El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 12
39%

CAPÍTULO 12

El salón de Darby Abbey, antes un refugio de excesos, se había convertido en un sepulcro de intenciones. El silencio que dejó Louis tras su partida no era el silencio de la calma, sino el de la víspera de una carnicería.

Peter se quedó petrificado frente al espejo del vestíbulo.

El hombre que le devolvía la mirada parecía un extraño: un espectro con traje caro que caminaba por un hilo invisible sobre un abismo.

Se llevó la mano al bolsillo y palpó el estuche del anillo.

Era un objeto frío, pesado, cargado con el metal de una condena.

Durante toda la noche, Peter no durmió. Se dedicó a caminar por la biblioteca, recorriendo las mismas alfombras donde años atrás había planeado conquistas mediocres con Louis y Neville.

Cada rincón le recordaba la magnitud de su propia podredumbre.

Recordó el rostro de Meryl al enseñarle a Thomas a leer, la forma en que ella no le pedía que fuera perfecto, sino que fuera real.

Y luego recordaba las palabras de Louis: Deja que vea cómo te ríes con Lucy Moore en los palcos.

El horror de esa imagen —la humillación sistemática de Meryl en el escenario cruel de Londres— le hizo comprender que, para ganar, tendría que destruir el único destello de humanidad que había encontrado en décadas de vacío.

Cuando el sol comenzó a teñir de un gris sucio los ventanales de Darby Abbey, Peter tomó una decisión que no era una victoria, sino una rendición. No iba a salvarse a sí mismo, y sabía que, para salvar a Meryl de la infamia que sus amigos habían preparado, tendría que quemar sus propios barcos.

Se vistió con la precisión de un verdugo, ajustándose el cuello de la camisa hasta sentir que le cortaba la respiración. No se miró al espejo esta vez. No había nada más que ver.

A las diez en punto, el salón de los Turnerfield era un hervidero de seda, cotilleos y el repiqueteo incesante de las orquestas de pueblo.

Meryl estaba allí, al fondo, como una isla de cordura en un mar de frivolidad.

Llevaba ese vestido azul pálido que Louis había mencionado con tanto desprecio.

Para Peter, se veía como algo puro que él no tenía derecho a tocar, pero que ahora tenía la obligación de proteger.

Louis Field estaba apoyado en una columna, observándolo con una sonrisa de depredador. Neville estaba a su lado, esperando el espectáculo.

Peter avanzó entre la multitud. Cada paso le recordaba que estaba a punto de renunciar a su fortuna, a su posición en Londres y a cualquier esperanza de volver a ser el dandi despreocupado que alguna vez fue.

Al llegar a su altura, Meryl se giró. Sus ojos, normalmente llenos de un juicio afilado, mostraron una pizca de sorpresa al ver la palidez espectral de Peter.

—Señor Crossman —dijo ella, con una cautela que le desgarró el alma y le enfrió el ánimo—. No esperaba verlo aquí después de todo lo que ha pasado.

Peter no respondió de inmediato. Se colocó frente a ella, ignorando las miradas de los presentes que empezaban a rodearlos, presintiendo el drama. Louis, desde la distancia, le hizo un gesto imperioso con la mano: hazlo.

Peter miró a Meryl. Vio en ella la posibilidad de una vida que nunca se había atrevido a imaginar, una vida donde no importaba lo que pensaran los clubes de Londres.

—Meryl —dijo él, y su voz no fue una actuación, sino un susurro cargado de una verdad insoportable—. He venido aquí para pedirle algo. Pero no es lo que está imaginando.

Sacó la caja del bolsillo. El salón enmudeció. Louis dio un paso adelante, con la sonrisa triunfal preparada. Peter abrió el estuche, pero no se arrodilló para pedir una mano en matrimonio que terminara en un altar vacío.

—He venido a pedirle que me perdone —dijo Peter, y su voz fue tan clara que todos en el salón pudieron escucharla—. Porque he pasado meses intentando ser alguien digno de usted, cuando la realidad es que he sido la persona más indigna de esta sala.

Louis dejó de sonreír. El aire en el salón se volvió irrespirable. Peter tomó la mano de Meryl, no para reclamarla como un trofeo, sino para ofrecerle una salida.

—Mañana me iré de Derbyshire —continuó Peter, mirando a Meryl a los ojos, ignorando a su amigo—. Y no volveré a mirar atrás. He venido a pedirle que... —no continuó.

El escándalo estalló como un trueno. Louis Field, rojo de furia, se adelantó para intervenir, pero Peter ni siquiera parpadeó.

Había decidido perderlo todo: la apuesta, el dinero, el favor de su círculo y, lo más doloroso, a ella.

Pero al ver la expresión de Meryl —una mezcla de confusión, alivio y una chispa de respeto que nunca antes había sentido— Peter supo que, por primera vez en su vida, había ganado algo que el oro de los Crossman nunca podría comprar.

Ella le lanzó una mirada de las que no se olvidan, pero no dijo nada.

Se dio media vuelta y se alejó en silencio.

Sentía que algo no estaba bien. ¿Por qué motivo le había pedido que…

? No había continuado, ¿por qué se había callado?

¿Por qué le informaba que se marchaba a Londres?

Tropezó con la señora Smith y no pudo evitar que la acorralarla para sonsacarle información.

Ella no tuvo más remedio que aceptar un ponche y charlar sobre nimiedades, y sin poder evitar la extraña conversación que había mantenido con Peter, que seguía observándola desde la otra punta de la estancia.

***

Primero fue un rumor, luego las miradas.

La gente hablaba de una apuesta, de una burla.

El salón de los Turnerfield se convirtió en un teatro de vanidades bajo una luz cegadora.

Cuando clavó la mirada en ella de nuevo, el murmullo de la sociedad de Derbyshire se atenuó, transformándose en un siseo constante.

Todos la observaban y ella supo que el rumor y los siseos eran por ella.

La apuesta, la joya, la mirada culpable. Las palabras que no había pronunciado.

Él no buscaba a los hombres que bebían ponche en las esquinas; buscaba solo un vestido azul pálido que destacaba entre la seda barata y las joyas prestadas como una nota de pureza en una partitura desafinada.

Lo vio con intención de caminar hasta ella, y se movió hacia las ventanas.

Observó el jardín con una expresión de quien preferiría estar en cualquier lugar menos allí.

Pero sintió los ojos clavados en su espaldas.

Giró el rostro y cuando sus ojos se encontraron, ella no se apartó, pero la rigidez de sus hombros le advirtió que no habría tregua.

Peter no se detuvo a saludar a los anfitriones ni a los notables.

Caminó directamente hacia ella, ignorando el silencio que se extendía a su alrededor como una mancha de aceite.

Louis Field estaba a pocos pasos, con los brazos cruzados y una sonrisa de hiena, esperando a que Peter iniciara la pantomima.

—Señorita Robins —dijo Peter—. Quería disculparme por mis palabras anteriores —su voz no era la de un dandi, sino la de un hombre que se despojaba de su armadura—. ¿Me concedería este baile? Necesito decir algo y no puedo hacerlo si nos rodea tanta gente.

Meryl lo observó durante un largo segundo. Vio la palidez de sus manos, la honestidad brutal en sus pupilas y, por primera vez, una carencia total de teatro. ¿Pensaba hablarle de su marcha? Se dijo que lo escucharía, así que aceptó sin una palabra.

La música era un vals lento, pero para ellos fue un campo de batalla. Peter la guio hacia el centro de la pista, donde el espacio alrededor de ellos se hizo inmenso, como si los demás hubieran detectado la electricidad de su confesión.

—Louis tiene razón en una cosa —susurró Peter mientras bailaban, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado—. Soy un fraude.

Meryl mantuvo la mirada fija en el nudo de su corbata, pero su mano, apoyada en el hombro de él, tembló apenas un milímetro.

—¿A qué viene esto, Peter? —preguntó ella, con una calma que le quemaba más que un grito.

—A que no le he dicho la verdad —comenzó él.

Meryl respiró profundo al mismo tiempo que giraban en perfecta armonía durante el vals. No le había dicho la verdad. Se marchaba a Londres… la apuesta, la burla, y supo que ella era la diana.

—¿Es parte de la apuesta? ¿Es el clímax de la función antes de que me humille ante todos?

Peter parpadeó al escucharla. ¿Cómo había sabido lo de la apuesta?

—La apuesta existe —confirmó él, y soltó las palabras como quien lanza una carga de dinamita—. Mil libras. Ese fue el precio que mis amigos y yo pusimos a su reputación. Querían ver si podía hacer que usted se enamorara de un hombre vacío para luego desecharla.

El mundo alrededor de Meryl se detuvo. Los colores, las luces, el bullicio de los Turnerfield...

todo se desvaneció. Ella se detuvo en seco, obligándolo a él a hacer lo mismo.

A su alrededor, la gente empezó a notar la interrupción; Louis Field se adelantó un paso, con los ojos brillando de anticipación maliciosa.

—¿Por qué me lo cuenta? —preguntó Meryl, con la voz rota por una ira que apenas empezaba a brotar—. ¿Por qué destruir el escenario ahora, cuando ya me tenía comiendo de su mano?

—Porque eso no es cierto, no la tengo comiendo de mi mano, y nunca la tendré —respondió Peter, y se dio cuenta de que no le importaba quién estuviera escuchando—.

Porque desde que la vi en el río, Meryl, lo único que he querido es ser un hombre diferente.

No ser como ellos, por eso hoy he preferido decirle la verdad.

Que prefiero perderlo todo —amigos, nombre, fortuna—, antes que permitir que se convierta en una anécdota en los clubes de Londres.

Se llevó la mano al bolsillo y sacó la caja de oro viejo. No se arrodilló. Se la entregó directamente, con la palma abierta, como si se estuviera entregando a sí mismo a la justicia.

—Este regalo es para usted. Tenía que pedirle matrimonio, pero no lo haré porque no soy digno de ello.

Si quiere que me vaya, lo haré esta misma noche.

Si quiere que me quede para que usted misma se encargue de castigarme, me quedaré.

Pero no soy un actor, Meryl. Por primera vez en toda mi vida, no tengo ni idea de qué decir a continuación.

Louis Field estaba a diez pasos, pálido de rabia. Neville no se atrevía ni a parpadear. El salón entero era un vacío absoluto donde la única verdad que resonaba era el sonido del aliento de ambos.

Meryl miró el anillo. Miró el rostro de Peter, despojado de toda máscara, y luego miró a sus amigos, que esperaban el golpe final.

Se dio cuenta de que Peter no estaba ganando una apuesta; estaba quemando el mundo de ellos para intentar salvar una parte del suyo.

Y, en ese momento, el silencio de Derbyshire dejó de ser asfixiante para convertirse en la primera página de algo que, por fin, no estaba escrito por nadie más.