El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Los días siguientes fueron una tortura de silencios y miradas que evitaban cruzarse.

El pueblo se había convertido en un campo de minas emocional donde cada esquina recordaba a Peter su fracaso.

Meryl estaba a punto de estallar, una olla a presión de ira contenida que finalmente se desbordó en el cementerio, ese lugar donde las verdades suelen ser tan quietas como los que descansan bajo tierra.

Peter no la alcanzó con la gracia de un dandi, sino con la torpeza de un hombre vencido; tropezó con una raíz sobresaliente, luchando contra el viento, perdiendo en el proceso cualquier rastro de la dignidad aristocrática que tanto se había esforzado en fingir.

Meryl se detuvo, pero no por cortesía, sino porque el hartazgo había superado a su paciencia.

—Si va a intentar besarme para que me calle, ahórrese el esfuerzo, Crossman —dijo ella, girándose con una violencia que hizo que Peter se quedara petrificado—.

Ya he visto esa jugada antes. Supongo que es lo que hacen cuando se quedan sin argumentos: intentar que la mujer olvide su cerebro usando la boca.

Peter, que efectivamente se había inclinado un poco, impulsado por una urgencia que no entendía, se enderezó como si le hubieran dado un latigazo. El golpe de realidad fue más doloroso que cualquier bofetón.

—No iba a... —empezó a mentir por costumbre, pero la mirada de acero de Meryl le obligó a tragar el resto de la frase—. Está bien. Quizá sí. Pero no es una jugada, Meryl. Es la única forma que conozco de pedir una tregua cuando no tengo más palabras.

—Pues pídala con la verdad —replicó ella, cruzándose de brazos y entornando los ojos—. Dígame qué hace aquí realmente. Dígame qué ganan sus amigos si yo termino creyéndome su pantomima.

Peter sintió un frío que no tenía nada que ver con el clima de Derbyshire. El pánico se le instaló en los pulmones. ¿Sabía ella de la apuesta? Neville y Louis habían sido discretos, pero el cinismo deja un rastro inconfundible.

—No ganan nada —dijo él, pero su voz sonó demasiado aguda, una nota discordante en el silencio del cementerio—. Ganamos que yo no me muera de asco en este condado.

—Ya sabe que miente —sentenció Meryl, dando un paso hacia él.

Sus ojos, antes llenos de una curiosidad hiriente, ahora destilaban una certeza implacable—.

Usted no ha venido a redimirse. Ha venido a ganar.

Y lo que más le duele no es que yo no le crea, es que, por primera vez en su vida, el truco de magia le ha salido mal y el conejo se ha quedado atrapado en la chistera.

Peter la miró. Vio en ella el reflejo de sus propias vilezas, la disección exacta de su alma vacía. Se sintió como un insecto bajo un cristal, observando cómo su propia vida perdía sentido.

—No soy un truco de magia, Meryl —susurró, y esta vez no hubo paso firme, ni sonrisa de seductor. Hubo una derrota absoluta—. Soy un hombre que ha apostado tanto que ya no sabe qué es suyo y qué es de la banca. Y ahora mismo... me doy cuenta de que no tengo nada que ofrecerte que no esté manchado.

—¡Al fin una verdad! —exclamó ella, y su alivio fue tan cruel como su desprecio—. Por favor, váyase. Vuelva a Londres con esa mujer de abrigo rojo y sus amigos de risa fácil. Pero a mí... a mí déjeme tranquila.

Se dio la vuelta y se alejó entre las lápidas, dejando a Peter solo con sus fantasmas.

Él no la siguió. Se quedó inmóvil sobre la hierba húmeda, sintiendo el peso del fajo de billetes en un bolsillo y la joya en el otro.

Sacó la caja de la amatista, esa piedra que pretendía ser un arma de chantaje, y la dejó caer sobre una tumba anónima.

El sonido fue pequeño, insignificante, el último suspiro de una obra de teatro que nadie había aplaudido.

Peter se quedó mirando el horizonte gris de Derbyshire, sintiendo por primera vez que el frío que lo envolvía no era el del clima, sino el de una libertad absoluta y aterradora.

Había perdido la apuesta, había perdido su reputación y, lo más importante, había perdido la oportunidad de ser otro.

Solo le quedaba el silencio del campo, inmenso e indiferente ante sus desastres.

***

El perdón, en Tintwistle, era una moneda que nadie tenía permitido gastar con ligereza, y Meryl lo sabía.

No perdonó a Peter; no hubo abrazos redentores ni olvidos.

Lo que hizo fue algo mucho más pragmático y amargo: le permitió volver a su órbita simplemente porque el silencio en la casa de su padre se había vuelto asfixiante, y porque, ante el escrutinio de los vecinos, prefería enfrentarse al diablo que conocía que a la compasión vacía de los que se decían sus amigos.

Peter, por su parte, había abandonado la elegancia del dandi por una tenacidad casi desesperada.

Ya no traía cestas de dulces —aquel regalo burgués que solo servía para endulzar el amargor de sus errores—, sino cartas redactadas con la precisión de quien sabe que una sola palabra mal elegida puede condenarlo al destierro definitivo.

Se presentó en la escuela tres días seguidos bajo la lluvia, un monumento a la desolación con el traje empapado y el ala del sombrero goteando sobre unos ojos que ya no buscaban la aprobación de nadie.

Al cuarto día, la armadura de Meryl cedió, no por amor, sino por una fatiga compartida.

—No voy a ir a ningún sitio con usted, Crossman —dijo ella, abriendo su paraguas con un chasquido mecánico—. La gente ya me mira como si fuera una mujer caída. No soy su amiga, Peter. A veces, ni siquiera estoy segura de querer ser su confesor.

—Entonces caminemos juntos—respondió él, con la voz ronca por el frío—. Caminemos hasta que se nos mojen las botas y los rumores se cansen de seguirnos.

Caminaron. Fue un interrogatorio sin tregua, un avance lento por el terreno embarrado donde Meryl desnudaba sus dudas y Peter, por primera vez, no tenía una réplica ensayada.

No hubo frases ingeniosas ni barniz; solo la confesión cruda de un hombre que se había criado entre víboras y que, en algún momento del camino, se había convertido en una de ellas.

Le habló de su hermano, aquel modelo inalcanzable de rectitud; le habló de la envidia que le quemaba las entrañas y de cómo la risa de Louis Field era, en realidad, el único sonido que le confirmaba que seguía vivo.

Al detenerse junto a un arroyo crecido, las aguas oscuras reflejaban el cielo de acero.

—¿Por qué me cuenta esto? —preguntó ella.

Peter no buscó la luz ni el ángulo perfecto. Por primera vez, Meryl vio en sus ojos la desnudez de alguien que no tiene nada que esconder porque ya lo ha perdido todo.

—Porque, para ser sincero, usted es la única persona que no me ha pedido que mienta —dijo él, y el cansancio en su voz era real, una fatiga de años acumulados—.

Todos esperan que sea el Peter Crossman que gana.

Usted... usted parece estar esperando a que falle.

Y es un alivio no tener que fingir que no voy a hacerlo.

Fue una tregua extraña. Durante la semana siguiente, Peter fue un visitante torpe en su mundo.

Ayudó al barón a clasificar mapas antiguos con una paciencia que le resultaba ajena, soportando el tedio como una forma de penitencia.

Le traía libros que ella ya conocía, excusas transparentes para robarle diez minutos de luz del día.

Meryl no se dejó llevar por la ilusión. La ilusión era para los que vivían en los libros de poemas.

Ella se dejó llevar por la curiosidad científica de quien observa cómo un hombre intenta reconstruirse con piezas rotas que, quizás, nunca encajarán de nuevo.

Pero cada vez que él le rozaba la mano —un contacto breve, prohibido—, ella sentía el eco de la mirada de Louis Field en el mercado.

Sabía, con la certeza de quien conoce la tierra, que la tormenta no se había disipado; simplemente se estaba acumulando en el horizonte, esperando el momento exacto para volver a descargar sobre ellos.

***

La perfección de Peter Crossman se había convertido en un espectáculo grotesco, una máscara que se agrietaba con cada hora que pasaba.

En el mercado, ya no caminaba con el aire desenfadado del noble; cargaba la cesta con la mandíbula apretada, consciente de que cada mirada de las viejas del pueblo era un contador que sumaba los puntos de su supuesta conversión.

No era un paseo; era una campaña de marketing diseñada para limpiar su imagen, y cada vez que sus ojos se encontraban con los de Meryl, la culpa le taladraba las costillas.

—Está usted haciendo un esfuerzo admirable, Crossman —le soltó la señora Turnerfield entre sorbo y sorbo de té, con una sonrisa que escondía dagas—. Lástima que todos sepamos que los lobos solo se visten con piel de cordero cuando tienen frío... o cuando tienen una apuesta pendiente que ganar.

Peter casi se atraganta con el bizcocho, sintiendo cómo el calor de la vergüenza le subía por el cuello. Meryl, a su lado, permaneció en silencio, pero él vio cómo se le blanqueaban los nudillos sobre el libro que sostenía.

La visita al barón Harington, lejos de ser un acercamiento, se sintió como un juicio sumario en una biblioteca que olía a rancio.

Peter había cometido el error de llegar con un ramo de rosas de invernadero, flores estériles y carísimas que desentonaban en la sobria sala del barón como un diamante en un lodazal.

—¿Digno de ella? —el barón se rio, un sonido seco que recordó a papel viejo siendo triturado—.

Señor Crossman, usted no sabe lo que es la dignidad.

Usted conoce la etiqueta. La etiqueta se compra con oro, señor; la dignidad se cultiva con años de coherencia.

Y mi hija tiene demasiada para que usted la use como un experimento de moralidad.

Peter salió de la casa sintiéndose del tamaño de una moneda de cobre.

Al llegar a la Abadía, el refugio que antes le parecía un santuario ahora le devolvía el olor acre a brandy y a la colonia empalagosa de Louis Field.

Louis lo esperaba en el vestíbulo, haciendo girar un fajo de billetes contra la palma de su mano con una parsimonia depredadora.

—Ya basta de jugar a las casitas, Peter —dijo Louis, bloqueándole el paso con una autoridad que no admitía réplicas—.

Los caballos están ensillados y Neville se ha largado esta tarde; dice que le da arcadas verte comer pan con miel como un granjero idiota.

Mañana es el baile de los Turnerfield. El último acto.

Louis se acercó, y su aliento, una mezcla de alcohol y veneno, invadió el espacio personal de Peter.

—O le pides matrimonio mañana por la noche delante de todo el condado, o me firmas el pagaré de las mil libras ahora mismo.

Pero si le pides matrimonio... —Louis sonrió, y su rostro se transformó en una máscara de crueldad infinita—, tendrás que dejarla plantada en el altar.

Ese es el trato final. La caída definitiva de la virtuosa Meryl Robins. Será el escándalo de la década.

Peter miró su reflejo en el espejo del vestíbulo.

Ya no veía al hombre perfecto que Meryl creía haber salvado.

Veía a un impostor, a un farsante que había pasado semanas engañando a una mujer honesta solo para no admitir ante sus iguales que había perdido la apuesta.

Era el hombre que ella tanto temía: el que destripa el reloj solo para ver qué hay dentro.

—¿Y bien? —presionó Louis, con un brillo maníaco en los ojos—. ¿Le vas a dar el anillo de mentira o vas a ser un hombre pobre y aburrido para siempre?

Peter cerró el puño, sintiendo que sus uñas se clavaban en la palma. El corazón no le latía rápido; le pesaba en el pecho como una piedra de molino que lo arrastraba al fondo de un río.

—Mañana —dijo Peter con una voz que no reconoció, una voz muerta que sonaba a lápida—. En el baile.

Se dio la vuelta y se encerró en su habitación.

En la oscuridad, se dio cuenta de que no había ganado nada.

Si pedía la mano de Meryl, la destruiría.

Si no lo hacía, destruiría lo poco que le quedaba de su propio nombre.

Estaba en la encrucijada final, y mientras la noche se consumía, comprendió que cualquier decisión que tomara le obligaría a vivir con el peso de haber matado, una vez más, al único hombre que empezaba a querer ser.