El escándalo de Tintwistle CAPITULO 10
33%

CAPITULO 10

La habitación de la posada olía a sábanas mal lavadas y a la ginebra que Lucy había traído escondida.

Peter estaba sentado en el borde de la cama, poniéndose la ropa con una eficiencia que resultaba casi insultante después de lo que acababa de pasar.

Lucy lo observaba desde las mantas, con una mirada que él no quería descifrar.

—¿Te vas ya con tu maestra? —soltó ella. No fue un susurro poético; fue un dardo cargado de veneno.

Peter se detuvo, con los dedos en el tercer botón. No se rio. Simplemente se quedó rígido.

—No es mi maestra, Lucy. Y no te pongas melodramática. No te pega.

—Te pasas el día hablando de lo mucho que odias este barro, pero en cuanto sale el sol corres a buscarla —Lucy se incorporó, dejando que la manta resbalara sin importarle su desnudez—. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? ¿Una reputación que arruinar?

Peter se giró. Sus ojos no eran fríos como el hielo, eran ojos cansados de un hombre que se desprecia a sí mismo.

—Tiene silencio, Lucy —dijo él, con una dureza seca—.

Cuando estoy con ella, no escucho el ruido de las deudas, ni las risas de Louis, ni el eco de todas las noches que he desperdiciado en Londres contigo y con otros como yo.

Ella no sabe quién soy, y por un par de horas, yo también puedo olvidarlo.

Lucy se quedó boquiabierta. Esa verdad le dolió más que cualquier insulto sobre su clase social.

—Así que es eso. Un escondite —ella escupió las palabras—.

La usas como si fuera un confesionario. ¿Sabes lo que le pasa a la gente como ella cuando se cruza con gente como nosotros, Peter?

Que acaban rotos. Nosotros siempre sobrevivimos, volvemos a Mayfair y pedimos otra botella.

Ella se quedará aquí, con su vestido gris y una mancha en su nombre que no podrá limpiar ni con todo el agua de este maldito condado.

Peter terminó de vestirse y se puso el abrigo. Se acercó a la cama y dejó un fajo de billetes sobre la mesa de noche. Un gesto sucio, directo, que eliminaba cualquier rastro de romance de la habitación.

—Vuelve a Londres, Lucy, mañana, dejaré pagado el carruaje de alquiler hacia Londres. Ya no deseo que te quedes aquí.

—¿Y tú? —preguntó ella, ignorando el dinero—. ¿Vas a seguir jugando a los castillos de arena con la señorita Robins?

Peter abrió la puerta. El aire gélido del pasillo entró en la habitación, disipando el olor a encierro.

—No estoy jugando —dijo él, sin mirarla—. Estoy apostando. Y lo malo de las apuestas, Lucy, es que siempre alguien tiene que perderlo todo.

Salió de la habitación sin mirar atrás. No se sentía como un hijo de conde arrogante; se sentía como un hombre que acababa de prender fuego a un puente mientras seguía parado encima de él.

Lucy tenía que regresar, pero había tomado una decisión. Tenía que avisar  a cierto conde de lo que sucedía en ese lugar apartado de Inglaterra.

***

La salida de misa en Tintwistle no fue un encuentro, fue una ejecución pública.

Simone Hughes, con su eficiencia implacable, había convertido el nombre de Meryl en el centro de todas las conversaciones; el aire estaba envenenado con un susurro constante que zumbaba como un enjambre de avispas.

Meryl sentía los ojos de la viuda Hedges clavados en su nuca, pesados y punzantes, y el silencio artificial que se abría a su paso era más hiriente que cualquier insulto.

Cuando vio a Peter apoyado en la verja de hierro, no sintió el vuelco en el corazón que temía; sintió una repulsión física, un asco que le subía desde el estómago.

Él era el hombre que le había contado sus derrotas con las letras, el que la había hecho creer que el barniz se estaba desprendiendo; pero también era el hombre que había pasado cuarenta y ocho horas en una habitación de posada con la mujer del abrigo rojo.

—No dé un paso más, Crossman —dijo Meryl antes de que él pudiera articular un saludo. Su voz no era un ruego, era el chasquido seco de un látigo de cuero—. Si le queda un gramo de decencia, dé la vuelta y regrese a su madriguera.

Peter se quedó petrificado. Había ensayado mil formas de explicarle la llegada de Lucy, pero ante la mirada de Meryl, todas sus justificaciones se desmoronaron.

—Meryl, escuche... lo que dicen en el pueblo es una simplificación grotesca...

—Lo que dicen en el pueblo es simplemente la verdad que usted se empeñó en ignorar —lo interrumpió ella, ignorando al vicario y a los feligreses que observaban el espectáculo con una mezcla de horror y fascinación—.

Un hombre que colecciona personas como si fueran trofeos de caza.

¿Qué era ella, Peter? ¿Un recordatorio de Londres?

¿O es que mi honestidad le resultaba tan aburrida que necesitaba un poco de la mugre a la que está acostumbrado para sentirse en casa?

Ella giró sobre sus talones y tomó el atajo hacia su casa, pero Peter la siguió, sus pasos resonando pesadamente sobre el barro.

—Era una mujer sin nada. Vino sin avisar, enferma y sola —dijo él, intentando recuperar el control—. La ayudé a marcharse. Eso es todo. No ha habido nada más.

Meryl no lo creía ni bajó el ritmo. Sus pasos eran rápidos, decididos, alejándose de él hacia un lugar donde él nunca podría entrar.

—La ayudó después de esconderse con ella dos días enteros en la posada mientras yo...

—Meryl se cortó, tragándose el mientras yo pensaba en usted que le abrasaba la garganta.

Se obligó a recuperar la frialdad—. No me importa quién sea ella.

Me importa lo que ha hecho con mi nombre.

Mi padre me mira con lástima, mis alumnos cuchichean...

y todo por el capricho de un dandi que no sabe qué hacer con sus manos si no es para arruinar lo que toca.

—No la estoy arruinando —dijo Peter, y su voz perdió la elegancia de los salones, volviéndose cruda, un grito desesperado—. Estoy intentando... no sé qué estoy intentando. Pero lo de esa mujer no tiene nada que ver con lo que siento cuando estoy con usted.

Meryl se detuvo en seco. Se giró, y la frialdad en sus ojos era tan vasta que Peter sintió que le faltaba el aire.

—¡Lo que siente! —exclamó ella, y su risa fue un sonido amargo—. Usted no siente, Peter. Usted consume. Consume paisajes, consume penas ajenas, y ahora ha intentado consumirme a mí para ver si el sabor era diferente al de sus noches de Londres.

Meryl se acercó tanto que él pudo ver cada fibra de su dolor, cada rastro de decepción absoluta.

—Le daré un último consejo como maestra —susurró en un tono que le provocó un escalofrío—.

Vuelva a Londres. Allí la gente está acostumbrada a las mentiras brillantes y a los barnices que esconden el vacío.

Aquí, cuando algo se rompe, se queda roto para siempre.

Usted me ha roto el respeto que me tenía a mí misma por haber creído, aunque fuera un segundo, que había algo real bajo su piel.

Se dio la vuelta y se alejó con paso ligero. Peter se quedó allí, anclado en el barro, bajo la mirada de medio pueblo. Sintió el bulto del fajo de billetes en su bolsillo —dinero destinado a la posada, dinero sucio— y, por primera vez, el oro le pareció una basura sin valor.

No había ganado la apuesta. No había salvado a Meryl.

Solo había logrado demostrar, con una eficacia cruel, que todo lo que Field había dicho sobre él era cierto.

Peter Jay Crossman ya no era un actor en un teatro de provincias; era, simplemente, un hombre que se había quedado sin escenario, sin público y, lo que era peor, sin nada que ofrecer que no fuera su propia falsedad.