puerta de madera y se apoyó contra ella, cerrando los ojos y estrechando el sobre contra su pecho, como si fuera el único testimonio de que, al menos, algo de aquel desastre había quedado resuelto.

***

Joel Brent Crossman no caminó por el sendero; irrumpió en él con la furia contenida de un hombre cuyo linaje había sido ultrajado por una nota desprovista de sello.

Cada pisada sobre el barro de Tintwistle era un recordatorio físico de su propia degradación: un conde de su calibre, forzado a rebajarse a los niveles de la plebe por culpa de una deuda de sangre.

Cuando arribó a la casa de los Robins, no hubo rastro de cortesía en la mujer que le abrió la puerta. Para ella, un conde que se presenta a pie y sin preaviso no es un emisario de la gracia, sino un presagio de tormenta.

Su voz, gélida y autoritaria, resonó en el vestíbulo y trepó por la escalera.

Meryl, harta de la insolencia, la prepotencia y la testarudez inherente a los nobles, descendió los escalones con parsimonia.

Se detuvo en el último peldaño, imponiendo una altura que no era casual, sino una declaración de guerra.

—Señorita Robins —sentenció Joel en cuanto ella apareció. No aguardó a que terminara de bajar—. He recibido su nota. Es usted de una valentía temeraria, se lo concedo. Pero existe una frontera casi invisible entre el coraje y la estulticia social.

Meryl permaneció inamovible en su posición elevada, obligándolo a torcer el cuello si quería sostenerle la mirada. Fue un movimiento táctico, una demostración de poder que Joel no pasó por alto.

—¿Y qué es esto, milord? ¿Una advertencia?

—preguntó ella, con una voz que cortaba el aire como una hoja de afeitar—.

¿Viene a recordarme que mi puesto de maestra es un regalo de su generosidad?

Hágalo. Despídame. Mi padre y yo somos más autosuficientes de lo que su casta podrá entender jamás, pero entienda algo: su poder se evapora en el umbral de esta puerta.

Joel sintió un calor abrasador subirle por el cuello. No estaba acostumbrado a ser diseccionado desde una posición de superioridad, ni física ni moral. Él había venido con el propósito de resolver el entuerto de su hermano, pero aquella mujer era un incendio de lengua afilada y voluntad indomable.

—No he venido a amenazarla —repuso él, bajando el registro de su voz para intentar recuperar el control—.

He venido porque los desastres que mi hermano dejó a su paso son, por derecho propio, mi responsabilidad.

Y me niego a abandonar este pueblo con la certeza de que una mujer como usted cree que puede escupir sobre el nombre de mi linaje sin que yo intente, al menos, restaurar mi orgullo.

Meryl estaba exhausta de lidiar con aquel hombre inquebrantable, una estatua de mármol que se negaba a reconocer su propia obsolescencia en su vida.

—Usted no ha venido a reparar nada —Meryl bajó el último escalón, invadiendo su espacio personal hasta quedar a escasos centímetros—.

Usted ha venido a salvar su cena de Navidad.

Quiere poder sentarse a su mesa sin que el recuerdo de su sangre, la misma que corre por las venas del hombre que apostó con mi vida como si fuera una partida de cartas, le arruine el paladar.

Pues escuche bien: no le daré ese consuelo.

No me interesa su redención, no pienso perdonar a los Crossman y no deseo su presencia en mis dominios.

Joel la observó, y por primera vez, la niebla de su arrogancia se disipó. No vio a la maestra insolente; vio a alguien que lo había desnudado con una mirada. Ella conocía el egoísmo detrás de su visita, la miseria ética de su bondad tardía.

—Es usted agotadora, señorita Robins —masculló Joel, colocándose el sombrero con un movimiento seco y errático—. He intentado ser el caballero que la situación exigía.

Ella soltó un resoplido de puro desdén.

—Ese es su error fundamental, milord —respondió ella, abriendo la puerta de par en par—. Que siempre está esforzándose en  ser  algo. Pruebe, solo por una vez, a ser simplemente un hombre que sabe cuándo sobra.

Meryl no le dejó margen para una réplica.

Joel se halló en la calle, con el aire helado de la tarde lacerándole los pulmones.

Se sentía ridículo, una figura de porcelana perdida en un camino de tierra, expulsado por una mujer que no poseía ni siquiera un piano en su sala.

Pero, mientras se alejaba, el desprecio que esperaba sentir no apareció; en su lugar, le invadió una irritación punzante, una curiosidad inoportuna y peligrosa que se le clavó en las costillas como un aguijón.

***

Joel Brent Crossman no sentía la calidez de la fascinación; sentía una humillación gélida, un carámbano que se le clavaba en el orgullo.

Se sirvió un whisky tan brutal que le laceró la garganta, buscando en la quemazón del alcohol un alivio que no llegaba.

Se quedó absorto en la danza caprichosa del fuego, detestando, con todas sus fuerzas, que una mujer cuyo sueldo anual apenas bastaba para vestir a sus criados le hubiera hecho sentir como un intruso ilegítimo en su propio condado.

La carta de su madre, recibida aquella misma tarde, no fue más que un recordatorio de la desconexión total de su linaje.

La leyó con irritación, consciente de que la condesa viuda se movía en una burbuja de sales de baño, valses y chismes de Bath, mientras el nombre de los Crossman se pudría en el lodo de Derbyshire.

—«Confío en que Peter se esté comportando» —leyó Joel en voz alta, dejando escapar una mueca de amargura que bordeaba el escarnio—. Qué lucidez la suya.

Ya le había comunicado que Peter había embarcado rumbo al exilio y que el pueblo los miraba a ambos como si fueran portadores de una peste moral.

Pero su madre, fiel a su costumbre de ignorar la realidad, seguía viviendo en una ficción.

Joel hizo un gesto al mayordomo para pedirle más licor, se descalzó, se hundió en el sillón de cuero y dejó que su mente divagara hacia el único punto que le causaba urticaria: Meryl Robins.

Para Joel, Meryl no era una mujer libre; era una anomalía, un problema de gestión que requería una solución inmediata.

Si ella permanecía en Tintwistle, sería el estigma que le recordaría a diario el fracaso familiar.

Si se marchaba, el rumor, tarde o temprano, se asfixiaría.

Había movido hilos, había movido voluntades, había urdido un traslado benévolo para el padre, pero la hija, con una terquedad punzante, había dinamitado su estrategia.

—Es una mujer peligrosa —murmuró Joel hacia la penumbra, dejando el vaso vacío sobre la mesa auxiliar—. Porque no tiene absolutamente nada que perder. Y los que han perdido todo son los únicos capaces de decir la verdad sin que les tiemble la voz.

Él, en cambio, poseía el peso del mundo sobre sus hombros: el respeto de sus pares en la Cámara de los Lores, la influencia política, la paz de sus vastas tierras.

Meryl Robins le había cerrado la puerta en las narices y, bajo la óptica distorsionada del aristócrata, aquello era un desequilibrio que precisaba una rectificación.

No podía permitir que el eco final de un Crossman en aquel pueblo fuera el de un hombre expulsado a patadas de una rectoría.

Se levantó con un ímpetu inusual y se dirigió al escritorio. La pluma rascó el papel con una violencia impropia de su compostura habitual. No iba a escribirle a ella —nunca le daría esa satisfacción—, sino a su administrador en Durham.

—Si quiere ser libre, que lo sea —sentenció Joel, trazando las letras con una agresividad que casi rasgó el pergamino—. Pero que lo sea lejos de mi vista.

Joel anhelaba borrar a Meryl Robins de su conciencia, arrancar aquel desprecio de su memoria como quien extirpa una mala hierba.

Sin embargo, al escribir su nombre, observó que su caligrafía, normalmente impecable, era errática y temblorosa.

Se detuvo en seco, dándose cuenta de que la irritación no nacía de la derrota estratégica, sino de un hecho insoportable: el dinero, el título y el poder absoluto no habían sido suficientes para borrar la huella de aquel desdén.

Meryl le había hecho algo peor que insultarlo: le había demostrado que, ante sus ojos, él era tan insignificante como su hermano.