El escándalo de Tintwistle CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Lucy Moore no llegó como una exhalación romántica; llegó en un carruaje de alquiler que olía a sudor de caballo y desesperanza, cubierta de un polvo gris que parecía la ceniza de todo lo que Peter había intentado dejar atrás.

Cuando apareció en el umbral de Darby Abbey, no parecía una mártir; parecía una mujer que había gastado su último chelín en un billete de ida y que, al ver la severa fachada de la casa, comprendía que había llegado al lugar equivocado.

Peter la recibió en el vestíbulo, y lo que sintió no fueron latidos acelerados, sino un pánico gélido. Era la clase de miedo que siente un hombre que intenta reconstruir un templo sobre ruinas y ve cómo su pasado entra por la puerta principal con olor a ginebra barata y polvos de arroz.

—¡Por el amor de Dios, Lucy! —siseó Peter, arrastrándola hacia la biblioteca antes de que el eco de sus tacones alertara a Neville o a Field—. ¿Te has vuelto loca? ¿Qué haces en Derbyshire?

Lucy se soltó de su agarre con una parsimonia que le resultaba familiar y dolorosa. Se quitó el sombrero de plumas, desaliñado y triste, y se miró en el espejo de la biblioteca con una mueca de derrota.

—No me quedaba nada en el piso de Covent Garden, Peter.

El casero me arrojó a la calle el martes.

Pensé que... —hizo una pausa, paseando la mirada por los libros de cuero, objetos que a ella le parecían pertenecer a una vida de otro planeta—.

Pensé que aquí estarías solo. Que quizá mi cara sería lo único que te recordaría que todavía eres un hombre de mundo.

Peter se pasó las manos por la cara, sintiendo la barba de dos días.

Lucy era su archivo viviente, la mujer que lo había limpiado tras las peleas en los callejones de Londres, la que le abría la puerta cuando él estaba tan borracho que ni siquiera reconocía su propia casa.

No era el amor de su vida; era su cómplice en la decadencia, el testigo silencioso de su miseria.

Verla allí, en mitad de su farsa de redención con Meryl, era como ver un cadáver saliendo de la tumba para recordarle que no podía enterrar su verdadera naturaleza.

—No puedes quedarte aquí. Field y Neville te destrozarán con la lengua antes de que caiga la noche —dijo Peter, sacando su billetera con dedos temblorosos, tratando de comprar su ausencia.

—No quiero tu dinero, al menos no todavía —Lucy se acercó y le arregló el cuello de la camisa con una familiaridad que le revolvió las entrañas. Entonces, sus ojos se entornaron—. ¿Quién es ella?

—¿De qué hablas?

—Hueles distinto, Peter. Ya no hueles a humo y a desesperación. Hueles a... —se acercó, olfateando el aire cerca de su cuello—, a jabón de sándalo y a esfuerzo. Estás intentando ser un caballero, ¿verdad? ¡Qué broma más pesada! Estás perdiendo el tiempo.

Peter no dijo nada, incapaz de defenderse.

Terminó instalándola en la posada del pueblo y pagando el doble al posadero para que guardara silencio —una apuesta perdida de antemano—.

Pasaron cuarenta y ocho horas de pura y miserable cobardía.

Peter subía a la habitación de Lucy para convencerla de que se fuera, pero terminaba sentado en el borde de la cama, compartiendo una botella de vino barato mientras ella le acariciaba el pelo, contándole historias de Londres que ya no le provocaban ni una sonrisa.

Se sentía sucio. Cada vez que Lucy lo besaba, una parte de él se negaba a participar, viendo en cambio la cara de Meryl paseando por la ribera del río.

Era una traición circular: traicionaba a la mujer que lo quería tal como era —su yo real, su yo desastre— y a la mujer rural que quería que él fuera mejor.

—No vas a volver a Londres, ¿verdad? —preguntó Lucy al tercer día, mirando las colinas de Derbyshire desde la ventana con una mezcla de lástima y repugnancia.

—Tengo cosas que terminar aquí, Lucy. Y claro que regresaré.

Ella soltó una risita seca, un sonido que a Peter le taladró el cráneo.

—Esa maestra... —dijo, subiendo al coche que la llevaría al tren—.

Ten cuidado, Peter. Ella se ha enamorado de un hombre que no existe.

Y cuando descubra que debajo de ese traje caro y de esas buenas intenciones solo estás tú, te va a odiar mucho más de lo que yo podría odiarte jamás.

Porque yo sé que eres un desastre, y te quiero así.

Ella, en cambio, espera un milagro. Y los milagros son muy decepcionantes cuando se revelan como simples trucos de magia.

—No puedes quedarte más tiempo, Lucy —le advirtió él, evitando sus ojos.

—Solo un poco más —respondió ella—. El tiempo suficiente para que regresemos juntos.

—He dicho que no…

Pero Lucy sabía cómo hacerle cambiar de opinión. Lo besó en la boda intensamente. Le metió la lengua hasta el gaznate, y le puso la mano en la entrepierna. Lo acarició hasta que notó su miembro duro en su mano.

Peter era un hombre de instintos básicos, y se rindió a lo inevitable.

Tener sexo con ella hasta caer los dos rendidos.

Él no era el hombre que Meryl creía, pero tampoco quería volver a ser la sombra que Lucy conocía.

Estaba en tierra de nadie, un páramo donde las lealtades se congelaban.

Y mientras el frío de la tarde empezaba a calarle hasta los huesos, comprendió que en tierra de nadie no se vive, solo se espera la muerte, pero el cuero de Lucy era lo que podía calmar su ansiedad de momento.

Por la otra parte. Pero Lucy no se conformaba. Sabía exactamente a quién debía acudir para que ese romance estúpido de Peter se terminara. Y pensaba enviarle una nota al hermano y conde, advirtiéndole de lo que sucedía en ese lugar apartado de Inglaterra.

***

El comedor de Darby Abbey se había transformado en una cueva de vicios.

Olía a puerto, a grasa de perdiz y a ese humo denso y amarillento de los cigarros que Louis Field insistía en encender entre plato y plato, como si el acto de fumar fuera una rebelión contra la austeridad del campo.

No era una cena; era una jauría de hombres de ciudad, atrapados en una mansión que les quedaba grande, masticando la vida de los demás para llenar su propio vacío.

—¿Y qué tal la pieza, Crossman? —soltó Henry Ashcombe, limpiándose la comisura de los labios con un gesto descuidado. Su voz era una lija—. Louis dice que la tienes tan domesticada que ya te lee cuentos antes de dormir.

Peter jugueteó con el tallo de su copa. Hasta hace unas semanas, aquel tipo de burla era su lenguaje materno; él mismo habría liderado la mofa con una frase ingeniosa. Ahora, sin embargo, el sonido le producía una vibración desagradable en los dientes, como el chirrido de una tiza sobre la pizarra.

—No está domesticada, Henry —respondió Peter con una voz plana que no reconocía como suya—. Tiene más cerebro que todos los que estamos sentados en esta mesa juntos.

Louis soltó una carcajada que terminó en un acceso de tos asmática.

—¡Escuchadle! ¡Está defendiendo su honor!

—Louis se inclinó hacia Henry, bajando la voz en un tono conspirador que apestaba a alcohol—.

Lo que no os ha contado nuestro héroe es lo de la mujer de rojo.

Esa paloma mensajera que vino de Londres para recordarle cómo se divierten los hombres de verdad.

El pueblo entero está hablando de la habitación que Peter ha pagado en la posada.

Peter sintió una náusea física. No era por la mención de Lucy, sino por la facilidad obscena con la que Louis convertía la desesperación, la soledad y los pecados ajenos en una anécdota de taberna.

—Lucy Moore no es asunto vuestro —cortó Peter, con un filo en la voz que hizo que el aire en la mesa se enfriara—. Estaba en apuros y la ayudé. Eso es todo.

—La ayudaste después de pasar cuarenta y ocho horas encerrado con ella, no me vengas con cuentos de caballería —replicó John Neville, pelando una uva de forma lenta y medida—.

La pregunta es: ¿se ha enterado la maestra?

Porque si la señorita Robins sabe que el lord redimido tiene a una amante de Covent Garden a tres leguas de su escuela, tus posibilidades de ganar la apuesta valen menos que un chelín de plomo.

—No hay apuesta —mintió Peter, aunque el peso de las mil libras era la cifra de su propia ruina moral seguía palpitando en su memoria.

—¡Oh, sí que la hay! —exclamó Louis, golpeando la mesa con el puño y con esa sonrisa cínica que tanto le molestaba—.

Y la estás perdiendo porque te has vuelto blando.

Te has tragado tu propio personaje, Peter.

Estás tan ocupado intentando que ella te admire que has olvidado que tu objetivo era arruinarla.

Nos prometiste un espectáculo y solo nos das sermones.

—Yo no quiero arruinar a nadie —gruñó Peter, poniéndose en pie con tal brusquedad que el vino de su copa salpicó el mantel blanco como una mancha de sangre derramada.

—Entonces paga las mil libras ahora mismo y admite que una maestra de pueblo te ha puesto de rodillas —dijo Louis, con una sonrisa que ya no era de amigo, sino de acreedor impaciente—. Admite que ya no eres el gran Peter Crossman, sino el perrito faldero de una solterona que viste de gris.

Peter miró a sus amigos. Vio sus rostros congestionados por el exceso, sus ropas caras, sus miradas vacías de cualquier cosa que no fuera aburrimiento. Por primera vez, se vio reflejado en ellos como en un espejo roto, y sintió un asco profundo, una repulsión física hacia su propia historia.

—Me voy a dormir —dijo, dándose la vuelta.

—¡Corre, Peter! —le gritó Louis a su espalda mientras los demás celebraban la debilidad—. ¡Ve a soñar con el abecedario! ¡Mañana te preguntaremos la lección!

Peter subió las escaleras de dos en dos, huyendo de las carcajadas que le perseguían como perros rabiosos.

Se encerró en su cuarto y abrió la ventana de par en par, dejando que el aire frío de Derbyshire le golpeara la cara, buscando que el hielo expulsara el olor a Londres, a tabaco y a podredumbre de sus pulmones.

Pero el aire no pudo limpiar lo que Louis había revelado.

Meryl se iba a enterar. En un pueblo donde los chismes viajan más rápido que el viento, el nombre de Lucy Moore llegaría a la escuela antes que el sol del amanecer.

Y Peter sabía que, cuando ella lo mirara, ya no buscaría al hombre que podía cambiar.

Buscaría al actor. Y, frente a la mirada de Meryl, Peter Jay Crossman descubrió que no tenía ninguna defensa contra la verdad que él mismo había dejado crecer en las sombras.